¿Puede una curandera crearse un lenguaje magipoétic?

Por José Revueltas

María Sabina es una mujer extraordinaria. Como a otros mexicanos notables, el reconocmiento no le ha venido de su patria, sino del extranjero. Roger Heim habla de la “personalidad poderosa” de María Sabina, y Gordon Wasson, su descubridor, la llama señora y en su primer encuentro escribe de ella: “La señora está en la plenitud de su poder y se comprende fácilmente por qué Guadalupe [mujer del síndico Cayetano García] nos dijo que era una señora sin mancha, inmaculada, pues ella sola había logrado salvar a sus hijos de todas las espantables enfermedades que se abaten sobre la infancia en el país mazateco, y que nunca se había deshonrado utilizando su poder con fines malévolos… nosotros hemos comprobado que se trata de una mujer de rara moral y de una espiritualidad elevada al consagrarse a su vocación, y una artista que domina las técnicas a su cargo. Se trata verdaderamente de una personalidad”.

Por desgracia, el hecho de que María hable exclusivamente mazateco me ha impedido conocerla en toda su riqueza y su profundidad espirituales. No sin vencer una vieja desconfianza, accedió a contarme su vida en tres sesiones, y aunque tenía como traductora a la inteligente profesora Herlinda y esta mujer, nativa de Huautla, habla a la perfección el mazateco, pronto se reveló que no sólo era incapaz de traducir el pensamiento poético de María, sino que deformaba el sentido y la originalidad de su relato al pasarlo por el filtro de otra cultura y de otra sensibilidad.

Acompañada de su nieta o de un nietecito, María Sabina bajaba siempre por el cerro donde se apoya el hotel, lo cual me daba la impresión de que venía volando desde su remota cabaña. Descendía literalmente del tejado, desdeñando la puerta y la escalera, y como sus pies descalzos no hacían el menor ruido al pisar las tablas del corredor y se aparecía de pronto, sin anunciarse, de un modo enteramente fantasmal, no dejaba nunca de sorprenderme cuando decía cerca de mi oído con una voz muy suave: “Dali”.

Vida de una mujer mazateca

Su bisabuelo Pedro Feliciano, su abuelo Juan Feliciano y su padre Santos Feliciano, fueron curanderos. No conoció a ninguno de los tres –el padre desapareció joven, cuando María tenía cuatro años- de manera que no pudo aprovechar los conocimientos y las experiencias de sus antepasados.

La familia quedó muy pobre y la niña María Sabina, con su hermana mayor María Ana, debían pastorear un rebaño de cabras. El hambre las hacía buscar los muchos hongos que crecen en las faldas de los cerros y se los comían crudos, fueran comunes o alucinantes. Embriagadas, las dos niñas se hincaban y llorando pedían al sol que las ayudara.

María, dejando la silla en que está sentada, se arrodilla en medio de la habitación y, juntando las manos, principia a orar fervorosamente. Se da cuenta de que las palabras son insuficientes y recurre a la acción para que yo tenga una idea precisa de lo que significó su encuentro con los hongos y el estado de religiosa inspiración en que la sumieron. Su rostro expresivo se ilumina reflejando la luz misteriosa de aquella primera embriaguez, tan lejana en el tiempo y aún tan viva en su memoria.

-¿Por qué lloraba? –le pregunto.

-Lloraba de sentimiento. Lloraba al pensar en su miseria y en su desamparo.

-¿A partir de entonces comía hongos con frecuencia?

-Sí. Los hongos le daban valor para crecer, para luchar, para soportar las penas de la vida.

Tenía seis o siete años y ya cultivaba con un azadón la tierra de su padre, hilaba el algodón, tejía sus huipiles. Más tarde, aprendió a bordar, acarreaba leña y agua, vendía telas o las cambiaba por gallinas, ayudaba a moler el maíz y a buscar hongos y yerbas en el campo, es decir, trabajaba como todas las niñas indias levantándose antes del amanecer y no descansando un momento hasta la hora de acostarse.

A los 14 años la pidió en casamiento Serapio Martínez, un mercader ambulante que viajaba a Tecomavaca, a Tehuacán, a Córdoba, a Orizaba, cargando ollas, ropa y manta. En uno de sus viajes se lo llevaron a pelear los carrancistas o los zapatistas, no lo sabe bien, y volvió ocho meses después terciado de cartucheras, trayendo caballo y carabina, porque fue un soldado valiente.

