Life is a beautiful thing as long as I hold the string

Por Gay Talese

A las 4:00AM, Frank Sinatra sacó a su grupo del Sahara, algunos con los vasos de whisky en la mano, bebiendo sorbos en la acera y en el automóvil. De vuelta en The Sands, entraron al casino. Seguía repleto de gente, las ruletas giraban, los jugadores de dados daban gritos al fondo.

Frank Sinatra, con un vasito de bourbon en la mano izquierda, se abrió paso entre la multitud. A diferencia de algunos de sus acompañantes, todavía estaba impecablemente planchado, con la pajarita del esmoquin en perfecto equilibrio, los zapatos sin mancha. Nunca se le ve perder la compostura, nunca baja la guardia del todo, no importa cuánto haya bebido ni cuánto lleve sin dormir. Nunca hace eses, como Dean Martin, ni jamás baila en los pasillos de los teatros ni salta sobre las mesas, como Sammy Davis.

Una parte de Sinatra, no importa dónde esté, siempre está ausente. Siempre hay una parte suya, si bien pequeña a veces, que sigue siendo Il Padrone. Incluso ahora, al asentar el vasito de licor puro en la mesa de blackjack, de cara al crupier, Sinatra lo hacía desde cierta distancia, sin inclinarse sobre la mesa. Metiéndose la mano por debajo del esmoquin sacó del pantalón un fajo grueso pero limpio de billetes. Desprendió con cuidado un billete de cien dólares y lo puso en el fieltro verde. El crupier le repartió dos cartas. Sinatra pidió una tercera, se pasó, perdió los cien.

Sin mudar de expresión, Sinatra sacó otro billete de cien dólares. Lo perdió. Puso enseguida el tercero y lo perdió. Luego puso dos billetes de cien en la mesa y los perdió. Al cabo, tras apostar el sexto billete de cien dólares y perderlo, Sinatra se apartó de la mesa, señaló al hombre y dijo:

—Buen crupier.

El corro que se había congregado a su alrededor se abrió ahora para dejarle paso. Pero una mujer se le interpuso, entregándole un papel para que lo autografiara. Él se lo firmó y además le dio las gracias.

En la parte de atrás del espacioso comedor de The Sands había una mesa larga reservada para Sinatra. El comedor estaba más bien vacío a esas horas, con unas dos docenas de personas ocupándolo, entre ellas una mesa de cuatro jovencitas solas cerca de la de Sinatra. Al otro lado del salón, en otra mesa larga, había siete hombres sentados codo a codo contra la pared, dos de ellos con anteojos oscuros, todos comiendo en silencio, sin cruzar palabra, sentados nada más, comiendo, sin perderse nada.

Después de acomodarse y tomar otras cuantas copas, el grupo de Sinatra pidió algo de comer. La mesa era más o menos del mismo tamaño que la que le reservan cuando visita la taberna de Jilly en Nueva York; y las personas que ocupaban esta mesa en Las Vegas eran muchas de las mismas que a menudo se dejan ver allí con Sinatra, o en un restaurante en California, o Italia, o Nueva Jersey, o dondequiera que él esté. Cuando Sinatra se sienta a cenar, sus amigos de confianza están cerca; y no importa dónde esté, no importa lo elegante que sea el lugar, algo del barrio se trasluce porque Sinatra, por lejos que haya llegado, tiene aún algo de muchacho del barrio; sólo que ahora puede llevar consigo el barrio.

En cierto modo, esta ocasión cuasi familiar en una mesa reservada en un sitio abierto al público es lo más parecido que ahora tiene Sinatra a una vida en familia. Quizás, tras tener un hogar y abandonarlo, él prefiera mantener las distancias; aunque no parecería ser propiamente así, dado el cariño con que habla de la familia, el estrecho contacto que mantiene con su primera mujer y su recomendación de que no tome ninguna decisión sin consultársela. Se muestra siempre diligente por colocar sus muebles y otros recuerdos de sí mismo en la casa de ella, o la de su hija Nancy; y también sostiene relaciones cordiales con Ava Gardner. Cuando él estuvo rodando El coronel Von Ryan en Italia pasaron un tiempo juntos, perseguidos dondequiera que fueran por los paparazzi. En aquella ocasión hubo noticia de que los paparazzi le habían hecho a Sinatra una oferta colectiva de 16 000 dólares para que posara con Ava Gardner; y se dice que Sinatra hizo una contraoferta de 32 000 si le dejaban romperle un brazo y una pierna a uno de ellos.

