¿Qué mujeres fueron a la guerra?

Por Svetlana Alexiévich

No se fije en que soy menuda, de constitución delicada… Yo también estuve allí… Soy de allí…

Cada año me cuesta más responder a esto: “Si no eres soldado, ¿por qué fuiste allí?”. Tenía 27 años… Todas mis amigas se habían casado menos yo. Había estado un año con un chico, pero después él se casó con otra. “¡Bórralo! Quítatelo de la memoria para que nadie sepa, ni adivine, que estuvimos allí…”. Esto me escribió una colega de Afgán. Pues no, no voy a borrarlo de mi memoria, pero sí quiero aclararme las ideas…

Ya allí empezamos a entender que nos habían engañado. La pregunta es: “¿Por qué fue tan fácil engañarnos?”. Porque nosotros lo anhelábamos… ¿Es así, anhelábamos? ¿Cómo se dice correctamente? Llevo demasiado tiempo viviendo sola, pronto se me olvidará el habla humana. Me callaré para siempre. Puedo confesárselo… A un hombre se lo habría ocultado, pero a una mujer se lo diré…

Se me pusieron los ojos como platos cuando vi cuántas mujeres iban a esa guerra. Guapas y feas, jóvenes y no tanto. Alegres y furiosas. Panaderas, cocineras, camareras… Mujeres de la limpieza… Por supuesto, cada una tenía su interés práctico: pretendíamos ganar dinero, o incluso arreglar nuestra vida personal. Todas éramos solteras o divorciadas. En búsqueda de la felicidad. De un poco de suerte. Allí había suerte. Y la gente se enamoraba en serio. Se celebraban bodas. Tamara Solovéi…

La enfermera… Trajeron en la camilla a un piloto de helicóptero, estaba negro, calcinado. Pasados dos meses me invitó a su boda: se casaban. Pregunté a mis compañeras de habitación: “¿Qué hago? Estoy de luto…”. Había muerto un amigo, tenía que escribir a su madre, llevaba dos días llorando sin parar. No estaba para asistir a una boda. “A lo mejor pasado mañana su novio perderá la vida, por lo menos ahora tendrá alguien para llorar su muerte”, me respondieron las chicas. Es decir, no tenía que pensar si iba o no iba, tenía que buscar un regalo. Todos llegaban con el mismo regalo: un sobrecito con vales. La tripulación del novio se presentó con una garrafa de alcohol puro. Cantamos, bailamos, brindamos. Gritamos: “¡Viva!”. La felicidad es igual en cualquier parte. Sobre todo, la felicidad de la mujer… Había de todo… Pero la memoria guarda las cosas bellas… Por la noche el comandante del batallón vino a mi habitación: “¡No tengas miedo! No quiero nada. Quédate sentada, solo quiero mirarte”.

Pero ¡teníamos fe! ¡Una gran fe! Creer en algo es tan bello… ¡Es maravilloso! La sensación del engaño… Y de la fe… De algún modo esas dos cosas se juntaban en nosotros… Tal vez yo no era capaz de imaginar otra guerra, una guerra diferente de la Gran Guerra Patria. Desde niña me encantaban las películas bélicas. Pensaba que… En mi mente había imágenes. Bueno, me imaginaba situaciones… ¿Acaso un hospital militar puede prescindir de mujeres? ¿De las manos de una mujer? Soldados quemados… torturados… Algo tan sencillo como poner la mano en la herida, transmitir un poco de fuerza emocional. ¡Eso es la misericordia! ¡Ese es el trabajo del corazón femenino! ¿Me cree usted? ¿Nos cree a nosotras? ¿Cree que no todas allí eran unas prostitutas y unas chivatas? Había muchas chicas de bien. Se lo confío como a una mujer… De mujer a mujer…

Con los hombres es mejor no tocar ese tema. Se te ríen en la cara… En mi nuevo trabajo (regresé y me di de baja por voluntad propia) nadie sabe que vengo de la guerra. De Kabul… Hace poco hubo una discusión sobre Afganistán: qué guerra es, por qué… Nuestro ingeniero jefe me interrumpió: “Qué sabrá usted, una mujer joven, de asuntos bélicos… Eso son cosas de hombres…”. [Se ríe]. En la guerra vi a muchos chicos que pedían participar en misiones peligrosas. Perdían la vida sin pensárselo dos veces. Allí observaba mucho a los hombres… Los miraba a hurtadillas… Sentía curiosidad… A ver… ¿qué microbio corría por sus cabezas? Los chicos siempre están guerreando… Los había visto arriesgar la vida, los había visto matar. Y ellos se creen especiales por matar. Los ha rozado algo que no ha tocado a otros. ¿A lo mejor es como una enfermedad? Por ejemplo, existe un microbio. Un virus… Se contagian…

Aquí todo se puso del revés… Entre nuestra gente… Nos habíamos ido de un país que necesitaba esa guerra y regresamos a un país que no la necesitaba. Nuestro socialismo se está derrumbando y no estamos para construirlo en el quinto pino. Ya nadie cita a Lenin ni a Marx. Nadie se acuerda de la revolución mundial. Adoramos a otros héroes… A los granjeros, a los empresarios… Los ideales son otros: mi casa es mi fortaleza… Pero a nosotros nos habían educado con los ejemplos de Pavka Korchaguin… De Merésiev… Sentados alrededor de una hoguera cantábamos: “Antes piensa en la Patria y después en ti”. Pronto seremos el hazmerreír de todos. Nos usarán para asustar a los niños. No nos quejamos de no haber recibido lo merecido… De que no haya medallas para nosotros… Nos borraron como si no existiéramos. Caímos entre las piedras del molino…

Los primeros seis meses no lograba conciliar el sueño. Y cuando me dormía, soñaba con cadáveres, con bombardeos. Horrorizada, saltaba de la cama. Cerraba los ojos y otra vez volvían las mismas imágenes. Pedí hora con un neurólogo. Me escuchó y dijo sorprendido: “¿En serio ha visto tantos cadáveres?”. ¡Cuánto deseé partirle la carita a ese chico! Me contuve por poco… Me convencí… ¡Podría haberle dicho unas cuantas cosas! En la guerra había aprendido. No volví a ver a ningún otro médico. Caí en una depresión…

Por la mañana no quiero levantarme de la cama ni lavarme ni peinarme. Lo hago todo a la fuerza, me obligo. Voy a trabajar… Hablo con la gente… Si por la noche me preguntan qué he hecho, no sabría responder, no recuerdo nada. Cada día siento menos ganas de vivir. No puedo escuchar música. Ni leer poesía. Antes me encantaba, era mi vida… No invito nunca a nadie. Ni acepto invitaciones. No tengo dónde esconderme, ¡maldita vivienda! Vivo en un piso compartido… ¿Qué he ganado en esa guerra? Me he comprado algo de ropa… He comprado algunos muebles italianos… Pero me he quedado sola… No encontré nada en la vida de allí y ahora me siento perdida en la de aquí. No encajo en esta vida. A pesar de todo quiero creer en algo. Me han quitado… Me han robado… No solo he perdido mi dinero por la inflación, peor todavía: me han confiscado mi pasado. Ya no tengo pasado… No tengo fe… ¿De qué voy a vivir?

¿Cree que nosotros somos crueles? ¿Se dan cuenta de lo crueles que son ustedes? No nos preguntan nada, no nos escuchan. Pero escriben de nosotros…

No mencione mi nombre. Considere que ya no existo.

*Fragmento de Los muchachos de zinc (1989)

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