María le dijo:

-Ya deja las armas. Sufro mucho y es necesario que vivas conmigo.

Serapio desertó. Anduvo comerciando fuera algún tiempo y la visitaba a escondidas. Nunca, en sus tiempos de comerciante o de soldado, se olvidó de enviarle algún dinero. María, por su parte, siguió trabajando y ayudando a los gastos de la casa.

Esta unión –los indios no se casaban entonces- duró seis años. Serapio contrajo la influenza española y agonizó 10 días echado en un petate. En vano lo asistieron los mejores curanderos de Huautla. El muchacho “estaba como loco”, y dos días antes de morir, los brujos sentenciaron: “No tiene remedio. Perderás a tu marido”.

Pasados los 40 días del luto oficial mazateco, María volvió a cultivar la tierra y a ocuparse de los tres hijos tenidos en su matrimonio: Catarino, María Herlinda y María Polonia. Naturalmente comió hongos para que le dieran conformidad y fuerzas para sostener a sus hijos. Vivió 13 años viuda, cortando café en las fincas, bordando huipiles, realizando pequeños negocios. De tarde en tarde recurría a los hongos, pero a medida que su vida mejoraba y sus hijos crecían, terminó por olvidarlos. Concluido ese largo período de soledad –“Aquí vivimos como monjas”, aclara la profesora Herlinda-, la pidió un hombre llamado Marcial Calvo, brujo de profesión, y tuvo con él seis hijos.

-¿Qué diferencia hay entre un brujo como Marcial y una curandera como María Sabina? –le pregunté a Herlinda.

-Yo adivino –responde María, excitada-. Llego a un lugar donde están los muertos y si veo al enfermo tendido y a la gente llorando, siento que se acerca una pena. Otras veces veo jardines y niños y siento que el enfermo se alivia y las desgracias se van. Cantando adivino todo lo que va a pasar. El brujo, rezando, ahuyenta a los malos espíritus y cura por medio de ofrendas. Yo nunca comí hongos durante los 12 años que duró nuestro matrimonio porque me acostaba con él, y como tenía otro modo de curar, siempre le oculté “mi ciencia”.

Marcial, aparte de ser brujo, era un mal hombre. La acostumbre de beber aguardiente como una práctica asociada a su profesión había hecho de él un ebrio. Casi no daba dinero y golpeaba a los niños y a su mujer, aunque estuviera embarazada. Del relato de María surge con frecuencia la palabra que ya otras muchas veces he oído en boca de los indios: sufrimiento. “Sufrí mucho, sufrí demasiado”, dice resumiendo las diferentes etapas de su vida.

Su iniciación en la medicina mágica ocurrió durante los últimos años de su matrimonio, cuando enfermaron dos ancianos conocidos suyos que según la costumbre recurrieron a los servicios profesionales de Marcial. De nada valieron huevos, yerbas y oraciones. Empeoraban diariamente y hubieran muerto si María no interviene devolviéndoles la salud.

-¿De qué manera los sanó?

-Comiendo hongos. Cantando. Invocando a Dios Espíritu Santo, a San Pedro, a San Pablo, a todos los santos del cielo.

Marcial, al descubrir que María comía hongos y era una curandera dotada de fuerzas superiores a las suyas, se encolerizó y delante de los viejos le pegó a su mujer.

-María Santísima, sangré –exclama con los ojos relampagueantes de cólera.

“Estaba muy cansada, muy fatigada”. La brutalidad de Marcial determinó que poco a poco lo “desechara”, según la versión de Herlinda. Marcial “se metió” entonces con cierta mujer casada, vecina de María, que tenía hijos grandes, y una noche el marido y los hijos le quebraron a palos la cabeza. María oyó los gritos. Sin embargo, no pensó en Marcial y sólo al día siguiente fue que lo halló muerto en el camino. El marido engañado, con sus hijos, abandonó a la adúltera que hasta la fecha vive solitaria en Barranca Seca.

El libro de la sabiduría

Hace 20 años murió el brujo Marcial. 20 años que María ha vivido intensamente dedicada a la doble tarea de hacerse de una reputación como chjota chjine, “la que sabe”, y de sostener a su familia cada vez más numerosa. Al principio las cosas fueron difíciles. Debía mantener a sus 10 hijos –de ellos viven 7 en la actualidad- y a su hermana María Ana, ayudándose con el azadón, el bordado, los cerdos y las gallinas, o vendiendo aguardiente y comida a los viajeros que transitan por el camino real donde siempre ha tenido su casa.

