Monterrey es un puto tubo de desagüe”

Por Gerson Gómez

Se ahogaba en el caldo de sus flemas.

Ni Raúl, Martín, León, Carlos y Ulises, los enfermeros intensivos de planta con especialidades en fisioterapia, nutrición, oncología y tanatología, para las 24 horas del día, pudieron detener el paso del tiempo, ni sus estragos en el cuerpo del señor Lampazos. El diagnóstico inicial en el centro médico Muguerza se confirmó con los datos cruzados del Zambrano Helión y se despejó la duda con el Texas Medical Center. Cáncer terminal, tres meses de vida.

Desde la noche del domingo, al director general y presidente del consejo de administración, su hijo, le hicieron llegar el mensaje definitivo mientras cenaba en su domicilio contiguo al palacete de su padre: ha entrado en agonía.

El significado lúgubre con doble filo. Permitirle el uso de la amarga morfina, paliar el dolor y hacerlo entrar dopado al reino de los cielos o atormentarlo en lucidez, como lo hizo con él, durante toda la vida, sin medicamento.

Aplicaron la morfina. La angustia del rostro disminuyó. Le conectaron al respirador artificial. El cursor medía la intensidad del corazón. La metástasis exudaba muerte en cada poro. Imposible trasplantar el órgano dañado. Las células destructoras se extendieron como en campo de batalla.

Dejaron de visitarle sus antiguos socios comerciales. Sin recibir visitas por indicaciones terminantes de su médico de cabecera. Cualquier virus acortaría substancial la permanencia física del ahora desahuciado.

Desplazaron las paredes de su casa museo. A la bodega fueron a dar los coloridos Tamayo, los abstractos Picasso, el colorido Gauguin y el Toledo; el pinche cuadro, como acostumbró decirle a esa extraña mutación mexicana de perro con alebrije.

Acercaron sus trofeos de cacería. Disecados con gran maestría. Conservaban el brillo de su extinta existencia. El gran oso blanco de Rusia, la cabeza del elefante gris Tanzania con los colmillos íntegros, el león sudafricano con sus garras afiladas en posición de ataque y el águila calva, el motivo de orgullo personal.

—Yo me chingué a los gringos en su pinche patio delantero, en sus yardas, les di tronco. Ahí cacé a este hermoso animal prohibido. Vaya plumas, como cuando les compré varias subsidiarias financieras en el corazón de Wall Street; tremendo boquete. Cuando provoqué un corto en los mercados con mi participación accionaria. En los tiempos de Salinas me volví billonario.

Colocaron luz indirecta en los costados. El control se rige por el termostato anímico del enfermo. No más ventanales para observar la Sierra Madre Oriental, el enclave del domicilio, mucho menos hacia la mancha amarilla y gris. En eso se ha convertido Monterrey: en un puto tubo de desagüe, de letrinas llenas de cagada de potosinos, veracruzanos, oaxaqueños y tamaulipecos, les decía a los trabajadores domésticos, para recordarles quién es el patriarca en la comunidad.

Incluso sus seis hijos, divididos por iguales entre varones y damas, asienten a los caprichos nimios, so pena de excomunión financiera.

Llamaron al párroco de los Legionarios de Cristo, responsable de la capilla personal de la familia. En 15 minutos llegó ya preparado y ofició la misa de extremaunción para el agonizante. Nadie tomó comunión.

—En lo espiritual está listo para partir —les dijo—. Si hay algo más, llamen sin importar la hora. Nuestro hermano ha sido un donador generoso. Es lo mínimo para estos momentos dolorosos.

Encendieron los varones mayores las velas aromáticas traídas exprofeso de Japón. El aroma de cerezos se impregnó en el ambiente.

Irá guiando el andar del Patriarca, quien con el indócil fierro, el oscuro carbón, la festiva cerveza, el translucido vidrio y el humilde cartón forjó la mayor riqueza en estas tierras. Rezaron una especie de canto shamánico libanes.

Al apagarse la respiración del patriarca, algunos de ellos se santiguaron. Del armario eligieron el pulcro traje negro más nuevo de la colección francesa diseñada Prêt-à-porter.

Hicieron pasar por la puerta de servicio al equipo de la funeraria quienes ya esperaban el deceso. El embalsamador, quien ocultó sus múltiples tatuajes bajó la camisa spándex, se quedó sin compañía con el cuerpo.

Lo manipuló en el nicho de madera construido para la ocasión. Le drenó la sangre y los excrementos. Introdujo la sonda por un costado del cuello. Le fue inyectando la solución mientras masajeaba los músculos de los brazos y las piernas del anciano. Le cosió sus enjutos labios con hilo invisible.

Lo fue vistiendo con el mayor respeto de un deudo desconocido. Para las 10 de la mañana, el cuerpo dentro del ataúd de roble con la tapa abierta y sin cubrir, sus manos juntas como si estuviera meditando.

Una obra de arte en el papel principal en su casa museo. Rodeado de los formidables trofeos y de sus conquistas económicas.

A lo alto de la Sierra Madre Oriental, por primera vez en tres meses, descorrieron los pesados cortinajes dando la despedida al patriarca de Monterrey.

De ese pinche excusado, como decía él cuando bebía con sus amigos en el Indio Azteca, donde alguna vez nada se hizo sin su aprobación expresa o sin su indulgencia moral.

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