Todavía no he conocido al niño que al preguntarle “¿Qué vas a ser cuando crezcas?”, conteste: “Cáltelo”.

Y esto, a pesar de que, según la leyenda, los carteros traen la bolsa de cuero llena de buenas noticias, de felicitaciones, de cartas de Nepal con estampillas exóticas, de proposiciones amorosas, etcétera. Pero hay que aceptar la realidad: que ese oficio ya perdió su romance, si es que alguna vez lo tuvo.

Por otra parte, con los periódicos llenos de anuncios que dicen: “¿Tiene usted entre 25 y 30 años, excelente presentación, modales distinguidos, inventiva, ganas de mejorar, y estudios secundarios terminados? Puede usted llegar a ganar hasta 14 mil mensuales (base mil 500). Preséntese con la señorita Pisuegra”.

En lo anterior está la explicación de lo que le pasa a mi cartero. Reúne todas las condiciones necesarias para ganar los catorce mil pesos que ofrece el anuncio y ha perdido la noción de lo que pudo ser el romance de la cartería. En consecuencia, se pasa la vida tratando de cambiar de oficio. La última vez que lo vi, estaba tratando de convertirse en mecánico. Tenía un overol puesto, la cara manchada de aceite, y estaba probando unas bujías. Eran horas de reparto.

No se puede decir que haya sido nunca un gran cartero, pero, cuando menos no era tan malo como otro que conocí en una población del interior, que me entregó un día, en mi casa (vivía yo en la calle del Obispo Sebastián Mudéjar del Campo número 14), una carta dirigida a doña Gertrudis Sánchez, calle del Borrego número 5.

El cartero mío es mejor. Sabe leer, y distinguir entre cinco familias que compartimos la misma dirección, aunque no la misma casa —hay que advertir que en Coyoacán las direcciones se repiten cada dos cuadras, ocurre con los acontecimientos cíclicos—. Además de esto, es muy simpático. Las criadas lo describen como “el cartero guapo”.

Pues bien, todos los lunes y los jueves, y rara vez los sábados, entre ocho y nueve de la mañana oigo el silbato de cartero que se va acercando por toda la calle de Francisco Sosa, hasta que debajo de mi puerta, aparece un montón de correspondencia. Avisos de terminación de la suscripción de una revista que hace meses que no recibo, invitaciones a recitales de algún poetastro, a alguna exposición que no interesa o a una inauguración que ocurrió seis días antes; dos o tres periódicos semanales retrasados, una carta de un amigo que pasó por México tres días antes a quien le hubiera gustado verme, etcétera.

Cuando recibí las tarjetas de Navidad en marzo, salí a la calle a buscar al cartero y le dije:

—Óigame ¿qué pasa?

—Es que ha aumentado mucho la correspondencia. Antes aquí no había ninguna casa y mire ahora todas las que hay. Y seguimos siendo el mismo número de carteros.

Por un momento le di la razón. Esto se debió a que últimamente se ha creado un complejo colectivo que nos hace pensar que todos los males provienen de la explosión demográfica. Pero cuando el cartero se iba alejando en la bicicleta, me di cuenta de que su razonamiento estaba lleno de agujeros. En primer lugar, una cosa es que la población aumente y otra muy diferente, es que el número de repartos semanales disminuya de cinco a dos. En segundo lugar, si bien es cierto que el número de usuarios ha aumentado notablemente, no es menos cierto que el servicio de Correos no es gratuito. Es decir, que sus ingresos también deben haber aumentado considerablemente, sin que se note ningún mejoramiento paralelo en el servicio.

Pero a todo se llega uno a acostumbrar. A leer periódicos con dos semanas de retraso, a empezar todas las cartas la fórmula idiota de: “No vas a creérmelo, pero acabo recibir tu atenta de hace tres semanas…”, etcétera, malo es que hay veces que estoy esperando un cheque, me paso la mañana con la oreja lista para oír el silbato cartero; en vano. Me pongo de mal humor, salgo a la calle, ¿y a quién me encuentro? A mi cartero, hoy mecánico, haciendo talacha. O bien, al mismo, sentado en banca del parque, con su novia.

Pero hace poco ocurrió algo que me permitió descubrir un nuevo ángulo de este problema.

Descubrí que mi cartero es un calavera, pero no es el único culpable. No sé si mi cartero consiguió otro empleo, o si se “fue a su pueblo”, o si “se distanció” del jefe de reparto. El caso es que ¡oh, maravilla! Fue sustituido durante unos días por otro. Era un hombre modelo que pasaba todos los días su silbato, muy temprano. Nomás que nunca me entrego nada. Traía la bolsa de cuero vacía.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1971).

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