Géricault era un visionario negativo, porque, si bien su arte era casi obsesivamente fiel a la naturaleza; lo era a una naturaleza mágicamente transfigurada, en su percepción y en el modo de expresarla, para peor. En una ocasión, dijo: “Comienzo a pintar una mujer y acaba siendo siempre un león”. De hecho, muchas veces acababa en algo mucho menos grato que un león; en, por ejemplo, un cadáver o un demonio. Su obra maestra, su prodigiosa Balsa de la Medusa, fue pintada, no sacándola de la vida, sino de la disolución y la corrupción, de trozos de cadáveres proporcionados por estudiantes de medicina, del consumido torso y del rostro amarillento de un amigo que había estado padeciendo una enfermedad hepática.

Hasta las olas sobre las que la balsa flota y hasta el alto cielo tienen colores cadavéricos. Se diría que todo el universo se había convertido en una sala de disección.

Y luego están sus cuadros demoníacos. El Derby, es manifiesto, se está corriendo en el infierno, con un fondo llameante de oscuridad visible. El caballo asustado por el rayo, en la Galería Nacional, es la revelación, en un solo instante congelado, de la extrañeza, de la siniestra y hasta infernal otra cosa que se esconde en las cosas conocidas. En el Museo Metropolitano hay el retrato de un niño. Y, ¡qué niño! Con su chaqueta cárdenamente reluciente, el chiquitín es, según expresión grata a Baudelaire, “un satanás en cierne”, un Satan en herbe. Y el estudio de un hombre desnudo, también en el Metropolitano, no es más que este satán en cierne convertido en persona mayor.

Por los relatos que sus amigos nos han dejado de él, es manifiesto que Géricault veía el mundo que le rodeaba como una sucesión de apocalipsis visionarias. El caracoleante caballo de su temprano Officer de Chasseurs fue visto una mañana, en el camino de Saint-Cloud, en la polvorienta luminosidad del sol matutino, encabritándose y lanzándose hacia adelante entre las varas de un ómnibus.

Los personajes de la Balsa de la Medusa fueron pintados con todo detalle, uno por uno, sobre el lienzo virgen. No hubo ningún esbozo de la composición total, ninguna gradual construcción de la armonía general de tonos y matices. Cada revelación determinada —un cadáver en descomposición, un enfermo en la fantasmal extremidad de la hepatitis— fue expresada tal como había sido vista y realizada artísticamente. Por un milagro del genio, cada sucesiva apocalipsis quedó encajada, proféticamente, en una armoniosa composición que, cuando la primera de aquellas aterradoras visiones fue trasladada al lienzo, sólo existía en la imaginación del artista.

Por Aldous Huxley

*Fragmento de Las puertas de la percepción (1954)

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