¿De qué sirven las palabras en un librito rojo?

Por Gibran Guillermo Mariano Guzmán

La primera vez que escuché sobre Karl Marx fue a los 13 años, en una de las manifestaciones humanas más superfluas que hay: una canción de Shakira. La cantante de pop colombiana decía en los versos de una canción: “No creo en Carlos Marx”. La melodía hablaba del escepticismo superfluo de no creer en el amor erótico y sus manifestaciones coloquiales, aunado a creencias de la cultura popular. “Y Marx es el mascarón de un barco pirata en un parque temático”, recita en uno de sus ensayos el escritor francés Camille de Toledo[1] refiriéndose al uso de las figuras contraculturales por el capitalismo de la posmodernidad.

Tiempo después, con 15 años ya, supe de un autor de Tréveris que hablaba de la plusvalía, de la alienación y de la ineludible lucha de clases. Era el Manifiesto del Partido Comunista que tenía en las manos y que, para la precoz edad en la que me encontraba, me brindaba respuestas a preguntas muy incómodas y a inquietudes cómo: ¿por qué a pesar de que mi padre trabajaba casi 12 horas diarias y mi madre 10 nuestra situación era tan precaria? ¿Por qué en el COBAO (escuela en la que estudiaba en aquella época y donde por supuesto no acabé los estudios) nos quieren pasivos sin criticar absolutamente nada del sistema económico? ¿Por qué sólo libros de texto oficiales, eventos del gobierno y no la ciencia al servicio de la humanidad?

A los 15 años uno se encuentra en esa edad que Nicanor Parra menciona en su poema “Autorretrato”: “Sin embargo yo fui tal como ustedes, joven, lleno de bellos ideales”. “El mundo que puede ser transformado por los mismos hombres” era un pensamiento que se afianzaba en mi ideario en aquella época.

He de mencionar que esta primer lectura marxista me trajo serias dificultades juveniles, porque mi crítica no sólo se limitó a la política, que en ese momento era representada en el ejecutivo por Vicente Fox y en el gobierno estatal por el conocido padre del mandatario actual. También se extendió hacia la Iglesia como institución, hacia la televisión (que en aquel tiempo era regida totalmente por Televisa) y hasta al fútbol, que, como diría irónicamente Eduardo Galeano: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”[2]; el futbol también era objeto de mi feligresía, pero sufrió los rigores que la crítica que Marx despertó en mí, más, al percatarme de su cercanía al oficialismo y a los monopolios de las televisoras. El caso fue que después de esta primer lectura marxista, mi perspectiva para entender la realidad cambió definitivamente.

He de confesar que entre mis principales aficiones están el arte y las humanidades, específicamente la filosofía, la literatura y la cinematografía, lo cual, con mis noveles “camaradas” de aquella época, dirigía hacia mí sus resentimientos gratuitos. “Así como la masturbación es la caricatura del sexo, la filosofía es la caricatura de la realidad”, recitaban en nuestras incipientes reuniones de estudio. Lo cual me daba risa, hasta que un día di el portazo a mi efímera edad militante: “Es que no puedo imaginarme una revolución de doctrinas, fusiles y todavía acartonada”, dije sonriendo. El silencio gélido y generalizado me hizo darme cuenta que yo ya no sería más bienvenido en esas reuniones.

El tiempo ha pasado, pero el reconocimiento que tengo hacia la obra de Marx sigue intacto. En Colombia existe un dicho popular hacia uno de los capos más famosos de los 90s: “Amado por unos, odiado por otros, pero por todos respetado”. Tomándome una licencia sumamente audaz, podría mencionar que Marx entra dentro de esa frase; hasta sus detractores para explicar sus yerros lo retoman. Un amigo de juventud muy querido y weberiano me decía: “Me agrada Marx. Los que no me caen bien son sus feligreses”.

Al respecto, una anécdota favorita que en textos anteriores he mencionado y que puede ejemplificar lo anterior. Al caer el muro de Berlín, una de las primeras acciones fue quitar todos los monumentos y alusiones al antiguo régimen socialista. Curiosamente, uno de los pocos que permanece en la capital teutona es la estatua de Karl Marx y Friedrich Engels, que en aquella década, con la efervescencia presente, algún lector o partidario melancólico pintó con aerosol en la base: “Wir sind unschuldig”, que en español significa “Somos inocentes”.

