Recuerdo y retrato de un maestro rural de Oaxaca

Por Gibran G. Mariano Guzmán

A Juliana Duarte:

Con el cariño sin temores, de ahora y de siempre

Es la tarde ventosa de un 4 de febrero. Hay risas, confidencias, relatos que expanden por el aire entre tragos de cerveza: “Por desobedecer a mi mamá al cuidar las reses en mi casa, no me despertó para ir al escuela. Vi mi cuenta del sol, y ya era muy tarde, así que tomé mi bolsa con mi cuaderno y corrí una hora hacia la escuela. Aquel día no recuerdo si comí o almorcé”.

La tarde transcurre entre una inusitada llovizna: “Fui con mi hermano Fidel a un viaje de café a Atitlán. Yo, por mi edad adolescente, se me confió cuidar a los burros; el camino se prestaba para encontrar víboras. Yo ensayaba mis movimientos por si me encontraba alguna. En esas andaba cuando resbaló el burro y que me caigo. Una bolsa llena de totopos que llevaba se rodó y se abrió, cayendo todo el contenido hasta que quedó la pura bolsa”.

El sol comienza a ocultarse. Son las seis de la tarde, las historias siguen entramando una fascinante red: “Anoté mi nacimiento un 10 de febrero de 1947 a exigencia de la escuela”; “mi mamá me inscribió en primer grado en 1955 en mi tierra natal, el mismo año que murió mi papá”; “en 1962 murió mi mamá, cuando me hallaba de oyente en la escuela Normal de Reyes Mantecón. Al siguiente año, obtuve la beca formalmente hasta terminar en 1968 mi carrera”.

Otro hilo: “Intenté estudiar en la Universidad de Leningrado, pero al no concretarse, comencé a trabajar en mi pueblo, el mismo lugar en el que me alcanzó la mamá de mis hijos después”; “en 1976 fui presidente municipal”; “estudié mi especialidad en la Escuela Normal Superior y posteriormente me inscribí en el sistema abierto del Instituto Tecnológico de Oaxaca, estudios, que por mis diferentes ocupaciones, no concluí”.

Carlos Fuentes en uno de sus textos menciona: “Lo que no tenemos lo encontramos en el amigo”. Y así fue cómo conocí a César, una calurosa mañana de marzo en la iglesia de San Juanito. Era todavía cuando mi incipiente militancia me permitía estar en un recinto de aquellos. Hoy día sólo voy a bautizos, bodas y a cualquier otro evento social que implique buena mesa y trago. Ya son 16 años de ese encuentro, y son curiosas aquellas palabras de Carlos Fuentes, ya que por aquella época lo que yo no tenía eran amigos.

Sin hacer de esto un alarde juvenil existencialista, mencionaré que la primera vez que conocí a Don Vic fue una tarde de domingo en que César me invitó a su casa. Me presentó a sus hermanas Dalia y Laura, a Walo (que por experiencias etílicas anteriores ya conocía) y a Doña Caro, que con su cabello blanco y su sabia voz brillaba por toda la sala. El último que hizo aparición fue Victoriano, cómo él mismo se presentó. Me estrechó la mano con su natural firmeza. Don Vic —como escuché que le decían sus vecinos— ese día llevaba pantalón gris y camisa azul. Dirán que es poco probable que uno recuerde esos detalles, pero cuando la primer impresión nos sacude como a un árbol añoso, los detalles no se olvidan. Su voz era pausada y solemne, con el acento característico de las altas montañas mixes. Se despidió de mí ese día con una caravana, e inmediatamente sus pasos de zapatos negros se perdieron por el largo pasillo de la casa. Yo seguí hablando con César sobre un libro de sociología que quería leer: “La primer impresión es la que cuenta”, y la de Don Vic había sido como escuchar el viento en una montaña.

Las historias a veces resbalan como el agua cristalina en una antigua ladera. “Lo mejor de una persona lo cuenta alguien más, en tercera persona”, recita un amigo. Después de conocer a César, conocí a Laura, su hermana, quien con su aguda inteligencia, su humor y su sensibilidad capaz de iluminar la más oscura pieza, comenzó una amistad que perdura hasta hoy gracias a la excelente fortuna, que de vez en cuando nos hace una mueca. En los paseos, en las escaladas de paredes ígneas, en las caminatas y tertulias maratónicas, no había algo que ellos no mencionaran sobre Don Vic: rasgos de su carácter, sus profundas meditaciones, el cariño a la madre, a los hijos, a los nietos, su tozudo empeño, su experiencia vasta de maestro rural. Para mí era cómo escuchar del Zempoaltepec, al que aún con toda mi vida de oaxaqueño no he conocido.

