Recuerdos de un hombre del folk

Por Bob Dylan

Mis primeras apariciones en público habían sido en el auditorio escolar, que no era una cajita de música sino toda una sala de conciertos como el Carnegie Hall. Su construcción se había costeado con dinero procedente de la actividad minera de la Costa Este, y estaba equipada con telón, accesorios, trampilla y foso de orquesta.

Hice mis pinitos como actor en Black Hills Passioll Play Of South Dakota, un drama religioso que retrata los últimos días de Cristo. La obra siempre se montaba en la ciudad por Navidad con actores profesionales en los papeles principales, jaulas de palomas, un burro, un camello y un camión cargado de objetos de atrezo. Siempre había escenas para las que se precisaban extras. Un año interpreté a un soldado romano con lanza y casco; con coraza y todo. No tenía diálogo, pero eso no importaba. Me sentía como una estrella. Me gustaba el disfraz. Producía en mí un efecto de lo más estimulante… Como soldado romano, sentía que formaba parte de algo, que estaba en el ombligo del mundo, que era invencible. Ahora lo recuerdo como si hubiese ocurrido hace un millón de años, como si desde entonces hubiese librado un millón de luchas y hubiese atravesado un millón dificultades personales.

No me sentía muy invencible en aquel entonces. Quizá desafiante. Cualquier cosa menos satisfecho. Cercado. Por lo que a mi respectaba, nada era visible, salvo la cocina. Nada excepto los perritos calientes con magdalenas y tallarines, las galletas de chocolate y los cereales con nata… Todo se reducía a batir harina y huevos en un bol para preparar el pan de maíz, cambiar pañales y hacer biberones.

De algún modo, entre todo aquello, el esfuerzo por moverme por el barrio eludiendo el acoso y los paseos del perro, me las arreglé para sentarme al piano y componer algunas canciones para la obra basándome en los títulos que se me habían dado. La obra en sí transmitía cierta verdad devastadora, pero me propuse mantenerme alejado de aquello. La verdad era lo último que tenía en mente, e incluso si existía no la quería en mi casa. Edipo salió a buscar la verdad y cuando la encontró, su vida se fue al carajo. Como humorada me parecía bastante espantosa.

Así de maravillosa era la verdad. Decidí empezar a expresar opiniones distintas según a quien me dirigiera. Si alguna vez me tropezaba con una verdad, me sentaría encima y la mantendría escondida. A principios de semana había ido a Nueva York para hablar con el productor de la obra, Stewart Ostrow. Le había llevado las canciones a su despacho del edificio Brill y las había grabado. Él se encargó de mandar los acetatos a Archie.

Mientras estábamos en Nueva York, mi esposa y yo fuimos al Rainbow Room, en lo alto del Rockefeller Center, para ver a Frank Sinatra Jr., que cantaba con una orquesta entera. ¿Por qué fuimos a verlo a él y no a otro que estuviese más en la onda? Porque ahí no me encontraría con agobios ni con gente que me acosara, por eso… Y quizá también porque sentía cierta afinidad con Frank. Debíamos tener la misma edad, éramos coetáneos. En cualquier caso, él era un cantante excelente. No me importaba si era tan bueno como su viejo o no; cantaba perfectamente, y me gustó su orquesta grande y escandalosa.

Una vez que terminó, vino a sentarse con nosotros. Obviamente, estaba sorprendido de que alguien como yo fuera a verlo, pero cuando se enteró de que me encantaban las canciones de los musicales con arreglos orquestales, se relajó y me aseguró que le gustaban algunas de mis canciones, como “Blowin’ in the Wind” y “Don’t Think Twice…”, y me preguntó dónde solía tocar (yo me había retirado y vivía como un eremita, pero no se lo dije). Habló del movimiento de los derechos civiles, me contó que su padre se había mostrado activo en ese frente, que siempre había luchado por los desvalidos, pues se sentía uno de ellos. Frank Jr. parecía inteligente, no había nada de falso, amanerado ni jactancioso en sus modales. Lo que hacía era legítimo, y él sabía quién era. La conversación se prolongó un buen rato.

—¿Cómo crees que te sentirías —preguntó— al darte cuenta de que el desvalido en realidad es un hijo de puta?

—No sé —respondí—. Probablemente no muy bien.

