Una plaga llega al fin de la Tierra

Por Miguel Ángel Rivera

Finisterre, Coahuila. Manuela Morales, una mujer de 41 años que parece tener por lo menos 15 más, sufrió hace cinco una infección en la piel, particularmente en el dedo cordial de la mano derecha que, a pesar del continuo cuidado de médicos y curanderos, progresó a un grado en que se hizo necesario amputar. Sin embargo, el mal no cede. El origen de su enfermedad está, según le han asegurado médicos y curanderos, en el agua “potable” de su pueblo. El agua tiene arsénico.

Manuel Morales vive en Finisterre (“Fin de la Tierra”), un ejido del municipio de Francisco I. Madero, al que se le puso este nombre porque está en el punto más alejado a partir de Torreón. En realidad, es el sitio más lejano de cualquier parte. Allí, la totalidad de la población —poco más de 500 habitantes— están en peligro, o padecen ya, arsenicismo crónico, que es una forma muy lenta de muerte. El arsénico del agua, en cantidades que no alcanzan a matar a una persona de una sola vez —un promedio de 782 microgramos por litro, según un estudio realizado hace años por el Instituto Nacional de la Nutrición— es parcialmente desalojado por los mecanismos de defensa del organismo, pero una parte permanece en el conducto gastrointestinal, los pulmones y la piel. El resultado de la progresiva acumulación del veneno se manifiesta en cambios cutáneos y de las mucosas, neuropatías periféricas (entumecimiento, hormigueo y sensaciones de quemadura en pies y manos, seguido de entumecimiento muscular y disminución de la sensación del tacto). Las manifestaciones cutáneas consisten en descamación, hiperpigmentación de tronco y extremidades, endurecimiento de las palmas y plantas, así como edemas en cara y extremidades.

El arsénico tiene predilección por la queratina, así que su concentración en el pelo y las uñas es más elevada que en otros tejidos. Ocasiona también cefalalgia, somnolencia, confusión y convulsiones. Además, según el Instituto Nacional de la Nutrición y el doctor Rafael Tenorio Marañón, de la clínica del Seguro Social en El Cántabro, un poblado cercano a Finisterre, las lesiones en la piel pueden ser predisponentes de cáncer. También, dijo el doctor Enedino Ríos Velázquez, director de la Clínica-Hospital de Campo del IMSS en Francisco I. Madero, la ingestión de arsénico provoca hipertensión arterial, que en ese municipio de 57 mil habitantes es la novena causa de consulta externa. Las dermatitis están en séptimo lugar (Al IMSS está afiliado el 42 por ciento de la población del municipio, por lo que sus cifras son representativas de la realidad general).

Tenorio Marañón y el jefe de la clínica de El Cántabro, doctor Héctor Ramón Salazar, señalaron que el problema del arsenicismo crónico no es exclusivo de Finisterre, sino que también se manifiesta, aunque en menor escala, en Nuevo Mundo, Chandure, el Venado, Sofía, San Salvador de Arriba, San Rafael, Santa Ana, Begonia y El Retiro, todas pequeñas comunidades de Francisco I. Madero y del vecino municipio de San Pedro, también Coahuila.

En la clínica de El Cántabro se atienden seis casos crónicos de arsenicismo, que han manifestado lesiones precancerosas y a tres se les han practicado amputaciones. Además, recientemente murió el señor Basilio Luna Flores y su esposa es otra de las afectadas. No hay estudios recientes acerca del número total de enfermos por arsenicismo, pero las estimaciones de los médicos varían entre el 30 y el 60 por ciento de la población, aun cuando no en el mismo grado. Hay manifestaciones clínicas del envenenamiento, como la caída del pelo, de las que no se lleva recuento, porque —como dice el doctor Ríos Velázquez— “la gente ni siquiera se fija y menos se queja de estos aspectos”. La evolución es muy lenta. Según el estudio del Instituto Nacional de la Nutrición, no hay manifestaciones en menores de siete años y la frecuencia de casos aumenta con la edad: después de los 25 años “cerca de las tres cuartas partes de las personas presentan signos y síntomas”. Este estudio se hizo hace más de 10 años, ahora la proporción ha cambiado un poco pues algunos poblados tienen ya agua realmente potable.

Imposible obtener medicinas

El doctor Tenorio Marañón, que es uno de los que más se han preocupado por el estudio de los efectos del arsénico en el organismo humano, descubrió que hay tres medicamentos que ayudan a la rápida eliminación de las sustancias tóxicas: Verseno, Penicilamina y BAL (British Anti-Lewisite). Estos medicamentos no están en los cuadros básicos del IMSS y de la Secretaría de Salubridad y Asistencia y, por lo tanto, no se pueden prescribir. Además, como la mayoría de los enfermos son de escasos recursos económicos (peones y sus familias), no tienen la posibilidad de comprar ellos mismos la medicina.

