La concesión del derecho al voto a partir de los 18 años ha provocado una polémica (pequeñísima) sobre si los jóvenes de esa edad tienen o no criterio suficiente para ejercerlo. Hay quien piensa que este criterio sólo se alcanza a los 25 años. Otros, en cambio, piensan que todo el que está en condiciones de hacer el servicio militar y morir heroicamente por la patria, debe tener derecho a participar en la determinación de los destinos de la misma.

Yo creo que las cosas son un poco más complicadas, porque, vamos a ver ¿qué es un votante?

Un votante es un señor que, en primer lugar, cree que su voto va a ser respetado (esto es obvio, porque de lo contrario no se tomaría el trabajo de hacer cola para votar), que, en segundo lugar, se siente en condiciones de decidir cuáles personas están más capacitadas para representarlo en las cámaras y gobernar el país que otras.

Esta segunda característica supone dos condiciones: que sepa para qué sirven los diputados y los senadores y que sepa cuáles son los planes de los diferentes candidatos.

Votar es expresar una opinión. No hay que dejarse llevar por partidos, porque en todos los partidos hay imbéciles. Hay que elegir las personas. Al mismo tiempo, las elecciones no son carreras de caballos. No se trata de apostarle al ganador, sino de apoyar a la persona con quien el votante está más de acuerdo.

Pero vamos por partes. Vamos a suponer que elegimos a un diputado. La cosa no acaba allí. No se trata de meterlo en la Cámara y ya. El diputado es nuestro representante. Es la vía por medio de la cual podemos ejercer nuestra influencia sobre las decisiones gubernamentales.

Para que un diputado sirva de algo tiene que estar sujeto a presiones de parte de los electores de su región. Tiene que estar en comunicación con ellos.

Aquí nos encontramos ante una situación compleja. ¿Cuántos mexicanos saben el nombre de su diputado? ¿Cuántos lo conocen de vista? ¿Cuántos han hablado con él? ¿Cuántos le han mandado cartas expresándole sus opiniones? ¿Cuántos mexicanos han sabido que su diputado diga algo en la Cámara? ¿Cuántos han estado de acuerdo con lo dicho?

Tengo la impresión de que una encuesta sobre la relación diputado-elector sería muy provechosa y nos permitiría llegar a varias conclusiones. Aquí conviene agregar que dicha encuesta debería contener los elementos necesarios para contestar a la siguiente pregunta: ¿Cuántos mexicanos consideran que el diputado no tiene más obligaciones que las de cobrar su sueldo y dormitar en la Cámara?

Los que piensan de esta manera no deberían tener derecho al voto, ni creo que les interese tenerlo.

Hemos llegado a la primera conclusión. Para ser elector se necesita criterio. O, mejor dicho, conciencia de los derechos y las obligaciones del electorado y de los elegidos. Pero desgraciadamente, esta conciencia no llega con la edad. Hay gente que se va a la tumba sin adquirirla. Entonces, para ser elector no basta con tener cierta edad, es necesario pasar un examen sobre civismo. Claro que dicho examen se prestaría para tronar a gran parte de la población y el gobierno del país quedaría en manos de unos cuantos que serían llamados “oligarcas” ipso facto. Pero este problema, que lo resuelvan otros.

Ahora vamos a tratar de las elecciones presidenciales.

A diferencia del diputado, que no es más que un representante del pueblo, y por consiguiente no necesita planes sino nomás un cierto grado de inteligencia y de integridad moral, el Presidente es un gobernante, por lo que los planes de los respectivos candidatos son un elemento importantísimo en las elecciones.

Entonces, imaginemos un votante ideal. Tiene que enterarse de los planes de los diferentes candidatos (en el supuesto caso de que haya varios; si nomás hay uno, la necesidad del sistema electoral se vuelve metafísica). ¿Cómo se saben los planes de los candidatos? En la campaña electoral.

Ahora bien, la campaña electoral y las giras no sólo sirven para difundir las ideas del candidato, sino que también permiten a éste enterarse de los problemas particulares de cada región. Es decir, la campaña es al mismo tiempo propaganda e investigación.

Pero volvamos al votante ideal. Él quiere saber los planes de los candidatos, para elegir el que más le convenga. Lee los periódicos; cuando un candidato llega a Chihuahua, se entera de qué es lo que éste piensa hacer con respecto a la ganadería; cuando llega a Mazatlán, se entera de qué es lo que va a pasar con la pesca. Al final de las campañas, el votante ideal está en condiciones de conocer perfectamente los planes de los diferentes candidatos y de elegir el que considere más acertado. Es muy sencillo.

Sí, es muy sencillo, mientras el votante ideal no se ponga a cavilar sobre el hecho de que las campañas también son propaganda, de que nunca se ha oído que un candidato hable en pro de la pesca en una región ganadera; de que los discursos, después de todo, no son más que los fragmentos de un plan; de que entre todas las promesas puede haber muchas contradicciones; de que los recursos del país son limitados y no permiten satisfacer todas las necesidades, etc.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1970).

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