¿De dónde sale un novelista?

Por George Orwell

Tal vez sea posible explicar mejor a Dickens que a otros autores basándose en su origen social, aunque en realidad la historia de su familia no fue la que podría deducirse de sus novelas. Su padre era un empleado del gobierno, y su madre tenía parientes tanto en el ejército como en la armada. No obstante, desde los nueve años se crio en Londres, en un ambiente comercial y, por lo general, entre apuros económicos. Mentalmente pertenece a la pequeña burguesía urbana, y resulta un ejemplar excepcionalmente característico de dicha clase, con todos sus rasgos muy desarrollados. Eso es en parte lo que hace que sea tan interesante. Si uno busca un equivalente moderno, el más parecido sería H. G. Wells, que tiene una historia parecida y sin duda está en deuda con Dickens como novelista. Arnold Bennett también entraría en esta categoría, pero, a diferencia de los otros dos, procedía del centro de Inglaterra y de un trasfondo industrial e influido por el puritanismo inconformista, en lugar de comercial y anglicano.

La gran desventaja, y la ventaja, de la pequeña burguesía urbana es su perspectiva limitada. Para ella, el mundo se reduce al de la clase media, y todo lo que queda fuera de esos límites le parece risible o ligeramente perverso. Por un lado, no está en contacto ni con la tierra ni con la industria, y, por otro, no tiene relación con las clases gobernantes. Cualquiera que haya estudiado con detalle las novelas de Wells habrá reparado en que, aunque detesta al aristócrata, no pone grandes objeciones al plutócrata ni siente particular entusiasmo por el proletario. Los tipos humanos que más odia, y a quienes tiene por responsables de todos los males de la humanidad, son los reyes, los terratenientes, los curas, los nacionalistas, los soldados, los intelectuales y los campesinos. A primera vista, una lista que empieza por los reyes y acaba por los campesinos podría parecer un simple totum revolutum, pero en realidad todos tienen algo en común. Son personas arcaicas, gente que se rige por la tradición y que tiene la mirada puesta en el pasado; al revés, por tanto, de la creciente burguesía que ha invertido su dinero en el futuro y para la que el pasado es, sencillamente, algo muerto.

En realidad, aunque Dickens vivió en una época en la que la burguesía era una clase en expansión, esa característica no está tan marcada en él como en Wells. Apenas se fija en el futuro y conserva un afecto sentimentaloide por lo pintoresco (la vieja y típica iglesia, etcétera). No obstante, su lista de personajes más odiados se parece lo suficiente a la de Wells para que la semejanza resulte sorprendente. Está vagamente del lado de la clase trabajadora —siente una especie de simpatía generalizada por ella porque está oprimida—, pero en realidad apenas la conoce; en sus libros aparece representada más que nada por criados, y además son criados cómicos. Por otro lado, detesta al aristócrata y —en eso es mejor que Wells— también a los grandes burgueses. Sus verdaderas simpatías limitan con el señor Pickwick por arriba y con el señor Barkis por abajo. No obstante, el término “aristócrata” para referirse al individuo odiado por Dickens es muy vago y necesita ser definido.

Lo cierto es que el objetivo de Dickens no es tanto la gran aristocracia, que apenas aparece en sus libros, como sus vástagos menores: las viudas gorronas que viven en callejuelas de Mayfair, los burócratas y los soldados profesionales. En todas sus obras encontramos incontables esbozos hostiles de estas personas y apenas alguno amistoso. Prácticamente no hay un solo retrato benévolo de la clase terrateniente. Podría hacerse una dudosa excepción con sir Leicester Dedlock; de lo contrario, sólo nos quedarían el señor Wardle (que es una figura tópica, “el viejo y benévolo terrateniente”) y Haredale en Barnaby Rudge, que goza de las simpatías de Dickens porque es un católico perseguido. No hay retratos amistosos de soldados (es decir, de oficiales) ni de ningún marino. En cuanto a sus burócratas, jueces y magistrados, la mayoría se sentirían a sus anchas en la Oficina de Circunlocuciones. Resulta elocuente que los únicos funcionarios a quienes Dickens trata con cierta amabilidad sean policías.