Este texto no tiene otro objetivo que aportar reflexiones acerca de algunas razones por las cuales obras como Tesis sobre Feuerbach, el Manifiesto del Partido Comunista y El capital aportan elementos para interpretar la realidad actual.

Adelantándome un poco a una de las elucubraciones que abordaré más adelante, considero que una de las razones por las que es importante retomar la filosofía en la obra de Marx es que ésta no es puramente teórica, sino también práctica. Los problemas que se plantean en el terreno de las ideas son planteadas por seres humanos, y al ser planteadas por ellos, pueden ser utilizadas como categorías para interpretar y modificar la realidad.

La superación de estos prejuicios en los debates de la filosofía aportan elementos importantes para el estudio de las Ciencias Sociales y las Humanidades. Uno de ellos es la coloquial idea de que el filósofo es aquel personaje enteramente contemplativo, que está sentado a la sombra del árbol preguntándose porque la hoja de la rama cayó a la izquierda y no a la derecha. Otro prejuicio es que la teoría marxista es “facilona” y beligerante porque es una crítica (que además invita a la acción colectiva), misma que varios tergiversan y que asocian solamente con la militancia y activismo, lo cual es un desliz notable y que sólo se desvanece cuando uno tiene las lecturas pertinentes.

La obra de Marx es una obra escrita en la penuria y en la vida modesta, en el exilio forzado y la persecución, en las pérdidas de familiares cercanos [3]. Con un rigor y una prosa impresionante, con un gran conocimiento de la obra de Hegel y de los clásicos griegos de la filosofía; no por nada Marx escribió una tesis sobre Demócrito y Epicuro. Un ejemplo de ello podría encontrarse en El capital: “Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas” [4].

Una invitación certera a regresar al ejercicio de pensar y re-pensar que la sociedad puede ser cambiada, primero por las ideas y después por la acción que se deriva de ella. Si para Jean Paul Sartre el existencialismo es un humanismo, nosotros deberíamos interrogarnos acerca de qué si el marxismo ¿no lo es también?

El presente trabajo trata de ser un breve ensayo con piezas que, con cierta esperanza, puedan dar un pequeño esbozo sobre la obra de Marx, brindando un panorama muy general sobre el trabajo y oficio escritural en la Tesis sobre Feuerbach, haciendo hincapié en la prosa y la pedagogía del Manifiesto del Partido Comunista para, finalmente, hacer una contraposición entre algunos extractos de El capital y una experiencia laboral en una oficina que se deriva de una vivencia personal, afán que parte de la premisa de que la ciencia social no va desligada de la vida cotidiana.

La Tesis sobre Feuerbach y el Manifiesto del Partido Comunista: rigor teórico metodológico y pedagogía

Paulo Freire en uno de sus textos hace alusión a que la profundidad y riqueza de una obra no puede medirse en el número de páginas de la misma, poniendo de ejemplo la Tesis sobre Feuerbach [5], que sólo tiene dos páginas. Desde un punto de vista personal, esta tesis me parece uno de los textos escritos más certeros de la filosofía política, por su concreción y su rigor.

En su crítica a la tesis a Feuerbach, Marx plantea un esbozo teórico de lo que será posteriormente su metodología para analizar la realidad: la eminente contradicción que hay entre un sistema económico, sus falencias y la lucha de clases, todo esto analizado mediante la Historia. Al hacer esta crítica al materialismo contemplativo de Feuerbach, Marx propone que la filosofía debe dejar de ser una indagación sobre ideas abstractas y tener un papel más activo en su transformación. Introduciendo la variable de que la Historia es un producto cultural del hombre y que al serlo de ese modo, el hombre tiene todas las facultades para transformarla, lo cual, para el contexto de la obra, es una propuesta trascendental.

Por otro lado, el Manifiesto del Partido Comunista es un texto sumamente importante, no sólo del pensamiento económico, político y filosófico, sino de la historia de las letras. Un escrito hecho definitivamente por una mente brillante, que resume gran parte del ideario de forma simple (que no simplista), una crítica a la economía política por parte de Marx. Redactado para que cualquier persona pudiera entenderlo. Diseñado para que pudiera ser reeditado, tal y como lo muestran los diferentes prólogos en distintas lenguas. Una obra que cumple con una labor pedagógica del programa (o agenda) comunista para que el obrero o el campesino lo pueda llevar a cabo. Como apunte al margen: entre la mitología que envuelve este texto, es que es el segundo más vendido después de la biblia.