El largo período de viudez lo ha pasado sola, no porque pensara mal de los hombres, sino porque teniendo tantos hijos no quiso volver a casarse y una vez que principió a trabajar con los hongos, los hombres dejaron de interesarle.

Sus primeros pacientes fueron los viejos que estaban para morir. El haberlos sanado le abrió un nuevo camino, pero no había perdido la fe en los curanderos y tenía miedo de curar a través de los hongos sagrados.

Lo que la resolvió a emplearlos nuevamente fue la suma gravedad en que se vio su hermana María Ana. Estando sentada o comiendo, de pronto “se ponía morada”, apretaba las manos y se caía al suelo. Los brujos habían agotado con ella sus remedios y María pensó que si tomaba una gran cantidad de hongos podría ver la enfermedad y curarla.

Tomó en aquella ocasión 30 pares, y hallándose en el trance se le acercó un espíritu con un libro en las manos, que le dijo: “Aquí te entrego este libro para que puedas trabajar”.

Ella era incapaz de leer el libro, porque no tuvo oportunidad de ir a la escuela, pero le fue dado el don de conocer los secretos de las cosas y de adivinar el futuro “como si estuviera leyendo un libro”. Debido a su fuerza mágica, los huevos que los brujos habían enterrado en lugares desconocidos del cuarto donde se hallaba su hermana se desenterraban solos, venían a sus manos, y María, sin volverse, los tiraba al suelo, sabiendo así que la enfermedad no necesitaba los huevos y bastaba con el poder de los hongos. Cuando María volvió en sí y vio los cascarones de los huevos rotos, comprendió que se trataba de una realidad y no de una alucinación provocada por los hongos.

Después de la milagrosa curación de su hermana, María comenzó a ejercer su profesión de curandera y a ganarse la confianza de la gente. Abandonó el azadón y no volvió a cortar café. Su vida mejoraba sensiblemente. Atendía a las parturientas, a los hombres que tenían un frío o un calor en el cuerpo; les devolvía el alma a los que le pedían por haberse asustado y ahuyentaba los malos espíritus.

En sus curaciones, María siempre ha usado exclusivamente tres clases de hongos: el llamado Pajarito, el San Isidro y el Desbarrancadero. El Desbarrancadero se encuentra en el bagazo de la caña de azúcar; el San Isidro en el estiércol y el Pajarito brota de preferencia al cobijo de los maizales o de las plantas que tapizan las húmedas faldas de los montes.

La muerte del hijo

La escena ocurrida entre María Sabina y su hijo Aurelio la segunda vez que Wasson tomó los hongos podría ilustrarnos acerca de la idea que María se ha formado del poder adivinatorio de los hongos. Escribe Wasson: […] la conducta de María fue en esta ocasión muy diferente […] Ni danza ni elocución percutiva. Sólo tres o cuatro indios se hallaban con nosotros y la señora llevó con ella no a su hija, sino a su hijo Aurelio, un muchacho menor de 20 años y que parecía enfermo o anormal. Fue el hijo, y no nosotros, el objeto de su atención. A lo largo de la noche, su canto y sus palabras de dirigieron a ese muchacho como la expresión dramática, lírica, siempre conmovedora, del amor de una madre por su hijo. La ternura que impregnaba su voz mientras cantaba y hablaba, sus gestos cuando se apoyaba afectuosamente sobre Aurelio, nos agitaron hondamente. Extranjeros, nos habríamos sentido muy incómodos ante esta escena si no viéramos en la actitud de la curandera, poseída por los hongos, un símbolo de amor maternal más que el grito angustiado de una madre. Esta expansión sin trabajas desencadenada verdaderamente por los hongos agrados era de tal calidad que pocos etnólogos podrían llegar a percibir”.

Al entrevistar a María Sabina, como sabía que su hijo había muerto trágicamente, le pregunté si su actitud de esa noche obedeció a que ella presentía la próxima desaparición de Aurelio.

-Aurelio estaba triste –explicó María-. Esa noche me había dicho: “Mamá, sé que me voy a perder”. No digas eso, le contesté, pero ya sabía que venía una desgracia y no podía detenerla. Después de la velada a que se refiere el señor Wasson, tomé hongos con mi hijo Aurelio y un amigo nuestro llamado Agustín. Cuando estaba en el éxtasis, apareció un hombre llevando enrollada una piel de toro podrida y gritó con una voz espantosa: “Con éste son cuatro los hombres que he matado”. ¿Oíste, Agustín, lo que dijo ese hombre?, le pregunté a nuestro amigo. ¿Lo has visto? “Sí, lo vi”, me contestó. “Es uno de los Dolores”. [Dolores se llamaba la madre del asesino]. Mi hijo Aurelio murió a los 15 días. El Dolores, borracho, pasó corriendo por el patio y le clavó un cuchillo.