Esta postura de Dickens le resulta fácil de entender a cualquier inglés porque forma parte de la tradición puritana inglesa, que no ha muerto ni siquiera hoy. La clase a la que pertenecía Dickens, al menos por adopción, se estaba enriqueciendo de pronto tras varios siglos de haber sido relegada a la oscuridad. Se había desarrollado sobre todo en las grandes ciudades, sin mantener contacto alguno con la agricultura y lejos del poder político; según su experiencia, el gobierno era algo que o perseguía o se entrometía. Por tanto, era una clase sin tradición de servicio público y sin demasiada tradición de utilidad. Lo que más sorprende en la actualidad de la nueva clase adinerada del siglo xix es su absoluta irresponsabilidad; todo lo ve en términos de éxito individual, sin reparar apenas en la existencia de la comunidad.

Por otro lado, un Tite Barnacle, incluso cuando estuviera incumpliendo sus obligaciones, tendría cierta vaga idea de las obligaciones que estaba incumpliendo. Dickens nunca es irresponsable, y menos aún apoya la codiciosa actitud smilesiana, pero en el fondo de su imaginación suele anidar el convencimiento de que el aparato del gobierno es innecesario. El Parlamento es sólo lord Coodle y sir Thomas Doodle, el imperio es sólo el comandante Bagstock y su criado indio, el ejército es sólo el coronel Chowser y el doctor Slammer, la administración pública es sólo Bumble y la Oficina de Circunlocuciones, y así sucesivamente. Lo que no ve, o sólo acierta a ver de vez en cuando, es que Coodle, Doodle y los demás cadáveres del siglo xviii están llevando a cabo una función por la que nunca se interesarían Pickwick ni Boffin.

Y, por supuesto, esa estrechez de miras supone en cierto modo una gran ventaja para él, porque para un caricaturista ver demasiado resulta fatal. Desde el punto de vista de Dickens, la «buena» sociedad no es más que una colección de tontos de pueblo. ¡Menuda pandilla! ¡Lady Tippins! ¡La señora Gowan! ¡Lord Verisopht! ¡El honorable Bob Stables! ¡La señora Sparsit (cuyo marido era un Powler)! ¡Los Tite Barnacle! ¡Nupkins! Casi parecen sacados de un manual de psiquiatría. Pero, al mismo tiempo, su distanciamiento de la clase terrateniente-militar-burocrática le incapacita para una sátira más profunda. Sólo lo consigue cuando los describe como deficientes mentales.

La acusación que solía hacérsele a Dickens en su época de que “no sabía retratar a un caballero” era absurda, pero cierta en el sentido de que lo que dice contra la clase de los “caballeros” rara vez resulta muy dañino. Sir Mulberry Hawk, por ejemplo, es un triste ejemplo de baronet malvado. Harthouse, en Tiempos difíciles, está más conseguido, pero para Trollope o Thackeray habría sido un logro de lo más normal. El pensamiento de Trollope rara vez se mueve fuera de la clase de los “caballeros”, mientras que Thackeray cuenta con la enorme ventaja de tener un pie en cada uno de los dos campos morales. En algunos aspectos su perspectiva es muy similar a la de Dickens.

Como él, se identifica con la clase puritana y adinerada frente a la aristocracia ludópata, estafadora y ahogada en deudas. El siglo xviii, tal como lo ve él, se proyecta en el xix en la persona del malvado lord Steyne. La feria de las vanidades es una versión larga de lo que Dickens hizo en unos capítulos en La pequeña Dorrit. Pero, por su origen y su educación, Thackeray está más cerca de la clase que satiriza, de modo que puede crear personajes más sutiles en comparación, como, por ejemplo, el comandante Pendennis y Rawdon Crawley.

