Cuando un nuevo paciente acierta a entrar en el consultorio y se tiende para balbucear una

sucinta banda de asociaciones libres, corresponde al psiquiatra que está delante, detrás o por encima, decidir exactamente en qué puntos la anatomía del cliente está en contacto con el diván.

En otras palabras, ¿dónde se pone el paciente en contacto con la realidad? Algunas personas parecen flotar a dos centímetros de cualquier superficie. No han visto tierra en tanto tiempo que están un poco mareados. Pero otros gravitan, se aferran, empujan, clavan tan firmemente los cuerpos en la realidad, que mucho después de haberse ido se encuentran sus formas de tigre y las manchas de las garras en el tapizado. En el caso de Emma Fleet, el doctor George C. George tardó mucho en decidir cuál era el mueble y cuál la mujer y dónde lo primero tocaba lo segundo. Porque para empezar, Emma Fleet se parecía a un diván.

—La señora Emma Fleet, doctor —anunció la recepcionista.

El doctor George C. George se quedó sin aliento.

Porque era una experiencia traumática ver a aquella mujer que derivaba por la puerta sin el beneficio de un guardagujas o del equipo de mecánicos que trabaja alrededor de los globos de Pascua de Macy’s tirando de los cables, guiando las macizas imágenes hasta algún eterno cobertizo, más allá. Emma Fleet entró veloz, y el piso se estremeció como si fuese la plataforma de una enorme balanza.

El doctor George debió de haberse quedado otra vez sin aliento, mientras le calculaba a la mujer unos doscientos kilos por lo bajo, pues ella le sonrió como si le hubiese leído el pensamiento.

—Doscientos uno y cuarto, para ser justos —dijo.

El doctor se descubrió observando los muebles.

—Oh, resistirán muy bien —apuntó la señora Fleet, y se sentó. El diván chilló como un perro vagabundo. El doctor George se aclaró la garganta.

—Antes que se ponga usted cómoda —dijo—, creo mi deber decirle en seguida con toda honradez que nosotros en el campo de la psiquiatría no hemos conseguido inhibir el apetito. El problema del peso y la aumentación ha escapado hasta ahora a nuestra competencia. Rara confesión, quizá, pero si no reconociéramos nuestras propias incapacidades, nos engañaríamos quizá a nosotros mismos y estaríamos recibiendo dinero con falsos pretextos. De modo que si ha venido usted a buscar esa ayuda he de catalogarme entre los incapaces.

—Gracias por su honradez, doctor —dijo Emma Fleet—. Pero no quiero adelgazar. Preferiría que me ayudara usted a aumentar otros cincuenta kilos, o quizá cien.

—¡Oh, no! —exclamó el doctor George.

—Oh, sí. Pero mi corazón no permitirá lo que mi alma querida y entrañable soportaría con el mayor gozo. Mi corazón físico podría fallar ante las exigencias de amor de mi corazón y mi mente.

Emma Fleet suspiró. El diván también.

—Bueno, permítame que le informe. Estoy casada con Willy Fleet. Trabajamos en los Espectáculos

Ambulantes Dillbeck-Horsemann. Soy conocida con el nombre de la Dama Generosa. Y Willy…

Se incorporó del diván y se deslizó, o más bien escoltó a su propia sombra a lo largo del cuarto.

Abrió la puerta. Más allá, en la sala de espera, un bastón en una mano, un sombrero de paja en la otra, rígidamente sentado, contemplando la pared, había un hombre minúsculo de pies minúsculos, manos minúsculas y ojos minúsculos de color azul brillante en una cabeza minúscula. Medía, a lo sumo, unos noventa centímetros de alto y pesaba quizá no más de treinta kilos. Pero una mirada de genio orgulloso, tenebroso, casi violento, resplandecía en la cara pequeña aunque áspera.

—Ese es Willy Fleet —dijo Emma con amor, y cerró la puerta. El diván, al sentarse, gimió de nuevo.

Emma echó una sonrisa radiante al psiquiatra que seguía contemplando, todavía conmocionado, la puerta.

—No tienen hijos, desde luego —se oyó decir el psiquiatra.

—No tenemos hijos. —La sonrisa de Emma Fleet se detuvo un poco—. Pero ese no es mi problema. Willy, en cierto modo, es mi hijo. Y en cierto modo, además de su mujer, soy su madre.

Todo tiene que ver con el tamaño, me imagino, y somos felices por la manera en que hemos equilibrado las cosas.

