¿Qué extrañas aventuras puede vivir un ídolo religioso?

Por G.G.M.

I

La idolatría ha adquirido en La Sierpe un extraordinario prestigio desde la remota fecha en que una mujer creyó descubrir poderes sobrenaturales en una tabla de cedro. La mujer transportaba una caja de jabón, cuando una de las tablas se desprendió y fueron inútiles todos los esfuerzos para reponerla en su sitio; los clavos se doblaron aun en los lugares menos fuertes de la madera. Por último, la mujer observó detenidamente el listón y descubrió en sus rugosidades, según dijo, la imagen de la virgen. La consagración fue instantánea y la canonización directa, sin metáforas ni circunloquios: Santa Tabla, un listón de cedro que hace milagros y que es paseado en rogativas cuando el invierno amenaza las cosechas.

El hallazgo dio origen a un extravagante y numeroso santoral, integrado por pezuñas y cuernos de res, adoradas por quienes aspiran a desterrar la peste de sus animales; calabazos especialistas en asegurar a los caminantes contra los peligros de las fieras; pedazos de metal o utensilios domésticos que proporcionan a las doncellas novios sobre medidas. Y entre tantos, San Riñón, canonizado por un matarife que creyó descubrir en un riñón de res un asombroso parecido con el rostro de Jesús coronado de espinas, y al cual se encomiendan quienes sufren afecciones de los órganos internos.

II

Elemento indispensable en las fiestas que todos los años se celebran en los villorrios cercanos a La Sierpe es un altarcillo que se instala en un rincón de la plaza. Hombres y mujeres concurren a ese lugar para depositar limosnas y solicitar milagros. Es un nicho fabricado con hojas de palmas reales, en cuyo centro, sobre una cajita forrada en papel de colores brillantes, está el ídolo más popular y el que mejor clientela tiene en la región: un hombrecillo negro, tallado en un trozo de madera de dos pulgadas de altura y montado sobre un anillo de oro. Tiene un nombre sencillo y familiar: Jesusito. Y es invocado por los habitantes de La Sierpe en cualquier emergencia, bajo el grave compromiso de depositar a sus pies un objeto de oro, conmemorativo del milagro. De ahí que en el altar de Jesusito hay hoy un montón de figuras doradas que valen una fortuna: ojos de oro donados por uno que fue ciego y recobró la vista; piernas de oro, de uno que fue paralítico y volvió a caminar; tigres de oro, depositados por viajeros que se libraron de los peligros de las fieras, e innumerables niños de oro, de distintos tamaños y formas varias, porque a la imagen del hombrecillo negro montado en un anillo se encomiendan de preferencia las parturientas de La Sierpe.

Jesusito es un santo antiguo, sin origen conocido. Se ha transmitido de generación en generación y ha sido a lo largo de muchos años el medio de subsistencia de quienes han sido sus diferentes propietarios. Jesusito está sometido a la ley de la oferta y la demanda. Es un codiciado objeto, susceptible de apropiación mediante transacciones honradas, que responde en forma adecuada a los sacrificios de sus compradores. Por tradición, el propietario de Jesusito es también propietario de las limosnas y exvotos de oro, pero no de los animales con que se obsequie al ídolo para enriquecer su patrimonio particular. La última vez que Jesusito fue vendido, hace tres años, lo adquirió un ganadero de excelente visión comercial, que resolvió cambiar de negocios, remató sus reses y sus tierras, y se echó a vagar por los villorrios llevando de fiesta en fiesta su próspera tienda de milagros.

III

Hace ocho años se robaron a Jesusito. Era la primera vez que eso ocurría y seguramente será la última, porque al autor de semejante acción lo conoce y lo compadece todo aquel que desde entonces ha estado más allá de los pantanos de La Guaripa. La cosa ocurrió el 20 de enero de 1946, en La Ventura, cuando se festejaba la noche de El Dulce Nombre. En las horas de la madrugada, cuando el entusiasmo empezaba a decaer, un jinete desbocado irrumpió en la plaza del villorrio e hizo saltar la mesa con la banda de músicos entre un estrépito de cacharros y ruletas esparcidos y bailarines revolcados. Fue una tempestad de un minuto. Pero cuando cesó, Jesusito había desaparecido de su altar. En vano lo buscaron entre los objetos arrastrados, entre los alimentos vertidos. En vano desarmaron el nicho y sacudieron trapos y requisaron minuciosamente a los perplejos habitantes de La Ventura. Jesusito había desaparecido y eso era no sólo un motivo de inquietud general, sino un síntoma de que el ídolo no estaba conforme con las rogativas de El Dulce Nombre.

