Voces de la ciudad: Ramiro Garza (I)

Entrevista con un regio venido del otro lado

Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

Un viernes, mientras caminaba por las calles del Centro de Monterrey, me topé con un señor que muy fácilmente me agarró plática y, sobre todo, confianza. Lo seguí con bastante interés por sus historias, aunque difícilmente podía apreciar todos sus detalles (una consecuencia del tráfico). Le pedí su número con la finalidad de concretar una entrevista y así preguntarle más a fondo a cerca de su vida. Pues historias seguramente le sobraban.

La siguiente entrevista surge como parte de una iniciativa en la que tengo la oportunidad de hablar con gente de la ciudad y discutir temas sobre la misma, así como también, para descubrir esas otras historias que aguardan en la memoria de cada uno de nosotros. A Ramiro lo conocí por casualidad pero, tanto su júbilo como sus experiencias de vida, me parecieron importantes de compartir, porque así como él, debe haber muchos otros cuyas voces normalmente ignoramos y espero que este puede ser un buen punto de partida para que Nuevo León vuelva a escuchar.

***

Ramiro Garza: Mi nombre es Ramiro Eliseo Garza Salinas. Tengo 62 años y fui maestro de español en Estados Unidos, y aparte policía federal e internacional por 30 años.

Sergio Valdés: Usted es regio, ¿no?

RG: Nací aquí en Monterrey. En 1955, junio 27.

SV: ¿Cómo era vivir en Monterrey en ese entonces?

RG: Era muy tranquilo, era muy bonito. Todo esto [refiriéndose al Parque Hundido Las Torres] no existía. Esto era la ciudadela, así le llamaban antes. Esto era la biblioteca del estado. Pero todo esto era un sótano, hermosísimo. Y aquí estaba mi escuela, que ya no existe, ya la tumbaron; en Morelos y sabrá dios, ya ni sé… [se ríe] Pero digo, está bien Monterrey. Pero era muy tranquilo, muy pacifico para andar por las calles. No había tanto crimen, no había tanto asalto, no había nada. Era mucho mejor.

SV:¿Y cuál es la diferencia de la sociedad de antes con la de ahorita?

RG: La de antes era muy estricta en muchas formas. Mucho muy estricta. Allá ningún joven podía salir después de las 10 y tenía que estar en su casa antes de las 10. Y había que reportarte; no había teléfonos celulares, o sea que tenías que ir a la casa. Y ahora no, ahora ya a la hora que quieres llegas y sino dios que te ayude, te digo es diferente. Es por eso muy diferente. El respeto ha cambiado mucho. Antes no se decían malas palabras en la casa, ahora ya son la palabra de pan de cada día [ríe].

SV: ¿Y a qué cree que se deban estos cambios?

RG: Dieron mucho libertinaje a los jóvenes. El joven exige muchos derechos pero no quiere obligaciones. Y es lo mismo que pasó en Estados Unidos. En Estados Unidos, el joven, siendo menor de edad, pide y quiere todo los derechos posibles, pero no quiere obligaciones. Inclusive implementamos un programa allá en el departamento de educación, que trabajé yo con ellos en el que cada joven que tenía tres indicaciones de mala conducta, ya no iba a dar la lección. Iba con los soldados en su entrenamiento federal del gobierno. Al ejército, naval, marinos y fuerza área; son los más rudos que hay. Y te iban a levantar en la casa a las cinco de la mañana. Los rapaban todos; una playera militar, pantalón militar y botas militares. Iban a correr siete millas con ellos. Y ellos iban a correr, los soldados iban a correr con ellos. “Ya no puedo”, decían. Si yo puedo, tú puedes. Lloraban los muchachos, así es cómo aprenden a respetar. ¿Quieres derechos? Tienes que saber a tener obligaciones. Y aquí no hacemos eso.

SV: ¿Pero ese programa que usted comenta era en las escuelas…?

RG: En todas las escuelas públicas.

SV: ¿Y eso era antes o…?

RG: No, es ahora. Todavía, todavía está.

SV: ¿Cambió?

