Las conclusiones de los especialistas no dejan lugar a dudas: el autor del manuscrito 5678Gm, localizado en las excavaciones que se llevan a cabo en el sitio donde alguna vez se alzó la famosa biblioteca de la Universidad de Harvard, no es otro que GGM, uno de los últimos profetas de la Edad Media (476-2025). Aunque su estado de conservación no es óptimo —la segunda Guerra Atómica destruyó por completo esta región del planeta—, los paleógrafos están convencidos de que se trata del único ejemplar conocido de Cien años de soledad (c. 1967), la gran saga mitológica de los antiguos pobladores de América Latina.

El hallazgo ha sido saludado como un acontecimiento único: aun si era sabido que los habitantes de esta región del mundo veneraban las enseñanzas recogidas en este Libro, heredero natural de la Biblia o del Corán, su existencia había sido puesta en duda por numerosos escépticos.

De acuerdo con las leyendas que han llegado hasta nosotros, GGM nació en una pequeña aldea en las proximidades de la extinta selva amazónica que, a la edad de cuarenta años —cifra emblemática para los locales—, fue visitado por un ángel (“un señor con las alas muy grandes”, según las crónicas de la época), el cual le reveló cada una de las palabras de su grandiosa Obra. Hasta entonces las vastas regiones de América Latina estaban pobladas por distintas tribus que, si bien hablaban la misma lengua —una variante dialectal del viejo español peninsular— se encontraban divididas en una enorme variedad de reinos, señoríos y taifas que no se reconocían como una sola comunidad. Cien años de soledad terminó con esta situación: de pronto todas aquellas poblaciones, hasta entonces aisladas, se reconocieron en este mito fundador y comenzaron a venerar a GGM como a su único profeta. De hecho, podemos decir sin que suene a exageración, que GGM fue el verdadero inventor de América Latina.

Así nació el culto a los Buendía, dioses brutales y caprichosos, no muy distintos de las deidades griegas y prehispánicas en las que debió basarse GGM, cuyas hazañas eran aprendidas de memoria por los niños. La nueva religión, bautizada por sus sacerdotes con el nombre de Realismo Mágico, se extendió con insólita rapidez desde el Río Grande hasta la Patagonia, aunque su influencia llegó a hacerse sentir en lugares tan remotos como Seúl, Valladolid, Seattle y Johannesburgo. Desde los tiempos de Muhammad y Karl Marx, ningún otro profeta había logrado conseguir un número tan grande de creyentes en tan poco tiempo.

Como cualquier libro religioso, Cien años de soledad está lleno de hechos asombrosos —milagros, trances, metamorfosis— que, según los especialistas, eran rigurosamente creídos por los lectores de su tiempo. Y, si bien la sensibilidad contemporánea puede horrorizarse ante algunas de las costumbres bárbaras descritas por GGM —los latinoamericanos del lejano siglo xx no eran precisamente civilizados—, su autor poseía un talento narrativo inigualable: su estilo torrencial y vibrante, cuya profunda belleza se percibe incluso en las traducciones al español moderno, no admite competencia.

Tal como nos ocurre con la Biblia, la Ilíada o las sagas islandesas, nosotros ya no podemos leer Cien años de soledad como un texto religioso, sino únicamente literario: una de esas pocas obras que, sin importar las intenciones proféticas de su autor o sus connotaciones místicas y religiosas, continúan leyéndose con asombro y placer pese a los diez siglos que han transcurrido desde su escritura.

Por Jorge Volpi

*Fragmento de Mentiras contagiosas (2008).

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