—Bueno, si su problema no son los hijos, o el tamaño de usted o el de él, o los kilos de más entonces, ¿qué…?

Emma Fleet respondió con una risita tolerante. Era una risa agradable, como la de una niña que de alguna manera estaba presa en aquel cuerpo enorme y en aquella garganta.

—Paciencia, doctor. ¿No deberíamos retroceder hasta encontrar el momento en que Willy y yo nos conocimos? El doctor se encogió de hombros, se rió entre dientes y aflojó el cuerpo, asintiendo.

—Bueno.

—En la escuela secundaria —dijo Emma Fleet— yo medía un metro ochenta, y a los veintiún años hacía llegar la balanza a ciento veinticinco kilos. No necesito decirle que rara vez salía de excursión en verano. La mayor parte del tiempo me quedaba en dique seco. Sin embargo tenía muchas amigas a las que les gustaba mostrarse conmigo. La mayoría de ellas pesaban setenta y cinco kilos y a mi lado se sentían esbeltas. Pero eso fue hace mucho tiempo. Ya no me preocupa más. Willy lo cambió todo.

—Willy parece ser un hombre bastante notable —se encontró diciendo el doctor George, contra todas las normas.

—¡Oh, lo es, lo es! ¡En él arde un fuego sin llama, una capacidad, un talento todavía sin descubrir, sin utilizar! —dijo Emma Fleet, con súbita vehemencia—. ¡Dios lo bendiga, entró en mi vida como una tormenta de verano! Hace ocho años había ido yo con mis amigas a una feria ambulante el Día del Trabajo. Al final de la tarde, las chicas habían sido acaparadas todas por los muchachos que pasaban y se las habían llevado. Yo me había quedado sola con tres muñecas, y un maletín de falso cocodrilo y nada que hacer salvo poner nervioso al Hombre que Adivina el Peso, mirándolo cada vez que pasaba como si en cualquier momento fuera a pagarle para que él adivinase. Pero el Hombre que Adivina el Peso no estaba nervioso. Luego de pasarle por delante tres veces, vi que me miraba fijo. ¡Con respeto, sí, con admiración! ¿Y quién era el Hombre que Adivina el Peso? Willy Fleet, naturalmente. La cuarta vez que pasé me llamó y me dijo que me daría un premio gratis si le permitía adivinar mi peso. Estaba todo enfebrecido y excitado. Bailaba a mi alrededor.

Nunca me habían hecho tanto caso en mi vida. Me ruboricé. Me sentí bien. Luego me senté en la silla balanza. Oí que la aguja daba una vuelta completa, zumbando, y que Willy silbaba de placer.

“—¡Ciento cuarenta y cinco kilos! —Exclamó— ¡Dios mío, que encantadora!

“—¿Cómo dijo? —pregunté.

“—Que usted es la mujer más encantadora del mundo —dijo Willy, mirándome directamente a los ojos.”

—Me ruboricé de nuevo. Me reí. Los dos nos reímos. Luego debo de haber llorado, allí sentada, pues sentí que él me tocaba el hombro, preocupado. Me miraba a la cara un poco temeroso.

“—¿Le he dicho algo malo? —me preguntó.

“—No —sollocé, y después me fui tranquilizando—. Algo bueno, algo bueno. Es la primera vez que alguien…

“—¿Qué?

“—Encuentra bien mi gordura.

“—Usted no es gorda —dijo—. Usted es ancha, alta, maravillosa. Miguel Ángel la hubiera adorado. Ticiano la hubiera adorado. Da Vinci la hubiera adorado. Sabían lo que hacían en aquellos tiempos.

El tamaño. El tamaño es todo. Yo lo sé. Míreme a mí. He viajado con los Enanos Singer durante seis temporadas, con el nombre de Pulgarcito. Dios mío, estimada señora, usted viene de la parte más gloriosa del Renacimiento. Bernini, que edificó la columnata de San Pedro y las del altar, hubiera dado su alma inmortal por conocer a alguien como usted.

“—¡No! —gemí—. Esta felicidad no es para mí. Sufriré tanto cuando usted calle.

“—Entonces no me callaré —dijo—, señorita…

“—Emma Gertz.

“—Emma —dijo—, ¿es usted casada?

“—¿Está usted bromeando?

“—Emma, ¿le gustaría viajar?

“—Nunca he viajado.