RG: Cambió. Cambió porque había mucho libertinaje; desde que se paró Vietnam para acá hubo mucho libertinaje en los jóvenes allá. Y aquí también. Yo aquí terminé la preparatoria en el ’72 y ya era la gente medio… Los hippies, la época del pelo largo, el pantalón de campana y yo nunca fui con esa moda en realidad [ríe]. Muy diferente.

SV: Cuénteme de su familia.

RG: Tengo seis hermanas y un hermano. Todos en Estados Unidos, todas mis hermanas se casaron con puros europeos. Nomás yo tengo dos esposas: ex-esposas, mexicanas. Pero la llevo bien. Todos son profesionales.

SV: ¿Y su ambiente de niño? ¿Su entorno familiar; su padre, su madre…?

RG: Papá era muy estricto. Ya falleció, por desgracia. Pero él, yo hasta los 50 años no fumé en frente de él. Hasta antes sí lo respeté. Y ahorita veo a los jóvenes tomando y usando drogas con los padres; ya no se vale. Ya no existe ese respeto que había antes. Antes si mirabas a la abuela a la cara, te bajaba la mirada con un chicote que tenia ahí debajo del sillón y ahora ya no.

SV: ¿Y cómo era la relación con su madre?

RG: Muy bien. Siempre llevamos una relación perfecta en la familia. Muy unidos todos. Mis hermanos y ahora mis hijos, a pesar de ser de dos matrimonios, se llevan muy bien todos.

SV: ¿Y cómo era la dinámica entre hermanos?

RG: Fíjate que yo soy el mayor de todos. Con mi hermano tuve mucha comunicación a pesar de haber 10 años de diferencia. O sea yo era el niñero y el cuidandero de mis hermanas todo el tiempo. Había un baile y cuídalas. Y ahí ando detrás de ellas, nunca anduvieron solas. Y cada quién. Siempre fui una persona muy seria. Ahora de viejo, pues ya es diferente, pero en mi juventud nunca tuve esa libertad que ahora todos los jóvenes tienen que a la discoteca y al antro. Ni los conocía. Fui muy tranquilo todo el tiempo, lo que sí, soy muy platicador.

Me encantaba platicar con la gente. Confío mucho en la gente, lo que ahora es que la gente ya no confía en nadie. Antes para llegar a cualquier parte, te saludaban. Ahora vas a una parte, ¿cómo te llamas? “¡Que le importa!” Ya me lo han dicho, por eso yo te digo [ríe]. Digo, yo por educación, contéstame. Aunque sea meo, Pancho, Pedro, lo que tú quieras, pero dime algo. Le digo ¿cómo te llamas? “Qué le importa”. No hay problema, me voy. Ya no hay ese respeto ya.

SV: ¿Cuáles eran sus ambiciones como un joven estudiante?

RG: De estudiante siempre quise ser militar, o policía. Y lo logré, gracias a dios.

SV: ¿Y por qué?

RG: Me gustaba. Me gustaba mucho la dinámica y la disciplina que llevan. Es diferente. Nunca he trabajado en una oficina. No me gusta. Trabajé un año en oficina, no me aguantaban, a mí me gusta andar afuera. Siempre en el área. Si hubiera trabajado en un banco, ya me hubiera vuelto loco [ríe].

SV: Me comentó que usted viajó a Estados Unidos, ¿me podría comentar todo ese proceso?

RG: Nos fuimos de aquí en el ’72, llegamos allá en Estados Unidos. Y es difícil porque…

SV: ¿Se fue toda su familia?

RG: Toda la familia nos fuimos. Pero es difícil porque a esa edad ya es más difícil comunicarte con tu misma edad. Vas ahí, te hablan y la mayoría de las veces piensas ¿qué hago? ¿Qué digo?

SV: ¿Cuántos años tenía?

RG: Dieciséis años, cuando fui para allá.

SV: ¿Y no sabía nada de inglés?

RG: Nada. Nada, nada. Si cuando vamos allá, papá dice pide ocho hamburguesas. Le digo sí. Y le digo a la mesera: Give me a hamburgers. How do you want them?” ¿Qué me dijo? Oye, yo como sabía que había muchos estilos. Ahora ya se pide el puro combo pero antes era diferente. Es diferente. Es difícil porque, como te digo, el inglés se aprende… un lenguaje se aprende de niño. Nunca es tarde para aprender, pero cuando yo fui maestro allá aprendí a que es más fácil enseñar la pronunciación y la comprensión de palabras más que la escritura y la lectura. Porque el inglés se escribe de una forma y se pronuncia de otra, ¿de qué te sirve la gramática? En cambio ya entiendes la pronunciación, entiendes el significado de las palabras mucho más fácil.