Aunque a Sinatra le encanta estar completamente a solas en casa para poder leer y meditar sin interrupciones, hay ocasiones en las que descubre que pasará la noche solo, y no por elección. Puede llamar a media docena de mujeres y por un motivo u otro ninguna está disponible. Así que llama a su valet, George Jacobs.

—Esta noche vendré a cenar a casa, George.

—¿Cuántos van a ser?

—Tan sólo yo —dice Sinatra—. Quiero algo ligero. No tengo mucha hambre.

George Jacobs es un hombre de treinta y seis años, divorciado dos veces, parecido a Billy Eckstine. Ha viajado por todo el mundo con Sinatra y le es muy leal. Jacobs vive en un cómodo piso de soltero cerca de Sunset Boulevard, a la vuelta de la esquina de Whiskey à Go Go, y en la ciudad es conocido por la colección de retozonas chicas californianas cuya amistad cultiva, unas cuantas de las cuales, él lo reconoce, se le acercaron al principio por su relación con Frank Sinatra.

Cuando Sinatra llega, Jacobs le sirve la cena en el comedor. Luego Sinatra le informa que puede irse a casa. Si, en una noche de ésas, Sinatra llegara a pedirle a Jacobs que se quede un poco más o que jueguen unas manos de póquer, él lo haría gustoso. Pero Sinatra nunca se lo pide.

Ésta era su segunda noche en Las Vegas, y Frank Sinatra estuvo con sus amigos en el comedor de The Sands hasta las 8:00AM. Durmió casi todo el día, voló luego a Los Ángeles y al día siguiente por la mañana conducía su cochecito de golf por los estudios de la Paramount Pictures. Tenía programado para terminar dos escenas con la rubia y sensual Virna Lisi en la película Asalto a la Reina. Mientras maniobraba el pequeño vehículo calle arriba entre dos grandes estudios, divisó a Steve Rossi, quien, con su compañero de comedia Marty Allen, rodaba una película en un estudio contiguo con Nancy Sinatra.

—¡Eh, italiano —le gritó a Rossi—, deja de besar a Nancy!

—Es parte de la película, Frank —dijo Rossi, mirando hacia atrás mientras seguía andando.

—¿En el garaje?

—Es mi sangre latina, Frank.

—Bueno, pues serénate —dijo Sinatra, guiñándole el ojo, antes de doblar con su cochecito de golf por una esquina y aparcarlo frente a un edificio grande y gris dentro del cual se iban a filmar las escenas de Asalto a la Reina.

—¿Dónde está el director gordinflón? —saludó Sinatra, entrando a zancadas en el estudio, que estaba repleto de asistentes técnicos y actores agrupados en torno a las cámaras.

El director, Jack Donohue, un hombre voluminoso que ha trabajado con Sinatra durante veintidós años en diversas producciones, ha tenido dolores de cabeza por esta película. Le habían recortado el guión, los actores se habían impacientado y Sinatra se había aburrido. Pero ahora sólo faltaban dos escenas: una corta que sería rodada en la piscina y una más larga y apasionada entre Frank Sinatra y Virna Lisi que sería rodada en una playa artificial.

La escena de la piscina, que dramatiza la situación cuando Sinatra y sus compinches de secuestro fracasan en el intento de saquear el Queen Mary, salió rápido y bien. Cuando Sinatra se vio obligado a quedarse con el agua hasta el cuello durante unos minutos, dijo:

—Movámonos, compañeros…, esta agua está fría y yo acabo de salir de un resfriado.

