Se presentó en París una gran exposición de fotografía, cuyo objetivo era mostrar la universalidad de los gestos humanos en la vida cotidiana de todos los países del mundo. Nacimiento, muerte, trabajo, saber, juegos, imponen por doquier las mismas conductas; existe una familia del hombre.

The Family of Man ha sido al menos el título original de esta exposición que nos ha llegado de los Estados Unidos. Los franceses tradujeron: “La Gran Familia de los Hombres”. De este modo, lo que en principio podía pasar por una expresión de orden zoológico, que tomaba simplemente la similitud de los comportamientos, la unidad de una especie, se muestra entre nosotros profundamente moralizado, sentimentalizado. De pronto, nos encontramos súbitamente devueltos al mito ambiguo de la “comunidad” humana, excusa que alimenta una parte considerable de nuestro humanismo.

El mito funciona en dos tiempos: se afirma primero la diferencia de las morfologías humanas, se cargan las tintas sobre el exotismo, se manifiestan las infinitas variaciones de la especie, la diversidad de las pieles, de los cráneos y de las costumbres, se babeliza a discreción la imagen del mundo. Después, de ese pluralismo se extrae mágicamente una unidad: el hombre nace, trabaja, ríe y muere en todas partes de la misma manera; y si en esos casos aún subsiste alguna particularidad étnica, se da a entender, por lo menos, que en el fondo de cada uno de ellos hay una “naturaleza” idéntica, que su diversidad es apenas formal y que no desmiente la existencia de una matriz común. Esto equivale a postular una esencia humana y, sin más, Dios aparece reintraducido en nuestra exposición: la diversidad de los hombres manifiesta su potencia, su riqueza; la unidad de los gestos humanos demuestra su voluntad. Es esto lo que nos confió el prospecto de presentación que, bajo la pluma de André Chanson, afirma que “esta mirada sobre la condición humana debe asemejarse un poco a la mirada benevolente de Dios sobre nuestro insignificante y sublime hormiguero”.

El designio espiritualista está acentuado por las citas que acompañan cada capítulo de la exposición. Con frecuencia esas citas son proverbios “primitivos”, versículos del Antiguo Testamento; definen una sabiduría eterna, un orden de afirmaciones al margen de la historia: “La Tierra es una madre que no muere jamás”, “Come el pan y la sal y di la verdad”, etc. Es el reino de las verdades gnómicas, la unión de las edades de la humanidad, en el grado más neutro de su identidad, allí donde la evidencia de la perogrullada sólo tiene valor en el seno de un lenguaje puramente “poético”. Todo, contenido y fotogenia de las imágenes, discurso que las justifica, tiende a suprimir el peso determinante de la historia. Nos sentimos sujetos a la superficie de una identidad, impedidos por sentimentalidad de penetrar en esa zona ulterior de las conductas humanas en que la alienación histórica introduce “diferencias” que nosotros llamaremos simplemente “injusticias”.

El mito de la “condición” humana descansa en una mistificación muy vieja, que consiste en colocar siempre la naturaleza en el fondo de la historia. El humanismo clásico postula que raspando un poco la historia de los hombres, la relatividad de sus instituciones o la diferencia superficial de su piel (pero ¿por qué no preguntar a los padres de Emmet Till, el joven negro asesinado por blancos, qué piensan ellos de la gran familia de los hombres?), se llega rápidamente a la capa profunda de una naturaleza humana universal. El humanismo progresista, por el contrario, debe pensar constantemente en invertir los términos de esta antiquísima impostura, en desoxidar sin pausa la naturaleza, sus «leyes» y sus «límites», para descubrir en ellos la historia y comprender finalmente como histórica a la misma naturaleza.

¿Ejemplos? Pues los mismos que observamos en nuestra exposición.

¿El nacimiento, la muerte? Sí, son hechos de la naturaleza, hechos universales. Pero si se les quita la historia, ya no queda nada por decir de ellos, el comentario se vuelve puramente tautológico; en este caso el fracaso de la fotografía me parece flagrante: repetir la muerte o el nacimiento no enseña estrictamente nada. Para que esos hechos naturales accedan a un lenguaje verdadero, es necesario insertarlos en un orden del saber, postular que se los puede transformar, someter precisamente su naturalidad a nuestra crítica de hombres. Pues por universales que sean, los hechos mencionados son signos de una escritura histórica. No hay duda de que el niño siempre nace, pero dentro del volumen general del problema humano ¿qué nos imparta la “esencia” de ese gesto al lado de sus modos de ser, que son perfectamente históricos? Que el niño nazca, bien o mal, que la madre haya sufrido o no, que sea víctima o no de la mortalidad infantil, que acceda a una u otra forma de porvenir, de esto nos tendrían que hablar nuestras exposiciones y no de una eterna lírica del nacimiento. Y lo mismo con la muerte: ¿debemos cantar una vez más su esencia, arriesgándonos a olvidar que todavía tenemos tanto poder contra ella? Este poder todavía joven, demasiado joven, es el que debemos magnificar, y no la identidad estéril de la muerte “natural”.

¿Y qué decir del trabajo, que la exposición coloca en la serie de los grandes hechos universales —alineándolo con el nacimiento y la muerte— como si se tratara, sin vacilación alguna, del mismo orden de fatalidad? La circunstancia de que el trabajo sea un hecho ancestral, no le impide para nada seguir siendo un hecho perfectamente histórico. Ante todo, y de manera evidente, en sus modos, sus móviles, sus fines y sus beneficios; sería profundamente desleal confundir en una identidad puramente gestual al obrero de una colonia y al obrero occidental (preguntemos también a los trabajadores norafricanos de la Goutte d’Or qué piensan de la gran familia de los hombres). Además, es histórico aun en su misma fatalidad: sabemos perfectamente que el trabajo es “natural” en la medida en que es “aprovechable”; tal vez un día se modifique la fatalidad del provecho y entonces se modificará la fatalidad del trabajo. De ese trabajo, absolutamente historizado, sería necesario que nos hablaran, y no de una estética eterna de los gestos laboriosos.

Pero mucho me temo que la justificación final de este adamismo radique en legalizar la inmovilidad del mundo a través de un «conocimiento» y de una “lírica” que eternicen los gestos del hombre con el único fin de controlarlos mejor.

Por Roland Barthes

*Texto publicado en Mitologías (1953)

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