A primera vista, aquello parecía un simple operativo de vialidad a cargo de un sudoroso y solitario agente de tránsito que, alrededor de las cuatro de la tarde, realizaba una muy complicada encomienda: Impedir el paso vehicular en el cruce de dos conflictivas avenidas.

Detrás del agente, atravesada a media calle, se advertía una motocicleta oficial de alto cilindraje. Aquel vehículo cumplía con la tarea de ser una barricada metálica insalvable. Inmóvil refuerzo para las instrucciones gestuales y verbales que el tránsito repetía, en continuo, a los contrariados automovilistas que en forma obligada tenían que modificar sus programados trayectos.

Oficial, ¿puedo pasar? Voy aquí nomás a la otra esquina.

¡Ahí es donde se están dando en la madre! ¡No hay paso!

Obligado a descender del taxi que lo transportaba, Ricardo (nombre ficticio) pagó la tarifa correspondiente y procedió a recorrer a pie la cuadra restante a fin de llegar a su destino.

Conforme avanzaron sus pasos, fue encontrando inequívocas señales de que ahí sucedía algo más que una simple riña callejera. Porque ahí no era usual la reunión de decenas de mirones que en silencio y con cara de asombro, contemplaran embobados hacia una misma dirección. ¡Algo muy gordo estaba pasando!

La mayoría de mirones era gente del arrabal. Comerciantes, empleados o vecinos, fogueados durante años en ese denso y miserable entorno social en que habitan o en el que, como en el caso de Ricardo, a diario acuden a su fuente de trabajo. A todos ellos, poco o nada los podía asombrar. Saben que ahí cualquier cosa es posible, sin que eso les cause mayor extrañeza.

Llegado hasta la esquina que hace cerrada frente a una calle transversal, Ricardo comenzó a comprender que algo extraordinario acontecía.

Y así era. Estacionadas una tras otra al borde de una acera, distinguió ocho pick ups negras ocupando la primera cuadra de la calle perpendicular, vehículos identificados con el escudo de una corporación policiaca.

Ricardo calculó en 30 la cantidad de elementos uniformados que en actitud vigilante, portando armas largas, resguardaban diversas maniobras que hacían otros diez de sus compañeros; éstos yendo en múltiples viajes hasta el interior de un edificio de apartamientos, enorme y sólida construcción que ampliamente abarca toda una esquina,

La cuadrilla de policías ingresaba al edificio para regresar luego al exterior a depositar, en distintas pick ups, las voluminosas bolsas de plástico negro que acarreaban, cuyo contenido oculto se intuía al instante como posibles incautaciones probatorias relacionadas con actividades delictivas de alto impacto.

En esa cuadra, la cantidad de mirones también era descomunal. Apiñados no sólo sobre las banquetas, sino asomados por las ventanas del edificio donde realizaban el operativo y por las de los edificios frontales; como las de un hotelucho, en cuyos mugrientos balcones emergían las figuras de las prostitutas que ahí viven y tienen su centro de operaciones.

Dimensionada a vuelo de pájaro la magnitud de tal suceso, Ricardo cruzó la calle para dirigirse directo hasta donde sabía que encontraría a su amigo Chepe, (nombre ficticio), un inteligente chef que atiende un puesto de tacos justo frente al edificio donde sucedía el operativo. Chepe era, al mismo tiempo, su fuente más confiable y segura de todo el arrabal.

Ataviado con largo mandil ahulado que protegía su uniforme, Chepe preparaba una orden de tacos cuando, al verlo y sin detener su actividad, en voz muy baja dijo dos breves frases que sintetizaban el brief informativo del día.

Se llevaron a ya sabes quién. De seguro le pusieron dedo.

Ricardo inmediatamente comprendió todo.

***

Ricardo, como todos en el arrabal, también conocía la fama de maldito que aquel “ya sabes quién” tenía. Porque ese sórdido “ya sabes quién”, sujeto alto, en extremo corpulento y con facciones toscas renegridas de morenas, habitaba en compañía de su familia uno de los tantos departamentos de aquel edificio. Ahí mismo rentaba otro departamento que utilizaba como bodega y casa de seguridad. Desde ahí controlaba los movimientos en esa “plaza”. Su palabra era ley en aquel bajo mundo al margen de cualquier otra ley, humana o divina.

Alrededor de él, el “ya sabes quién”, giraba una entramada legión de delincuentes profesionales de mediana y baja monta, conformada primordialmente por raterillos tumbadores o conejeros, tiradores de droga y licor al menudeo, además de la infaltable flotilla de halconcillos informantes.

Tal situación no era desconocida para nadie. Mucho menos para los supuestos guardianes de la ley que a ojos vistas llegaban con él para recoger, puntualmente, cuotas y moches por concepto del pago de piso y la protección que le otorgaban.

Desde las entrañas de su guarida, hacia el arrabal se filtraban escalofriantes historias repletas de violencia que narraban mil y una atrocidades. Golpizas despiadadas. Huesos fracturados. Dedos mutilados. Torturas sangrientas. Amenazas de muerte como forma usual de amedrentamiento.

La oficina de semejante sujeto se dividía entre el zaguán de acceso al edificio y el amplio banquetón que lo antecedía. Ahí, celular en mano, su presencia de jefe realizaba las labores gerenciales a su cargo, a cualquier hora del día y de la noche. Libre e impunemente.

***

Ricardo acercó una silla para quedar sentado junto al puesto donde Chepe revisaba nuevas comandas. Instalado ahí, con mayor discreción y comodidad, observó a detalle la acción que frente a sus ojos ocurría.

