¿Cómos se carga a un cadáver con alegría?

Por GGM

El ataúd llega antes del amanecer. Entonces se transforma el ambiente, porque algo parece indicar a la gente de La Sierpe que lo que proporciona a la muerte una dimensión de pavor, no es propiamente el cadáver, sino la caja mortuoria que el carpintero de La Guaripa fabrica a la carrera, con tablas mal claveteadas y sin cepillar, cada vez que de los pantanos surge un hombre con una soga cortada a la medida del muerto. A cualquier hora del día o de la noche en que un mensajero de La Sierpe toque a las puertas del carpintero de La Guaripa, el hombre se levanta dispuesto a trabajar, pues sabe que por muy diligente que sea el mensajero, quien está necesitando el ataúd tiene por lo menos seis horas de estar tirado en un rincón, pudriéndose entre los cerdos y las gallinas.

No siempre ha sido el hombre que viene por el ataúd lo suficientemente veloz como para no cruzarse en el camino con otros mensajeros que viajan a La Guaripa en busca de más ataúdes. El aguardiente que se consume en La Sierpe produce una embriaguez de mala índole, cuyas consecuencias no son en todos los casos el convencional dolor de cabeza y el malestar del día siguiente. La intoxicación y la reyerta pueden poner también sus velas en el entierro, si la tardanza del ataúd prolonga los festejos hasta las horas de la mañana. Sólo una vez colocado el muerto dentro de la caja, la gente recoge sus mesas de juego y sus ventorrillos y regresa a sus casas, para volver a la de los dolientes nueve noches después, a repetir la fiesta.

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Por tradición, los muertos de La Sierpe son enterrados en La Guaripa. No es preciso llenar los formulismos del registro civil ni solicitar permiso para ocupar el cementerio. Allí están, apiñados e indiscriminados bajo un montón de cruces, hombres, mujeres y niños anónimos, víctimas de la malaria y la disentería. O los cuerpos hinchados y deformes de uno por cada diez mordidos de serpiente. Sólo los cadáveres de los ahogados o los muertos a machetazos no reposan en el húmedo y estrecho cementerio de La Guaripa. A los primeros se les deja insepultos, para solaz de los gallinazos, porque la del ahogado es muerte impura en el extraño código moral de La Sierpe. A los segundos los sepulta quien los encuentre en el camino, después de cavar un hueco donde pueda reposar el cuerpo sentado.

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El cadáver es acompañado hasta La Guaripa por hombres y mujeres voluntarios, que lo hacen por afecto al muerto, por consideración a sus dolientes o, simplemente, por seguir adelante con la fiesta. El ataúd es amarrado a cuatro palos y transportado en hombros a través de los pantanos, por los senderos menos profundos, de manera que el agua no le vaya a los conductores más arriba de la cintura. Al cuerpo lo sigue un cortejo de hombres cargados con calabazas de aguardiente y de mujeres con niños y animales, que aprovechan la compañía para hacer compras en La Guaripa. Pero el viaje dura el doble que uno normal, pues es viaje con prolongadas estaciones, en el que vuelve a ser el muerto la cosa menos importante.

Donde encuentra una casa, la comitiva fúnebre se detiene a conversar, a beber café y aguardiente. Si a más de sed hay hambre, los propietarios de la casa improvisan un almuerzo con el sacrificio de un cerdo o varias gallinas, como contribución al duelo. Pero el motivo del viaje no penetra a la casa. El muerto es abandonado en un lugar distante de la vereda, desde donde no llegue el acre testimonio de que tiene más de veinticuatro horas.

Del lugar menos distante de La Sierpe a las primeras casas de La Guaripa los dolientes más urgidos no transportan un muerto en un día. La carga es demasiado incómoda de llevar a través del pantano y a esa circunstancia se recargan la parsimonia y la indiferencia de quienes convierten el viaje en una bulliciosa y pintoresca travesía.

