Entrevista con Horacio Castellanos Moya, periodista y narrador

Por Diego Osorno

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Nueva York.- La conversación con Horacio Castellanos Moya se aleja de su vida periodística y entra al mundo literario creado por él. Antes de iniciar su carrera como reportero y editor en los ’70, este narrador centroamericano escribió algunos cuentos y poemas.

Horacio Castellanos Moya: El periodismo fue un oficio que se me facilitó y al que me llevó naturalmente la literatura. Una vez estando en él me entusiasmé. Se convirtió en mi proyecto paralelo, pero el periodismo consumía la mayor parte de mi energía sobre todo en los años de la guerra o en proyectos como Milenio.

Diego Enrique Osorno: Y en todo ese proceso donde tú ya tenías la vocación literaria, además de un oficio como periodista ¿nunca exploraste el periodismo literario, tan de moda hoy en día?

HCM: No, nunca lo exploré. Se debió a que ya estaba en la cocina, me había acostumbrado ya. Comencé a tener una vida bastante esquizofrénica, en el sentido de que yo escribía el periodismo con una parte de mi cabeza que tenía que ver con el poder, con mi capacidad de decisión, de hombre de acción, mientras que la literatura yo la pensaba como una parte más privada, por eso nunca logré mezclarla. Encerrado ahí, diferenciaba que la parte de mí que hace literatura no tiene nada que ver con mi análisis de la realidad o mi trabajo periodístico. Entonces no pude lograr esa síntesis.

DEO: Resultado de esa esquizofrenia que comentas me parece que surgen los temas del poder que alimentan tu literatura, porque es del poder de lo que hablas siempre en tus novelas

HCM: En realidad digo esquizofrenia porque la actitud vital cuando escribo literatura y el sentido de privacidad que tengo cuando la escribo no la tengo con el periodismo, pero evidentemente la cloaca es lo que me nutre. Y la cloaca viene del periodismo, donde está el ser humano en serio, el ser humano en las pasiones del poder, en las pasiones de la mentira, en la conspiración, en el asesinato. Muchos de mis temas han sido notas periodísticas. Ahí está la esquizofrenia. Yo nunca escribí de un asesinato, por ejemplo. Revisaba las notas y esos asesinatos se guardaban allá en algún lugar de mi cabeza. Al paso del tiempo, toda esa información iba formando una novela. Yo ya no tenía que hacer una investigación, se había añejado ya en mi cabeza. Mi imaginación fue distorsionando y distorsionando tanto la historia que a mí ya no me interesa cómo sucedió en verdad. Ya no vuelvo a la verdad periodística, si no que de ahí te nutres, ahí queda.

Por ejemplo, tengo una novela que se llama La Diabla en el espejo. Está basada en un crimen que nosotros cubrimos en San Salvador: una mujer de dinero que la mataron enfrente de sus hijos. Un tipo la había mandado matar delante de las niñas, un caso con conmoción ¿no? Lo cubrimos. No me acuerdo ni del nombre de la mujer. Estuvimos dos semanas dándole cobertura. Eso fue en el ’94, y hasta el ‘99 publico la novela. Pero ya no me regresé a la investigación. Eso sólo cuando viene del periodismo, cuando viene de la historia es diferente; ahí sí tengo que investigar. Cuando viene del periodismo viene de mi experiencia interior, de mi memoria, son cosas que me han impresionado. Para mí la novela tiene que ser algo que me está fastidiando, algo que tengo que sacar.

DEO: ¿Consideras que tu literatura es realista, un realismo social?

HCM: Es realista. Una literatura que se nutre de la historia centroamericana, un poco de México de las últimas dos o tres décadas del siglo xx. Todavía no tengo novelas que se hayan nutrido de la primera década del siglo xxi. Ahora estoy haciendo una, pero siempre con personajes salvadoreños que vienen de la guerra y tal, ya viejos, pues, del fracaso.

DEO: El fracaso es otro elemento presente en tus novelas… Para hacer periodismo se necesita ser un poco iluso, creer que va a pasar algo cuando la historia sea publicada, por eso para especímenes como yo, tu literatura es tan poderosa, porque aborda este problema pero desde la desesperanza. Tus personajes son tipos solitarios. El Robocop, el Iván, son tipos solitarios y fracasados. Me pregunto si esta es una idea política que tienes o simplemente es un recurso literario.

