Las fotografías de época muestran edificios luciendo aparatosos exoesqueletos conformados por gruesos maderos, mismos con los que apanicados tapatíos apuntalaron algunas fachadas. Tal fue el caso del conocido colegio Luis Silva, ya desde entonces vecino del templo de Jesús María por la calle de Morelos.

Por su parte, otras imágenes relacionadas muestran campamentos con sendas tiendas de campaña instaladas provisionalmente al aire libre, en compañía de sus preocupados ocupantes, justo en medio de céntricos parques tapatíos, como el existente frente al antiguo Penal de Escovedo [sic].

Tal situación de emergencia no era para menos. Durante cinco meses, de mayo a septiembre del 1912, la capital jalisciense sufrió un “enjambre” de temblores con intensidad de baja a media, lo que “en la escala de Mercalli equivale de III a V grados”: situación que además del tremendo susto, provocó luego la instalación del primer sismógrafo de la ciudad y, de acuerdo al conocido informe de Waitz y Urbina [1919], vino a echar por tierra aquella conseja popular de que debido a la capa de jal en que estamos asentados, los temblores, sismos o terremotos, a los tapatíos nos hacen lo que el viento a Juárez; porque, según señaló oportunamente una de las conclusiones del mencionado informe, la que a la letra dice: “errónea es la idea que tienen muchas personas, contra todas las conclusiones deducidas en otras partes por los sismólogos, […] que la capa de sedimentos sobre la que está la ciudad de Guadalajara le sirve de colchón amortiguador contra los choques”.

Ese telúrico escenario, fue el mismo donde surgió una de las más divertidas historias tapatías, la de El Santo de Huentitán. Personaje que si bien no tenía nada de santo, alcanzó como tal gran notoriedad, llegando a reunir en su derredor un buen número de incautos tapatíos.

La historia de ese apócrifo santo, cuyo nombre real era Macario García, quedó perfectamente registrada entonces en diarios locales como El Regional y la Gaceta de Guadalajara; según lo relata con todo detalle en un volumen de sus valiosas Narraciones Tapatías, don Enrique Francisco Camarena, ilustre periodista tapatío de feliz memoria.

De acuerdo a Camarena, fue la madrugada del 13 de julio de 1912 cuando por los rumbos del entonces lejano poblado de Huentitán, paso obligado para los arrieros que venían del norte transportando primordialmente leña y otras mercancías, dos “indígenas” de nombres J. Refugio Jáuregui y Francisco López, divisaron extrañas fumarolas de humo a manera de nube, desde donde provenían confusos ruidos y lamentos.

La aparición de Macario, caracterizado como monje con una larga túnica talar, corona de espinas y portando medallas y escapularios, de seguro les causó una impresión inicial de sorpresa no carente de temor. Superado éste último, y convencidos de que efectivamente aquel personaje era un santo que venía a interceder por los pecadores de esta parte del mundo, aquellos humildes hombres terminaron dando alojamiento en su propia vivienda.

La noticia de la aparición de El Santo de Huentitán corrió como reguero de pólvora. Y… ¡De allí pa’l Real! Macario comenzó a hacer su agosto. Hasta él llegaron en peregrinación cientos de incautos que además de mostrar su cándida fe, dentro de un cepo colocado bajo rudimentario altar repleto de veladoras, depositaron buenas limosnas a cambio de oraciones y supuestas sanaciones.

La verdadera historia de Macario que Camarena nos cuenta, es la de un individuo desterrado de su lugar de origen, Juchipila, Zacatecas, “a causa de su homosexualidad”; arribando luego a Guadalajara donde desempeño modestos oficios de ayudantía y sobreviviendo en distintos cuartos de vecindad.

Al parecer fueron sólo cuatro días los que el falso santo pudo sostener semejante engaño. El 17 de julio, apenas con horas de diferencia, el falso santo recibió la visita de, primero, los representantes eclesiásticos y, enseguida, las autoridades civiles quienes, mediante un operativo con ocho gendarmes de la policía montada bajo el mando del mero comandante y el sub-comandante, condujeron a Macario en calidad de detenido hasta el Cuartel de la Gendarmería, en la calle Belén entre Independencia y Juan Manuel.

Poco después sería trasladado a la Inspección de Policía, ubicada en el lado sur del Palacio de Gobierno. Sitio donde justo al trasponer la puerta de ingreso a la cárcel municipal, ocurrió uno más de los tantos temblores que ese año asolaran la Perla Tapatía.

Camarena también señala puntual algo por demás obvio: Todos esos recorridos que hizo Macario García, El Santo de Huentitán, no fueron sólo en compañía de los gendarmes, sino que congregaron a su alrededor una multitud como de tres mil mirones tapatíos.

Macario estuvo poco menos de un año recluido formalmente en la prisión de Escovedo [sic]. Camarena da por hecho que al recuperar su libertad, regresó a Huentitán para recoger su escondido guardadito de limosnas, abandonando luego Guadalajara, ciudad donde nunca se volvió a saber nada de él. ¡Mucho menos de alguno de sus milagros!

A más de cien años de ocurrida la historia de El Santo de Huentitán, muchos tapatíos concluyen que semejante grado de ingenuidad fue sólo posible en aquella época remota, y que nunca nadie podría volver a vernos los huaraches.

Luego se acuerdan del reciente caso de El Hada del Guayabo, o de ciertos políticos, y… ¡Mejor se olvidan de tal conclusión!

Por Carmen Libertad Vera

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