Generalmente, un cadáver que abandona su casa acompañado por media docena de personas, llega a La Guaripa seguido por un grupo de más de veinte, pues a lo largo del camino se incorpora a la comitiva todo aquel que tiene un viaje aplazado por falta de buena compañía. O una juerga aplazada por falta de oportunidad. Durante un día y media noche, cuando menos, el grupo chapalea en el pantano, abriendo trochas, bebiendo, conversando, conduciendo una caja por cuyas junturas se escapa el espeso tufo del muerto. Sólo cuando llegan a las tierras secas de La Guaripa los dolientes procuran recuperar el tiempo perdido y se echan a trotar.

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Aquello no es un capricho. Es una ceremonia. Quien ha oído hablar de La Sierpe, tiene también noticia de una de sus más patéticas prácticas: el muerto alegre. Es la dramática ceremonia a través de la cual el cadáver informa a quienes lo llevan a la sepultura, si está conforme o insatisfecho con su estado.

Como el cadáver no es amortajado, sino colocado en una caja hecha sobre medidas imprecisas, el cuerpo no ajusta siempre en el ataúd. Cuando el cortejo se echa a trotar en los terrenos secos de La Guaripa, el cadáver desajustado golpea contra las tablas, al compás del trotecillo alegre de quienes lo conducen. En determinadas circunstancias el cuerpo no da tumbos dentro de la caja y sus conductores consideran su silencio como una confesión de su incomodidad en la muerte. Pero en la mayoría de los casos el cadáver golpea, adquiere y conserva el ritmo del trote. Esa señal precipita el regocijo de la comitiva y estimula la juerga.

“Va alegre el muerto. Va alegre el muerto”, gritan entonces los sencillos habitantes de La Sierpe, que irrumpen jadeantes y dichosos en la calle de La Guaripa, donde vienen a sepultar un cuerpo maltratado y descompuesto. El cadáver de un hombre que fue justo, y pregona, con fuertes y acompasados golpes de su cabeza contra las tablas, que se siente feliz en el paraíso.

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En dos casos se canta la “zafra” en los campos del departamento de Bolívar: en la recolección de las cosechas y durante la cavación de las sepulturas. En La Sierpe se conserva esta práctica, sólo para el último de los casos. Así que cuando el cortejo llega al cementerio con el muerto alegre, el sepulturero está aguardándolo al borde de la fosa y lo saluda con una tonada afilada y vibrante, original de la región, cuya extraña belleza y cuya desconcertante sabiduría recuerdan por algún motivo las coplas de Jorge Manrique. La tonada tiene un nombre sencillo: la “Zafra del dolor profundo”:

El ataúd es una nave

que el que se embarca no vuelve.

Es un sueño para siempre

que tan sólo Dios lo sabe.

Este mundo es una bola

que en sus vueltas nunca para,

lo que no es hoy es mañana

si no en esta misma hora.

Pero se creen muchas personas

que la plata en todo vale.

Dios es un ser muy notable,

da lo bueno y da lo malo.

Hecho del cedro que es palo

el ataúd es una nave.

Las torres más elevadas

de aquel verdadero templo,

se han de caer con el tiempo,

más tarde, y nunca se paran.

Porque es una verdad probada,

dicen los inteligentes,

que el que tiene es el que pierde:

el pobre no pierde nada.

Esto es un mar que no para,

que el que se embarca no vuelve.

Es muy cierto que la plata

infunde mucho respeto,

pero en llegándose el tiempo

la muerte a todos nos mata.

Quien creyere que se salva

con plata y sin tener suerte

no sabiendo que la muerte

mata al pobre y mata al rico.

Que por disposición de Cristo

es un sueño para siempre.

La memoria no me da

para explicarme más claro,

pero Dios en realidad

da lo bueno y da lo malo.

Esto pronuncian mis labios:

el hombre debe ser suave,

tener buenas amistades

y no hacer mal a ninguno.

Tantas vueltas que da el mundo

que tan sólo Dios lo sabe.

*Fragmento de Obra periodística II (1982)

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