Visto el problema desde un punto de vista más general, el arsenicismo es resultado de la extrema pobreza, tanto de la gente como del estado, que no puede realizar las obras necesarias para conjurar ese problema. Así, por ejemplo, el jefe de los Servicios Coordinador de Salud Pública en Coahuila, doctor y Virgilio Butrón Velázquez— a quien acompañaba el director del Centro de Salud de San Pedro, doctor Alfonso Fernández Sepúlveda—, señaló que por la lejanía de Finisterre, “resultaría más económico trasladar a todos sus habitantes al Hotel Camino Real que construir una red de agua potable procedente de fuentes que estén libres de contaminación”.

El propio funcionario dijo que en los últimos años se ha dotado de agua realmente potable a muchas de las comunidades de Madero y San Pedro, con lo que el problema del arsenicismo se ha reducido. Sin embargo, reconoció que “puede haber algunos casos”, por falta de educación higiénica, pues aunque se recomienda que se beba únicamente agua de la llave, algunas personas la toman de “cualquier charco”. También reconoció que se ha analizado el agua de los pozos que surten a esas comunidades y ocasionalmente se han encontrado “un poco de arsénico”, pero que “no es algo constante, a veces sube y a veces baja”.

Por lo que respecta a la pobreza de la gente, el INN apunta este dato en un estudio dirigido por el doctor Adolfo Chávez: “Se observó que el grupo con sintomatología de arsenicismo tiene también más datos de carencias alimentarias, pero esto bien puede ser debido a que la intoxicación arsenical favorezca la mala nutrición, como se observa en el curso de la mayoría de las enfermedades. En todo caso, lo más probable es que ambas situaciones estén relacionadas en ambos sentidos: la desnutrición favorece la intoxicación y viceversa”.

En el estudio del INN, que se circunscribió a Finisterre, “se observaron manifestaciones clínicas de carencias nutricionales múltiples en todos los sectores de la población, por falta de diversos nutrimentos como calorías, proteínas, vitamina A, ácido ascórbico, riboflavina, hierro y a veces de niacina”. Los investigadores del Instituto también encontraron que de las 320 hectáreas de tierra de riego con que se dotó al ejido, sólo 132 quedaron en poder del grupo de 79 ejidatarios, el resto está en poder de no vecinos o se ha convertido en propiedad privada mediante certificados de inafectabilidad expedidos a favor de personas que habitan en otras poblaciones.

Epidemia que llegó a Torreón

El problema del arsénico en La Laguna data ya de hace mucho tiempo. Lo peor ocurrió hace poco más de 12 años, en que ocurrió una verdadera epidemia que alcanzó inclusive a la ciudad de Torreón. El número de víctimas no se conoció con precisión, dice el doctor Edmundo Sánchez de la Fuente —epidemiólogo de la SSA que estudió profundamente el problema —porque al principio se hablaba de una “enfermedad desconocida”, hasta que finalmente se analizó el agua y se encontraron residuos de arsénico. Debido al alcance de esta epidemia, fue necesario inclusive que el entonces secretario de Salubridad, Álvarez Amézquita, se trasladara a La Laguna para dirigir personalmente la tarea.

La solución fue cegar los pozos, pero posteriormente, pues no había otra fuente de agua, se perforaron otros en los que no se encontró arsénico, al menos momentáneamente. La situación en esa época fue descrita por Cesáreo García, esposo de la señora Morales —de la misma edad que ella e igualmente avejentado— quien nació en Finisterre y allí vive todavía: “Antes la gente se ponía panzona y luego se moría. Nos dijeron que era el agua”.

El doctor Sánchez de la Fuente dijo que hasta ahora se desconoce la fuente del arsénico, pero lo más probable es que sean yacimientos en la tierra. El mismo profesional reveló que hasta las aguas del río Nazas tienen un cierto grado de contaminación arsenical, aun cuando no permanente, procedente al parecer de fundos mineros que están a lo largo del río, desde la sierra hasta cerca de La Laguna. Indicó que el arsénico en el Nazas, cuando se encuentra, está en cantidades de décimos de microgramos, pero también arrastra otros residuos de metaloides igualmente tóxicos: plomo y cadmio entre otros, pero también en cantidades ínfimas. “No debemos olvidar —indica Sánchez de la Fuente— que La Laguna era un brazo de mar y en el suelo quedaron restos de muchos minerales”.

