Una estadística reciente establece que, desde el principio de la era cristiana hasta nuestros días, han sido enterradas vivas, en Europa, cuatro millones de personas. En la actualidad, el número de enterrados vivos es de uno por cada treinta mil inhumaciones. En Francia se calcula en seiscientos enterrados vivos al año. En los Estados Unidos, la proporción es de cinco por mil. Por más que el doctor Farez no crea en estas cifras, tachándolas de arbitrarias, no se puede negar que la inhumación prematura es un hecho evidente, que se repite con mayor o menor frecuencia. Supongamos que las cifras sean excesivas. Esto no destruye la gravedad esencial del fenómeno, que reside en su constante posibilidad. La estadística demuestra que el fenómeno se produce en el estado actual de la ciencia, con idéntica frecuencia que hace dos mil años, cuando la medicina se encontraba en sus pañales. El progreso de la ciencia no ha podido hasta ahora evitar las inhumaciones prematuras. Más todavía: no ha podido disminuir el número de ellas.

¿Idéntica constatación nos reservará el futuro? ¿No habrá medio, si no de evitar radicalmente este fenómeno, de reducir, por lo menos su frecuencia? No estamos aquí ante un cuento de Poe ni ante un juego espiritista, oficioso y meramente deportivo. No queremos movilizar, por puro y desinteresado placer metafísico, nuestras fibras ontológicas. Estamos aquí ante un serio problema de la realidad, que concierne a la vida y a sus más cotidianos derechos, antes que a la muerte y al trance misterioso de la muerte. ¿Se nos puede suprimir de la vida, por error o negligencia profesional de los encargados de constatar la defunción? ¿La ciencia se siente, de veras, impotente para certificar si un individuo está, en un momento dado, vivo o muerto? Tales son los principales enunciados del problema, si se le sitúa en una sociedad avanzada, como Francia o los Estados Unidos. En los pueblos atrasados, la cuestión toma otro sesgo, pues la inhumación prematura puede allí producirse por falta de médico que la constate o por ignorancia o superstición de los interesados.

Asintamos con el doctor Farez, en muchos respectos de la cuestión. Que las cifras ya citadas, son excesivas y caprichosas. Que en este exceso se advierte el interés de ciertos traficantes, que tratan de explotar la credulidad del vecindario, en provecho de tales o cuales compañías escabrosas de seguros. Que los demás propagandistas de este peligro son los obsesionados, fóbicos y ansiosos orgánicos, que dan a sus temores patológicos, el carácter y el valor de realidades objetivas. Asintamos, sobre todo, en que gran parte de los casos de enterrados vivos, no pasan de leyendas, cuentos e historietas de pura invención folletinesca.

Estos falsos casos se hallan, en efecto, por miles en la prensa diaria. El público los cree, como palabras del evangelio, puesto que están impresos.

A veces, es un relato romanesco, que viene del otro lado del mar. Los lectores no ven aquí una obra de mera imaginación, sino un caso de realidad irrecusable, fielmente transcrito. Otras veces, es un fait-divers, inventado por la prensa local, relativo a un hecho que se da como realmente ocurrido en tal lugar, tal día y a tal hora. Lo más frecuente es la transcripción que la prensa hace de los ruidos más abracadabrantes y fantásticos, sin pruebas de ninguna suerte. Ejemplo: Marie Logstel, sirvienta en una gran ciudad de la Europa central, está en vísperas de casarse. Ciertas dificultades surgen a última hora. Marie escribe entonces a sus parientes, para que vengan a presionar a su novio. Los parientes, unos campesinos avaros, que no quieren perder su tiempo, se hacen los sordos y no vienen. Un día reciben el siguiente telegrama: “Su hija Marie ha muerto”. Acuden esta vez a verla, con el temor o remordimiento de que su negativa haya podido determinar el suicidio de Marie. Al desembarcar del tren, su sorpresa no tiene límites: Marie, la hija, en carne y hueso, está allí a recibirlos. ¿Y el telegrama sobre su muerte? Un simple subterfugio, para obligarles a venir. Pero ya un periódico había registrado el dato de la muerte y, cuando se trató de rectificar la información, no se dijo lo que en realidad había ocurrido, sino lo siguiente: “Marie Logstel, de cuyo fallecimiento hemos dado cuenta a nuestros lectores, ha vuelto a la vida… etc., etc”. Y los periódicos del mundo entero echan a todos los vientos la noticia del caso sensacional. Se le adorna con detalles, se le dramatiza, se describe la espantosa situación de la pobre muchacha en el féretro y, con todo esto, el caso queda registrado como rigurosamente auténtico.

Asintamos en todo esto con el doctor Farez. Pero, pasemos a los casos ciertos de inhumaciones prematuras y preguntemos al ilustre sabio y a sus eminentes colegas. ¿Existe un signo infalible, para saber si una persona ha muerto? Sí —se nos responde—. Ese signo es la mancha verde en el abdomen, índice inequívoco de la putrefacción. Este signo es el clásico de la muerte, su estampilla irrecusable.

Pero —añade el doctor Farez— la mancha verde se manifiesta a menudo muy tarde y las condiciones habituales de la existencia exigen que la inhumación no se retarde demasiado. Menester es entonces que el diagnóstico de la muerte se realice antes. Los fisiólogos han imaginado, por esto, numerosos medios experimentales.

Estos medios exigen una aplicación profesional y una preparación científica excepcionales y muy raras entre los médicos. Subsisten, pues, las inquietudes de siempre. Nadie está libre de ser enterrado vivo, a causa de una deficiencia científica o de una negligencia profesional. Porque si el médico que nos asiste es un inepto o desdeña conscientemente sus deberes profesionales, estamos perdidos. No hay que olvidar que la comprobación de la muerte, por medio de los métodos propuestos por los fisiólogos y a los que alude el doctor Farez, ofrece serias dificultades científicas, cuya solución depende de la sensibilidad particular de cada médico, más que de las fórmulas y reglas generales. El propio doctor Farez reconoce esas dificultades, diciendo: Es un error creer que la muerte es fulminante, definitiva y que ella reemplaza inmediatamente a la vida. Se va la vida, pero la muerte aún no ha venido. No hay entonces ni vida ni muerte. Todo mortal pasa por este estado intermediario. ¡Ah, si se pudiese postergar la venida de la muerte e impedirla que gane insensiblemente todo el organismo!… ¡Ah, si se pudiese reavivar esa vida suspendida, como se hace con los ahogados!… ¿Utopía? ¿Literatura? De ninguna manera. Perspectiva plena de posibilidades prácticas. Todo depende de la capacidad científica del médico y de su devoción profesional.

En resumen, la ciencia dispone, en estos momentos, de recursos infalibles para constatar si un sujeto está, en un momento dado, vivo aún o muerto. Si ocurren casos de enterrados vivos, ello obedece siempre a la ineptitud o a la inmoralidad del médico que constata la defunción.

Por César Vallejo

*Texto publicado en Mundial (1929).

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