Una oficina: un acercamiento crítico desde la obra Marx

En la literatura existe una máxima: “No hay tema menor en la literatura, mientras esté bien escrito”. Eso decía Milan Kundera, escritor checo (y curiosamente un antiguo socialista de la también antigua Checoslovaquia). En su libro El arte de la novela [6] menciona que Franz Kafka demostró lo anterior escribiendo desde uno de los lugares aparentemente más nimios: la oficina.

Sobresalen obras cómo El proceso y La metamorfosis, donde estos tópicos son abordados de forma magistral. En la primer novela, Josef K. es acusado de un crimen del cual se desconoce el motivo; lo único que se sabe es que se ha iniciado un proceso en su contra, el cual continúa avanzando y lo hunde en una condena inevitable. En La metamorfosis, un empleado de banco llamado Gregorio Samsa despierta convertido en insecto (para muchos estudiosos de esta novela, la descripción que aporta Kafka pertenece a un escarabajo). Sobresale que una de las primeras inquietudes que tiene este personaje es: ¿cómo va a ir a trabajar con esta nueva apariencia? No está preocupado por ser escarabajo, sino por cómo va a cumplir con sus actividades laborales convertido en insecto. Si uno lo viera desde una perspectiva marxista, él está alienado con su empleo; ha perdido inevitablemente su individualidad y piensa que su trabajo de oficina es su representación, despojándolo de su propia individualidad.

No es coincidencia haber retomado a Milan Kundera para ejemplificar lo tenebroso que resulta el pensar en las diferentes deformaciones que impone el sistema capitalista, pero también la utilización del marxismo en un sistema socialista que mantenía su totalitarismo cómo máxima. En la obra del autor checo anteriormente citada hay un pequeño breviario con varios conceptos, en el que destaca la palabra URSS a la que el autor llama las cuatro mentiras: “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, las cuatro mentiras, porque ni era Unión, ni eran Repúblicas, ni eran Socialistas, ni eran Soviéticas” [7]. Sobresale el caso de la República Checa y su lucha en el ’68 por tener un sistema socialista más autónomo y democrático, la presión que hicieron los rusos con Alexander Dubček y, finalmente, la entrada de los tanques rusos en Praga, de los cuales el fotógrafo Josef Koudelka toma una foto icónica de su mano con un reloj, en la cual viene la hora de entrada de los tanques rusos a Praga.

Continuando con la reflexión de Franz Kafka acerca del registro de la vida en las oficinas, mencionaré mi experiencia de trabajo en una oficina, en la cual duré casi tres años, y seguiré con un esfuerzo por contraponerla con pequeños extractos de la teoría marxista. Es sabido que la obra de Marx está trazada para que los obreros y los campesinos lleven a cabo la famosa Lucha de clases. Pero hoy día uno de los empleos más recurrentes es el trabajo burocrático, principalmente la adquisición de plazas permanentes que contienen prestaciones vitalicias, lo cual es, hasta cierto punto, justificable, ya que en el sistema capitalista una de las principales libertades “es querer o no querer trabajar” con la pequeña atenuante, de que si no trabajas no comes.

Cuando comencé a trabajar en esta oficina, que no pertenecía al sector público sino al privado, me percaté que el sistema de contratación era por outsourcing, que llanamente se podría resumir en que la empresa subcontrata (o crea una empresa ficticia) para que contrate al trabajador, haciendo que la empresa inicial no adquiera obligaciones patronales directas con el empleado, reduciendo las aportaciones que dentro de la legislación mexicana está obligada a dar, como seguridad social, prima vacacional, aguinaldo, incapacidad para el trabajo, estableciendo contratos de uno, seis meses y un año, que se renuevan o se rescinden al término, impidiendo que el empleado genere antigüedad y por lo tanto sea acreedor a pensión o jubilación.

