Ilustración: Mane Ortega (https://www.facebook.com/manedrain)

Pronto aprendí que el balón nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga.

-Albert Camus –

Los dos nos llamamos Enrique González. Los dos preferimos el frío por sobre el calor y el té al café. Los dos comemos de mala gana el pescado por las espinas. Somos más devotos del pollo y priorizamos el tomate antes que la lechuga. La gente dice que nos parecemos físicamente. Él piensa que no. A mí me gustaría que él pensara que sí y no se hiciera tanto problema. Tengo la nariz de mi madre, suele decir Enrique, que pasó de Enriquito a Quique, y desde su cumpleaños número doce la semana pasada, a Enrique a secas, igual que yo. Sucedió más de una vez que cuando su madre gritaba “Enrique”, los dos parábamos la oreja. Tú eres el número 1, decía él, y se descartaba de ir a los mandados. Aunque no siempre era ese el motivo del grito.

A los dos nos gusta el fútbol. Nos gusta hablar de fútbol. Hacemos comparaciones de la vida cotidiana en alusión al puntero y al colista del campeonato, con cosas como sus notas en la escuela, mis corbatas, su corte de pelo, mis ojeras, el lustrado de sus zapatos y el lustrado de los míos. Nos gusta ver partidos por la televisión. Más que ir al estadio. Somos hinchas de O’Higgins de Rancagua, lo que nos condiciona. Y cuando el equipo viene a jugar a Santiago, mi temor anula su entusiasmo. Pero la verdad es que también soy un poco flojo.

Somos fanáticos de la selección y estoy esperando el momento adecuado para que debute como hincha en vivo y en directo. Hasta ahora somos hinchas de TV, de esos que mienten para faltar a cumpleaños familiares y quedarse en la casa viendo a su equipo. Nos gusta repetirnos los goles, en Youtube, en las noticias de la hora de almuerzo y en las noticias de la noche. Los dos preferimos un jugador que corra a todas las pelotas, en vez de un talentoso indiferente que camina cuando vamos perdiendo.

Nos parecemos bastante, Enrique. Y me gusta que nos parezcamos. Que seamos reflejo el uno del otro, que pueda reconocer mis gestos en tus gestos, aunque para ti eso no sea la gran cosa. Por todo esto es que me duele esta derrota, este fracaso, este final con tu madre, mi compañera de 19 años, porque siento que te he fallado y porque no la tendremos como una aliada. Es como una expulsión en una final de un mundial, aunque me la busqué. Nada de doble amarilla, expulsión directa. La pelea de la semana pasada es detonante de algo mucho mayor, Enrique, nosotros como pareja nos hemos quebrado tal como esa ensaladera de vidrio contra el concreto, que ella te alegó y yo me hice el loco. Igual que aquella vez, no hay forma de pegar los pedazos. He gastado muchas horas imaginándote a ti desde una ventana, mirando como ella y yo buscamos los pedazos en el piso. Fue un sueño que tuve la noche en que hablamos por primera vez de divorcio. Un sueño que se me viene constantemente a la cabeza.

Hoy, el día en que la decisión ha sido firmada, después de todos los pactos hablados que no llegaron a buen puerto, me estremece pensar que nosotros, los dos Enrique, nos hemos distanciado en tres meses lo que otros en años.

Para no ser cruel y citarte a la notaría como punto de encuentro, nos reunimos en la Biblioteca Nacional; no quise esperarte afuera del colegio, ya sé que no te gusta. Lo venía sintiendo hace semanas, pero hoy fue más doloroso. Me saludaste con la mano y un abrazo mediano, de compadres tibios, de amigos que no lo son tanto, y antes éramos los Enrique, compinches más allá de mi paternidad.

Caminamos hasta un Servipag para pagarte la cuenta del celular. Lo podría hacer por Internet, pero prefiero la pereza de este trámite, que hoy no sirvió de nada. Nos comimos unas papas a la rápida y fuimos hasta la Plaza de Armas, donde nos hemos separado en las despedidas desde que estamos en este trance. Y ahí te vi, atraído por los dibujantes callejeros, patrimonio poco reconocido de nuestra ciudad. Como lo hubiera hecho yo a tu edad, te quedaste con el hombre de las láminas futboleras. Lo observaste concentrado mientras les explicaba a unos gringos la forma en que dibujaba cada una, las diferencias de precios por tamaños y por qué pese a que la gente prefería las de colores, él seguía insistiendo con el blanco y negro.

Y me equivoqué, hijo. Me duele en el alma. Me equivoqué con lo que me jacto de conocerte tanto. Erré como un defensa que envía dos veces un pase impreciso al arquero, y lo hace correr más de la cuenta. Enrique, pensé que elegirías en colores y te fuiste derechito a los dibujos en blanco y negro. Messi, Cristiano Ronaldo, James, Robben, Neymar, Suárez y Bravo. Claudio Bravo, el único de los chilenos junto a los cracks del mundo, porque los nuestros estaban en otro grupo encabezado por Vidal. Y aunque hoy no sea el de antes, elegiste a Bravo. Eso es fidelidad y madurez. Te subestimé, hijo, y sentí que toda la gente de mierda que estaba en la plaza a esa hora se dio cuenta. Enrique González subestimó a Enrique González. Fallé.

Te lo envolvieron en papel kraft y vi tus ojos serenos, maduros, tiernos, que lejos estaban de mirarme a mí. Mi desesperación culpó al dibujante, a tu madre, a los comentaristas televisivos que le perdonan todo a Claudio Bravo, incluso el ser suplente en el Manchester City por las cagadas que se ha mandado; también el hablar poco con la prensa cuando viene a jugar por la selección. Me equivoqué, hijo, hoy te conozco un poco menos y el fútbol no será lo mismo para mí. Hoy dejé de ser tu número 1.

Por Víctor Hugo Ortega C.

Comments

comments