Ilustración por Juan Millán Costa

Antes de quedarme solo en el mundo, quise tener una estatua de Gabriela Mistral. Quise que ella me acompañara de día y de noche, que me cuidara de los zancudos, las pulgas y las arañas de rincón que hay en esta casa. Porque puta que hay bicharracos en este pueblo. Caen del techo y salen de las separaciones que hay en las tablas del suelo. Pareciera que brotan con el sol y que se multiplican con las lágrimas. Hay mucha gente que llora por estas tierras.

La estatua fue adquirida por la impaciencia, que me impulsó a tenerla antes de cumplir los 30 años. La compré en San Diego, en ese galponcito donde venden libros de Neruda a 150 lucas. La había visto varias veces en la vitrina, al lado de la Copa del Mundo y de una estatua del Che Guevara. El vendedor me la mostró y me dijo que la había hecho él y que era exclusiva de ese local. Me dijo que los que más la compraban eran profesores. Yo cerré los ojos y vi a los niños mirándola en la sala de clases.

Mi mamá me dijo una vez que yo cuidaba más a la estatua de Gabriela Mistral que a ella. Es mentira, terrible mentira. Es un mito que ella inventó a raíz de un casi terremoto, en que yo partí corriendo a sujetar la estatua que estaba tambaleando en la mesa de la cocina. No quería que se rompiera po; si igual me costó cara, como 30 lucas. Para comprarla tuve que dejar de tomar unas cervezas a la semana, y así el presupuesto de vida no se viera afectado. Mi mamá pensó mal, pero yo le aclaro de vez en cuando que ella está primero y Gabriela Mistral después.

La primera vez que pensé en Gabriela Mistral fue cuando esa chiquilla de ojos verdes y nariz puntiaguda me agarró a besos en la iglesia. Me sedujo toda la tarde, mirando mi boca como una lagartija. Sus ojos cambiaron de color desde la luz de día hasta la noche, y cuando yo los vi de cerca, volvieron a ser verdes.

Se sentó junto a mí y me dijo que le gustaba. Yo estaba más feliz que la chucha, y a pesar de la lluvia, me fui pa la casa corriendo. Y me acordé de la poeta porque sentí que esos besos fueron la sentencia de amor condenatoria.

La poeta me acompaña en mi resentimiento. Me acompaña en el dolor de pensar que esos besos fueron demasiado cortos. Ella sabe de resentimientos. Yo sé de dolores por besos incompletos. La poeta me acompaña de lunes a lunes, y yo compro lustramuebles sólo para limpiarla a ella del polvo que la pone ploma. Porque si la estatua es café no tiene por qué ser ploma. La estatua es de resina y es fiel a los rasgos de su cara y de su cuerpo. Yo no tenía idea qué era la resina. Ahora lo sé.

La poeta me acompaña cuando tomo té y como pan con palta. Me acompaña en la duda que me generan las mujeres que no responden los correos electrónicos. La poeta es café y seguirá siendo café. Aunque tenga que sacarle brillo, aunque tenga que barnizarla. Ya sé que mi mamá me lo sacará en cara. Y tendré que volver a explicarle que primero está ella y Gabriela Mistral después.

Yo también acompaño a la poeta en su resentimiento. En su pica del pago de Chile. Yo le presto ropa por sobre todos. La pongo en la mitad de la mesa en vez del florero, para que cuando me mire a los ojos, pueda ayudarme con algunas cosas. Quiero que me hable de la flora y fauna del país. Quiero que me hable de la ilusión y del desamor. Quiero que me diga qué le parece el mural del Cerro Santa Lucía. Pero por sobre todo, quiero que me cuide de las mujeres que no responden y de los hombres que no perdonan.

La poeta ya no sólo me acompaña en los sueños. También me acompaña en la realidad.

Por Víctor Hugo Ortega C.

*Este relato pertenece al libro Relatos Huachos (2015), de Víctor Hugo Ortega.

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