Aunque me jacto de ser tapatía al cien, nunca de los nuncas me he subido a una calandria.

Acaso, cuando niña, las miré como lo más cercano a la fantástica carroza en que el hada madrina de Cenicienta transformaba una panzona calabaza de Castill, con el simple toque de su mágica varita Disney, para luego ser conducida por ratones disfrazados de cocheros con libreas.

O quizás, como el modelo rococó de aquellas diligencias de la mítica West Fargo que en las películas del lejano oeste aparecían entre polvaderas, huyendo de ataques bandoleros, pero que siempre eran salvadas justo a tiempo por la caballería o por The Lone Ranger. Hi-Yo, Silver!

Ahora, con la pena, simplemente las siento como el aferrado rescoldo kitsch de un medio de transporte anquilosado, convertido un tanto a fuerzas en una tradición localista que, como tal, no me convence del todo.

Aunque tampoco soy de la idea de que la solución a la problemática vial y ecológica que representan consista en la desaparición total de las calandrias jaladas por caballos y sustituidas por vehículos motorizados. Porque de que esos vehículos son históricos, nadie tiene duda, y es algo no debe ignorarse o desplazarse nomás porque sí; como tampoco puede negarse que existen aspectos sumamente interesantes en torno a las calandrias tapatías.

Empezando por el nombre mismo, que según esto proviene de la época cuando esos dichosos carruajes cumplían la función de ser taxis urbanos, y cierto regidor tuvo la genial idea de pintarlas en llamativo tono amarillo, el que, contrastado con lo negro de las llantas, hicieron tal combinación cromática que propició una natural analogía con el plumaje de esas aves canoras clasificadas como calandrias euphonias.

Cuentan los que saben que hace algunas décadas las calandrias eran muchísimas más. Y que los sitios para esos carruajes de alquiler estuvieron frente al templo de la Soledad, hoy Rotonda de los Jaliscienses Ilustres; en San Francisco, por su cercanía con la antigua terminal de los ferrocarriles; y en el denominado lugar “de las víboras”, frente al desaparecido cine Alameda, en las cercanías de San Juan de Dios. El sobrenombre “de las víboras”, por cierto, estuvo tomado de la abundancia de merolicos que por esos rumbos llamaban la atención de su potencial clientela, utilizando ejemplares vivos de los serpenteantes reptiles.

Cabe mencionar que además hubo otros sitios de calandrias frente a la vieja Central de Autobuses, y también a un costado del templo de San Juan de Dios y en el Mercado Corona. Actualmente, sólo son tres los aparcaderos para tales carruajes: el Museo Regional del Estado, el jardín de San Francisco, y frente al Mercado Libertad.

En todos esos lugares, su presencia era perceptible a varios metros de distancia debido a la concentrada peste a orines de caballo que en ellos se percibía. Ese “aroma” se intentó controlar mediante un sistema de resumideros conectados al drenaje, a manera de mingitorios equinos.

Precisamente, en torno a los desechos fisiológicos de los equinos, no han sido pocos los supuestos “remedios” para evitar su propagación aromática y mal manejo. Según algunos cuentan ¡hasta pañales desechables han puesto a los pobres animales! Y que según reglamento, cada calandria ahora debe llevar consigo, pendiendo como badajo entre las amplias llantas, una cubeta para recoger ahí toda la posible “popó” que los caballos arrojen al paso.

Una de las historias más interesantes en torno a las calandrias, de la cual existe el registrado testimonio de don Salvador Estrada, quien fuera veterano calandriero y narrara que allá por el año de 1914, los soldados obregonistas llegaron hasta el sitio de La Soledad para obligar a todos los choferes, a punta de fusil, a que condujeran sus vehículos hasta las afueras del Banco de Londres y México, lugar donde otros soldados obregonistas sacaban grandes bolsas de dinero metálico y en billetes. Siempre bajo amenazas de fusilamiento, los choferes fueron luego obligados a formar una caravana de quince calandrias que tomaron camino rumbo a la ribereña población de Ocotlán. La historia concluyó cuando los obregonistas sufrieron un ataque enemigo y los asustados calandrieros pudieron regresar a Guadalajara, aunque eso sí, ya sin el valioso cargamento en efectivo.