SV: ¿Cuáles fueron los retos de acoplarse a la sociedad norteamericana de ese entonces?

RG: Fíjate que en ese tiempo no había tanta discriminación. Hay más ahora que antes. Antes llegabas a un barrio y los gringos, los negros, todas las demás razas, te daban la bienvenida, y es una costumbre de todo el tiempo. Llega una familia nueva al barrio y todos se juntan. Traen comida para dar la bienvenida a la familia que llega. Aquí llega una familia al calvario y preguntas ¿no trae armas? [ríe] Es lo principal. Allá la gente es más unida. No importa qué raza seas pero quieren conocerte todos. Y todos te acompañan y traen comida para que la disfrutes con ellos.

SV: ¿Entonces lo recibieron bastante bien; a todos?

RG: Siempre. Y ahora pues ya es más diferente porque ya hay mucha segregación entre negros, blancos, orientales. Todos se están segregando, por lo mismo de las políticas que han cambiado mucho. Ya no hay la unidad que había antes.

SV: ¿Dónde fue el estado en el que estaba?

RG: Yo estuve más en Ohio. Ohio es una comunidad rural, muy agradecida con los mexicanos porque son los que trabajan allá la agricultura y los quieren mucho. Inclusive Miami, Florida quieren mucho a los hispanos. Pero vas a una ciudad, como digamos, Chicago, que hay latinos, hay hindús, hay… checos, hay rusos, hay de todo, no sabes ni a qué barrio te metes. Yo antes me metí a un barrio chino y era un policía que llegaba en el carro oficial pero fui a dejar a mi tío. Me meto al barrio chino y veo puros dragones. La gente se me quedaba viendo, porque no era oriental, y dónde me paro estaba una patrulla y me dice “Estabas perdido, ¿verdad?” Le digo sí. “Sígueme porque aquí ya hay malos reportes”. Me sacó hasta la carretera porque hay lugares que no eres bienvenido. Depende de las áreas a las que vas. Porque allá hay mucha segregación entre razas.

SV: ¿Cómo llegó a ser militar y cómo fue aprender inglés?

RG: Mira, el inglés fue a la fuerza. Porque a los 18 años me reclutaron del ejército y yo no sabía nada de inglés. Que un gringo te grite en la cara y te dé ordenes, y si no las haces te van a castigar, a fuerza tienes que aprender. Y si no adivínale, porque sino te va a llevar la fregada. Es duro porque son seis meses de entrenamiento extremadamente pesado, ya después que pasas esa etapa de los seis meses, ya agarras tu rango y vas subiendo. Pero esos seis meses es pesadísimo.

SV: ¿Y después qué pasó?

RG: A base militar. Estuve en Norfolk, Virginia. Estuve en Carolina del Norte. Estuve en Texas y luego me mandaron a Vietnam seis meses. Estuvimos practicando artillería desde mucho tiempo hasta que ya los últimos meses nos mandaron a Vietnam para apoyar a las tropas cuando el presidente Nixon las retiró. Fuimos como apoyo. Nombre, fue lo bueno, sino me quedo allá y no hubiera vuelto, pero en fin [ríe].

SV: ¿Cómo fue estar en Vietnam?

RG: Es… Es… Te da miedo. Por todo lo que oyes, que las bombas y el otro. Y es feo porque no conoces el territorio. Pantanos, terreno, víboras, zancudos, arañas que… No tiene antídotos, o sea, te pica un animal y tienen que apuntarte el pedazo o extirpártelo porque no hay antídoto para los animales. Bueno, gracias a dios nunca me pasó nada de eso. Pero el miedo más grande era, no tanto el ataque a los vietnamese, sino los niños. Usaban niños bombas. Una vez nos tocó que en el batallón estábamos dormidos y llega un niño a vender dulces en una canasta; normal, un niño de cinco años. Se mete el niño a la barraca y dentro explota. Un niño bomba. Nadie lo registró, era un niño. Y pasaba mucho, pasaba mucho que entraban niños o equis y pues nadie sospecha de una criatura. Y menos de un niño de cuatro, cinco años. Y son niños que ya están preparados para eso.