Así que los equipos de cámaras se le acercaron, Virna Lisi se puso a chapotear en el agua junto a Sinatra y Jack Donohue les gritó a los asistentes que manejaban los ventiladores: «¡Hagan las olas!», y otro hombre dio la orden: “¡Agiten!”, y Sinatra empezó a cantar “Agitate in Rhythm”, pero hizo silencio cuando las cámaras empezaron a rodar.

En la siguiente escena Frank Sinatra estaba en la playa simulando que miraba las estrellas y Virna Lisi debía acercársele, lanzarle cerca uno de sus zapatos para avisarle de su presencia y luego sentarse a su lado y prepararse para una sesión apasionada. Antes de comenzar, la señorita Lisi amagó con tirarle el zapato a la figura de Sinatra, que se extendía boca arriba en la playa. Ya iba a lanzarlo cuando Sinatra alzó la voz:

—Me pegas en el pájaro y me voy a casa.

Virna Lisi, que poco inglés entiende y con seguridad nada del especial vocabulario de Sinatra, puso cara de incomprensión, pero todos rieron tras las cámaras. Entonces le arrojó el zapato. Este dio vueltas en el aire, aterrizó en el estómago.

—Bueno, dio unos diez centímetros más arriba —anunció él.

Otra vez ella quedó desconcertada con las risas tras las cámaras.

Luego Jack Donohue les hizo ensayar sus papeles, y Sinatra, todavía muy entonado con el viaje a Las Vegas y ansioso de ver rodar las cámaras, dijo: “Intentémoslo”. Donohue, aunque dudaba de que Sinatra y Lisi supieran bien sus papeles, dio el visto bueno, y el asistente de la claqueta anunció: “419, toma 1”, y Virna Lisi se acercó con el zapato y se lo arrojó a Frank, tendido en la playa. Le cayó junto al muslo, y la ceja derecha de Sinatra se alzó casi de manera imperceptible, pero el personal captó el mensaje y sonrieron todos.

—¿Qué te dicen esta noche las estrellas? —preguntó la señorita Lisi, recitando su primera línea mientras se sentaba en la playa al lado de Sinatra.

—Las estrellas me dicen esta noche que soy un idiota —dijo Sinatra—, un idiota chapado en oro por haberme enredado en esto.

—Corten —gritó Donohue. Había sombras de micrófonos en la arena, y Virna Lisi no se había sentado donde debía estar, cerca de Sinatra.

—419, toma 2 —dijo el asistente de la claqueta.

La señorita Lisi se aproximó de nuevo, le lanzó el zapato y esta vez falló por poco. Sinatra suspiró apenas y ella le preguntó:

—¿Qué te dicen esta noche las estrellas?

—Las estrellas me dicen esta noche que soy un idiota —dijo Sinatra—, un idiota chapado en oro por haberme enredado en esto.

Entonces, según el guión, Sinatra debía continuar: «¿Sabes en qué nos estamos metiendo? En cuanto pongamos pie en el Queen Mary, quedaremos fichados». Pero Sinatra, que a menudo improvisa, recitó:

—¿Sabes en qué nos estamos metiendo? En cuanto pongamos pie en ese maldito barco…

—No, no —interrumpió Donohue, sacudiendo la cabeza—. No creo que eso esté bien.

Las cámaras pararon, hubo risas y Sinatra alzó la cara desde su posición en la arena como si lo hubieran cortado injustamente.

—No veo por qué eso no pueda servir… —empezó a decir, pero Richard Conte gritó detrás de una cámara:

—Eso no lo proyectarían en Londres.

Donohue se pasó la mano por el escaso pelo gris y dijo, aunque sin verdadero enfado:

—Saben, la escena iba bastante bien hasta que alguien la estropeó.

—Yeah —asintió el camarógrafo, Billy Daniels, sacando la cabeza por detrás de la cámara—, la toma era bastante buena…

—Cuida tus palabras —interrumpió Sinatra.

