Esa tarde, Dan Auerbach, la mitad de la banda de Blues The Black Keys, iba camino a su casa en su BMW Sedan. Las ruedas giraban lentamente, como para disfrutar el paisaje armado por los locales comerciales a lo largo de una de tantas avenidas de Nashville, Tennessee, cuando Dan divisó un puesto de tacos. Se acercó para estacionarse al pie del mismo y bajó del auto, decidido a suspender su dieta a base de los fideos pho que canto le encantaban. Estaba a punto de pedir un par de los de guisado cuando su atención, o más bien su oído, se enfocó en el sonido que ambientaba el local: música mexicana con guitarras eléctricas. En perfecto inglés le preguntó al personal que atendía el lugar quién cantaba, y el taquero-mesero-despachadorderefrescos-lavaplatos y cajero le replicó en perfecto español: Rigo Tovar, mi señor, y arremetió con “¿Cuántos te doy, güero?”. Deme dos de carne con chile y el nombre de la canción que se escucha, please.

Aurebach describió más tarde que aquel sonido le voló la cabeza. No lo culpo, ni lo critico. Hace años, en los ’70 existió uno de tantos movimientos musicales más en Latinoamérica que puso a bailar a la gente sin prejuicios, dándole sabrosura al asunto, pero también hubo quienes se apenaban de admitir que realmente les atraía el sonido.

Para mi esa fue realmente la primera y original onda grupera. Atrás se iba quedando aquella onda romántica de principios de los ’70, que también tuvo su auge, dándole paso a grupos que, lejos de dedicarse a dormirse en sus laureles, salían a ganarse el pan de cada día haciendo presentaciones a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional, trayendo consigo más equipo que Aerosmith, levantando más fans que Kiss, a las cuales atinadamente les pusieron “las Baileras”, porque lejos de corretear al guitarrista en turno o meterse al camerino del vocalista a la de a fuerzas, iban a bailar sanamente, a disfrutar un rato de sano esparcimiento y alegría.

Tal vez no soy el único que lo percibe así, pero, durante los ’70, yo crecí en una vecindad, y lo que más me marcó de haber vivido ahí fue la gran pared de sonido que se formaba con la música que provenía de cada una de las viviendas que albergaba ese complejo habitacional. Cada loco con su tema, a todas horas. Se dejaba caer los sonidos de la cumbia, rock’n’roll, música disco, boleros y rancheras y norteñas. Nunca se sabía con exactitud qué era lo que reproducía cada vivienda en sus tocadiscos, pero al final se escuchaba un solo sonido: el de la algarabía. Ya no recuerdo (si me lo propongo) los sonidos que pincelaban mis tardes cuando jugábamos canicas los chamacos del vecindario, o aquellos momentos en que me peleaba con otro niño, o de aquel primer amor de infancia, pero si escucho alguna canción, sobre todo de cumbia, inmediatamente vienen a mí esas imágenes, como si mi video jockey interno sincronizara las imágenes de mis memorias a dichas melodías.

Precisamente como lo experimentado por Dan Auerbach cuando descubrió una nueva afición. Como músico, es necesario nutrirse de diferentes fuentes para que su obra sea siempre novedosa y no caiga en lo repetitivo para satisfacción de él y sus seguidores.

Volviendo al tema de la cumbia: no voy a iniciar con un árbol genealógico del género, porque sabemos que los países sudamericanos tocan su propia cumbia, que si bien va por la misma corriente, le agregan elementos típicos de cada país. Voy a hablar, o más bien escribir sobre dos protagonistas del movimiento cumbiambero en nuestro país en los ’70, que, en mi muy humilde opinión, fue cuando tuvo más auge.

A principios de 1970, la cumbia (a la cual ya habíamos caído en la cuenta que sí tiene cuerpo, sí tiene corazón) ya se había consolidado como ritmo. Dos años atrás Francisco Javier Hernández, mejor conocido como Xavier Passos, originario de Matamoros, Tamaulipas, comenzó a ganar popularidad con su grupo Capricornio. Se podría decir que él le dio un giro de 360 grados a la cumbia al añadirle guitarras eléctricas y percusiones a base de batería y tarola a sus canciones.