SV: Además de Vietnam, ¿tuvo otras experiencias en…?

RG: No, de guerra, no. Y como te digo el apoyo nomás era respaldar las tropas en la retirada. Nos decían coordenadas, viene una tropa, un batallón atrás, abran fuego. ¿A qué le pegábamos? Nunca vimos lo que hicimos. Sólo veíamos el humo allá dos, tres millas de distancia. O sea yo, en mi mente, no tengo la conciencia el haber matado a nadie. En cambio muchos compañeros que iban en infantería o en caballería, que van a mero adelante, ellos iban abriendo paso, iban matando gente y lo que tú quieras y muchos quedaron trastornados. Muchos amigos quedaron trastornados. Pero, gracias a dios, yo no viví esas experiencias. Mi trabajo era nomás eliminar las tropas que venían atrás o adelante; abrir espacio. Y era todo.

SV: ¿Y después de ahí que pasó con usted?

RG: Salí, entré a la universidad, me metí a la academia de policía y… Entré como policía local primero, o sea, municipal, luego de condado, fui deputy sheriff de condado, luego policía estatal, federal y luego hasta que me fui a lo internacional. Y aquí estoy. Trabajé en la Casa Blanca diez años como traductor oficial. Bajo el presidente Reagan y el presidente Bush. Me tocó hacer las traducciones de libre comercio; interesantes. La ventaja es que yo aprendí el inglés tan bien que puedo estar oyéndote a ti en español y hablar contigo en inglés.

SV: ¿Y cómo fue su experiencia dentro del gobierno?

RG: Muy interesante porque, como te digo, en la Casa Blanca es un lugar en el que no puedes tener secretos. Porque todo está lleno de micrófonos y cámaras, por donde quiera, hasta en el lavador. Yo traía un aparato aquí, que estás a cien metros y estaba oyendo exactamente lo que le decías a otra persona en el oído, y estaba grabando sin que te dieras cuenta. Y ese era equipo que nos daban básico. Un telefonito que no es teléfono; es más un oído electrónico. Le decían el bionic ear; el oído biónico. Porque así nos estaba oyendo como si estuviéramos hablando y estaba grabando toda la conversación.

SV: ¿Cuánto tiempo estuvo en Estados Unidos?

RG: Del ’72 hasta el 2007.

SV: ¿Usted estuvo entonces en el ataque de las torres gemelas?

RG: Sí. Fíjate estábamos viendo el ataque y pensaba que era la película de La Torre del Infierno (1974), que es casi similar. Pero luego vi que no era la explosión, que había una cola de avión saliendo de la otra punta y fue cuando empecé a llamar a mis compañeros: ¿es vivo esto o es película?. Nadie se había dado cuenta.

SV: ¿Usted dónde estaba?

RG: Estaba trabajando en la frontera, aquí en el puente de McAllen, precisamente. Al ver la cola de avión dije no, esa no es la película. Y empecé a checar y todo los monitores estaban iguales y dije ¿a poco tienen el mismo canal todos?. Se encadenó todo inmediatamente y dimos la alerta nacional.

SV: ¿Cómo fue su experiencia?

RG: Muy fuerte porque en ese momento, todos entraron con la intención de que… hasta casi estuvimos cerca de cerrar los puentes internacionales. Los aeropuertos los cerraron por completo; puentes, todo iban a cerrar inmediatamente. Pero llegaron a la conclusión de que el ataque era aéreo, no era por tierra. Se empezaron a dar un poquito más de chance de pasar, pero se alertó mucho, mucho, mucho la nación por eso. Era un ataque que nadie se esperaba que alguien fuera atacar a Estados Unidos y menos en su propio terreno. Que el único enfrentamiento que tuvimos con Japón, con Pearl Harbor, y ahí se declaró la segunda guerra mundial; ahora que ataquen a Estados Unidos en su propia tierra, digo, ya ves cómo les fue también por lo mismo.