Algunas tardes de domingo, al ir a visitar a César, veía salir a Don Vic de su casa silencioso y solemne. El tiempo nos dio el margen de la convivencia años después. En una cena con sobremesa maratónica, hablamos de la non grata política mexicana y de su experiencia como maestro rural. Me preguntó sobre mi desempeño en la escuela. Yo evadí la pregunta; eran tiempos en que para mí ir o no ir a la escuela daba exactamente lo mismo. Él respetó mi silencio.

La noche pasaba y seguíamos tomando tequilas. César y Don Vic reían a grandes carcajadas; el cuadro me conmovía de manera inusitada. Justo en ese momento yo también estaba contando anécdotas y reía a carcajadas. Mi muralla caía, me sentía parte de algo, estaba en familia. Don Vic, con una expresión de firmeza aún, a pesar de los múltiples tragos del destilado de agave, me dijo:

—Gibran ya sabes que en esta casa eres bienvenido.

Yo por aquella época cargaba 23 años. sin darme cuenta, desde los 16 años que tenía cuando conocí a mi amigo y a su familia, ya habían pasado 7 años. No tengo problema en decir que tengo una determinada carrera universitaria por la buena influencia de mis amigos (César y Laura), ni me amaino al creer que podemos construir una sociedad más justa y democrática, ni que la educación es una de las piedras fundamentales para lograrlo. Esos son algunos de los temas sobre los que conversábamos en los largos almuerzos de sábados o domingos a los que informalmente era convidado, ya que a veces el intruso, el que llegaba de improviso, era yo. Doña Caro o Don Vic me invitaban a sentarme.

—Es que ya comí.

—Ándale siéntate.

Dalia, Walo, Laura y César se reían de mi aturdimiento al almorzar dos veces. ¿Pero qué le vamos a hacer?; así es Oaxaca: tierra de generosos almuerzos y conversaciones largas. Muchos de ustedes se preguntarán por qué, sí el homenajeado es Don Vic, hablo tan bien de su bella familia. Mi sabia abuela les respondería: “Cuando el árbol es bueno, los frutos también lo son”. Un rebelde judío decía, no con menos sabiduría: “Por sus frutos los conoceréis”.

Corría el caluroso junio de 2011 y yo estudiaba un semestre en la UNAM de intercambio estudiantil. Un trabajo académico de una materia me exigía una historia de vida. No tuve más que pensar: la haría sobre Don Vic. Telefonee a Laura, nos pusimos de acuerdo, y en una de esas mañanas frescas que son características de Oaxaca, a las 6 de la mañana, nos fuimos en un chevy marrón rumbo a Tamazulapam Mixe. El sol despuntaba sobre la carretera, la música de Jamiroquai sonaba en el estéreo, las planicies del camino a Tlacolula nos escoltaban a orillas del camino. En una bifurcación, tomamos el camino “de la izquierda” (típicas orientaciones geográficas que tanto aturden a los extranjeros). El chevy serpenteaba por las curvas, los bosques de encino aparecían, la plática tan nutrida con Laura iba enmudeciendo por el mareo que me estaba afligiendo, la temperatura bajaba, las vistas del paisaje se volvían impresionantes.

Llegamos a Tama, como coloquialmente le decimos entre oaxaqueños. Un tianguis comunitario atendía a la incipiente concurrencia. Estuve a punto de besar el suelo como el polaco pontífice; el auto se había detenido al fin. Laura me veía con una sonrisa en los labios:

—Estás muy pálido, parece que te dio mal de montaña.

Yo sólo asentí con la cabeza, la seguí por la espalda en fila india y subimos por unas escaleras de tierra hasta una cocina que tenía un brasero. Don Vic me esperaba con una humeante taza de café negro. Con su sonrisa me invitó a sentarme, su sobrina me sirvió una taza de café y pan de la sierra. El mareo no se iba, mi guión de entrevista estaba estrujado por los nervios del mal de montaña. Yo continuaba sin emitir palabra, hasta que Laura dijo:

—Pa, Gibran vino porque quiere entrevistarlo.