Entonces Sinatra, que tiene el don de ideárselas para no repetir una escena, sugirió una manera de usar lo filmado y regrabar después la parte defectuosa. Hubo aprobación. Las cámaras volvieron a rodar, Virna Lisi se inclinó sobre Sinatra en la arena y él la atrajo hacia sí para estrecharla. La cámara se acercó entonces para hacer un primer plano de sus caras y estuvo zumbando durante varios segundos, pero Sinatra y Lisi no dejaron de besarse; seguían simplemente tendidos en la arena, envueltos en un mutuo abrazo… y la pierna izquierda de Virna Lisi empezó a levantarse levemente. Todos en el estudio ahora miraban en silencio, no se oía una palabra, hasta que Donohue dijo:

—Si algún día terminan, háganmelo saber. Se me está acabando la película.

Entonces la señorita Lisi se puso de pie, se alisó el traje blanco, se peinó hacia atrás su pelo rubio y se retocó el lápiz de labios, que se había corrido. Sinatra se puso de pie con una sonrisita y se dirigió al camerino.

Al pasar frente a un hombre mayor que cuidaba una cámara, Sinatra le preguntó:

—¿Cómo va tu Bell and Howell?

—Está muy bien, Frank —dijo el hombre, sonriendo—. Qué bien.

En su camerino Sinatra fue recibido por un diseñador de automóviles que traía los planos del nuevo modelo hecho por encargo para reemplazar el Ghia de 25 mil dólares que Sinatra venía conduciendo durante los últimos años. Lo esperaban también su secretario, Tom Conroy, con un saco repleto de cartas de admiradores, incluyendo una del alcalde de Nueva York, John Lindsay; y Bill Miller, el pianista de Sinatra, que venía a ensayar algunas de las canciones que debían grabar al final de la tarde para el nuevo álbum, Moonlight Sinatra.

Aunque a Sinatra no le importa exagerar la nota un poco en el estudio de cine, es sumamente serio con las sesiones de grabación de un disco. Como le explicaba a un escritor británico, Robin Douglas-Home: “Cuando te pones a cantar en ese disco, estás tú solo y nadie más que tú. Si sale malo y te trae críticas, tú cargas con la culpa y nadie más. Si es bueno, también es por ti. Con una película nunca es así: hay productores y guionistas, y cientos de hombres en sus oficinas y la cosa se te escapa de las manos. Con un disco tú lo eres todo”.

But now the days are short

I’m in the autumn of the year

And now I think of my life

As vintage wine

From fine old kegs.

No importa ya qué canción canta, ni quién escribió la letra: son sus palabras, sus sentimientos, los capítulos de la novela lírica que componen su vida.

Life is a beautiful thing

As long as I hold the string.

Cuando Frank Sinatra llega al estudio, parece saltar del coche bailando para cruzar la acera y atravesar la puerta; y sin dilaciones, chasqueando los dedos, se sitúa frente a la orquesta en un cuarto íntimo, hermético, y muy pronto domina a cada hombre, cada instrumento, cada onda sonora. Algunos de los músicos lo han acompañado durante veinticinco años, han envejecido oyéndolo cantar “You Make Me Feel So Young”.

Cuando su voz se conecta, como esta noche, Sinatra entra en éxtasis, la sala se electriza, la excitación se extiende a la orquesta y se deja sentir en la cabina de control, donde una docena de hombres, amigos de Sinatra, lo saludan con la mano detrás de la ventana. Uno de ellos es el pitcher de los Dodgers, Don Drysdale (“Hey, Big D. —lo saluda Sinatra—, hey baby!”); otro es el golfista profesional Bo Wininger. También hay un número de mujeres bonitas de pie en la cabina detrás de los ingenieros, mujeres que le sonríen a Sinatra y mueven suavemente sus cuerpos al son acariciante de la música.

Will this be moon love

Nothing but moon love

Will you be gone when the dawn

Comes stealing through

Cuando acaba, ponen la grabación que hay en la cinta; y Nancy Sinatra, que acaba de entrar, se une a su padre al pie de la orquesta para oír la reproducción. Escuchan en silencio, todos los ojos puestos en ellos, el rey y la princesa; y cuando la música termina, suenan aplausos en la cabina de control. Nancy sonríe y su padre chasquea los dedos y dice, sacudiendo un pie:

—¡Ooba-deeba-boobe-do!

