En noviembre de 1962, unos jóvenes Beatles abrirían la presentación estelar de Little Richard en el Star Club de Hamburgo. Paul McCartney (gran admirador de Ricardito) solicitó tras bambalinas conocer a su héroe y de paso a los músicos que lo acompañaban esa noche. Después de los saludos correspondientes y palabras elogiosas, se quedaron a ver el show, poniendo los cuatro fabulosos especial atención en el desempeño de un jovencito afroamericano que tocaba los teclados bastante bien. Ese niño prodigio de apenas 16 años se llamaba William Everett Preston, y nunca imaginaron que pronto se convertiría en un Beatle más.

Años más tarde, por ahí de 1969, y ya con el nombre de Billy Preston, este muchachón se encontraba tocando ni más ni menos que en el Royal Albert Hall acompañando con teclados al gran Ray Charles, cuando en el camerino se le aparece George Harrison. Medio achicopalado, Harrison le platica que lleva dos días y medio peleado con Paul, que había abandonado intempestivamente el cuartel Beatle, donde grababan un álbum aún sin nombre y ¡zas! lo invita a tocar en él. (Creo que a Harrison lo que más le preocupaba era que metieran al grupo a Erick Clapton en su lugar.)

Cuando Harrison regresa a los estudios Apple con Billy Preston y les propone a los otros tres Beatles agregar un músico más para la grabación del álbum… Ah, pero primero déjenme platicarles qué era lo que cocinaban en aquel entonces los genios de Liverpool.

Resulta que los Beatles querían regresar a sus orígenes (musicalmente hablando); sentían que ya habían perdido la esencia y rocanrrol de los primeros discos. A Lennon se le ocurrió la idea, y a Paul convertir la grabación en una película donde se viera al cuarteto en el estudio, en estado salvaje. Y vaya que sí, porque nada más se la pasaban peleando entre sí. Aquel proyecto se convirtió en el disco Let It Be.

Pero, como venían de hacer el grandioso álbum blanco llamado simplemente The Beatles, donde cada quien aportó lo que quiso y a su manera, ya había fricciones entre los miembros del grupo, así que tocar canciones juntos ya era bastante problemático. Además, acuérdense, beatlemaniacos de cepa, que los Beatles dejaron de tocar en vivo en 1965.

Ahí es donde retomamos la historia. Billy Preston es invitado como un quinto instrumentista si querían grabar en vivo. A Paul no le gustó nada la idea (aunque luego cambió de parecer). A Lennon le pareció genial, y fue él quien le puso el mote del “Quinto Beatle”. Y a Ringo Starr simplemente le dio lo mismo.

Pronto, los Fab Four se dieron cuenta de que había resultado en forma positiva la integración de Preston a la grabación del disco por dos motivos: 1) gracias a su órgano Lowrey (escúchese en el hitazo “Get Back”) y las ejecuciones en su piano eléctrico Fender Rhodes en la mayoría de las canciones, tanto de estudio como en vivo, en el tejado de las oficinas de Apple; 2) a su carisma y buena onda que fluyó durante la grabación, llevándose a cabo en un estado de relajación, cosa que los Beatles agradecieron, pues nadie quería quedar como cabronazo en dichas sesiones.

De esta forma Preston se convertiría en el primer músico que no pertenecía a los Beatles al que se le daba crédito en la funda del disco, pasando a formar parte de la larga fila de personajes certificados en la historia del grupo como “Quinto Beatle.”

Posteriormente, el mismo George Harrison le consiguió un contrato con la recién creada compañía Apple, poniéndole un súper grupo de apoyo compuesto por Eric Clapton, Keith Richards de los Rolling Stones tocando por única ocasión el bajo, Ginger Baker de The Cream en la batería y, desde luego, Harrison, obteniendo un gran éxito en la de por sí ya brillante carrera del tecladista.

Aquí es donde a Keith Richards le cayó el veinte de que Billy era un músico genial y le habló de él a su comparsa, el bocazas Mick Jagger. Meses después lo veríamos integrado a la gran caravana de los Stones, ya que los Beatles se habían separado para siempre.

A partir de 1970, Billy Preston se convirtió en el sexto Rolling Stone. Participó en grandes álbumes como Sticky Fingers (el disco de la portada del cierre que les diseño Andy Warhol), en la grabación de “Exile on Main Street”, “Goats Head Soup”, “It’s Only Rock and Roll”; le entró a los coros en la tremenda balada “Angie” y aportó grandes cosas en el álbum Black and Blue. Y no crean, también los Stones le agandallaban grandes ideas y temas, aprovechándose de su nobleza. Todo esto se llevó a cabo hasta el ’77, tocando también en todas sus giras, dándole chance de vez en cuando de interpretar sus temas propios, como “Nothing from Nothing” (quizá su gran obra maestra).

Todavía continuó apoyando a las Piedrucas de manera esporádica, y al propio Jagger en sus álbumes solistas. Y no sólo a ellos, sino también a muchas otras grandes estrellas que le daban la bienvenida. Pero ¿dónde estaban cuando más los necesitó?

No entraré en detalles sobre los problemas de adicción que Preston sufrió en los años ’90, pero sí fue gran causante de su destino final. En el año 2002, Eric Clapton, el único que siempre estuvo a su lado, le pagó una operación para realizarle trasplante de riñón y más tarde se encargó también de los gastos de su funeral. Fue el 21 de noviembre de 2005 que Billy Peterson entró en coma. Meses después, falleció. Tenía 59 años.

Billy todavía era miembro de la Banda de Clapton, ya que grabó con él por última vez el histórico álbum The Road to Escondido de Clapton y su ídolo J. J. Cale. El mismo Clapton platica que aplazó la publicación del disco todo un año a modo de duelo, y desde luego, que el álbum está dedicado a la memoria del eterno Billy Preston que, contra lo que se piense, nunca vivió a la sombra de los grandes, sino que los grandes fueron iluminados por su genialidad y talento. ¡Se cuidan!

Por Alex Fulanowsky

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