Tres días después, un hombre de a caballo, con las manos monstruosamente hinchadas, atravesó la larga y única calle de La Ventura, descabalgó frente al puesto de policía y depositó en manos del inspector el minúsculo hombrecillo montado en un anillo de oro. No tuvo fuerzas para subir de nuevo al caballo ni valor para desafiar la furia del grupo que se agolpó a la puerta. Lo único que necesitaba y pedía a gritos era un platero que fabricara de urgencia un par de manecitas de oro.

IV

En una ocasión anterior Jesusito estuvo extraviado durante un año. Para localizarlo estuvieron en actividad, durante trescientos sesenta y cinco días con sus noches, todos los habitantes de la región. Las circunstancias en que desapareció esa vez fueron semejantes a las que circundaron su extravío la noche de El Dulce Nombre en La Ventura. Un conocido buscapleitos de la región, sin mediar motivo alguno, se apoderó intempestivamente del ídolo y lo arrojó a una huerta vecina. Sin permitir que la perplejidad o el desconcierto les ganara un tramo, los devotos se empeñaron inmediatamente en la limpieza de la huerta, centímetro a centímetro. Doce horas después no había una brizna de hierba, pero Jesusito continuaba extraviado. Entonces empezaron a raspar la tierra. Y rasparon inútilmente durante esa semana y la siguiente. Por último, después de quince días de búsqueda, se dispuso que la colaboración en aquella empresa constituyera una penitencia y que el hallazgo de Jesusito determinara indulgencia. La huerta se convirtió desde entonces en un lugar de romería, y más tarde en un mercado público. Se instalaron ventorrillos en torno de ella, y hombres y mujeres de los más remotos lugares de La Sierpe vinieron a raspar la tierra, a cavar, a revolver el suelo numerosas veces revuelto, para localizar a Jesusito. Dicen quienes lo saben de primera mano que el Jesusito extraviado siguió haciendo milagros, menos el de aparecer. Fue un mal año para La Sierpe. Las cosechas disminuyeron, decayó la calidad del grano y las ganancias fueron insuficientes para atender a las necesidades de la región, que nunca como en ese año fueron tantas.

V

Hay un anecdotario rico y muy pintoresco de ese mal año en que se extravió Jesusito. En alguna casa de La Sierpe apareció un Jesusito falsificado, tallado por un gracioso antioqueño que desafió en esa forma la indignación popular y estuvo a punto de salir mal librado de su aventura. Ese episodio dio principio a una serie de falsificaciones, a una producción en grande escala de Jesusitos apócrifos, que aparecían en cualquier parte y llegaron a confundir los ánimos hasta el extremo de que en determinado momento se preguntaron si entre aquella considerable cantidad de ídolos falsos no estaría el auténtico. El instinto que tienen los habitantes de La Sierpe para distinguir lo artificial de lo legítimo fue al principio el único recurso de que pudo valerse el propietario de Jesusito para identificar su imagen. La gente examinaba la estatuilla y decía, simplemente: “Éste no es”. Y el propietario la rechazaba, porque aunque hubiera sido aquél el Jesusito legítimo, de nada le habría servido si sus devotos aseguraban que era uno de los falsos. Pero hubo un momento en que se originaron controversias en torno de la identidad de los ídolos. Ocho meses después de extraviado, el prestigio de Jesusito empezó a ponerse en tela de juicio. La fe de sus devotos tambaleó y el montón de ídolos de discutida reputación fue incinerado, porque alguien aseguró que el Jesusito legítimo era invulnerable al fuego.

VI

Resuelto el problema de los numerosos Jesusitos falsos, la imaginación de los fanáticos concibió nuevos recursos para localizar al ídolo. Santa Tabla, San Riñón, toda la complicada galería de cuernos, pezuñas, argollas y utensilios de cocina que constituye el próspero santoral de La Sierpe, fue traída a la huerta en rotativa para que reforzara, en apretada solidaridad sindical, la agotadora búsqueda de Jesusito. Pero también ese recurso fue inútil.

Exactamente cuando había transcurrido un año desde la noche de la pérdida, algún experto en las exigencias y resabios de Jesusito concibió un recurso providencial; dijo que lo que Jesusito deseaba era una gran fiesta de toros.