A través del muro acristalado, se dominaba un paisaje urbano espectacular. Desde el piso sesenta, el mundo presentaba un aspecto distinto.

Poco después, le compré una flor roja a mi esposa, una de las criaturas más adorables del mundo de las mujeres, nos levantamos y salimos, tras despedirnos de Frank.

Al final llegó una respuesta de MacLeish, en la que planteaba ciertas preguntas, tal como yo sospechaba. Me invitó de nuevo a su casa. Podríamos poner a punto las composiciones, integrarlas y hablar algo más al respecto. Sin dudado, salté al asiento del conductor de nuestro gran Ford familiar y me dirigí a la campiña de Nueva Inglaterra. Incluso al volante, con la vista puesta en la carretera, no lograba deshacerme del estruendo que resonaba en mi mente. Zigzagueando por las carreteras sinuosas, me sentía como un pájaro enjaulado —un refugiado—, como si estuviese cruzando fronteras estatales con un cadáver en el maletero, expuesto a que algún poli lo pare en cualquier momento.

Puse la radio. Johnny Cash cantaba “A Boy Named Sue”. Hubo un tiempo en que Johnny había matado a un hombre en Reno sólo para verlo morir. Ahora decía que debía apechugar con el nombre de chica que su padre le había puesto. Johnny también trataba de cambiar su imagen. Aparte de eso, yo no veía mucha similitud entre mi situación y la de cualquier otro. Me sentía aislado, sin más compañía que la mía y la de mi pequeña pero creciente familia, enfrentado a un mundo fantástico de brujería.

Algo intrigante que me llamó la atención fue que Jerry Quarry había peleado contra Jimmy Ellis en Oakland y que el asunto se estaba sacando de quicio en el mundo del boxeo. Jimmy Ellis era uno de esos tipos que cobran y se van a casa. El boxeo era su trabajo, ni más ni menos. Tenía una familia a la que alimentar, y lo traía sin cuidado convertirse en una leyenda o romper récords. A Jerry Quarry, un púgil blanco, lo estaban promocionando como la nueva Gran Esperanza Blanca, expresión odiosa donde las haya. Jerry, cuyo padre había llegado a California en un tren de mercancías, no entraba en ese juego. Los militantes blancos que acudían a animarlo no lo conmovían en absoluto. No necesitaba recurrir a trucos publicitarios. Yo me identificaba tanto con Ellis como con Quarry y percibía cierta analogía entre nuestras situaciones y la forma de afrontadas. Al igual que Quarry, me negaba a reconocer mi condición de icono, símbolo o portavoz y, como Ellis, tenía una familia a la que alimentar.

A medida que el coche avanzaba bajo la brillante luz de aquel día otoñal, el escenario fue convirtiéndose en una mancha borrosa. Por un segundo, me asaltó la sensación de estar moviéndome en círculos. Al cabo de un rato, entré en Massachusetts y llegué a la casa de Archie. Como la otra vez, crucé el puente de madera, al final del sendero.

Un árbol seco muy alto se alzaba a lo lejos, proyectando sus ramas desde el tronco. Un cuadro muy sereno, muy pintoresco. Atravesé la hondonada erosionada repleta de hojas podridas bajo rayos de sol filtrados que se reflejaban en fragmentos de roca y subí la senda de piedras que conducía hasta la puerta. Pasé ante un rótulo apoyado contra la casa, un panel de aglomerado con una capa de imprimación para exteriores y letras trazadas con pintura de coche y acrílica. Como en mi visita anterior, aguardé, y me volví para contemplar por la ventana un barranco sombrío, un arroyuelo risueño y flores salvajes. Muchas flores adornaban aún la estancia, flores de color púrpura intenso, flores que, como helechos, resultaban ásperas al tacto, flores azules con el centro blanco, brotes con la punta enrollada, como la de un violín… Archie entró en la habitación y me saludó con cordialidad. Era como reencontrarse con un viejo amigo. Me pregunté si iba a tocar temas serios de nuevo, pero no estaba para charlas.

