Y cuando Enrique Pérez llegaba a su casa tenía la costumbre de mear en el patio, mirando al cielo oscuro lleno de estrellas que le recordaban la tranquilidad de las noches hogareñas, contando los segundos en que el líquido amarillo se desplazaba de lo que —él decía— estaba en la mitad de su cuerpo: la zona del placer, la cueva del mejor amigo del hombre. Enrique no tenía perro. Enrique no tenía gato.

Y meaba con la comodidad de saber que no tendría que limpiar el piso del baño si la orina salpicaba. Y en las noches hogareñas eso dibujaba una sonrisa en su cara. Porque para él las gotas de meao eran peor en un piso de cerámica que en sus zapatos de oficinista correcto y cumplidor. Por eso meaba en el patio con la convicción de que era el goce de la vida: mear a la intemperie sin rendirle cuentas a nadie. Escuchando el sonido que definía de masturbatorio: el pichí en las hojas de los árboles, en el pasto largo y seco que creía se pondría más verdoso y menos amarillo. Y miraba la luna que a veces le parecía redonda, y a veces un fino boomerang estático en el cielo.

Y llegó el día, o mejor dicho, llegó la noche en que pasó un avión interrumpiendo el acto de su goce, inaugurando una escena que se repetiría casi todas las semanas. El rito del sonido intenso de un vuelo anónimo que le apagaba cada vez el volumen de su chorro descargado. La vida no es perfecta, pensó; pero con la meá y los aviones podía revivir aquel día del pasado que era todos los días del presente.

Enrique Pérez nació en 1985. Viajó por primera vez en avión en septiembre del 2009. De Santiago a Buenos Aires. Su asiento fue el 22B. La morena del asiento de al lado le tomó la mano y se durmió en su hombro. Él se acercó con tímida estrategia a sus labios y la besó con malicia. Malicia de malandra que lo llevó con la maldad al baño del avión, en donde se agarraron a besos y se sacudieron con ganas. Ella encima de él, sentados en el wáter y haciéndose mierda las rodillas y los codos. Ese fue el vuelo en que Enrique conoció lo que en su mente define como “el placer de los aires”, ese que cada vez que mea mientras pasa un avión en su noche hogareña revive con la sonrisa de malandra. Y mientras mea desahogando su rutina de cada día, piensa en un pasajero malandra que ha ido a mear en un avión justo en el momento en que este pasa por su casa, imaginando que al regresar a su asiento, alguien se dejará caer en su hombro.

Por Víctor Hugo Ortega C.

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