“—Emma, esta feria se quedará en el pueblo una semana más. Venga todas las noches, todos los días, ¿por qué no? Hable conmigo, conózcame. Al final de la semana, quién sabe, tal vez viaje conmigo.

“—¿Qué está usted insinuando? —dije, no enojada ni irritada ni nada, sino fascinada e intrigada por el hecho de que alguien le hubiese ofrecido algo a la hija de Moby Dick.

“—Estoy insinuando matrimonio.”

—Willy Fleet me miró, respirando con esfuerzo, y tuve la impresión de que estaba vestido de alpinista, con sombrero, botas claveteadas, bastón y una cuerda colgada del hombro de niño. Y que si yo le preguntaba: ‘¿Por qué dice eso?’, él me contestaría: ‘Porque es usted’. Pero yo no le pregunté y él no contestó. Nos quedamos allí en la noche, en el centro de la feria, hasta que por fin tomé por el medio del camino, vacilante.

“—¡Estoy borracha! —gemí— Oh, tan borracha y no he bebido nada.

“—¡Ahora que la he encontrado —me gritó Willy Fleet—, usted no se me escapará, acuérdese!”.

Aturdida y tambaleándome, cegada por esas grandes palabras masculinas cantadas con voz de soprano, salí a tientas de la feria y volví a casa.

A la semana siguiente estábamos casados.

Emma Fleet. se detuvo y se miró las uñas.

—¿Le molestaría que le contara la luna de miel? —preguntó tímidamente.

—No —dijo el doctor y en seguida bajó la voz, pues contestaba demasiado rápido—. Por favor, siga.

—La luna de miel. —Emma emitió su voz más humana. La respuesta de todos los recintos de aquel cuerpo hizo vibrar el diván, la habitación, al doctor, los queridos huesos del doctor.

—La luna de miel… no fue corriente. El entrecejo del doctor se alzó apenas. Pasó la mirada de la mujer a la puerta; del otro lado, en miniatura, estaba sentada la imagen de Edmund Hillary, el hombre del Everest.

—Usted nunca ha visto una prisa como la de Willy cuando me llevó a su casa, una encantadora casa de muñecas, con una habitación de tamaño normal que iba a ser la mía o más bien la nuestra.

Allí, muy cortésmente, siempre el caballero amable, reflexivo, tranquilo, me pidió la blusa, que le di, la falda, que le di… Siguiendo la lista, le tendí todas las ropas que nombraba, hasta que al final…

¿Es posible ruborizarse de la cabeza a los pies? Es posible. Sucede. Allí estaba yo, de pie, como un fuego atizado, y unas oleadas de calor me subían y bajaban por el cuerpo, e iban y venían abarcándolo todo, con matices de rosa, blanco y de nuevo rosa.

“—¡Dios mío —exclamó Willy—, eres la camelia más grande y más bonita que haya florecido jamás!

—Nuevas olas de rubor avanzaban en ocultos aludes internos, mostrándose sólo para colorear mi cuerpo en el exterior, en lo que era para Willy la más preciosa piel. ¿Qué hizo entonces Willy? Adivine.

—No me atrevo —respondió el doctor, ruborizado él mismo.

—Dio varias vueltas a mi alrededor.

—¿A su alrededor?

—A mi alrededor, como un escultor que contempla un enorme bloque de granito color blanco de nieve. El mismo lo dijo. Granito o mármol del que se pueden sacar imágenes de una belleza hasta entonces insospechada. Dio vueltas y más vueltas a mi alrededor, suspirando y sacudiendo la cabeza, pensando que había tenido de veras mucha suerte, las manitas entrecruzadas, los ojitos brillantes. ¿Por dónde empezar, parecía estar pensando, por dónde, por dónde empezar? Al fin habló.

“—Emma —dijo— ¿por qué crees que he trabajado años enteros en la feria como el Hombre que Adivina el Peso? ¿Por qué? Porque he estado buscando toda la vida a alguien como tú. Noche tras noche, verano tras verano, he estado observando las sacudidas y temblores de las balanzas. ¡Y ahora al fin tengo el medio, la manera, la pared, la tela en que expresar mi genio!”

Dejó de caminar y me miró, con los ojos anegados.

“—Emma —dijo suavemente— ¿puedo pedirte permiso para hacer absolutamente todo lo que quiera contigo?

“—Oh, Willy, Willy —exclamé—. ¡Todo!”

Emma Fleet se detuvo.