Don Vic se rió e hizo un chiste del cual sólo recuerdo las carcajadas. Mi guion lo guardé, ya no lo necesitaba. Como dos amigos que se reencuentran, comenzamos a hablar, primero de mi experiencia en la extinta “Tenochtitlán”, luego de la non grata política oaxaqueña, hasta que finalmente llegamos a lo que verdaderamente nos importa: la vida. La sobrina de Don Vic palmeaba las tortillas, que algunas veces tenían pedazos pequeños de chicharrón, otras fríjoles negros. La mesa estaba puesta, y entre café, una olorosa salsa de tomate y tortillas recién hechas, conversamos largamente.

Me contó con la musicalidad de su voz pausada acerca de algunos datos de su niñez, de los numerosos hermanos que tenía, pero sobre todo de un suceso que definiría su profesión:

—En aquella época, nosotros andábamos descalzos, sólo algunos cargaban huaraches. Un día fui a la cancha de básquet y vi a mis amigos con pants, chamarra y tenis. Les pregunté cómo le habían hecho para obtener eso. Me dijeron que estudiaban en la Normal para maestros.

Yo lo miraba silencioso. Laura igual. La grabadora seguía su curso, el sol se colaba tímidamente por la puerta, el frío de Tama comenzaba a aminorar de a poco. Él siguió:

—Yo le pregunté a mi amigo que cómo le hacía para entrar a la escuela. Él me contó que primero estaría sin estar inscrito hasta que fuera el ingreso. Hasta ese momento no tendría derecho a comida, cama y lavada de ropa. Fue una decisión complicada porque mi mamá quería que yo me quedara a cuidar las reses.

La sobrina de Don Vic escuchaba el relato silenciosa; él continuó:

—Y así fue, cuando llegué a la Normal de Reyes Mantecón. Me quedaba afuera de las clases, de oyente. Muchas veces los maestros nos corrían, nos decían que nos regresáramos a nuestras tierras, que no teníamos derecho a nada porque no estábamos inscritos. Nosotros no les hacíamos caso. Los del comité estudiantil nos decían que no nos desesperáramos, que ellos nos ayudarían a entrar cómo sea. Lo cierto es que, después de estar un año con mi amigo compartiendo la mitad de su comida y su litera, pude entrar a la escuela.

Un gato pasa por afuera de la cocina, su dorado lomo es aún más resplandeciente por el sol de Tama. Seguimos en silencio. Don Vic prosigue su relato:

—Ya estando en la escuela, aparte de estudiar, jugaba mucho al básquet. Los torneos se ponían buenos, más porque nos juntábamos entre los paisanos y armábamos nuestros equipos, particularmente porque (y aquí no quiero ser regionalista ni grosero, pero hay que decir la verdad) los que eran más creídos eran los istmeños, aparte de que eran más altos. Siempre querían humillar a uno, y ni modos que uno se dejara. Así que había que ganarles.

En la pausa que hace Don Vic para tomar café, Laura interviene en la conversación:

—Ni toques ese son, porque por aquí alguien es istmeño.

Acto seguido me da un codazo. Hay una breve pausa. Yo río por la referencia que me parece graciosa. Don Vic sonríe.

—¿A poco eres istmeño?

Yo ya no me aguanto la risa.

—Tengo sangre; mi papá y mi familia son del Istmo.

Don Vic arremete:

—Ni modos, te tocó la pedrada.

Todos reímos a carcajadas. La conversación sigue su marcha. Don Vic cuenta sobre los movimientos estudiantiles, las improvisadas peleas de boxeo, las cuitas de los exámenes. Todo esto, hasta que llega a un punto sobresaliente:

—En ese tiempo estábamos en las misiones culturales. Había un maestro por poblado, tocaba caminar mucho. En aquel tiempo nos ponían junto con una enfermera por aquello también de las campañas de salud.

En ese momento hay un silencio. La sobrina de Don Vic continúa expectante entre el ritmo del palmear las tortillas. Sabe lo que está por venir. Continuamos silenciosos, Don Vic ríe.

—Mira, hasta guardan silencio para escuchar; chismosos.