Los ganaderos de la región contribuyeron con dineros y con reses bravas y con cinco días de vacaciones remuneradas para sus peones. La fiesta fue la más concurrida, intensa y bulliciosa de cuantas se recuerdan en La Sierpe, pero transcurrieron sus cinco días sin que apareciera Jesusito. Una mañana, después de la última noche, cuando los peones regresaban a sus labores y los fanáticos de la región inventaban nuevos recursos y extravagantes penitencias para que apareciera Jesusito, una mujer que pasó a seis leguas de la huerta encontró un hombrecillo negro tirado en medio del camino. En el patio de la casa más próxima se encendió una hoguera y a ella fue arrojada la figura. Cuando el fuego se extinguió, el ídolo estaba allí, perfecto en su integridad de Jesusito auténtico.

VII

Aquel fue el comienzo de las riquezas particulares de Jesusito. El propietario de la huerta le traspasó sus derechos, a condición de que el terreno fuera considerado como un patrimonio particular de la imagen y no de su propietario. Desde entonces Jesusito recibe de sus devotos cabezas de ganado y tierras con buen pasto y agua corriente. Desde luego que el administrador de estos bienes es el propietario del ídolo. Pero en la actualidad no se le pueden señalar irregularidades en el manejo de la hacienda. En esta forma Jesusito es dueño de una huerta, de dos casas, y de un potrero bien cuidado en el que pacen vacas, bueyes, caballos y mulos, distinguidos con su hierro particular. Algo semejante a lo que ocurre con el Cristo de la Villa de San Benito, contra quien se instruyó hace algunos años un sumario por abigeato, porque unas reses ajenas aparecieron marcadas con su hierro.

VIII

Las amas de casa, en La Sierpe, salen de compras cada vez que muere una persona. El velorio es el centro de una actividad comercial y social de una región cuyos habitantes no tienen otra oportunidad de encontrarse, reunirse y divertirse que la que eventualmente les proporciona la muerte de una persona conocida. Por eso el velorio es un pintoresco y bullicioso espectáculo de feria, donde lo menos importante, lo circunstancial y anecdótico es el cadáver.

Cuando una persona muere en La Sierpe, otras dos salen de viaje en sentidos contrarios: una hacia La Guaripa, a comprar el ataúd, y otra hacia el interior del pantano, a divulgar la noticia. Los preparativos comienzan en la casa con la limpieza del patio y la recolección de cuanto objeto pueda obstaculizar esa noche y en las ocho siguientes el libre movimiento de los visitantes. En el rincón más apartado, donde no constituya obstáculo, donde estorbe menos, es acostado el muerto a ras de tierra, puesto de largo sobre dos tablas. La gente comienza a llegar al atardecer. Van directamente al patio de la casa e instalan contra la cerca ventorrillos de cachivaches, de frituras, de lociones baratas, de petróleo, de fósforos. El patio anochece transformado en un mercado público, en cuyo centro hay una gigantesca artesa rebosante de aguardiente destilado en la región, en la que flotan numerosas totumas pequeñas, fabricadas con calabazas verdes. Esta última, y el pretexto del muerto, son las únicas contribuciones de la familia.

IX

A un lado del patio, junto a la mesa más amplia, se congregan las doncellas a envolver hojas de tabaco. No todas: sólo las que aspiran a conseguir marido. Las que prefieren por lo pronto continuar en actividades menos arriesgadas, pueden hacer lo que deseen en el velorio, menos doblar tabaco. Aunque, por lo general, las doncellas que no aspiren a conseguir marido no asisten a la feria.

Para los hombres que aspiran a conseguir mujer hay también un sitio reservado, junto al molino de café. Las mujeres de La Sierpe sienten una irresistible atracción, muy convencional, pero también muy simbólica, por los hombres que son capaces de moler a velocidades excepcionales grandes cantidades de café. Los participantes en aquel concurso agotador van accediendo en turnos a la mesa del molino, donde procuran convertir en polvo, por partida doble, el corazón de las doncellas que envuelven tabaco y las desmedidas cantidades de café tostado con que un juez imparcial y oportunista mantiene repleto el recipiente del molino. Más que los diligentes galanes, los aprovechados son casi siempre los propietarios del café, que han aguardado durante muchos días una oportunidad de que un muerto y un optimista les resuelvan el nudo más apretado y difícil de su industria.

Distribuidos en grupos, los otros hombres hablan de negocios, discuten, perfeccionan y cierran transacciones, y celebran los acuerdos o hacen menos ásperas las controversias con periódicos viajes a la gigantesca artesa de aguardiente. Hay asimismo un sitio para los ociosos, para quienes no tienen nada que comprar ni nada que vender; se sientan en grupos, en torno a un mechero, a jugar dominó o al 9 con baraja española.