SV: ¿Y qué opina de esa guerra que se desencadenó? Que todavía sigue.

RG: Todavía sigue, pero ya va más relajada. ¿Cuál fue el motivo? Nadie supo cuál fue el motivo. ¿Qué venganza fue o por qué economía fue? Un ataque de un árabe suicida que quería probar que podía. Porque él había sido entrenado en Estados Unidos, había sido soldado en Estados Unidos. Sabía las tácticas, sabías las técnicas, las defensas. ¿Quién iba a pensar de un avión comercial que fuera a estrellar contra las torres gemelas? No traía ninguna insignia alemana o soviética que lo fueran a derribar. Era un avión americano de la aerolínea United Airlines y American Airlines, que eran normales de pasajeros. Y de repente se salen de la ruta y se fueron directo a las torres, pero nadie sabía eso. Una cosa que nadie la esperaba. Y porque la defensa bajo mucho después de Vietnam, se relajó mucho en realidad. Ya no hay conflictos, todo está en paz y luego se acabó el armamento nuclear soviético, o sea, no había ningún problema, hasta que este salió con su problemita y se volvió a armar otra vez… se volvió a prender la mecha. Cambió la política, cambió la póliza aduanal también, de migración, y con muchas restricciones a todos los países musulmanes.

SV: Pero en cuanto a la sociedad, hubo un pánico, ¿no?

RG: La sociedad entró en un pánico tremendo que veían una persona con turbante o alguien que no fuera… nombre, los acosaban feísimo. Igual cuando fue el ataque de Pearl Harbor, veían un oriental y lo querían matar porque… ¿y él que culpa tenía? Les entró un pánico que si veían a una persona con turbante, o con descendencia musulmana, los querían linchar.

SV: ¿Usted se considera americano, o bueno, de la sociedad estadounidense?

RG: No.

SV: ¿Y qué opina del patriotismo de Estados Unidos?

RG: Son muy patriotas, en eso sí, para todo. Respetan mucho sus leyes y su bandera. Y tienen un juramento muy fuerte que todos los día recitan en las primarias, secundarias y preparatorias. Pase lo que pase, es en la mañana. Aquí ya no hacemos eso y antes lo hacíamos. En mis tiempos recitábamos el de la bandera, el himno nacional… Ya no hacemos eso. ¿Qué pasó? A ver, ¿qué pasó? A alguien se le olvidó y ya no lo forzaron.

SV: ¿Cree que aquí en México somos patriotas de alguna manera?

RG: Mira, aquí en México la gente es muy patriota, pero es muy reservada también. No enseñan lo que quieren a la patria por lo mismo. Porque hay tanto… Aquí no te puedes defender, porque si te defiendes, te echan la culpa a ti. Si yo te estoy golpeando a ti y llega él y te defiende a ti, lo van a meter al bote a él. Y a mí que te golpeé, mira quedo libre, porque se metió él. ¿Cuál es la gracia de defender a alguien? Aquí no puedes defender a nadie. Aquí me pasó a mí también alguna vez. Un amigo, mientras lo están golpeando, me meto yo y viene la policía ¡y me arrestaron a mí! Lo estaban robando. “Pero es que tú estabas asaltando al asaltante”. Oye, no friegues.

SV: Entonces usted considera que hay como una desconfianza, ¿no?

RG: No desconfianza, sino que no hay conocimiento en la justicia o en la ley. O sí lo hay, lo ignoran.

SV: ¿Qué opinas de todos esos aspectos que hay con la sociedad mexicana? O sea, la diferencia también que hay con la estadounidense.

RG: Vamos casi al par, vamos casi al par. Pero como te digo, hay mucha más libertad allá de expresión. Allá puede decir lo que tú quieras en frente de un policía de gobierno y no te dicen nada. Aquí no. Aquí le dices un insulto o equis y luego te llevan a correr cargos que ni siquiera sabes de qué te están acusando pero en fin. Igual con un político, no puedes decir nada a la cara porque te lo voltean de volada. Aquí el gobierno quiere controlar la prensa y lo que quiere que la gente sepa nada más. No lo que debe de saber.

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