Sonrisas, un breve silencio.

—Conocí a Carolina. Ella y yo caminábamos mucho, y bueno, uno se cae bien.

Ninguno de los presentes se atreve a pestañear.

—Nos hicimos novios. Ya después de un tiempo le dije que cómo era eso de andar cada quién por su lado, como animalitos, así que nos casamos. Ya después de un tiempo llegó Dalia, luego César, Laura y Walo. Lo demás pues ya te lo sabes.

Don Vic toma su tiempo, como si la remembranza lo llevara lejos de las montañas de Tama. Hasta ese momento hay cinco años desde que Carolina murió por un feroz cáncer. El silencio envuelve la cocina, el humo del brasero sube por la chimenea, afuera se escucha el trinar de las aves, la mañana luce esplendorosa con el sol de las montañas. Yo me tomo la segunda taza de café. Don Vic sigue contando los periplos de un matrimonio de maestros, ya que Carolina posteriormente abrazó la docencia como profesión, la casa en la Mixteca, el peligro al llegar a la escuela en Tama.

—Hubo una vez que me amenazaron con que me iban a matar si no me iba. Rondaban la escuela guardando bajo el gabán el rifle. Mis familiares me decían vete, no te arriesgues, pero yo les decía: “¿Por qué se preocupan? El que verdaderamente quiere matar no anda avisando, sólo mata y ya”.

Finalmente cuenta su llegada a San Martín Mexicapan, las precarias condiciones: las carencias de agua potable, el suelo duro por las montañas próximas, la construcción de la casa en ciernes, las calles sin pavimentar ni alumbrado público, los hijos y la creciente familia. He aquí un punto de encuentro. Le digo:

—También he vivido en San Martín por 20 años y he visto las calles cenagosas, porque no hay drenaje, los lodazales por las lluvias de agosto, las incipientes pandillas.

Aquí suspiramos porque nos percatamos de que el paso del tiempo en el entorno es ineludible. Es en este punto que la grabadora de voz se ha detenido. Finalizamos la conversación. Don Vic en ese momento es alcalde y hay que resolver en la asamblea comunitaria un caso de una pareja de novios de secundaria donde la chica está embarazada. Los acuerdos anteriores de la asamblea dictaban que la comunidad se haría cargo de apoyarlos en los estudios hasta que terminaran el bachillerato. Acto seguido, el muchacho tendría que buscar un trabajo para sufragar los gastos de su naciente familia. Ni modos, el deber llama, me dice Don Vic. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y nos desea un buen viaje de retorno a la ciudad. Yo tomo otra de las tortillas, le unto la picante salsa de tomate y me hago un taco; gracias al cielo, el mal de montaña se ha ido, me ha dejado en paz.

La historia de vida que entregué en la universidad tuvo varias loas de la profesora y de mis compañeros, que a mí me dejaron muy satisfecho. Solamente he de poner una pequeña objeción: la historia de Don Vic, si bien representa un testimonio histórico del difícil periplo de las Normales y sus estudiantes, sin demeritar mi trabajo académico, la conversación con él, en Tamazulapan fue una experiencia inolvidable. El motivo que hoy nos congrega es muy bello: conmemorar la vida. Siempre he creído que la generosidad de un cumpleaños alcanza para todos. Yo hasta hace unos días no sabía que el cumpleaños de Don Vic era el 10 de febrero. “La conmemoración de un acta falsa”, me dijo él entre risas. Hoy celebramos a un hombre y su caminar en la vida. El escritor uruguayo Eduardo Galeano tiene una frase muy ad hoc: “Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias”, y así es, somos seres históricos: caminantes de la vida.

Por mi parte, ¿qué puedo decir?; soy un romántico irremediable de las palabras y las frases. Don Vic, hace una semana que lo visité, dijo una que me dejó pensativo: “Llevar los huaraches con garbancillo”, refiriéndose a cuando el hielo congela el pasto y caminas sobre él haciéndolo crujir. Así son las palabras y las frases de los mixes, plagadas de imágenes que se elevan por el aire de las montañas. Así es Don Vic un hombre de imágenes e historias. Al igual que nosotros: un caminante de la vida.

Enhorabuena por ello.

Oaxaca de Juárez, México, 3 de febrero de 2017

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