¿Por qué un autor de libros infantiles prefiere evitar a los niños?

Por E.J. Kahn

El rostro de Theodor Seuss Geisel —encantador, de ojos suaves y una nariz larga, puntiaguda— no es tan reconocible como el de Santa Claus, pero su dueño es de los máximos contendientes cuando de la admiración de los niños se trata. Santa Claus les trae regalos; Geisel les trae risas y, para rematar, es real.

Desde 1936, bajo el alias de “Dr. Seuss”, Geisel, un hombre simplón y gentil, hoy de 56 años, ha escrito e ilustrado 19 libros humorísticos para niños; todos ellos, a excepción de tres, en verso. Siendo un hombre tímido, tenso y bastante serio, intenta evitar los ojos saltarines y las manitas ansiosas de sus discípulos, pero en las raras ocasiones que acepta aparecer en público, Geisel atrae multitudes que harían que serían la envidia de los vaqueros del cine.

Han habido varios intentos por definir el rango de edad de aquellos que más disfrutan de los libros del Dr. Seuss. Random House, la casa editorial que ha publicado prácticamente todas las obras de Geisel, cataloga sus libros usando un rango bastante conservador: lectores de 5 a 9 años. Un reseñista de Bowling Green, Kentucky, estima que la edad de los lectores ideales de “Cómo El Grinch se robó la Navidad” —una variante del personaje de Scrooge— va de los 2 a los 92 años; un crítico de Houston, Texas, calcula que el rango va de los 3 a los 33 años. Y en el Junior Reviewer, uno de los muy jóvenes reseñistas —este tenía siete años— escribió sobre “Huevos verdes con jamón” que “Lo disfrutará cualquiera de 6 a 44 años… que es la edad de mi mamá”.

Se ha pensado, dicho y escrito mucho sobre la calidad de los libros infantiles de hoy, en muchas ocasiones usando una jerga psicológica y sociológica muy elevada. El enfoque de Geisel es más bien aterrizado. “Si yo disfruto de un libro, cabe la posibilidad de que los niños también lo disfruten”, dice.

Muchos de los no-tan-niños que disfrutan su obra permanecen fieles porque sienten que pueden leerle, re-leerle y re-re-leerle los libros del Dr. Seuss a sus niños sin afectar su propia salud mental, o que pueden brincarse páginas y párrafos enteros sin atrofiar su integridad.

Esto no significa que Geisel no tenga críticos. Hay quienes creen que sus palabras y sus imágenes son por demás bobas —algunos de los miembros de este grupo no dudarían en distraer a sus hijos con cajas de cereal—, pero la mayoría de los guardianes de las mentes jóvenes parecen concordar con el Bulletin de la Liga de Padres de Nueva York, que ha avalado con entusiasmo los libros de Geisel. La Liga los clasifica como “libros de vozalta”. El mismo Geisel dice que sus libros son “locuras lógicas”. La lectura en voz alta de locuras lógicas, apropiadamente ilustrada por su creador, siempre es divertida. Y muy pocos negarían que desde los días de Edward Lear hasta la época del Dr. Seuss, los libros que cuadran esa descripción han sido escasos.

La esposa de Geisel también fue autora de libros para niños, aunque los suyos son un poco más convencionales. Los firmaba como Helen Palmer, su nombre de soltera —Los increíbles viajes de Tommy, Las máquinas de Johnny, Bobby y su aeroplano y El Pato Donald visita Sudamérica, por mencionar algunos—. A pesar de eso, no tienen hijos. Algunos de sus amigos consideran una pena que un hombre tan bien querido por los niños no tenga uno propio. Geisel no concuerda con ellos. “Ustedes ténganlos, yo los entretengo”, ha dicho en más de una ocasión, y también que “No puedes escribir libros para niños si hay demasiados viendo por encima de tu hombro”.

Sin niños que vean por sobre su hombro, Geisel produce con mucho esfuerzo libros que, en opinión Rudolf Flesch, el autor de Por qué Johnny no puede leer, seguirán leyéndose siglos después. También cree que cuando los favoritos de hoy, como Faulkner, Hemingway y Marquand, estén abandonados y acumulando polvo, la gente seguirá buscando al Dr. Seuss. Bennet Cer, el presidente de Random House, ha dicho que Geisel es el único genio en su catálogo de autores, aunque no habría sido tan severo de haber tenido a Faulkner, a quien también publica, presente en su oficina.

En los últimos años, Geisel ha permanecido como el autor más vendido en el catálogo de Random House, y posiblemente en el de cualquier editorial. Una o dos veces al año, la revista Times publica un suplemento dominical dedicado a libros infantiles que incluye una lista de best-selles. En la edición del mes pasado, tres de los cuatro títulos más vendidos en la lista eran del Dr. Seuss.

