No podría entenderse la compleja vida de la ciudad sin conocer la identidad de ese céntrico arrabal. Porque ese barrio es cabrón. ¡Muy cabrón! Nadie lo ignora. Aunque a veces los oficiosos políticos locales, de todos los partidos, prefieren hacerse de la vista gorda y fingir total desconocimiento de la arraigada problemática social que allí acontece.

Ese barrio, aún siendo histórico y supuestamente representativo de la ciudad, es territorio donde poblacionalmente se concentra lo más granado de esa fauna urbana frente a la cual, la supuesta gente “decente y de bien”, hace cara de fuchi y no tiene el menor empacho en mostrar su más visible gesto de repudio y desagrado.

Barrio donde la prostitución del más bajo linaje enfundada en mínimos pero reveladores ajuares de corriente y chillante lycra, rutinaria y pública ofrece los servicios sexuales de deslucidos y ajados cuerpos, hasta por tarifas menores a cincuenta pesos.

Carne mostrada y oreada en plena calle, o pirujeando fichera en las alcoholizadas y ruinosas entrañas de una de las múltiples piqueras que ahí sobreabundan, o detenida junto a portones de vetustas alcaicerías convertidas en desvencijados burdeles de ínfima categoría, o haciendo rotatoria guardia en la entrada de miserables hoteluchos de setenta pesos por habitación doble, cuyos publicitados lujos, por llamarlos de algún modo, se limitan al rudimentario baño provisto con agua caliente y, como plus, un rollo extra del más rasposo papel sanitario

Barrio donde cualquiera puede encontrar al paso un desarrapado sinfín de presuntuosos halcones de esquina, o los más versados y pavoneados “tiradores”. Drug dealers callejeros de avispada experiencia. Transgresores sociales perfectamente identificados por la gente del barrio, pero inmunes ante la ley al estar, no pocas veces, protegidos por los supuestos guardianes de la misma, o apadrinados por los dueños de la “plaza” que son quienes controlan la exhibida “clandestinidad” de inmediatas y abundantes narco tienditas que, a cualquier hora del día, provee todo tipo de “merca”.

Barrio prolífico en promotores de mercancía “caliente”, expuesta al aire libre y con todo descaro por comerciantes que viven de ofertarla justo a la vista de cualquiera, incluidos no pocos policías y patrulleros que ahí llegan a hacer expropiatorio rondín o a cobrar su mochada.

Porque por todo el barrio opera una legión vendedora de “chueco”. Distribuidores exclusivos de los almacenes “Rober’s” y “Los Clavelitos”, resurtidos a diario mediante “bajes”, “tranzas”, “cristalazos” y demás “bisnes” que, en su caló delincuencial, aluden a los botines obtenidos en los asaltos y hurtos que realizan sus “incapturables” proveedores.

Así, en el barrio confluyen no pocos de los multidisciplinarios y experimentados amantes de lo ajeno que por distintos rumbos de la Zona Metropolitana, despreocupados e impunes, practican las técnicas propias de su especialidad profesional como “carteristas”, “cadeneros”, “conejeros”, “tumbadores”, “farderos” o “motorratones”; sabedores del poco riesgo que existe para que sean capturados, y de que el mercado negro del barrio está muy bien protegido.

Barrio sobresaturado de seres en pobreza extrema. Abundante en vagabundos andrajosos de miserable existencia. Entes para los que cualquier rincón cercano se convierte en dormitorio temporal. Parias formando roñosas logias tan cargadas de piojos e inmundicia, como de pulgas y pelambre puede estar un famélico perro sin dueño. Teporochos gregariamente mugrientos. Harapientos rijosos que en sus abotagados rostros exhiben, empequeñecidos, vidriosos ojillos rojizos, tintados por derrames internos o bien por un churro de mota, no pocas veces enmarcados por costras sanguinolentas de heridas a medio cicatrizar. Marcas corporales a manera de blasonadas insignias acumuladas a punta de golpes, trompadas, puntapiés o navajazos en alguna de tantas y etílicas contiendas callejeras.

Barrio donde algunos van por las calles, adheridos con fruición al evasivo consuelo que les brinda una remojada mona de thinner, y donde congregados limosneros se empecinan en ejercitar las infinitas modalidades con que esperan materializar, monetariamente, su eterna e inacabable solicitud de ayuda mediante la machacona repetición de consabidas fórmulas verbales.

“Me da una moneda pa’ comer”. “Me acompleta pa’ surtir mi receta”. “Me ayuda pa’ mi pasaje”. “Me socorre pa’ comprar la leche al niño”. “Me da un peso pa’ mi camión”. “Me da cincuenta centavos”. “Me da lo que sea su voluntá”. “Aunque sea deme pa’ un taco”.

