M. André Philip, en su reciente libro El problema obrero en los Estados Unidos, cuenta que en aquel país hay tipos sociales muy extraños, tipos declassés. Hay propietarios de automóviles que mendigan en la vía pública, para comprar bencina para sus carros. Hay otros hombres, los hobos, vagabundos que recorren los campos y los bosques, presas de una fobia incurable por la vida de ciudad. Estos hobos placen singularmente a los sociólogos neorrománticos que sueñan con una sociedad futura, cimentada, al fin, en las ideas de Rousseau.

Los hobos de los Estados Unidos son, por lo general, obreros trashumantes que trabajan solamente unos días y el resto del tiempo viajan a pie, solos o en grupos, entonando canciones patriarcales o poemas de lucha que ellos mismos componen. Permanecen en las ciudades el menor tiempo posible, el preciso para ganar unos dólares que les permiten satisfacer las necesidades elementales de su vida: la comida frugal, a la sombra de los pinos colorados, el tosco pantalón hasta los hombros, el tabaco del hombre, el pobre alcohol latino.

Los hobos están sujetos a todas las condiciones de trabajo y salario ordinarios del país, excepto a aquellas referentes al número de horas semanales de labor y a la progresión intensiva y “en cadena” del trabajo. El tiempo semanal por el cual se enganchan en una fábrica, es, como hemos dicho, menor que el de los contratos corrientes, porque así lo piden los hobos. En consecuencia, los métodos de la “racionalización” capitalista no corren con ellos, derivándose de aquí que los hobos no son, generalmente, recibidos en los grandes centros industriales, donde aquellos métodos constituyen ley y donde los horarios, tanto cotidianos como semanales, dependen exclusivamente del patrón. Los hobos, de esta manera, trabajan, la mayoría de las veces, como artesanos en las aldeas o como obreros en las empresas pequeñas, donde las condiciones de trabajo son menos duras.

Los hobos logran con este género de vida sacudirse, en parte y a su modo, de la esclavitud en que viven los demás obreros en los Estados Unidos. Los hobos han comprendido que el obrero, por el solo hecho de vivir, de modo permanente en una ciudad o en un conglomerado industrial, se somete tácitamente al control patronal, con todas sus leyes y engranajes automáticos. Una existencia errante les libra un tanto de este yugo, ya que no es aún posible una liberación mayor, más justa y más humana.

Los hobos no abundan en los Estados Unidos, puesto que su número llamaría la atención oficial y les atraería la represión consiguiente. Su rebeldía, el sentido revolucionario de su vida, cae en la actual organización económica, bajo la autoridad del Estado, pues los hobos violan las leyes normales del trabajo y, sobre todo, los principios de convivencia humana. Su vida nómade, su vida de naturaleza, su vida de solitarios, constituyen un delito innegable. Tranquilos de ambición, simples de necesidad, sanos de codicia, primitivos y libres, los hobos se oponen, en suma, a los demás tipos sociales de la época.

Los hobos son, pues, muy pocos. Pero se cuenta que son unas grandes almas. Muchos de ellos son artistas y poetas. Hobos fueron y son Walt Whitman, Jack London, Carl Sandburg. En las noches salvajes, el hobo solitario enciende fuego en la jungle y lee salmos antiguos, versículos de gesta, clamores bárbaros o compone, bajo las estrellas, un capítulo de Briznas de yerba, de Humo y acero o de El hijo del lobo…

Los hobos no van por los caminos. Van, como todos los que protestan, a campo traviesa.

*Texto publicado en Mundial (1928)

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