HCM: La verdad es que la literatura nace del fracaso, de la infelicidad. Bueno, en mi caso así la concibo. Una literatura sobre la felicidad sería Paulo Cohelo, algo así; no sé, otro tipo de literatura. Yo vengo de un lugar, en el que, por sus circunstancias, la literatura es oscura.

DEO: Hablábamos de si la crítica permanente que hay en tu literatura es el resultado de tu búsqueda literaria o si hay una conciencia política y trata de influir en lo que tú escribes…

HCM: Sí… La literatura no se puede separar de la forma de ver el mundo que tú tengas. Si mi literatura es una crítica del poder y crítica de las formas del poder que tiene el ser humano en sus formaciones sociales, pues, es porque esa es mi actitud. Soy muy escéptico hacia las formaciones políticas en general, hacia el Estado. Eso se va a evidenciar en la literatura. No es tanto que sea un programa mío, es una visión. Mi visión de mundo es bastante pesimista. Quiero decir que es bastante realista. No me hago ilusiones ante las supuestas bondades del mundo. No es que diga “voy a escribir una novela para denunciar”. Bueno, a veces sí conscientemente hay una rabia.

DEO: ¿Cómo es eso?

HCM: Ahora estoy escribiendo una novela que tiene que ver mucho con la vigilancia. Este nuevo período que estamos viviendo. Y claro que hay una actitud que se cuestiona la lógica con la que funciona esta nueva sociedad de libertad. Una sociedad en libertad absolutamente vigilada, como en las peores épocas del comunismo o en regímenes totalitarios. Sin la represión directa que tenían esos regímenes, pero con el mismo nivel de control informativo a través de la tecnología. Ahí, por ejemplo, puede estar mi visión, que es una repugnancia hacia eso, y que entonces se traduce en la ficción que estoy escribiendo. Sí, la literatura expresa, en gran medida, lo que está atrás del autor. Aunque se lo pongas a un personaje que sea muy distinto a ti. Puedes tener un policía que sea un personaje apasionado, o que sea un torturador, como un personaje que tengo yo, un expolicía que está muriendo de cáncer en el estómago. El punto es que puedes poner tu visión en un torturado pero tienes que ser el personaje. No importa la óptica desde donde se enfoque la descomposición humana, pero estará ahí si mi visión es que el mundo funciona bastante mal.

DEO: Algo también interesante es la posibilidad de abordar a los victimarios en la narrativa latinoamericana no de una forma caricaturesca, de maldad pura, sino de humanización. Tengo la percepción de que es un viraje que está dando la narrativa en los años recientes. Aunque el castigo y la denuncia nunca va a ser suficiente, ahora parece que hay interés en explorar desde otras visiones de mundo a los victimarios. Pienso en el documental El acto de matar, por ejemplo, de los asesinos de comunistas en Indonesia. Me parece que tú abordas eso, y ahora que lo dices ¿podría ser un programa tuyo el mostrar esto?

HCM: Más que un programa son visiones de mundo. Un programa siempre sugiere sospechas porque requeriría planteamientos muy ideológicos y una pérdida de libertad. Los personajes se van moviendo un poco a su antojo ¿no? Los programas suenan un poco más como políticos y en este caso es una visión de mundo que comienza literariamente pero también tiene sus propias leyes internas, por eso a veces hace simpático al malo.

DEO: Porque, además, muchos malos son simpáticos. Ahí ¿cómo encaras tú la ética, la responsabilidad?

HCM: Yo creo que son dos niveles. Una literatura para ser verídica y verosímil, para funcionar como artefacto literario, exige que un autor no se meta conscientemente. Yo no puedo hacer juicios éticos o morales de un personaje que es un canalla porque se cae el personaje. Si el personaje es un canalla se va a ver a en su acción, en cómo reaccione, lo que dice. El lector juzga a partir del autor, pero no porque le diga “Mira, qué malo es ese”. Uno cuando escribe ficción debe dejar su yo con todos sus juicios y valores morales en la gaveta. Si te comienzas a meter, ¡hombre!, escribes un libro aburrido. Es tu nivel personal, como ciudadano, como humano, como sea. Por supuesto que me resulta repugnante un torturador de la policía nacional salvadoreña de la época del régimen militar en cuanto a persona real, en una situación de la vida real. La magia de la ficción es que crea personajes que pueden gustarte o no, pero ves otra visión de mundo, en esa medida tienes que convertirte un poco en él. Si no, te conviertes en el juez de tus personajes ¿y ya pa’que lo haces? Mejor escribes un ensayo.

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