Los nuevos rusos, después de una etapa de modas y de escuelas tan fugaces como barrocas —akmeístas, nitchevokis, presentistas, centristas, construistas—, empiezan a pisar firme y a encontrar un derrotero propio y creador de la nueva cultura socialista. No se conoce a punto fijo el momento en que se inicia la nueva poesía rusa, ni el iniciador auténtico de ella. No es el iniciador Alejandro Block, cuya obra, como dice Trotsky, no es un poema revolucionario, sino el último suspiro del arte burgués. “Block”, afirma Trotsky, “no nos pertenece”. Tampoco es el iniciador Velemir Khlebnichov, cuyo espíritu saturniano y walpúrgico repugna a la salud natural y a la alegría del trabajo, que Gorki proclama como uno de los caracteres de la nueva vida. Ni Block ni Khlebnichov han engendrado el arte propiamente socialista. Con solo cantar la rebelión y la lucha por la libertad y la justicia social, como hace Block, no se crea, en efecto una nueva estética. Con solo cantar sentimientos maximalistas y antiburgueses, como hace Khlebnichov, tampoco se crea una nueva estética.

Para fijar el punto de arranque de la poesía socialista, convendría determinar previamente la naturaleza de ésta y su fisonomía peculiar. Por desgracia, la poesía propiamente socialista, aquella en que ha de reposar la cultura universal del porvenir, no existe todavía en forma sustantiva. Ninguno de los poetas jóvenes de Rusia logra trazar, de manera definitiva y seria, los grandes lineamientos de esa estética. Maiakovsky es un bufón. Kluef es un burgués indigenista, que ama a la revolución de octubre únicamente por haber emancipado al mujick. Trotsky —a quien hemos de citar siempre, por ser la mejor inteligencia bolchevique en la materia— exclama ante la obra de Kluef: “¿Qué quedará de ella si se le quita su paisanería?… Nada. Su arte carece de perspectiva histórica”. Esenin ha sido acaso el que más cerca estuvo de dar una que otra brazada germinal a la poesía socialista. Su suicidio mismo y el proceso final de su espíritu testifican su tragedia de declassé, su caso de hombre que sentía sinceramente y en el fondo de su propio ser personal, la crucifixión de un mundo que muere y otro que nace. Por haber vivido, precisamente, esta tragedia de encrucijada de nuestra época. Esenin ha sido el espíritu típico de los primeros artistas del socialismo, cuya misma impotencia para sentar las bases definitivas del arte futuro y para vivir plenamente la nueva vida, concuerda con las trágicas dificultades de la nebulosa cultural naciente. Pasternak, Filitchenko, Kazin, Jarov, Lafi, no practican más arte socialista que el que reside en los temas, palabras y metáforas. La poesía verdaderamente socialista no se anuncia hasta ahora, más que en la buena intención de los jóvenes rusos y en muy contados y débiles acentos creadores.

Porque la estética socialista no debe reducirse a los temas, al sentido político ni a los recursos metafóricos del poema. No se reduce a introducir palabras a la moda sobre economía, dialéctica o derecho marxista. No se reduce a tejer ideas renovadoras ni requisitorias sociales de factura u origen comunista. No se reduce a adjetivar los hechos y cosas del espíritu y de la naturaleza con epítetos traídos por los cabellos, de la revolución proletaria.

La estética socialista debe arrancar únicamente de una sensibilidad honda y tácitamente socialista. La estética revolucionaria, aunque no esté en los motivos, en las palabras ni en la tendencia moral o política del poema. Solo un hombre sanguíneamente socialista, aquel cuya conducta pública y privada, cuya manera de ver una estrella, de comprender la rotación de un carro, de sentir un dolor, de hacer una operación aritmética, de amar a una mujer y de levantar una piedra, de callar o de llevar una migaja a la boca de un transeúnte, son orgánicamente socialistas, solo ése puede crear un poema auténticamente socialista. Solo ése creará un poema socialista, en el que no trate de servir a un interés de partido o a una contingencia política de la historia, sino en el que viva una vida personal y cotidianamente socialista. (Digo personal y no individual). En el poeta socialista, el poema socialista deja de ser un trance externo, provocado y pasajero de militante de un credo político, para convertirse en una función natural, permanente y simplemente humana de la sensibilidad. El poeta socialista no ha de ser tal solamente en el momento de escribir un poema, sino en todos sus actos, grandes y pequeños, internos y visibles, conscientes y subconscientes y hasta cuando duerme y cuando se equivoca o se traiciona.

Esta y no otra es la ejecutoria de un artista socialista, que la sepan los desorientados colonos de Moscú en América.

Por César Vallejo

*Texto publicado en Variedades (1928).

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