El doctor se encontró en el borde de la silla.

—Sí, sí, ¿y entonces?

—Y entonces —dijo Emma Fleet—, sacó todas las cajas y botellas de tinta y lápices y las brillantes agujas de plata, agujas de tatuar.

—¿Agujas de tatuar?

El doctor se apoyó en el respaldo de la silla.

—¿La… tatuó?

—Me tatuó.

—¿Era un artista del tatuaje?

—Lo era, lo es, un artista. Sólo que el arte de Willy se expresa en el tatuaje.

—Y usted —dijo el doctor— ¿era la tela que él había estado buscando durante gran parte de su vida de adulto?

—Yo era la tela que él había buscado toda la vida. Emma Fleet dejó caer la cosa, que se hundió y siguió hundiéndose en el doctor. Cuando vio que había tocado fondo y removido vastas cantidades de barro, prosiguió serenamente.

—¡Entonces empezó la gran vida! Yo amaba a Willy y Willy me amaba a mí y los dos amábamos eso más grande que nosotros mismos y que hacíamos juntos. ¡Nada menos que crear la pintura más extraordinaria que jamás se haya visto! ‘¡Nada menos que la perfección!’ exclamaba Willy. ‘¡Nada menos que la perfección!’ respondía yo. Oh, fue una época feliz. Pasamos juntos diez mil horas de intimidad y trabajo. Usted no puede imaginarse lo orgullosa que estaba yo de ser esa vasta orilla en la que el genio de Willy Fleet fluía y refluía en una marea de colores.

Pasamos un año en mi brazo derecho y en el izquierdo, medio año con la pierna derecha, ocho meses en la izquierda, preparando la inmensa explosión de detalles brillantes que me brotaban en las clavículas y en los omóplatos, que me subían por los muslos y estallaban en las ruedas de fuegos artificiales que celebraban un glorioso cuatro de julio; desnudos del Ticiano, paisajes de Giorgione y los relámpagos cruzados del Greco en mi exterior, picoteando de arriba abajo mi espinazo con vastas luces eléctricas. Alabado sea, nunca ha habido, nunca habrá un amor como el nuestro, un amor en que dos personas se dediquen con tanta sinceridad a una tarea: la de dar belleza al mundo. Volábamos uno hacia el otro día tras día, y yo comía más, me ensanchaba con los años, y Willy aprobaba, Willy aplaudía. Más espacio, más lugar para que las figuras florecieran.

No podíamos estar separados, porque los dos sentíamos, estábamos seguros de que una vez terminada la Obra Maestra, podríamos abandonar el circo, la feria, el teatro de variedades para siempre. ¡Era grandiosa, sí, pero sabíamos que una vez terminada, podríamos ir al Art Institute de Chicago, a la Kress Collection de Washington, a la Tate Gallery de Londres, al Louvre, los Uffizi, el Museo del Vaticano! ¡Durante el resto de nuestras vidas viajaríamos con el sol! Así fue, año tras año. No necesitábamos del mundo ni de las gentes del mundo, nos teníamos el uno al otro. Trabajábamos de día en nuestras ocupaciones ordinarias, y hasta después de medianoche, allí estaba Willy trabajando en mi tobillo, Willy en mi codo, Willy explorando la increíble pendiente de mi espalda que culminaba en una elevación de nieve y de talco. Willy no me dejaba ver, no le gustaba que yo mirara por encima del hombro, del suyo o del mío. La curiosidad no me dejaba vivir, y sin embargo pasaron meses antes que me fuera permitido ver el avance lento pulgada a pulgada, las tintas brillantes que me inundaban y ahogaban en un arco iris de inspiración. Ocho años, ocho fabulosos, gloriosos años. Y llegó el día, la obra estaba terminada.

Y Willy se desplomó y durmió cuarenta y ocho horas. Y yo dormí a su lado, el mamut acostado junto al cordero negro. Esto fue hace apenas cuatro semanas. Hace apenas cuatro semanas nuestra felicidad se terminó.

—Ah, sí —dijo el doctor—. Un equivalente de esa depresión que siente la madre después que el hijo ha nacido. El trabajo ha terminado y sigue invariablemente un período de apatía y en cierto modo de tristeza. Pero piense que ahora cosecharán las recompensas de una larga labor, ¿no es cierto? ¿Recorrerán el mundo?