La jornada laboral era de 9 horas diarias de lunes a viernes y de 7 horas el fin de semana; no había pago de horas extras. El salario por día equivalía a tres salarios mínimos de 68 pesos (en aquel tiempo), con descuentos respectivos por inasistencia o retardo. Este salario era pagado de acuerdo a los días trabajados. Sobre él mismo, es inevitable no hacer la reflexión que Marx hace al respecto del trabajo asalariado:

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia indispensables al obrero para conservar su vida cómo tal obrero. Por consiguiente, lo que el obrero asalariado se apropia por su actividad es estrictamente lo que necesita para la mera reproducción de la vida [8]

Más adelante Marx arremete con uno de los más grandes temores de la sociedad capitalista (y ¿por qué no decirlo? burguesa) acerca de esta reflexión:

No queremos de ninguna forma manera abolir esta apropiación personal de los productos del trabajo, indispensables para la mera reproducción de la vida humana, esa apropiación, que no deja ningún beneficio líquido que pueda dar poder sobre el trabajo del otro. Lo que queremos suprimir es el carácter miserable de esa apropiación, que hace que el obrero no viva sino para acrecentar el capital y tan sólo la medida en el que el interés de la clase dominante exija que viva [9]

Siendo un salario que me permitía sobrellevar ciertas necesidades básicas y también el consumo de ciertos productos, no deja de llamarme la atención la ética del capitalismo que dicta que uno debe trabajar esforzándose para avanzar, sin quejarse, trabajando sin cobrar en ocasiones. La misma empresa impartía cursos de liderazgo que no hacían otra cosa que fomentar la competencia encarnizada entre los compañeros, generando división y minando la capacidad de organización. Cabe mencionar que teníamos un sindicato ficticio en el cual nunca fuimos convocados a asambleas, ni conocíamos a nuestro representante ni a su mesa directiva. Al respecto, de manera atemporal la obra de Marx podría decir:

El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de los obreros entre sí. El progreso de la industria, del de la burguesía, incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Así el desarrollo de la industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia de lo producido [10]

Otra de mis inquietudes sobre el trabajo era la manufactura y el precio en el que se vendían los proyectos que realizábamos para empresas privadas. La primera, porque el trabajo era dividido entre varios miembros de la oficina que realizaban partes específicas del mismo, que solamente eran ensambladas o integradas. No pocas veces la actividad que realizábamos era tan difusa y general que no te reconocías en el producto final del trabajo, por lo que la que la elaborabas de mala gana y a regañadientes. A esa sensación Marx la llama alienación [11].

La segunda era el precio en que eran vendidos los proyectos, mismos que distaban extraordinariamente de nuestros salarios diarios. Proyectos que estaban incluidos dentro de las horas de nuestras actividades pero que demandaban un trabajo profesional que no se veía reflejado en el incremento del salario, a pesar de que generaban grandes ingresos a la empresa. A esta ganancia que obtiene el patrón del trabajo del empleado asalariado se le llama plusvalía, ingreso que descontando el mantenimiento de los medios de producción genera un excedente por medio de la fuerza de trabajo. Es evidente que el salario en el capitalismo no es por el trabajo en sí o la actividad realizada, sino por las horas de vida del trabajador, en donde el patrón puede disponer a voluntad del tiempo del mismo. Marx menciona lo siguiente (haciendo de antemano la aclaración de que se debe contextualizar con la época que vivimos actualmente):

En la sociedad capitalista, este plusvalor o este plusproducto si prescindimos de las oscilaciones casuales de la distribución y consideramos su ley reguladora, sus fronteras normativas se distribuye entre los capitalistas como dividendos en proporción a la cuota de capital social que pertenece a cada uno. En esta figura el plusvalor aparece [1045] como la ganancia media que le toca al capital, ganancia media que vuelve a desdoblarse a su vez en ganancia empresarial e interés, y bajo estas dos categorías puede recaer en diferentes variedades de capitalistas. Esta apropiación y distribución del plusvalor, o en su caso del plusproducto, por el capital posee sin embargo su límite en la propiedad de la tierra. Así como el capitalista actuante extrae del obrero el plustrabajo y con éste, bajo la forma de la ganancia, el plusvalor y el plusproducto, también el terrateniente extrae a su vez del capitalista una parte de ese plusvalor o plusproducto bajo la forma de la renta, según leyes anteriormente desarrolladas [12]

De acuerdo a lo anterior, podemos percatarnos que el capitalismo es un sistema económico rapaz que exprime a las personas y las voluntades hasta su último reducto. Las historias de los trabajadores de mi oficina lo muestran, y no pocas veces eran externadas: “No me alcanza para mantener a mis hijos”, “No voy a llegar a fin de mes, tengo muchas deudas que pagar”, “Creo que conseguiré otro trabajo para compensar mis gastos”.