-¿Por qué lo mató? Debe haber una razón.

Herlinda se encargó de responderme.

-Aurelio era comerciante, y el Dolores le debía 50 pesos. Tal vez por eso lo mató.

El lenguaje de la divinidad

De la poesía de María Sabina, es decir, de sus cantos chamánicos, tenemos el disco grabado por Wasson en un mal momento –María no estaba inspirada esa noche-, y la traducción que hiciera la señorita Pike. Esta traducción presenta grandes lagunas que yo traté de llenar en mi segunda entrevista con María Sabina, pero fuera de algunas rectificaciones no logré aclarar el texto de la lingüista norteamericana. Su incapacidad para traducir numerosos pasajes, como la incapacidad de la profesora Herlinda, tal vez se deba más que a las dificultades fonéticas al hecho de que María haya creado un lenguaje de su especialidad, incomprensible para los mismos habitantes de Huautla.

Ese lenguaje esotérico lo emplean los chamanes asiáticos, y los curanderos y sacerdotes mexicanos lo llaman nahualtocaitl, el idioma de la divinidad. Lo que ha creado María Sabina no es precisamente un lenguaje esotérico, sino más bien un lenguaje poético donde las incesantes reiteraciones del salmo y de la letanía se encadenan a una serie de metáforas frecuentemente oscuras, a licencias y juegos idiomáticos comunes en los grandes poetas y a menciones de yerbas y animales desconocidos, que multiplican las dificultades ya considerables de la lengua tonal mazateca.

Los cantos de María hacen las veces del tambor chamánico, lo cual no excluye que María recurra ocasionalmente al empleo de elementos percutivos. Las imágenes dispersas, ondulantes, soberanamente imprecisas del éxtasis, parecen ordenarse y cobrar un sentido gracias a los cánticos. En mi tercera experiencia, recuerdo que saliendo del trance, después de un silencio, María cantó de nuevo y creó una melodía de tal suavidad, tan incitante –cada sonido abría mi carne, saturándola de una infinita complacencia, que al terminar, como si se tratara de un concierto ejecutado con mano maestra, grité, sin poder contenerme: “¡Bravo, María!”.

Heim, hablando del poder de los hongos, dice que ellos levantan el silencio. Hay entre el oído y el mundo de los sonidos un velo de silencio, como existe entre la luz y el ojo una atmósfera que absorbe los rayos de longitud de onda demasiado larga o demasiado corta. Los hongos descorren ese velo. Los sonidos adquieren una vibración peculiar; el mundo sordo recobra la plenitud de su orquestación y las más leves entonaciones de la voz, los roces más imperceptibles, se escuchan magnificados, traspuestos a un plano que ya no es el habitual, como si desaparecida la atmósfera terrestre a nuestros ojos les fuera dable contemplar sin daño la corona solar de los rayos X.

El mundo se hace melodioso o nosotros recobramos el oído perdido. Idioma de la divinidad. Andantes eternos. Silencios tan perfectos como la misma melodía. El universo es una sola voz. Música táctil, música que se siente, música que se ve. La alucinación de ese hombre acusado por haber comido peyote que declaró ante los jueces del Santo Oficio habr visto “muchas palomitas como lucernas y sobre el cuerpo caían gotas de agua, como cuando llovizna” [Aguirre Beltrán]. Palomas luminosas y millares surcando el espacio; música transformada en lluvia cayendo sobre el cuerpo desnudo. Vuelo de palomas, de luciérnagas, de diamantes líquidos, de cuentas verdes, amarillas, rojas, cubismo, tachismo, haciéndose, rehaciéndose, naciendo y muriendo, el motivo musical expresado en estas imágenes reales, visibles, sentidas por cada uno de los poros de nuestra piel, por cada uno de nuestros vellos erizados, por cada cabello, por cada músculo, por la masa del cerebro galvanizada, electrizada, receptora y productora a la vez de esa inexpresable melodía universal.

El éxtasis lo interrumpe bruscamente María Sabina pronunciando repetidamente el hombre de sus clientes. En este caso, mi nombre: “Fernando, Fernando, Fernando”.