Tras la muerte de Nevil Shute en enero, su obituario en el Times lo proclamaba como el novelista más vendido de su época, añadiendo que obtenía regalías de 170 mil dólares al año. Las regalías que Geisel recibió por sus libros alcanzaron cerca de 200 mil dólares en 1959. Hoy se han vendido 3 millones de libros del Dr. Seuss, y ahora Random House imprime un tiraje de 100 mil copias de todas las obras escritas por él. Pero incluso esa cifra resultó poco adecuada para “Feliz cumpleaños a ti”, publicado en octubre de 1959. A las pocas semanas se agotó el tiraje completo y fue necesario pedir un nuevo lote de 50 mil ejemplares.

Geisel se siente sorprendido y un tanto asustado por su propia opulencia, ya que nunca ha aprendido a lidiar con el dinero. Como desconfía del dinero, suele cargar con muy poco, y en más de una ocasión se ha visto corto a la hora de pagar la cuenta en los restaurantes. Dejó de usar chequera desde hace 30 años, dejándoselas a su esposa. “Cómo quisiera que la gente dejara de hablarme sobre dinero”, dice. “Lo único que quiero es contar historias, pero todos se la pasan pidiéndome que cuente dinero”.

Geisel es un hombre de gustos simples. “Ted no es extravagante”, dice su esposa. “Creo que sólo le gustan los cigarrillos y las piedras”. Sus gastos en cigarrillos son bastante elevados. Un fumador empedernido, Geisel en ocasiones se toma un descanso e inhala una pipa de maíz sin encender que llena con semillas de rábano. Cuando lo agarran las ganas de fumar —o sea, cada pocos minutos—, remoja sus semillas con un gotero. Ya que los rábanos comienzan a florecer en su pipa —según él, requiere de más o menos tres días en buen clima—, vuelve a los cigarrillos.

Las piedras son su hobby de exteriores. En su casa, sobre una loma en La Jolla, California, Geisel es todo un jardinero de rocas, y el lugar del Publisher’s Weekly sobre su mesa de sala casi siempre acaba usurpado por alguna publicación como la Guía de principiantes para cazar fósiles. Una de las pertenencias que más atesora es una placa de roca pesadísima marcada con la huella de un dinosaurio, que se cree tiene más de 150 millones de años. Como Geisel tiene fama de bromista, más de uno de sus conocidos cree, por mucho que se indigne, que el fósil es una réplica casera.

La Jolla es una comunidad de gente acomodada, y la relativa austeridad de los Geisels desconcierta a sus vecinos. Geisel y su esposa tienen sólo un coche, sólo una mucama —de medio tiempo, además— y sólo una piscina. Después de 30 años de casados, son una pareja por demás devota, y no ven necesidad de un segundo coche, ya que rara vez están sin el otro.

La Sra. Geisel dejó de escribir libros hace 15 años para dedicarse a ayudar a su esposo con los suyos. Lo logra en parte manteniendo un ojo atento y muy crítico sobre lo que produzca su esposo, y también proporcionándole los elogios y la reafirmación del que él, como muchos otros escritores, tiene una necesidad insaciable, y también cuidándolo de distracciones.

Además de manejar sus finanzas, ella se hace cargo de su correspondencia. El correo de Geisel —o, más bien, el del Dr. Seuss— es imponente. A finales de 1957, Random House anuncio que en los últimos 12 meses había recibido más de cuatro toneladas de correspondencia para el Dr. Seuss. No hay estadísticas actualizadas sobre la correspondencia del Doctor, pero independientemente del total exacto, éste recibe miles de cartas cada semana. La política de Geisel es que su esposa conteste las cartas enviadas por maestros, bibliotecarias, niños enfermos y lisiados y hasta de salones de clases. (La Sra. Geisel firma algunas de esas cartas como “La Sra. Dr. Seuss”).

El resto de la correspondencia rara vez llega a La Jolla. Es amablemente interceptada y revisada por Random House, que responde con una carta-plantilla redactada e ilustrada por el mismo Geisel. La carta que se utilizaba hasta hace poco explicaba que el servicio de correos del Dr. Seuss es poco confiable porque éste vive en una montaña empinada e inaccesible y porque su correspondencia tenía que ser transportada en Presupuesto, una criatura flojísima conducida por hombrecito llamado Ernuesto.

La mayoría de los niños se sienten satisfechos con la respuesta, pero de vez en cuando hay unos que refunfuñan. “¿Recibió una carta de una niña llamada Olivia y de un niño llamado Bud?”, le escribió al Doctor un niño de Oregon hace un más o menos un año. “Los dos llevan clase conmigo. ¿Recibió sus cartas? Yo creo que no por como son las carreteras de por su casa, pero van a escribirle de nuevo ¿Les volverá a escribir sobre Presupuesto y Ernuesto? Yo quiero otra carta suya pero no sobre Presupuesto y Ernuesto”.

Geisel intentó calmar este tipo de frustraciones con una nueva carta ilustrada en la que agradece a su correspondiente de parte del Dr. Seuss y de un amigo: Salce el Alce Trisazón.

*Fragmento de “Children’s Friend”, publicado en The New Yorker (1960).

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