—No —gimió Emma Fleet, y una lágrima le asomó a los ojos—. En cualquier momento Willy se irá y no volverá nunca. Empezó yendo de un lado a otro por la ciudad. Ayer lo pesqué cepillando la balanza de la feria. ¡Hoy lo encontré trabajando por primera vez en ocho años, de vuelta en el puesto del Hombre que Adivina el Peso!

—Oh, Dios —dijo el psiquiatra.

—Anda…. ¡Pesando a nuevas mujeres, sí! ¡En busca de nuevas telas! ¡No lo ha dicho, pero lo sé, lo sé! ¡Esta vez encontrará una mujer todavía más pesada, de doscientos cincuenta, trescientos kilos!

Adiviné que esto ocurriría, hace un mes, cuando terminamos la Obra Maestra. Entonces todavía comí más, y me estiré la piel todavía más, para que aquí y allá aparecieran nuevos lugarcitos, pequeños parches que Willy tendría que restaurar y completar con nuevos detalles. Pero ahora estoy terminada, agotada, me he atiborrado, he concluido el último trabajo de relleno. No me queda un millonésimo de pulgada entre el cuello y los tobillos, donde podamos meter un demonio, un derviche o un ángel barroco más. Para Willy yo soy una obra concluida y acabada.

Ahora quiere seguir. Se casará, me lo temo, cuatro veces más en su vida, cada vez con una mujer más grande, una extensión mayor para una pintura mural mayor y la apoteosis de su talento. Además en la última semana se ha puesto crítico.

—¿Con respecto a la Obra Maestra, con mayúsculas? —preguntó el doctor.

—Como todos los artistas, es un perfeccionista extraordinario. Ahora encuentra pequeños defectos, una cara aquí de un tono y una textura que no están bien del todo, una mano allá apenas torcida a un lado, y esto a causa de mi dieta apresurada para aumentar de peso y ganar así nuevo espacio y nuevas atenciones. Para él yo era de veras un comienzo. Ahora tiene que seguir desde ese aprendizaje hasta sus verdaderas obras maestras. Ah, doctor, estoy a punto de ser abandonada. ¿Qué le queda a una mujer que pesa doscientos kilos y está cubierta de

ilustraciones? Si me abandona, ¿qué haré, a dónde ir, quién me querrá? ¿Me perderé de nuevo en el mundo como estaba perdida antes de esa felicidad loca?

—Un psiquiatra —dijo el psiquiatra— no está para dar consejos. Pero…

—¿Pero qué, qué? —preguntó la mujer ansiosamente.

—Un psiquiatra está para que el paciente pueda entender y curarse. Pero en este caso…

—¡En este caso, sí, siga!

—Parece tan sencillo. Para conservar el amor de su marido…

—¿Para conservar su amor, sí?

El doctor sonrió.

—Usted debe destruir la Obra Maestra.

—¿Qué?

—Bórrela, quítesela. Esos tatuajes salen, ¿no es cierto? Una vez leí en alguna parte que…

—¡Oh doctor! —Emma Fleet dio un salto.— ¡Eso es! ¡Se puede hacer! ¡Y lo que es mejor, Willy puede hacerlo! Le llevará sólo tres meses limpiarme, librarme de esa Obra Maestra que ahora le fastidia. Después, de nuevo de un blanco virginal, podremos empezar otros ocho años, y después otros ocho y otros. ¡Ah, doctor, sé que lo hará! ¡Quizá sólo esperaba que se lo propusiera… y yo era demasiado tonta para adivinarlo! ¡Oh, doctor, doctor! Y lo estrujó entre sus brazos.

Cuando el doctor consiguió liberarse, Emma Fleet se puso a dar vueltas alrededor.

—Qué extraño —dijo—. En media hora ha resuelto usted mis próximos tres mil días y todavía más.

Es usted muy sabio. ¡Le pagaré lo que sea!

—Basta con mis honorarios habituales —dijo el doctor.

—¡No resisto el deseo de decírselo a Willy! Pero primero —dijo— ya que usted ha sido tan sabio, merece ver la Obra Maestra antes que sea destruida.

—No es necesario, señora…

—¡Tiene que descubrir por sí mismo el espíritu raro, el ojo y la mano de artista de Willy Fleet, antes que desaparezcan para siempre y empecemos de nuevo! —exclamó Emma Fleet, desabrochándose el abrigo voluminoso.

—De veras, no es…

—¡Mire! —dijo la mujer, y se abrió de golpe el abrigo.