X

Llorar al muerto —una de las actividades que en el litoral atlántico ofrece más curiosos y extravagantes matices— es para los nativos de La Sierpe una ocupación que no corresponde a la familia del muerto, sino a una mujer que a costa de vocación y experiencia se convierte en una plañidera profesional. La rivalidad entre las de este oficio reviste caracteres más alarmantes y tiene consecuencias más sombrías que la alegre competencia de los molineros de café.

Genio de plañideras entre las plañideras de La Sierpe fue la Pacha Pérez, una mujer autoritaria y escuálida, de quien se dice que fue convertida en serpiente por el diablo a la edad de 185 años. Como a La Marquesita, a la Pacha Pérez se la tragó la leyenda. Nadie ha vuelto a tener una voz como la suya, ni ha vuelto a nacer en los enmarañados pantanos de La Sierpe una mujer que tenga como ella la facultad alucinante y satánica de condensar toda la historia de un hombre muerto en un alarido. La Pacha Pérez estuvo siempre al margen de la competencia. Cuando de ella se habla, las plañideras de ahora tienen una manera de justificarla, que es a la vez una manera de justificarse a sí mismas: “Es que la Pacha Pérez tenía pacto con el diablo”.

XI

Las plañideras no intervienen para dolerse del muerto, sino en homenaje a los visitantes notables. Cuando la concurrencia advierte la presencia de alguien que por su posición económica es considerado en la región como un ciudadano de méritos excepcionales, se notifica a la plañidera de turno. Lo que viene después es un episodio enteramente teatral: las propuestas comerciales se interrumpen, las doncellas suspenden el doblaje del tabaco y sus aspirantes la molienda de café; los hombres que juegan al 9 y las mujeres que atienden los fogones y los ventorrillos se vuelven en silencio, expectantes, hacia el centro del patio, donde la plañidera, con los brazos en alto y el rostro dramáticamente contraído se dispone a llorar. En un largo y asaetado alarido, el recién llegado oye entonces la historia; con sus instantes buenos y sus instantes malos, con sus virtudes y sus defectos, con sus alegrías y sus amarguras; la historia del muerto que se está pudriendo en el rincón, rodeado de cerdos y gallinas, boca arriba sobre dos tablas.

Lo que al atardecer era un alegre y pintoresco mercado, en la madrugada empieza a voltear hacia la tragedia. La artesa ha sido llenada varias veces y varias veces consumido su torcido aguardiente. Entonces se le forman nudos a las conversaciones, al juego y al amor. Nudos apretados, indesatables que romperían para siempre las relaciones de aquella humanidad intoxicada, si en este instante no saliera a flote, con su tremendo poderío la contrariada importancia del muerto. Antes del amanecer alguien recuerda que hay un cadáver dentro de la casa. Y es como si la noticia se divulgara por primera vez, porque entonces se suspenden todas las actividades y un grupo de hombres borrachos y de mujeres fatigadas, espantan los cerdos, las gallinas, ruedan las tablas con el muerto hacia el centro de la habitación, para que rece Pánfilo.

Pánfilo es un hombre gigantesco, arbóreo y un tanto afeminado, que ahora tiene alrededor de cincuenta años y durante treinta ha asistido a todos los velorios de La Sierpe y ha rezado el rosario a todos sus muertos. La virtud de Pánfilo, lo que lo ha hecho preferible a todos los rezadores de la región, es que el rosario que él dice, sus misterios y sus oraciones, son inventados por él mismo en un original y enrevesado aprovechamiento de la literatura católica y las supersticiones de La Sierpe. Su rosario total, bautizado por Pánfilo, se llama “Oración a nuestro Señor de todos los poderíos”. Pánfilo, que no tiene residencia conocida, sino que vive en la casa del último muerto hasta cuando tiene noticia de uno nuevo, se planta frente al cadáver llevando con la mano derecha levantada la contabilidad de los misterios. Hay un instante de grandes diálogos entre el rezador y la concurrencia, que responde en coro: “Llévatelo por aquí”, cada vez que Pánfilo pronuncia el nombre de un santo, casi siempre de su invención. Como remate de la Oración a nuestro Señor de todos los poderíos, el rezador mira hacia arriba, diciendo: “Ángel de la guarda, llévatelo por aquí”. Y señala con el índice hacia el techo.

Pánfilo tiene apenas cincuenta años y es corpulento y saludable como una ceiba, pero —como aconteció en sus tiempos con La Marquesita y la Pacha Pérez— ya está con la leyenda al cuello.

*Fragmento de Obra periodística II: Entre cachacos (1982).

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