Por Okupo

Como todos los años, el Festival Internacional de Cine en Guadalajara organiza el Homenaje del Cine Mexicano, un reconocimiento a la trayectoria y aportaciones de algún director, actor o técnico al cine nacional. El homenaje consiste en diversas actividades en torno al artista o técnico seleccionado: la entrega, en la ceremonia inaugural, del Mayahuel de Plata; la edición de un libro donde se revisa su trayectoria, aportaciones y vida; un ciclo de cine que revisa sus principales películas, y una master class en la sección Talent Campus, entre otras cosas.

Este año, el homenaje fue dedicado a la actriz Ofelia Medina, con el añadido que coincidió con su 50 aniversario como actriz del cine mexicano, pues fue en 1967 que hizo su debut en la película Pax.

El Festival le encargó el libro y su edición a Avelino Sordo Vilchis, quien escribió, editó y diseñó el volumen bilingüe que lleva como título Ofelia Medina, un retrato.

Respecto al libro, su autor dice que “Ofelia tiene muchas y muy diversas facetas, actividades, registros. Sin embargo, no debemos perder de vista que el libro forma parte de un homenaje por su presencia —principalmente como actriz— en el cine mexicano, así que fue a esta faceta a la que se le buscó darle un cierto énfasis. Sin embargo, también es cierto que al hacer el libro, la intención desde un principio fue conseguir un buen retrato de Ofelia, por lo que no era posible hacer a un lado todas sus demás vertientes. El reto fue encontrar la justa medida, el balance exacto entre todas esas facetas. Las prioridades a la hora de trabajar el texto fueron siempre encontrar el ritmo, la intensidad, la tensión para articular una historia que resultara interesante para el lector, que fluyera. Así, el relato se estructura contrapunteando pasajes narrados por un observador omnisciente con otros contados en primera persona por la propia Ofelia. Un híbrido, que busca presentar un vívido e intenso retrato de Ofelia Medina. Por otra parte está lo que podemos llamar el discurso visual, compuesto por muchas y muy buenas fotografías, impresos y hasta algunas pinturas. El reto, como siempre, era conseguir que la conjunción de todos esos elementos fuera articulando un discurso interesante, fluido, con ritmo, hasta armar ese retrato que queríamos”.

Aquí presentamos, en exclusiva para Okupo+ un fragmento del tercer capítulo, titulado “Desde el escenario”, dedicado a revisar su trayectoria en teatro y televisión.

Ofelia en la puesta en escena Triángulo español. Foto cortesía.

DESDE EL ESCENARIO

El deslavado e incoloro letrero a un lado de la carretera informaba, «Guamúchil, xxxx habitantes». Al parecer, el número de habitantes fue borrado por el implacable sol.

Era la próxima parada en aquella dilatadísima gira donde harían una función de la obra de Kurt Becsi, llamada Triángulo español, que para efectos de su representación en aquellas ciudades desperdigadas por la geografía de la república, había adoptado el más revelador nombre de La reina infiel. Los personajes principales: Felipe II, rey de España; su hijo, el baldado príncipe Carlos, y la tercera esposa del rey, la joven y hermosa Isabel de Valois. Becsi imaginó a Isabel enamorada —no platónicamente, pues así no habría acción— del príncipe. Como era de esperarse, cuando el rey se entera de aquellos arreglos efectuados a sus reales espaldas, su ira se desata. Para escenificar la obra bastan cinco actores, que en este caso son Gilberto Pérez Gallardo —el rey—, Gastón Melo —el príncipe—, Ofelia Medina, que hace de Isabel, pero que a los ojos de la mayoría de los espectadores, encarna a una tal Rina, que está muy lejos de pertenecer a la realeza; el Cardenal interpretado por Miguel Palmer, y Sergio Acosta, que se hace cargo de todos los demás papeles.

El autobús, modificado especialmente para la gira, no sólo funciona como el medio de transporte de aquella pequeña truppé formada por los cinco actores, una representante, un ayudante de producción y el chofer, sino que también les proporcionaba alojamiento. La noche anterior, en cuanto terminó la función en aquella ciudad cuyo nombre nadie recuerda a estas alturas, había partido rumbo a la siguiente parada: Guamúchil, Sinaloa, cuna de Pedro Infante, donde ahora, pasadas las 11:30 de la mañana, se adentra. Y mientras el autobús avanzaba por las polvorientas calles, alguien —me parece que fue Paloma, la representante— les informó que hacía más de cinco años que no se presentaba alguna puesta en escena de teatro en aquella población.

El camión se detuvo frente al cine donde se realizaría la función.

Una pequeña multitud formada principalmente por mujeres y niños, rodeó el vehículo: espontáneo y ruidoso comité de recepción.

Los actores salieron uno a uno, ante el creciente entusiasmo. Cuando, al final, Ofelia bajó la escalinata fue recibida con un entusiasta y cálido aplauso, que alcanzó a ruborizarla.

Una vez corridas las atenciones del caso, Ofelia le anunció al comité de recepción:

Vamos a entrar al cine, muchas gracias —en inequívoco tono de despedida.

Los acompañamos —contestó alguna voz, mientras los demás asentían. O así pareció.

No, por favor. Tenemos que montar y preparar todo. La función es más tarde.

No importa. Nosotros queremos ver todo. Todo —contestó otra voz ¿O fue la misma?

Entraron. La reducida compañía teatral por delante y el creciente comité de recepción, atrás.

La impresión fue mayúscula: los zapatos se pegaban al piso de tanto refresco, palomitas, golosinas y quién sabe qué otras indefinibles sustancias. Y el olor. En realidad no era uno, sino un revoltijo. Y en aquella mezcla, sobresalían los orines y las vomitadas. El escenario no ofrecía un mejor panorama. Una vez que las señoras integrantes del comité de recepción se percataron del horror reflejado en la cara de Ofelia y los demás histriones, de inmediato, la voz líder anunció:

No se apure, Ofelia, ahorita limpiamos —y salieron.

Aquello permaneció tranquilo apenas unos minutos, porque muy pronto regresó la tropa cargada con cubetas, escobas, recogedores, trapeadores, detergentes, pinol y quién sabe cuántas cosas más. En un santiamén, dejaron la sala y el escenario rechinando de limpios. La sala ya era otra cosa.

No saben cuánto les agradecemos —dijo, sinceramente agradecida, Ofelia— ahora necesitamos que nos dejen solos, pues vamos a ensayar.

No, no, Ofelia. Queremos ver todo.

Ni modo, se quedaron, como ellos querían. ¿Qué otra cosa podía suceder? Y, en efecto, vieron todo. Unas horas antes de la función, alguien de la producción les ¿suplicó?

Ahora si se deben ir, si nos hacen el favor. Lo que sigue tiene que ser sorpresa.

Aceptaron a regañadientes.

Más adelante, cuando la noche comenzaba a extenderse sobre Guamúchil, entraron a la función. Pero esta vez trajeron a los maridos y a las mascotas; había una buena cantidad de perros y hasta un perico. Venían cargando grandes canastas de comida: lonches, tacos, de todo. Aquel era lo que se dice un público entusiasta por definición. Y en el momento culminante, cuando el viejo horrendo Felipe II castigaba cruelmente a su mancornadora esposa, la vocera del comité de recepción, vencida por la emoción, no pudo reprimir el grito:

¡Mira, viejo! ¡Le está pegando! ¡Súbete y defiéndela! ¡No lo permitas! ¡Pártele la madre!

*Publicado originalmente en Okupo

 

 

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