En cierto modo, el doctor no se sorprendió al ver que Emma Fleet estaba completamente desnuda debajo. Se quedó sin aliento. Abrió mucho los ojos. Se le abrió la boca. Se sentó lentamente, aunque en realidad hubiera querido quedarse de pie, como cuando era niño y saludaban a la bandera en la escuela, y luego cuarenta voces rompían en un canto reverente y trémulo:

Oh bella para los cielos espaciosos

para las olas ambarinas del cereal,

para la majestad de las montañas purpúreas

sobre las llanuras de las frutas…

Sentado siempre, abrumado, el doctor contempló la vastedad continental de la mujer. En la que no había absolutamente nada bordado, pintado, acuarelado o tatuado de alguna manera. Desnuda, sin adornos, no tocada, sin líneas ni dibujos. El doctor se quedó de nuevo sin aire.

Emma Fleet hacía girar el abrigo alrededor, con una atractiva sonrisa de acróbata, como si acabara de llevar a cabo una soberbia hazaña. Luego fue hacia la puerta.

—Espere —dijo el doctor. Pero ella había salido ya, estaba en la salita de espera, balbuceando y susurrando:

—¡Willy! ¡Willy! —inclinándose sobre su marido, silbándole en la minúscula oreja hasta que él le clavó los ojos y abrió la boca firme y apasionada y gritó, y batió palmas de júbilo.

—¡Doctor, doctor, gracias, gracias!

El hombrecito se precipitó y tomó la mano del doctor y la sacudió rudamente. El doctor se quedó sorprendido por el fuego y la dureza de roca de aquel apretón. Era la mano de un artista aplicado, como esos ojos que lo miraban desde abajo ardientes y oscuros en una cara apasionadamente iluminada.

—¡Todo va a andar bien! —exclamó Willy

El doctor vaciló, mirando a Willy y luego al globo enorme que se mecía y tironeaba para irse volando.

—¿No tendremos que volver nunca más?

Santo Dios, pensó el doctor, ¿él piensa que la ha ilustrado de proa a popa, y ella le sigue la corriente? ¿Está loco? ¿O ella se imagina que él la ha tatuado de la cabeza a los pies, y él le sigue la corriente? ¿Está loca? O, lo que era aún más extraño, ¿creen los dos que él la ha atiborrado como el techo de la Capilla Sixtina, cubriéndola de raras y significativas bellezas? ¿Los dos creen, saben, se siguen la corriente el uno al otro, en su mundo de especiales dimensiones?

—¿Tendremos que volver de nuevo? —preguntó Willy Fleet por segunda vez.

—No. —El doctor musitó una plegaria—. Creo que no.

¿Por qué? Porque, por alguna gracia estúpida, había hecho lo que correspondía, ¿no es cierto?

Recetando en un caso apenas entrevisto, había acertado con la curación, ¿verdad? Sin tener en cuenta si él creía o ella creía o los dos creían en la Obra Maestra, al sugerir que se borraran, que se destruyeran las figuras, el doctor había convertido de nuevo a la mujer en una tela limpia, encantadora y estimulante, si ella necesitaba serlo. Y si él, por otra parte, deseaba una nueva mujer para garabatearla, borronearla y tatuarla, bueno, la cosa funcionaba también. Porque ella sería nueva e intocada.

—¡Gracias, doctor, oh, gracias, gracias!

—No me den las gracias —dijo el doctor—, no he hecho nada.

Estuvo a punto de decir que todo era una feliz casualidad, una broma, una sorpresa ¡Que se había caído por las escaleras y había aterrizado de pie!

—¡Adiós! ¡Adiós!

Y el ascensor bajó, la mujerona y el hombrecito desaparecieron hundiéndose en una tierra que de pronto no era demasiado sólida, y donde los átomos se abrían para dejarlos pasar.

—Adiós, gracias, gracias… gracias…

Las voces se desvanecieron, nombrándolo y ensalzando su inteligencia mucho después de haber dejado arriba el cuarto piso. El doctor miró alrededor y retrocedió inseguro hasta el consultorio.

Cerró la puerta y se apoyó en ella.

—Doctor —murmuró—, cúrate a ti mismo. Dio un paso adelante. No se sentía real. Tenía que acostarse, aunque fuera un momento. ¿Dónde? En el diván, naturalmente, en el diván.

Por Ray Bradbury

*Texto de Las maquinarias de la alegría (1964).

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