Pintor de cámara primeramente del duque de su Lorena natal y luego del rey de Francia, Georges de Latour fue tratado durante su vida como el gran artista que manifiestamente era. Con el advenimiento de Luis XIV y la aparición, el deliberado cultivo, de un nuevo arte de Versalles, aristocrático en el tema y lúcidamente clásico en el estilo, la reputación de este hombre antes famoso sufrió un eclipse tan completo que, al cabo de un par de generaciones, había sido olvidado hasta su nombre, y sus cuadros supervivientes fueron atribuidos a Le Nain, a Honthorst, a Zurbarán, a Murillo y hasta a Velázquez. El nuevo descubrimiento de Latour comenzó en 1915 y quedó casi completado en 1934, cuando el Louvre organizó una notable exposición de Los Pintores de la Realidad. Ignorado durante casi trescientos años, uno de los más ilustres pintores franceses había regresado a reclamar sus legítimos derechos.

Georges de Latour fue uno de esos visionarios extrovertidos cuyo arte refleja fielmente ciertos aspectos del mundo exterior, pero los refleja en un estado de transfiguración, de modo que hasta el detalle más insignificante se convierte en intrínsecamente significativo, en una manifestación de lo absoluto. La mayoría de sus composiciones son figuras vistas a la luz de una sola vela. Una sola vela, como Caravaggio y los españoles han demostrado, puede producir enormes efectos teatrales.

Pero Latour no buscaba estos efectos. No hay nada dramático en sus cuadros, nada trágico, patético o grotesco, ninguna representación de acción, ninguna apelación a esas emociones cuya excitación y posterior apaciguamiento reclama el público que va al teatro. Sus personajes son esencialmente estáticos. Nunca hacen nada; están simplemente, como están un faraón de granito, una bodhisattva de jemer o uno de los ángeles de achatados pies de Piero. Y la bujía única es utilizada, en todos los casos, para subrayar esta permanencia, intensa pero tranquila, impersonal.

Al exhibir cosas corrientes a una luz desusada, la llama hace manifiesto el misterio vivo y la inexplicable maravilla de la mera existencia. Hay tan poca religiosidad en los cuadros que, en muchos casos, es imposible decidir si estamos ante una ilustración de la Biblia o un estudio de modelos a la luz de la vela. ¿Es la Natividad, en Renes la natividad o meramente una natividad? ¿Es meramente eso el cuadro de un viejo dormido al que contempla una muchacha? ¿O se trata de San Pedro en la prisión visitado por el ángel liberador? No hay manera de decirlo. Pero, aunque el arte de Latour carece totalmente de religiosidad, es profundamente religioso, en el sentido de que revela, con intensidad sin paralelo, la omnipresencia divina.

Debe añadirse que, como hombre, este gran pintor de la inmanencia de Dios fue al parecer orgulloso, duro, intolerablemente dominante y avaricioso. Lo que demuestra una vez más que no hay una correspondencia exacta entre la obra del artista y su carácter.

Por Aldous Huxley

*Fragmento de Las puertas de la percepción (1954).

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