Inquirió por qué las canciones no eran más oscuras, hizo algunas sugerencias; repasó y me explicó algunos personajes, comentó que el protagonista era, entre otras cosas, envidioso, difamador y farsante y que esos rasgos debían ponerse más de relieve. Me vi a mí mismo sentado allí, presa de una irritación creciente, librando una lucha interna. MacLeish quería respuestas claras. Me miró con ojos que destilaban sabiduría. Poseía un mayor conocimiento de la humanidad y sus caprichos del que la mayoría de los hombres lograría adquirir en toda una vida.

Hube de reprimir el impulso de soltarle que las cosas andaban revueltas, que la turba había estado rodeando nuestra casa con megáfonos y exigiéndome que saliera a la calle y encabezara una marcha hacia el ayuntamiento, Wall Street, el Capitolio…; que las Parcas habían estado tejiendo el hilo de mi vida y se aprestaban ahora a cortarlo, que había cien mil manifestantes en Washington y que la policía tenía la Casa Blanca cercada con autobuses para proteger a su inquilino, que estaba dentro mirando un partido de fútbol. Gente de la que nunca había oído hablar me apremiaba para que fuese allí y tomase el mando. Todo eso me daba ganas de vomitar. En mis sueños, la multitud cantaba desafiándome, gritando: “Síguenos y participa”.

Quería señalarle que la vida se había convertido en un león en pos de su presa, que me hacía falta escapar de aquella oleada de patochadas. Miré en derredor. Los estantes estaban llenos de libros y vi el Ulises. Goddard Lieberson, presidente de Columbia Records, me había regalado una primera edición, y yo no sabía ni por donde agarrarlo. James Joyce me parecía el hombre más arrogante de la historia. Tenía los ojos bien abiertos y gran facilidad de palabra, pero yo no entendía ni jota de lo que decía. Quería pedirle a MacLeish que me explicara a Joyce, que arrojara luz sobre algo que se me figuraba tan caótico, y sabía que él me lo habría explicado, pero no se lo pedí. En el fondo, no me cabía la menor duda de que no había nada que yo pudiera añadir a su obra. De todas maneras, no necesitaba mi ayuda. Sólo quería hablar de las canciones para su obra y por eso estaba yo allí, pero enseguida se hizo evidente que no había la menor esperanza de que nuestra colaboración prosperara.

El sol se había puesto y la noche solemne se asentaba. Me pidieron que me quedara a cenar, pero decliné educadamente la invitación. Archie se había mostrado paciente conmigo. De pronto, al salir, mi mente retrocedió en el tiempo al momento en que vi a la Chica Leopardo. A veces te vienen a la cabeza cosas que has visto, viejos recuerdos que has recuperado de entre los escombros de tu vida. La Chica Leopardo. Un charlatán de feria me había contado que su madre, cuando estaba embarazada de ella, vislumbró un leopardo por la noche en una carretera de Carolina del Norte, y que la visión del animal había marcado a su futura hija. Entonces vi a la Chica Leopardo y mis emociones flaquearon.

Ahora me preguntaba si todos nosotros —MacLeish, yo y los demás— habíamos sido marcados antes de nacer, identificados con una etiqueta, alguna señal secreta. De ser así, no estaba en nuestra mano cambiar nada. Todos participamos en la misma carrera salvaje. Jugamos según las reglas establecidas o no jugamos. Si lo de la señal secreta es cierto, entonces no sería justo juzgar a nadie… Y yo esperaba que MacLeish no me juzgara.

Había llegado la hora de marcharse. Si permanecía un rato más en casa de Archie, acabaría por fijar allí mi residencia. Le pregunté, por pura curiosidad, por qué no escribía él mismo las canciones. Me contestó que no era compositor de canciones y que su obra requería otra voz, otro enfoque, pues a veces nos dormimos en los laureles.

Mientras me acercaba de vuelta al pequeño arroyo, me parecía estar contemplando la rizada superficie de un río. La obra de Archie era tan dura, tan lúgubre como un asesinato nocturno. No había manera de que yo hiciera mía su determinación, pero fue estupendo conocer a ese hombre que había alcanzado la luna cuando los demás apenas nos habíamos levantado del suelo.

En cierto modo, me enseñó a nadar en el Atlántico. Quise agradecérselo, pero me resultó complicado. Desde el camino que llevaba a la carretera nos despedimos con un gesto y supe que jamás volvería a verlo.

*Fragmento de Crónicas: Volumen 1 (2004)

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