Entonces llama a uno de sus hombres:

—Eh, Sarge, ¿crees que me podría tomar media tacita de café?

Sarge Weiss, que estaba oyendo la música, se levanta lentamente.

—No quería despertarte, Sarge —le dice Sinatra, con una sonrisa.

Sarge regresa con el café y Sinatra lo mira, lo olfatea y anuncia:

—Pensaba que él iba a ser bueno conmigo, pero miren: ¡café de verdad!

Hay más sonrisas y ya la orquesta se prepara para el siguiente número. Y una hora después todo ha terminado.

Los músicos guardan los instrumentos en los estuches, toman sus abrigos y empiezan a desfilar por la salida, dándole las buenas noches a Sinatra. Él los conoce a todos por el nombre, sabe mucho de su vida personal, desde sus días de solteros hasta sus divorcios, con todos sus altibajos, tal como ellos saben de la de él. Cuando un trompa, un italiano bajito llamado Vincent DeRosa, que ha tocado con Sinatra desde los días del Hit Parade radiofónico de los cigarrillos Lucky Strike, pasaba por un lado, Sinatra alargó el brazo y lo detuvo por un momento.

—Vicenzo —le dijo Sinatra—, ¿cómo está tu nenita?

—Está muy bien, Frank.

—Oh, ya no es una nenita —se corrigió Sinatra—: ahora debe de ser una niña grande.

—Sí, ahora va a la universidad. A la USC.

—Fantástico.

—También, Frank, creo yo, tiene un poquito de talento como cantante.

Sinatra calló por un instante y luego dijo:

—Sí, pero más le conviene educarse primero, Vicenzo.

Vincent DeRosa asintió:

—Sí, Frank —y agregó—: Bien, buenas noches, Frank.

—Buenas noches, Vicenzo.

Cuando todos los músicos se marcharon, Sinatra salió de la sala de grabación y se unió a sus amigos en el corredor. Pensaba salir a tomarse unos tragos con Drysdale, Wininger y otros pocos, pero primero fue al otro extremo del corredor, a despedirse de Nancy, que había ido por su abrigo y tenía planeado irse a casa conduciendo su propio coche.

Después de besarla en la mejilla Sinatra corrió a reunirse con sus amigos en la puerta. Pero antes de que Nancy pudiera salir del estudio, uno de los hombres de Sinatra, Al Silvani, un antiguo mánager de boxeo profesional, se le unió.

—¿Ya estás lista para salir, Nancy?

—Oh, gracias, Al —dijo ella—, pero estaré bien.

—Órdenes de papi —dijo Silvani, alzando las palmas de las manos.

Sólo cuando Nancy le señaló a dos amigos suyos que la iban a escoltar a casa, y sólo después de que Silvani los identificó como amigos, el hombre se marchó.

El resto del mes fue soleado y cálido. La sesión de grabación había salido de maravilla, la película estaba terminada, los programas de televisión habían quedado atrás, y ahora Sinatra iba en su Ghia rumbo a su oficina para empezar a coordinar sus más recientes proyectos. En los próximos meses tenía una presentación en The Sands, una nueva película de espías titulada Atrapado que sería filmada en Inglaterra y la grabación de un par de álbumes. Y dentro de una semana cumpliría cincuenta años.

Life is a beautiful thing

As long as I hold the string

I’d be a silly so-and-so

If l should ever let go

Frank Sinatra detuvo el coche. El semáforo estaba en rojo. Los peatones cruzaban rápido frente al parabrisas, pero, como de costumbre, uno no lo hizo. Se trataba de una chica veinteañera. Se quedó en la acera sin quitarle los ojos de encima. Él podía verla por el rabillo del ojo izquierdo, y sabía, porque eso le pasa casi a diario, que ella estaba pensando: parece a él, pero ¿será?

Justo antes de que cambiara el semáforo Sinatra se volvió hacia ella y la miró a los ojos, esperando la reacción que él sabía se iba a producir. Se produjo, y él le sonrió. Ella le sonrió y él se perdió de vista.

*Fragmento de “Frank Sinatra está resfriado”, publicada originalmente en Esquire (1966).

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