Junto a ellos, en ese barrio, aparecen también todos los demás. Los sintomáticos seres excluidos de la sociedad o de la razón. Poseedores de alucinados delirios naturales o provocados. Poseídos de mirada ausente o enfebrecida, acompañados por escalofríos de vertiginosa temblorina, o por abstraída catatonia, gritos desquiciados, soliloquios ininteligibles, risas involuntarias, todos ellos pletóricos de abandono y desatención.

Losers y junkies que, por esos arrabaleros rumbos, rondan sin tregua, fantaseando que esas calles barriales, tan llenas de inmundicia, basura y deshechos fisiológicos de cualquier especie, son su hogar y territorio patrimonial.

Barrio donde también existe el desfilado espectáculo infinito de la otra pobreza, mucho menor que la miseria extrema, pero siempre limítrofe a ésta. Penuria que no habita ahí, en el arrabal, pero que todos los días llega a esos rumbos para agregarse al skyline habitual.

Porque el barrio es un grotesco y roído telón de fondo instalado en una desventurada carpa teatral donde repetidamente, las veinticuatro horas del día, se representa cualquier posible variante de una misma e infinita obra titulada “La vida real”.

Reality perpetuo donde los personajes lejos están de ser ficticios, y donde ellos establecen sus propios llamados a escena. Porque allí, en el arrabal, cada quien se interpreta a sí mismo, sin equivocación alguna en su caracterización o en sus circunstanciales parlamentos.

Así, en ese barrio, sin un llamado a escena se inicia y reinicia el sudoroso desfilar de esos sus otros protagonistas. Es entonces cuando por el barrio desfila la población flotante del realista elenco actoral. Náufragos urbanos asidos a su propia tabla de existencial supervivencia.

Tamemes de última generación que sobre calles y banquetas, fluyen arrastrando o empujando rebuscados atados rodantes, cargamentos de mercadería ambulatoria que cada mañana ellos diseminan sobre puestos desmontables que, por las noches, resguardan en hacinadas pensiones bodegueras.

Indígenas marchantas cetrinas, reconocibles por su vestuario de plisado enredo a manera de chillante falda satinada, blusa compuesta con minúsculas alforzas, terciados rebozo cargante de críos. Ellas, tempraneras y exentas de cualquier pintoresquismo exótico, llegan al barrio para desparramarse sobre sobajados suelos esquineros, junto a rústicos huacales embutidos de ofrecida fruta fresca mientras, mediante mecánicos movimientos arácnidos, sus imparables manos bordan y rebordan figuras en punto de cruz sobre blanquecinos retazos de tela.

Boleros errabundos que van por ahí y por allá, cargando portátil estuche de madera donde guardan cepillos, betunes y franelas, porque andan en búsqueda de una posible limpieza o reparación de algún par de calzado.

Tercos ofrecedores de pirata diversión digital, con amplio catálogo de géneros musicales o fílmicos, pornografía incluida, para cumplimentar cualquier gusto comprador.

Apaciguadores instantáneos de la infaltable hambruna callejera. Siempre a cargo de las usanzas alimenticias más procuradas por los enflaquecidos bolsillos de su, cada vez más, empobrecida clientela.

Con ellos, el barrio se convierte en diversificada concentración de fruteros, jugueros, paneros, yogurteros, taqueros, atoleros, tamaleros, flangelatineros, torteros, loncheros, neveros, aguafresqueros, hamburguerhotdogueros, dulcecigarreros, tejuineros, dureros, coqueros, buñueleros, doneros o papero-cacahuatero-guasaneros. Entre otros muchos alimentadores menos concurridos.

Sin faltar los emigrados nacionales, obligados a ir disfrazados de vendedores ambulantes. Subsistiendo con la permanente y angustiada esperanza de colocar algo, cualquier cosa, ya sea de lo poco que pudieron traer consigo desde su lugar de origen, o de eso que con el fin de revender, adquirieron aquí, en tiendas de importación mayorista.

Es con ellos cuando, entonces, el barrio ve pasar verdosos almácigos de plantitas enraizadas en macetas plásticas, animales desterradamente vivos y coleando, coloreadas piedras de río, desgajados puños de tierra y, cada vez más frecuente, artesanías Made in China o inexactos artilugios venidos desde otros países de por allá, donde dicen que queda el lejano oriente. Porque para ellos, todo resulta vendible.

Cualquiera podría pensar que todos ellos, de ser necesario, se aventurarían a vender hasta sus desarraigadas almas. Almas que cada día están más apartadas de sus propias costumbres y originales territorialidades. Almas errabundas que al igual que muchas otras de sus semejantes locales, andan sin rumbo fijo por la vida. Sobreviviendo en el arrabal.

Por Carmen Libertad Vera

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