El primero es un esnob viejo y superficial, y Crawley es un rufián estúpido que no ve nada de malo en ganarse la vida durante varios años estafando a los comerciantes; pero en lo que repara Thackeray es que, según su tortuoso código, ninguno de ellos es una mala persona. El comandante Pendennis, por ejemplo, nunca firmaría un cheque sin fondos. Rawdon sin duda sí que lo haría, pero no dejaría en la estacada a un amigo que estuviese en un apuro. Ambos se comportarían con valentía en el campo de batalla…, algo que no impresionaría especialmente a Dickens.

El resultado es que, al final, acabamos sintiendo una indulgencia regocijante por el comandante Pendennis y casi llegamos a sentir respeto por Rawdon; y aun así comprendemos, mejor que mediante cualquier diatriba, la absoluta corrupción de esa vida de sablistas y aduladores en los márgenes de la sociedad elegante. Dickens habría sido incapaz de conseguir eso. En sus manos, tanto Rawdon como el comandante habrían quedado reducidos a caricaturas tradicionales. Y, en conjunto, sus ataques a la «buena sociedad» son más bien superficiales. La aristocracia y la gran burguesía aparecen en sus libros como una especie de “ruido de fondo”, un coro de risas entre bambalinas, como las cenas de Podsnap. Cuando consigue un retrato verdaderamente sutil y conmovedor, como los de John Dorrit o Harold Skimpole, se trata por lo general de alguna persona corriente y sin importancia.

Una característica sorprendente de Dickens, sobre todo teniendo en cuenta la época en que vivió, es su falta de nacionalismo ramplón. Todos los pueblos que han llegado al punto de convertirse en naciones tienden a despreciar a los extranjeros, pero no cabe duda de que los anglohablantes son los peores. Se nota en el hecho de que, en cuanto reparan en la existencia de alguna raza extranjera, inventan un apelativo insultante para referirse a ella. “Espagueti”, “franchute”, “godo”, “ladino”, “negro”, “amarillo” e “indio” son sólo unos cuantos ejemplos.

Antes de 1870, la lista habría sido mucho más corta porque el mapa del mundo era diferente al de hoy, y sólo tres o cuatro pueblos extranjeros habían entrado plenamente a formar parte de la conciencia inglesa. No obstante, el paternalismo de los ingleses hacia ellos, y sobre todo hacia Francia, la nación más cercana y detestada, era tan intolerable que la “arrogancia” y la “xenofobia” inglesas continúan siendo legendarias. Y, por supuesto, siguen estando en parte vigentes incluso hoy.

Hasta hace muy poco, se educaba a casi todos los niños ingleses en el desprecio a los pueblos europeos meridionales, y la historia que se enseñaba en los colegios era básicamente una lista de batallas ganadas por Inglaterra. Pero para conocer verdaderamente esa jactancia hay que leer, por ejemplo, la Quarterly Review de los años 30. Eran los días en que los ingleses estaban construyendo su leyenda de “robustos isleños” y “obstinados corazones de roble”, y en que se aceptaba como una especie de hecho científico que un inglés valía por tres extranjeros. En todas las novelas y periódicos satíricos decimonónicos aparece la tradicional figura del “gabacho”, un hombrecillo ridículo con perilla y sombrero de copa, que se pasa la vida gesticulando y parloteando, vanidoso, frívolo y aficionado a jactarse de sus logros en el campo de batalla, pero dispuesto a salir corriendo ante el menor indicio de verdadero peligro. Frente a él estaba John Bull, el “recio soldado inglés”, o (en una versión de colegio privado) el “inglés fuerte y silencioso” de Charles Kingsley, Tom Hughes y otros.