Antiguamente, las calandrias tapatías tenían varias categorías y tarifas. Se distinguían por el color de la banderola que portaban. Primera clase era azul y cobraba 1 peso con 50 centavos por hora; segunda clase era roja con tarifa de 1 peso por hora; el servicio más pobre era amarillo y cobraba la irrisoria cantidad de 75 centavos por hora.

Eran los taxis de la época, y las señoras trepaban a ellas cargando las canastas del mandado repletas de jitomates, lechugas y nopales; o los señores acudían a alguna cita, y los comerciantes transportaban ahí sus resurtidas mercancías.

Por supuesto que los tapatíos ricos de épocas muy añejas tuvieron sus propias calandrias, aunque ellos no las llamaron así, sino landaus, cabrioletas o carretelas.

Algunos afirman que, de hecho, nuestras actuales y cursis calandrias (¿alguien se atreve a negar que son cursis?) no son otra cosa sino adaptaciones de un modelo clásico de carruaje llamado Victoria. Aunque otros tienen como mejor prototipo a alguno de los modelos Cigüeña, Volantas, Brinkas, etc.

Por cierto, en Tlaquepaque pueblito existe un lugar llamado Hacienda de la Flor, sitio ubicado en Alfareros 453 y donde don Juan Rentería Ibarra, descendiente de una familia de calandrieros cuyos orígenes se remontan a casi un siglo y medio de historia, fincó acreditada fama internacional como fabricante y restaurador de ese tipo de carruajes antiguos; trabajo continuado por sus hijos Raúl y Gregorio Rentería Rentería.

Ahora, como es sabido, las calandrias no son un medio de transporte recurrido como tal, ya que a duras penas sobreviven como atracción turística. O contratadas como engalanado transporte especial para bodas, XV años y similares.

Quizás por eso pocos tapatíos saben que el 19 de julio se celebra el Día del Calandriero, debido a que tal fecha ese gremio la destinó para homenajear a Esteban Loera. Sí, el mismo personaje que dio nombre a una conocida calle del Sector Libertad y quien, a finales de los años 20 del siglo pasado, fundó la Unión de Conductores de Carruajes de Alquiler.

Independientemente de lo que puedan pensar los ultra tradicionalistas, desde hace tiempo y por motivos que van desde la dificultosa vialidad hasta la protección animal, (¡más de un caballo ha dado el azotón sobre algún pavimento!) el servicio que ofrecen esos vehículos necesita ser readecuado al embotellado tráfico de nuestros días. Algo muy complicado, pero no imposible.

Eso sí, la reciente propuesta municipal de solución que a últimas fechas anda rondando, no sólo por medios y redes sociales sino hasta en el Discovery Channel, la que consiste en sustituir las calandrias tiradas por caballos por reproducciones motorizadas de carritos antiguos; que me perdone el señor alcalde, pero quizás no sea la más brillante, ni la más adecuada para una ciudad con tantas complicaciones víales como su actual #GuadalajaraGuadalajara.

Por lo pronto, mientras aplican esa extrema medida, que al parecer no tiene alternativa, lo único que yo sigo pidiendo (desde hace años) es que prohíban de inmediato el espantoso plumero que supuestamente “adorna” la cabeza de los pobres caballos calandrieros. Ellos no pueden protestar. Pero, de poder hacerlo, estoy segura que desde hace mucho lo exigirían a relinchados gritos.

De lo otro, sustituir la milenaria tracción animal por el horse power mecánico o eléctrico, sigo sin estar muy convencida en este caso.

Será que desconfío de esas propuestas “ecologistas y animalistas” que ya en la práctica, como sucedió en el caso de los circos, lejos de lograr mejores condiciones de vida para sus defendidos, terminan enviándolos derechito a la inanición o al matadero.

Así que si en un futuro muy próximo usted siente que los tacos que consume en el puesto de su preferencia casi “relinchan”, con toda probabilidad será debido a que en algún rastro se filetearon alguno de los más de cien ejemplares de caballos calandrieros que los bien intencionados que nunca faltan, jubilaron “humanitariamente”.

Por Carmen Libertad Vera

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