Mientras en la Cámara de Diputados se discute la ley de los seguros sociales, un periódico de París ha formulado la siguiente pregunta, relativa al estatuto económico del escritor contemporáneo: “¿Los escritores viven actualmente de su pluma?”. Pregunta demasiado generosa para los interesados y harto escabrosa para la sociedad en que éstos viven. Porque todos estamos convencidos de que, hoy como ayer, raro es el escritor que vive de su pluma. Raro es el gran escritor, el auténtico, el de primer calibre, que come y bebe del precio de su creación. Existe y existirá, hasta nueva orden, la corona de espinas para todo frontal sobresaliente y la esponja amarga para toda laringe irregular. La filosofía marxista interpretada y aplicada por Lenin tiende una mano alimenticia al escritor mientras con la otra tarja y corrige, según las conveniencias políticas, toda la producción intelectual. Al menos, éste es el resultado práctico de Rusia.

El creador sólo opera golpeando y la sociedad no cotiza los golpes que recibe. Es fuerza, pues, que a una verdad de tres filos, clavada por un creador entre los hombres, respondan éstos con una inmensa secreción de hiel. Solo cuando la verdad carece de filos (que las hay así) o cuando se trata de un filo sin luz, sustituye a la pedrada contra el genio, la ración comestible para los mediocres.

Juan Gris, uno de los más austeros maestros del cubismo, me decía, pocos días antes de su muerte: “Si yo no hago pintura cotizable en cualquier plaza, no es porque yo no quiera, sino porque no puedo”. El propio Baudelaire se propuso hacer pequeños poemas en prosa para ganarse con ellos la vida y pereció de hambre. En cambio, Lesage quiso un día comer de su pluma y, componiendo piezas teatrales para escenas foráneas, ganó mucho dinero. Ejemplos son éstos que nos enseñan a distinguir al artista puro por naturaleza, de cuya voluntad no depende mantenerse incorruptible, del artista cuya pureza depende de su voluntad y conveniencias. Esta última pureza, intermitente y convencional, no pasa de una chifladura adolescente o de un resorte manuable de arribismo.

En la conciencia general está el hecho de que casi la totalidad de los escritores franceses de hoy participan de esa dócil pureza a que nos referimos. Tarde o temprano han bajado de la cruz y se han sentado a la mesa de Heliogábalo.

Se sabe que, antes de ser traducidos a todos los idiomas del mundo, han sido puros y se han muerto de hambre muchos días. La mayoría, de ver que la literatura pura y noble como ellos la ejercían entonces, no da para la cocina, han preferido ejercer, por la necesidad, un segundo oficio. Georges Duhamel ejercía la medicina; Jean Giraudoux trabajaba en el Quai d’Orsay; Panait lstrati era fotógrafo ambulante; Jules Romains enseñaba filosofía en Lille; Paul Valéry era empleado de una agencia comercial de informaciones; Charles Vildrac dirigía una galería de pintura en Bordeaux; Pierre Benoit era dentista; Henri Béraund era panadero; Pierre Mac Orlan era pintor de brocha gorda; Joseph Delteil llevaba la contaduría de un restaurante en su pueblo; Tristán Deréme era cobrador de contribuciones en Picardía; Cocteau era corredor de vinos…, etc., etc.

Pero la literatura, al fin y al cabo, se hizo para ellos más dúctil y ha acabado por hacerlos ricos, y hasta banqueros. Cocteau es ahora dueño de un banco en París.

Sin embargo, la tradición baudelariana sigue perpetuándose, no ya solo entre los pintores, como Gris, sino entre los mismos escritores. Pierre Reverdy, que con Apollinaire enseñó a escribir de nuevo a los poetas d’apres-guerre, se gana la vida corrigiendo pruebas en la redacción de L’Intran.

El miserable salario apenas le permite habitar una humilde buhardilla en Montmartre, como un pobre amanuense distrital. Un artista puro. Un héroe, acaso más noble y trascendental que tantos aviadores ápteros. Reverdy querría de buena gana comer mejor; pero a diferencia de sus contemporáneos, no puede hacer poemas comestibles.

Sin duda, hay todavía quienes son impotentes para caer, como hay quienes son impotentes para subir.

Por César Vallejo

*Texto publicado en Mundial (1928).

Comments

comments