El eco de las pisadas de sus botas se escuchaba a lo largo de la estrecha y pequeña calle, golpeando las paredes de las casas. Parecía que traía espuelas, pero el sonido era producido por unos protectores de acero en los tacones. El color negro de las botas desgastadas y ajadas por el uso combinaba con el pantalón y la camisa, igual que con un sombrero vaquero, que en la base de la copa tenía ceñida una cinta con vivos de colores característicos de los indígenas de la región. El sombrero parecía que había sido pintado de negro, no una, sino varias veces en el transcurso de un tiempo indeterminado.

Algunos vecinos se asomaron discretamente por las cortinas de las ventanas con curiosidad.

El hombre del sombrero negro llevaba un cinto ancho que por la espalda traía inscritas con letras blancas la palabra “Baviácora”, que era el nombre de un pueblito cercano a la Sierra Madre Occidental, de origen Pima y, en la parte frontal, una grande hebilla plateada, ovalada, en la que en relieve se podía observar la figura de un vaquero con chaparreras que lazaba un pequeño becerro con ojos desesperados y, en el fondo, en los cerros, las figuras de una partida de indígenas a caballo que observaban.

El sombrero le protegía el rostro de un sol que caía a plomo con una fuerza maldita.

La sombra ocultaba un rostro largo y enjuto, de color bronce, curtido por el sol, que denotaba que por sus venas corría la sangre de alguna de las tribus casi desaparecidas del norte de Sonora: ópata, pima, jano, apache o tarahumara.

Sus ojos tenían una dureza insondable que parecía implacable que movía lentamente de izquierda y a derecha de la calle como imponiendo su presencia, que podría disuadir a cualquiera que se cruzara en su camino. En ellos parecían verse reflejados, en ciertos momentos, sus antepasados corriendo a caballo por las llanuras cercanas a las montañas sagradas Chiricahua, tal vez huyendo, o preparándose para los últimos enfrentamientos con las tropas de ejercito norteamericano.

El hombre se detuvo debajo de la sombra fresca de un árbol. Encendió un cigarrillo. La primera bocanada la aspiró lenta y profundamente mientras observaba con detenimiento algunas de las casas. Su rostro tenía una expresión severa, silenciosa, acostumbrado a no hablar, como muchos otros rostros similares que abundaban en la región, que se habían moldeado en el silencio de los inmensos ranchos, en los que eran escasas las personas y pocas las palabras.

Mientras fumaba se acomodó el pañuelo que traía en el cuello de la camisa para protegerse del sudor. La calle estaba solitaria; a esa hora del día nadie salía de sus casas. De vez en cuando un perro le ladraba pero callaba en el momento en que los miraba, como si le tuvieran temor a esa mirada de plomo que parecía no tener emociones, ni origen ni destino.

Terminó de fumar el cigarrillo y emprendió nuevamente el camino hacia el oriente. Al llegar mitad de la calle aceleró el paso y, repentinamente, cruzó hacia la acera de enfrente. Se detuvo unos instantes y miró a ambos lados de la calle como asegurándose que nadie lo observaba. Inmediatamente entró, sigiloso, a un pequeño callejón que daba al patio trasero de una casa. Transcurrieron alrededor de 15 minutos desde su ingreso, cuando se escuchó ruido espantoso que parecía un alarido desgarrador. Parecía el chillido terriblemente desconsolado de un cerdo en el momento de ser sacrificado a la usanza de los pueblos y rancherías de la región.

En las casas vecinas de la curiosidad se pasó a la sorpresa y después a la alarma. Temían lo peor. El alarido no cedía, se hacía más grande; provenía de la casa de una de las vecinas más queridas y con más años de vivir en la calle, la maestra Mariana. A pesar de ello, nadie se atrevió a salir para ver que sucedía y mejor esperaron a que el hombre del sombrero negro saliera para enterarse. Transcurrieron largos minutos, aunque fueron pocos, en los que la tensión de los vecinos fue creciendo. Los alaridos continuaban y los perros asustados, aullaban y ladraban dolorosamente.

De pronto se vio la figura enigmática del vaquero salir de la casa de la maestra Mariana en medio de estertores desgarradores que perforaban con crueldad la tranquilidad de la calle y la paz del lugar.

Algunos vecinos creyeron verlo salir con las manos ensangrentadas y otros creyeron que huía después de haber cometido un acto criminal indescriptible.

Sin embargo, el hombre de sombrero negro salió caminando pausadamente, empujando con sus manos una máquina podadora de césped, cuya vejez y falta de mantenimiento al motor, producía un ruido infernal que, en efecto, en ocasiones se parecía al de un cerdo al momento de ser sacrificado.

La máquina era controlada perfectamente por el hombre quien la dirigía a diestra y siniestra, de repente frenándola o impulsándola, girándola a izquierda y derecha, como si fuera un fogoso caballo, pero bien educado, haciendo cortes precisos sobre el césped del jardín de la casa. Quienes lo observaban de los lugares vecinos cayeron en cuenta que el hombre del sombrero negro era, nada menos que el jardinero de la zona, el mismo que, a lo largo de varios años, desde que llegó del pueblo expulsado por el desempleo y la poca paga, se dedicaba a cortar el césped y a podar jardines en esa parte de Hermosillo.

En aquellos años, había logrado, poco a poco, imponer la fuerza disuasiva de su presencia a otros jardineros que intentaban incursionar en el barrio con el fin de hacerle competencia y podar algunos jardines de la zona. La lucha por el control de las calles era sorda pero sin cuartel, y él, a su edad (parecía de sesenta pero en realidad podía tener menos) no podía darse el lujo de la generosidad y permitir que otros le ganaran el dominio.

Su figura, sus botas, el sudor y el sombrero negro, su mirada de plomo, su rostro de bronce (Pima pero, tal vez ,Apache), imponían respeto y, si era necesario, temor, a jóvenes jardineros de origen urbano, que habían caído en las drogas o en la delincuencia menor, y que al salir de las cárceles, convertidos al cristianismo protestante, se unían a las filas de jardineros de la localidad.

Esa tarde se escucharon máquinas podadoras destartaladas, emitiendo alaridos inquietantes por la calle de la que hemos hablado, y en las contiguas. Producían una especie de concierto de alaridos destemplados, a contrapunto, que en el fondo hablaban de que, pese a todo, reinaba la paz. Ese día todos encontraron trabajo en los jardines de la zona.

Por Héctor Apolinar

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