Thackeray, por ejemplo, comparte esa perspectiva, aunque hay momentos en que comprende su ridiculez y se burla de ella. El único hecho histórico que permanece fijo en su imaginación es que los ingleses vencieron en la batalla de Waterloo; no es posible avanzar mucho en sus libros sin encontrar alguna referencia al respecto. Los ingleses, tal como él los ve, son invencibles debido a su tremenda fuerza física, gracias a que se alimentan sobre todo de ternera. Como muchos ingleses de su tiempo, alberga la curiosa ilusión de que los ingleses son más corpulentos que otros pueblos (Thackeray, de hecho, lo era), de modo que es capaz de escribir pasajes como este:

Te digo que eres mejor que un francés. Incluso estaría dispuesto a apostar a que quien está leyendo estas líneas mide más de uno setenta y pesa ochenta kilos, mientras que un francés apenas mide uno sesenta y no llega a los setenta kilos. El francés, después de la sopa, se toma un plato de verdura, mientras que tú comes uno de carne. Eres un animal superior y diferente; un animal especializado en derrotar a los franceses (tal como prueban cientos de años de historia), etcétera, etcétera.

Hay pasajes similares en todas las obras de Thackeray. En cambio, Dickens jamás hubiera incurrido en algo semejante. Sería exagerado decir que nunca se burla de los extranjeros, y por supuesto, como casi todos los ingleses del siglo xix, desconoce la cultura europea. Pero nunca cae en la típica jactancia inglesa o en la cháchara al estilo de la “raza isleña”, el “linaje de bulldogs” o “esta pequeña isla firme y justa”. En Historia de dos ciudades no hay una sola línea que pueda interpretarse como: “¡Mirad cómo se comportan estos malvados franceses!”. El único momento en que parece hacer gala de odio por los extranjeros es en los capítulos estadounidenses de Martin Chuzzlewit. No obstante, se trata sólo de la reacción de un espíritu generoso contra la hipocresía.

Si Dickens estuviese vivo hoy viajaría a la Rusia soviética y volvería con un libro muy parecido a Regreso de la URSS, de Gide. Pero no cae en la estupidez de considerar a las naciones como individuos. Rara vez bromea sobre la nacionalidad. No recurre al irlandés o al galés cómicos, por ejemplo, y no precisamente porque tenga objeciones contra los tópicos o las bromas preconcebidas. Más significativo aún resulta que no demuestre tener prejuicios contra los judíos. Es cierto que da por supuesto (Oliver Twist y Grandes esperanzas) que un perista ha de ser judío, lo cual probablemente estaría justificado en su época, pero el “chiste de judíos” omnipresente en la literatura inglesa hasta el ascenso de Hitler al poder no aparece en sus libros, y en Nuestro amigo común incluso realiza un piadoso aunque no muy convincente intento de defender a los judíos.

La ausencia de nacionalismo ramplón en Dickens es, en parte, un indicio de un espíritu verdaderamente generoso y, en parte, el resultado de su actitud política negativa y más bien impotente. Es muy inglés pero apenas se da cuenta, y sin duda la idea de ser inglés no le emociona. No alberga sentimientos imperialistas ni opiniones discernibles sobre política exterior, y la tradición militar le es ajena. Por temperamento se halla mucho más próximo al pequeño comerciante adepto al inconformismo que desprecia a los «casacas rojas» y cree que la guerra es perversa, una visión parcial, aunque, al fin y al cabo, la guerra es perversa. Resulta llamativo que Dickens apenas escriba sobre los conflictos bélicos, ni siquiera para denunciarlos. Pese a su maravillosa capacidad de descripción y para contar cosas que no había visto, jamás describe una batalla, a menos que contemos como tal el asalto a la Bastilla en Historia de dos ciudades. Probablemente no pensara que tuviese interés, y en cualquier caso no consideraba que un campo de batalla fuera un sitio donde ambientar nada que valiera la pena, lo cual coincide con la mentalidad puritana de la clase media baja.

*Fragmento de “Charles Dickens” (1940).

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