La profesora Herlnida intervino:

-Es necesario contestarle “Aquí estoy”.

Hice un esfuerzo sobrehumano y respondí, confuso:

-Aquí estoy.

Pienso ahora que es cruel arrancar a los embriagados de su trance, pero este llamado forma parte de la técnica de María, es un paso del ritual que tiene posiblemente como objetivo interrumpir la cadena de los desdoblamientos y devolverle al paciente la conciencia de su personalidad.

Otras veces los llamados son menos personales aunque igualmente efectivos. Exist una deliberada voluntad de romper la secuencia del cántico, de mantener alerta al paciente o de impedir que su ser permanezca largo tiempo en una parte del delirio hecha de reminiscencias vergonzosas y de espantables metamorfosis. María cambia el tono, introduce cierto desorden, una complicación no prevista, una insistencia desagradable, lo que equivale a pasar de un extremo a otro del éxtasis, a vivir en la eternidad y recobrar el sentido del tiempo.

La experiencia de los hongos

Quería hablar, registrar esas imágenes -¿por qué ese estúpido afán de registrarlo todo?-, mostrarlas a la posteridad, cederle ese legado incomparable, y sólo podía decirse una palabra, una palabra tonta, que me hacía reír tontamente.

La náusea y el mar

Ah, ah, ah, qué deslumbramiento, qué nueva fuerza, qué metamorfosis se operaba dentro de mi cuerpo. Veo amanecer en la bahía de La Habana desde mi habitación en el piso 18 del antiguo Hilton. La niebla boda los tiernos azules de la costa, el mar rosado brilla como una tela de seda y abajo, en el pozo oscuro de las calles profunda, se deslizaban las luces de los primeros automóviles. Había llegado el socialismo, el fantasma cruzó el mar y estaba allí, invisible, entre los rascacielos norteamericanos y los anuncios de Coca-Cola. Había llegado el socialismo y todos se sentían aparentemente igual. Yo había comido hongos y me sentía igual, si no fuera por ese peligro irracional que me acechaba. No debía asustarme. Si me asusto, Dios mío, estoy perdido, como aquella mañana en Acapulco cuando salí a buscar estrellas marinas y la resaca me empujaba mar adentro. Morir, idiotamente, lejos de ti, María, tendida indiferente en la playa, tu vello empapado de sal, tu sexo caliente empapado de sal, tus dientes de cal empapados de sal, tu pelo húmedo de sal, pantano tibio donde se retuercen y proliferan millones de horrendas criaturas. El agua salada me entra a abocanadas, una ola me arrastra y la náusea otra vez, la náusea surgiendo, brotando del intestino y reventando como una ola de podredumbre en mi boca. María Sabina, salmodia de grandes chamanes, arquitectura de luz, poderosa fuerza espiritual, luchando siempre contra las náuseas y el imperioso deseo de orinar, pero no debo orinar, el agua tiene sustancias químicas que denunciarían la mancha amarilla de la vergüenza y ustedes, campeonas del triple salto, campeones mundiales del crawl, campeonas de nalgas duras y de esfínteres estrechos, sirenas de axilas rasuradas y ungidas de pomadas desodorantes y bocas abiertas al ras de las ondas, Señor mío Jesucristo, Virgen de Guadalupe, no, no quiero oír esas palabras, María Sabina, habla en mazateco, no digas una sola palabra que reconozca, no me devuelvas a la realidad, no digas una palabra que reconozca y destruya el éxtasis y regresen las náuseas y vuelva a sentir el temblor de la fiebre. Salgo del delirio, me escapo, abro los ojos. Beatriz, acostada junto a mí, está silenciosa e inmóvil. La esfera luminosa de su reloj brilla en la penumbra, y su simetría, obra de la razón, me tranquiliza. Recobro el tiempo y lo mido, que es una manera de vencerlo. También recobro el espacio. Inchaústegui se ha sentado en una silla, junto a su mujer, y a sus gruesas piernas me parecen columnas de Chichén Itzá. Logro sentarme en el petate. Una luz me ciega. Una luz fragmentada, una luz que vibra en una longitud de onda desconocida, una luz ultravioleta, mortal, destructora de los bastoncillos de la pupila, una luz que sale de rendijas en forma de cruz, el rayo de Jehová cegando a los andadores del Becerro de Oro.

-Apaguen esa luz –logré decir-, es mi juez.

*Fragmento de “María Sabina y sus cantos chamánicos”, en Los indios de México, tomo 3 (1970).

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