Además del mencionado, hubo otro caso de intoxicación colectiva con arsénico, pero esta vez fueron las vacas las afectadas. Esto ocurrió hace apenas unos meses, en mayo anterior. Entonces, un minero entregó un mineral fosfórico a una planta de alimentos balanceados, pero como el análisis se hizo en sólo una muestra, no se descubrió que contenía también arsénico. Las pérdidas de los ganaderos —pues todos los animales intoxicados se sacrificaron e incineraron— se estimaron en 500 millones de pesos, por lo que el gobierno federal tuvo que auxiliarlos. “En realidad, las cifras se exageraron —recuerda el jefe de los Servicios Coordinados en Coahuila— porque algunos ganaderos aprovecharon la confusión para ellos mismos intoxicar a los animales y así deshacerse de ejemplares viejos”.

Intoxicados por plaguicidas

Los habitantes de La Laguna, casi todos hombres de campo, están expuestos, asimismo, a otro tipo de intoxicación: por plaguicidas. En un simposio especialmente convocado por el gobierno de Durango, preocupado por esta situación, el doctor Edmundo Sánchez de la Fuente presentó un trabajo en que se afirma que durante los años 1974, 1975 y 1976 ocurrieron ml 129 casos de intoxicación por plaguicidas. Siete fueron fatales. Una de las personas murió porque comió fruta contaminada por insecticida, sin que fuera previamente lavada; dos más por bañarse en canales de riego cuya agua llevaba una fuerte concentración del agente; dos más fueron “bandereros” rociados accidentalmente y sin equipo protector, cuando guiaban a los aviones fumigadores; los dos restantes se intoxicaron al inhalar y tener contacto con la piel con el insecticida.

El doctor Roberto Tuda Matus, jefe de los Servicios Coordinador de Salud Pública en Durango, quien hizo la presentación del anterior trabajo, apuntó en su introducción que en el último año se conocieron otros dos casos de intoxicaciones colectivas. En Mapimí, Durango, murieron siete personas al comer pan elaborado con levadura contaminada; y en Canatlán, también Durango, hubo 70 intoxicados por comer pastel que fue transportado en un vehículo que normalmente se dedica al traslado de insecticida. Entre los habitantes de Finisterre la intoxicación por arsénico se manifiesta particularmente en edemas en las manos. Ellos saben que el origen de sus males está en el agua, pero no tienen más remedio que beberla, usarla para los alimentos, para el aseo y para el lavado de la ropa. “No tenemos de otra. Y no tenemos para comprar el agua de otra parte”, comentó Cesáreo García. Lo mismo responde Jesús Andrade Gutiérrez, de 35 años y al igual que muchos de sus vecinos con apariencia de más viejo, quien desde hace cinco años empezó con “los granos”. “También tengo manchas en el cuerpo” —reveló—, pero por pudor se negó a mostrarlas.

Su pena era justificada. Ante su casa se había congregado un gran número de sus vecinos, que seguían al reportero y le mostraban las casas de los más enfermos. “A ver si así nos traen agua buena”, era su razonamiento. Andrade Gutiérrez hizo una demostración más. Recién había regresado de su trabajo en el campo y tenía las manos sucias, llenas de tierra. Las lavó con el agua de una tina y los edemas parecieron crecer y se hicieron más notables. Lo mismo ocurrió cuando su vecino Primitivo Hernández Domínguez —otro hombre avejentado, éste de 30 años— quitó la tierra de sus manos.

Estos enfermos tienen, además del daño físico un problema psíquico, pues cuando dan la mano para saludar la retiran inmediatamente, ante el temor de una expresión de disgusto de sus anfitriones. Las palmas de las manos se sienten ásperas, casi como escamosas. Otra mujer, María de Jesús García, reveló que había padecido de “un grano en la lengua”. La atendieron en el hospital Universitario de Torreón y el diagnóstico fue el mismo: “el agua”.

Pero Andrade y Hernández no han recibido ninguna atención médica, porque carecen de recursos, según dijeron. Además, cuando ellos van a Torreón a atenderse, tienen que afrontar otro problema de contaminación. Esta vez de humos y gases, arrojados por la planta de Peñoles, que producen irritación en las mucosas. Manuela Morales, que es la que ha acudido a mayor número de médicos, tanto de instituciones oficiales como particulares, cansada de no encontrar alivio recurrió a una curandera del vecino poblado de Batopilas, doña Catarina Rojas, quien asegura que durante 15 años fue enfermera en San Pedro. La curandera dice que ella sí cura “realmente” a los enfermos, porque les da remedios “para adentro, no como los médicos, que sólo curan la piel”. “Ya he curado a muchos, con el favor de Dios”, asegura, pero se niega a revelar qué medicamentos recomienda.
Después de la consulta, la señora Morales entrega la receta —un pedazo de hoja de un viejo cuaderno escolar— a su esposo, quien responde: “Hoy no tengo dinero, porque no fui a trabajar A ver si mañana”.

*Texto publicado en Proceso (1976)

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