Equivocadamente, el modo de vida de la sociedad actual nos hace pensar en términos de la producción, expresiones coloquiales lo muestran: “No estés de flojo(a) sé productivo(a)”. No concebimos al trabajo como la realización de los anhelos, talentos y capacidades humanas, sino como una actividad de supervivencia. Al respecto del trabajo Marx menciona:

Así como el salvaje debe bregar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque se amplían sus necesidades; pero al propio tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego, que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero éste siempre sigue siendo un reino de la necesidad. Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica [13]

El pugnar porque el trabajo, sea visto cómo un producto cultural que desarrolle las potencialidades vitales del ser humano, parece ser una encomienda pendiente. Mismo que requiere no ser visto como un modo de supervivencia, sino como una actividad para obtener lo necesario y con ello poder destinar tiempo para las actividades creativas de la vida misma. Esto implica pensar en un sistema económico distinto, en la construcción de un ser humano que no esté fetichizado por el poder y el consumo, curiosamente esto fue propuesto por Marx desde hace casi dos siglos, es ahí donde radica la importancia y la vigencia de su ideario.

Reflexiones finales

Jeffrey Alexander, en uno de sus textos acerca de la centralidad de los clásicos, menciona que la vigencia de estos textos radica en que el debate que plantean con sus ideas tiene vigencia y suscita reflexiones al regresar a ellos. Tal es el caso de Marx, que al releer sus obras parece que existe una atemporalidad imperecedera acerca del sistema económico actual.

Si bien la teoría de Marx no explica todas las variables del sistema social y económico (una de las principales críticas que se le hace al marxismo ortodoxo es la pretensión de querer explicar toda la realidad mediante un determinismo económico), sí plantea un sistema de pensamiento y metodología que ha sido usado en varias disciplinas cómo la educación, la sociología y el psicoanálisis, sólo por mencionar algunas. Probablemente una de las vertientes que tendría que ser más explorada es la ética, ya que se supone que el marxismo propone la creación de un ser humano nuevo, que no podría tener solamente una base económica, sino que necesariamente pasaría al plano de la axiología y la estética.

Sobre la obra de Marx hay una frase coloquial que me gustaría comentar: “Las ventas de El capital de Marx no le alcanzaron ni para pagar los cigarrillos que gastó en escribirlos”. Me parece que el revalorarlo es hacerle un homenaje a su generosidad intelectual, pero sobre todo a su genio y rigor en el estudio de la sociedad. Un acto de humanismo impoluto, que todavía resuena hasta nuestros días.

[1] De Toledo, Camille. (2008). Punks de Boutique. Almadía: México.

[2] Galeano, Eduardo. (2005). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI: México

[3] Lenin, V.I. (1914). “Carlos Marx (Breve esbozo biográfico con una exposición de marxismo)”

[4] Marx, Karl. (2008). El capital: crítica de la economía política. Siglo XXI: México

[5] Freire, Paulo. (2004). La importancia de leer y el proceso de liberación. Siglo XXI: México

[6] Kundera, Milán. (2004). El arte de la novela. Tusquets: España

[7] Op. Cit Kundera, Milán. (2004). El arte de la novela. Tusquets: España.

[8] Marx, Karl. (2001). Manifiesto del Partido Comunista. Quinto Sol: México

[9] Op. Cit. Marx, Karl. (2001). Manifiesto del Partido Comunista. Quinto Sol: México

[10] Op. Cit. Marx, Karl. (2001). Manifiesto del Partido Comunista. Quinto Sol: México

[11] Giddens, Anthony. (1977). “El capitalismo y la moderna teoría social”. Colección labor: Barcelona

[12] Marx, Karl. (2016). “Capítulo XLVIII: La fórmula trinitaria”, en El capital. Archivo digital.

[13] Op. Cit. Marx, Karl. (2016). “Capítulo XLVIII: La fórmula trinitaria”, en El capital. Archivo digital.

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