FILME: Los Rollos Perdidos

DIRECTOR: Gibrán Bazán

PAÍS: México

AÑO: 2012

Previo al 2 de octubre de 1968, Luis Echeverría —entonces Secretario de Gobernación— pidió a Servando González —director de cine— que documentara los eventos del movimiento estudiantil, otorgándole ocho cámaras Arriflex de 35mm (incluyendo lentes telefoto de hasta 400mm), el mismo equipo con el que se filmaron las Olimpiadas de ese año. Instalado frente a la Plaza de las Tres Culturas, entre los pisos 17 y 19 de la de la torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) —también conocida como la Torre de Tlatelolco—, Servando González, junto a su equipo de cinefotógrafos y asistentes, registró, en su totalidad, la barbarie de aquel día soleado.

Este material jamás se dio a conocer públicamente —en parte porque nadie sabía de su existencia—, manteniéndose como uno de los secretos mejor guardados de nuestra historia. Sin embargo, a finales del año 2001, y con el cambio de siglo, un testigo anónimo dio a conocer sus declaraciones como ayudante del cineasta en aquella trágica fecha, lamentando su participación detrás de estas grabaciones. Dos años después, José Salvador Gallástegui Contreras, ex-oficial mayor de la SRE, también revelaría información de vital importancia sobre este caso. Pero ¿cómo se relaciona todo esto con el incendio de la Cineteca Nacional en marzo de 1982?

En su búsqueda por dichas cintas, Los Rollos Perdidos investiga este otro siniestro, perpetuado mediante extrañas circunstancias y acentuado por testigos, expertos y trabajadores del recinto que, además, se dan la oportunidad de señalar las irregularidades con las que se administraba a la Cineteca. El incendio acabaría con gran parte del acervo fílmico de nuestro país —en el que también se encontraban obras extranjeras y reliquias únicas en su concepción— sugiriendo que, muy seguramente, los rollos sobre Tlatelolco se perdieron ahí, entre las cenizas.

Narrado por Daniel Giménez Cacho, el documental hace un excelente trabajo entretejiendo ambas historias y la relación entre ellas, pero es en la segunda parte —compuesta de dos tercios del filme— donde quizás se pierde un poco, volviéndose redundante en cuanto a su contenido. Por fortuna, logra recomponerse durante su desenlace, ofreciéndonos una valiosa reflexión sobre la memoria; porque el incendio no sólo acabó con la última evidencia sobre Tlatelolco, sino también con gran parte de nuestra cultura cinematográfica y, por ende, de nuestra memoria nacional. Y creo yo que estamos moralmente obligados a recuperarla; a romper el silencio y jamás olvidar.

Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

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