El buen Xavier tenía influencias de rock. Creo que fue por estar cerca del gabacho, donde escuchaba música chicana, colocando los cimientos de la cumbia-rock a la que después Rigo Tovar la adaptaría como propia. Aunque el innovador en el uso de guitarra eléctrica fue Mike Laure. La diferencia es que Laure sólo las empleaba para el ritmo, es decir, la guitarra con sus riffs acompañaban la melodía, y las de Xavier Passos también requinteaban, aparte de que las canciones eran composiciones propias y su voz que era inconfundible dentro del movimiento cumbiambero.

Passos compuso temas como “Viva Matamoros”, “Coral”, “Es casado y le pegan”, “Cumbia francesa” (cantada en francés), “Ya te miras viejo” y “Costa Grande”, conquistando al público bailero y bullanguero. Algunas personas fieles al movimiento decían que eso era más rock que cumbia, y aún más cuando Passos se aventó un super cover de ni más ni menos que de Los Beatles. Aquí lo curioso es que le puso letra en español, haciéndola lo más parecida a las palabras originales compuestas por Lennon/McCartney. También rindió tributo a la cumbia colombiana por ser su más grande influencia, así, como a la música norteña, country, rock, jazz y soul, ejecutados en su tema Veneno del alma, que hubiera quedado al puro centavo en el festival de Avandaro.

Rigo Tovar, personajazo (no me dejarán mentir), paisano y rival, musicalmente hablando, de Passos. A diferencia del segundo, éste comenzó su carrera en el gabacho y de ahí se iría a México a continuar con su éxito con su conjunto Costa Azul. Aunque él se adjudicaba ser pionero en esto de meter guitarras eléctricas en sus canciones, también le metía órgano eléctrico con efectos especiales. Así, sus temas eran más bien como en la onda de los grupos de rock psicodélico de la época, como Iron Butterfly, Los Creedence y The Doors. Por eso llamó la atención de la chaviza, a la que no dejaban ir a las tocadas de rock pero si a los bailes.

Rigo Tovar tenía la habilidad de componer sus temas con un estilo similar al de Xavier Passos (por algo ambos eran de la misma ciudad), con letras que iban desde una desgarradora declaración de amor a los ambientes totalmente festivos, teniendo un toque especial. Eso y su carisma hicieron que se conociera en varias partes del mundo, haciendo giras por Estados Unidos, Centroamérica, parte de Sudamérica, Europa y Asia.

Canciones como “Matamoros Querido”, Como será la mujer”, “¡Oh que gusto de volverte a ver!”, “Allá en mi pueblo”y “El sirenito” han sido del gusto del público hasta hoy. También se dice que vivía como rockstar y toda la cosa, pero esta vez, lo siento, no mencionaremos sus excesos. Centrémonos en seguir hablando de los percusores del movimiento cumbianchero de los ’70.

Otras agrupaciones cumbiamberas que utilizaban la guitarra eléctrica y órgano serían: Tommy Ramírez y Los Sonorrítmicos, Los Alcántara y Conjunto Costamar. La costa guerrerense de Acapulco no se quedaría atrás, lanzando al conjunto Acapulco Tropical (¡Qué bien que toca!), Conjunto África y Tiberio y sus Gatos Negros. La Sonora Dinamita también anduvo lanzando por ahí grandes éxitos de la mano de Don Lucho Argaín, que cuando se nos fue, nada volvió a ser igual. A lo mejor no los ubican con los nombres, pero busquen sus canciones y seguramente se van a acordar. Quizá me falten muchas más, pero estas son las que me vienen a la mente.

Todas estas agrupaciones y cantantes prevalecerían con gran éxito por toda la década siguiente, con nuevos covers y grabaciones propias. Al final de los gloriosos ’70 se habían ya formado otros grupos que serían antecesores de lo que se conocería en los años ’90 como tecnocumbia y música grupera: Marco Antonio Solís y Los Bukis, Los Yonic’s, Los Temerarios, etcétera. Pero estos se iban más a las baladas románticas, yéndose la sabrosura para ya no regresar jamás.

Por Alex Fulanowsky

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