Otros mirones no cesaban de llegar y los policías proseguían descargando bultos negros en el interior de las pick ups.

Chepe, siempre en voz baja, dio inicio a la relatoría de hechos.

—Llegaron antes de las tres. Apañaron a los dos que estaban en la puerta. Los subieron esposados a una camioneta. Unos policías se quedaron abajo sin dejar salir o entrar a nadie. Un grupo como de treinta oficiales, rifle en mano, subieron a reventar el depa y la bodega del ya sabes quién. Por mensaje, vecinos que estaban dentro dijeron que escucharon cuando tumbaron las puertas, que se oyeron muchos gritos y escándalo. Al rato, comenzaron a bajar a todos. Primero sacaron a los secuestrados. Eran como cinco. Se veían muy madreados, jodidos y ensangrentados. Después, sacaron al ya sabes quién y a todos los que con él estaban. Los bajaron con las cabezas tapadas. Se los llevaron en unas pick ups. Esposados

En ese momento, una larga grúa ingresó a la escena. Fue a detenerse hasta la entrada del estacionamiento de una plaza comercial. Sobre su plataforma comenzaron a subir vehículos automotores, motocicletas y cuatrimotos. Mientras tanto, los policías continuaban bajando bolsas negras repletas de objetos desconocidos. Fue una tarea muy lenta y tardada.

De pronto, un fuerte murmullo de sorpresa se escuchó en toda la cuadra. A bordo de una pick up, fuertemente custodiado por policías armados, el personaje principal del operativo era traído de regreso al arrabal. La holgada camiseta que portaba cubría su rostro, dejando al descubierto un ombligo protuberante. Al parecer se resistía a re ingresar al edificio. Un policía lo azuzó picándole las costillas con un desarmador. “¡Tienes que subir, cabrón!”, escuchó Ricardo que le decían mientras, otros dos oficiales, lo agarraban de los esposados brazos para conducirlo sin que perdiera el equilibrio.

—Lo regresaron para que les diga dónde tiene escondido el clavo. —Comentó Chepe el taquero.

No pasó mucho tiempo, quince o veinte minutos, cuando el sujeto volvió a reaparecer saliendo del edificio. Escoltado y con el rostro aún cubierto con su camiseta.

Subido a la parte trasera de la pick up, de nuevo fue trasladado con posible rumbo de los separos policiacos, seguramente en calidad de detenido.

***

A la mañana siguiente, desde primera hora, todo el arrabal esperaba leer en las primeras planas de los diarios la noticia de aquel arresto.

¡Gran decepción! Ningún diario impreso traía nota al respecto. ¡Ni siquiera el Metro! Tampoco los medios electrónicos o digitales habían informado algo.

Aquello era completamente previsible para quienes el día anterior se percataron de la ausencia de reporteros, fotógrafos o camarógrafos. El operativo había transcurrido completamente al margen de medios.

Fue hasta tres semanas después cuando en todos los periódicos aparecieron destacadas notas que reproducían, en forma casi idéntica, la información contenida en el boletín oficial enviado apenas un día anterior desde una oficina de comunicación social.

Ese día, en el arrabal, se agotaron todos los ejemplares de periódicos en los distintos expendios y tiendas de conveniencia. Tampoco faltó el voceador que por las calles gritaba a viva voz tal “noticia”.

— ¡Extra, extra! ¡Ya salió la captura! ¡Venga y entérese! ¡A los secuestrados los liberó la policía! ¡Los delincuentes confesaron asesinatos ante el juez! ¡Extra, extra!

***

El boletín, convertido en la noticia del día divulgada por todos los medios, informaba lo ocurrido.

Nada nuevo para los habitantes del arrabal. Se había detenido a una peligrosa banda relacionada con la delincuencia organizada. Habían privado de su libertad a varias personas, las cuales fueron liberadas. Todos los presuntos líderes del grupo criminal estaban plenamente identificados.

Además, se daba a conocer nombres y edades de los miembros de la banda, entre ellos, un ex policía; así como el supuesto móvil del secuestro, que no era otro sino el que los entonces retenidos trabajaban para un grupo rival.

Lo que si causó sorpresa al leer la noticia fue la relación de objetos incautados, los que en la nota se reducían a unas cuantas armas, algunos aditamentos como pasamontañas y fornituras, menos de un kilo de mota, unos cuantos gramos de distintas drogas duras, y dos o tres vehículos automotores.

Por otra parte, el boletín-noticia comunicaba la confesión expresa de homicidios perpetrados por algunos integrantes del grupo delictivo; por los cuales ellos serían procesados para determinar la pena correspondiente.

***

Algunos de los miembros de ese grupo delincuencial estuvieron recluidos carcelariamente. Pero por muy poco tiempo. Al menos los principales líderes, quienes en menos de seis meses recobraron la libertad, reapareciendo en el arrabal como si nada hubiera ocurrido. De inmediato retomaron ahí su anterior papel como “dueños de la plaza”, volviendo a realizar abiertamente algunas de las mismas actividades por las que habían sido apañados.

Los vecinos rumoraron que los “patrones” de más arriba no los habían dejado abajo, aflojando algo así como 250 mil pesos por cada uno, para que finalmente la libraran. ¡Y la libraron!

En el arrabal nadie podía creer semejante regreso. Ricardo tampoco puede creer en el sistema de justicia de este país.

Por Carmen Libertad Vera

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