A los quince días de mi regreso, todavía no me acostumbro a ciertos aspectos mexicanos. Por ejemplo, ¿quién iba a decir hace unos meses que ésta iba a ser el país más feminista? Si no regreso, no me entero de que 1975 es el Año Internacional de la Mujer. Aquí no se habla de otra cosa.

Las que vinieron salen fotografiadas en los periódicos, y las que no vinieron también: Indira Gandhi, por ejemplo, aparece cada tercer día en la página 3, acompañada de alguien que fue a rogarle que no haga caso de lo que dicen los jueces, y no abandone el poder. En el fondo, estas fotos son la coda de un libreto fracasado. Lo bueno hubiera sido que la señora Gandhi viniera a México y que a la mitad de un discurso le anunciaran que ya el congreso la había destituido. Esto sí hubiera sido un ejemplo admirable de la perversidad masculina.

Los hombres que han participado en la Tribuna han sido muy prudentes. Nadie los puede acusar de ser “cerdos sexistas” —“You sexist pig!”, fue lo que le dijo una feminista a un señor que chocó con ella en un coctel—. Ver estos ejemplos: el secretario general de la ONU suspendió su discurso y esperó pacientemente a que se calmaran y dejaran de alborotar las 700 mujeres que tenían invitación pero que no cupieron en el recinto de la alberca; el presidente Echeverría dijo: “La bandera de la mujer en manos de conservadores, no” —o palabras equivalente—, y el Papa Paulo VI dijo que sí, en efecto, las mujeres estaban muy sojuzgadas en muchas partes del mundo. ¿Será Paulo VI uno de los conservadores a los que se refería Echeverría?

Alentado por mi escepticismo con respecto a la liberación femenina, un taxista me dijo:

—¿Oyó usted la barrabasada que dijo una de esta mujeres hoy? Que dizque el “de” en el apellido es infamante, que porque denota propiedad. Una señora es “de Fulano”. ¡Hágame el favor! ¡Cuando todos sabemos que el “de” en el apellido es lo único que hace honrada a una mujer! Es señal de que ya escogió su vida, la formó un hogar y es madre de una familia, en el seno de la cual puede dar rienda suelta a las características propias del modo de ser femenino. Porque eso sí, por más que queramos, no lo podremos cambiar: el hombre es aventado y la mujer es sublime.

Al llegar a este punto me transporté con el pensamiento a mi choque con la criada —un episodio de mi vida que había ocurrido dos días antes a mi conversación con el taxista—. Es de noche, una calle oscura, un portón grande. Es la casa de unos amigos a quienes quiero ver. Llamo a la puerta varias veces, cuando estoy a punto de desistir, se oye a lo lejos un sonido tan mexicano que me agarra de nuevo y me deja maravillado: la voz de una criada preguntando “¿Quieeén?”.

Debí haberle contestado “yo”, pero no lo hice. En vez de eso, expliqué lo que quería: ver a los dueños de la casa. Otra vez, desde el interior de la casa —que para esto ya se había convertido en un castillo afuera del cual yo estaba esperando a que me abrieran el puente levadizo— se oye la voz de la criada preguntando:

—¿De parte de quieeén?

—De Jorge.

—¿Jorge queeé?

—Ibargüengoitia.

—No estaaán.

Aquí yo dije varias palabrotas con el siguiente efecto: si no están los dueños ¿por qué no me lo dice antes en vez de estar haciéndome perder el tiempo? A lo cual, la criada respondió:

—¿Qué queeé?

He aquí un ejemplo de mujer sublime que yo hubiera estrangulado si la hubiera tenido a mano.

Las mujeres lo invaden todo en estos días: los auditorios, los museos y las páginas de los periódicos. O mejor, dicho tratan de invadirlo todo. 700 cuando menos no pudieron entrar a oír el discurso de Waldheim; otras, pintoras, fueron invitadas a una exposición que fue suspendida “hasta nuevo aviso”. La del Polyforum, en cambio, se llevó a cabo y llegó a las páginas de un diario en una relación que termina así: “Las 48 artistas […] demuestran con su trabajo que en el camino del arte está una de las bellas formas de realización personal, que en nada estorban a la femineidad”.

Se me ocurre una idea: para el próximo Año Internacional de la Mujer, que se haga un concurso de pintura que tenga como tema el estorbo de (o a) la femineidad.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1975)

Comments

comments