Por Séverine Durin

Hace mucho tiempo que deseaba leer “Si c’est un homme” de Primo Levi y recién me di el tiempo. Primo Levi nació en Italia en la primera mitad del siglo XX y era judío. Por serlo, fue deportado a Auschwitz en 1944. En el apéndice del libro escrito en 1976, atribuye a la suerte el hecho de haber sobrevivido al trabajo esclavo y al proceso de deshumanización del Lager, según se llamó a los campos de trabajo en la Alemania nazi. En su afán por liberarse de la experiencia y dar cuenta de lo vivido, escribió este libro a los meses de haber sido liberado, entonces sintió que “estaba totalmente listo en mi cabeza y sólo requería salir de ahí y tomar forma en el papel” [1] (1987: 314).

¿Por qué es importante leer a Primo Levi? Porque a través de su testimonio, nos invita a reflexionar sobre lo que nos hace seres humanos. En las circunstancias más adversas que nos podamos imaginar, la persona con nombre y apellido, con familia, con amigos, con una pareja, con una trayectoria profesional, un pasado, había sido reducida a ser el número tatuado en su brazo. Todo, en el sistema de concentración, estaba hecho para deshumanizar a los presos y orillarles a centrar sus esfuerzos en sobrevivir. Muchos eran los retos a sortear para librar el día. Tener poca ropa para vestirse mientras está nevando. No disponer de una cuchara para comer. Defecar en un balde ante los demás por las noches. Temer que les sean robadas sus pocas posesiones (camisa, zapatos, cuchara) mientras dormían o se bañaban.

En un ambiente donde todo escaseaba, quienes administraban el Lager se esmeraban en romper las solidaridades, instituyendo jerarquías y otorgando privilegios. El mercado negro se volvió una institución del Lager, por medio del cual se intercambiaban raciones de pan a cambio de una cuchara, o de un botón. ¿Por qué un botón? Porque aquel que no cuidaba el estado de su camisa se exponía a una sanción. Se trataba de sobrevivir en la jungla de números donde las reglas de la vida social anterior ya no operaban.

En esta zona gris, donde lo bueno y lo malo eran difíciles de distinguir, destellos de luz alimentaron el alma de Primo Levi. Las amistades, quisieran o no las autoridades del Lager, se fueron dando. Aquella furtiva caminata de trabajo recitando un poema clásico fue inolvidable. Y única. Pese al intento de quebrantar solidaridades, la empatía y gratuidad sucedieron. “Todos los días, durante seis meses, un obrero civil italiano me trajo un pedazo de pan y el fondo de su plato de sopa; me dio uno de sus abrigos parchados y escribió en mi nombre una postal que envió a Italia, de la cual me hizo llegar la respuesta. No me pidió nada y no aceptó nada a cambio, porque era noble y humilde, y no pensaba que hacer el bien tenía que beneficiarle en algo. Todo eso es más importante de lo que parece” (1987:186).

Levi

Libro de Primo Levi

 

Al tratarlo como una persona, el obrero Lorenzo le devolvió a Primo Levi la imagen de un igual. Eran humanos el uno y el otro, quienes sentían frío, tenían hambre, afectos y el deseo de comunicar. Nada de conmiseración, sino gestos empáticos que rehumanizaron la condición del preso en el Lager. Inmerso en un mundo en el que la humanidad había muerto, “Lorenzo era un hombre: su humanidad era pura e intacta, no pertenecía a este mundo de negación. Es a Lorenzo a quien debo no haber olvidado que yo también era un hombre” (1987:192).

Después del final de la Segunda Guerra Mundial, a las personas quienes salvaron judíos, se les otorgó el título de Justos. Justicia y humanidad. Palabras que resuenan de una manera tan peculiar en mis entrañas mientras en México los militares ejecutan población civil, se asesina a las madres que buscan a sus hijas e hijos desaparecidos, y el país es declarado el segundo con más homicidios en el mundo.

¿Sabremos dónde está el bien y el mal? ¿Podremos dar la mano al desplazado que llega huyendo de Tamaulipas? ¿Escucharemos en el grito de las madres que buscan a sus hijos el llanto de la humanidad que pide que salga el sol? ¿Podremos abrazar al niño que se esconde tras el soldado raso? Ojalá resistamos la deshumanización.

*Publicado originalmente en Vozes43, editorial de Académic@s de Monterrey 43.

Primo Levi, 1987 [1947], “Si c’est un homme”, Juliard, Paris.

[1] La traducción del francés al español es mía.

Imagen de portada: Evelyn Bencicova, “Ecce Homo”

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