¿Por qué prefiere un escritor haber sido ajedrecista que literato?

Por Vicente Leñero

Juan José Arreola lleva blancas. Como Spassky en la partida nueve, abre con P4D. Su oponente responde también P4D —ortodoxa simetría— y lanza al ataque la primera pregunta:

¿Qué significa para Arreola el ajedrez?

En el comedor de la casa, frente al tablero convertido en centro de mesa, los ojillos siempre vivos de Arreola, oblicuos como los de un alfil, miden anticipadamente la trenza de jugadas infinitas. El cabello alborotado en rizos —un poco más corto que hace un par de años—, sus dedos largos de titiritero inquieto, el cuello ganso escapándose de la camisa abierta, su presencia toda loasen aparecer, hoy como antes, un duende hechizo actuando en un cuadro de Remedios Varo.

No responde de inmediato a la pregunta; antes apoya con un peón al peón, jinetea al caballo del rey para que brinque la barrera de la infantería, abre paso a un alfil, despabila a otro peón, repele un avance ingenuo y entonces sí, ya con la reina en puntalanza, atiende al oponente despistado:

¿Qué significa para mí el ajedrez?

Arreola sonríe. Otro caballo alertado para el ataque le regala seguridad. Pero no. Esa pregunta todavía no. Responderla de entrada sería como enrocarse prematuramente y llamar la atención del oponente sobre puntos vulnerables de la intimidad.

Para hablar de ajedrez hay que empezar desde el principio: desde que sir Leonard Wooley, en sus excavaciones en la cuenca mesopotámica, allí donde el hombre, sediento de infinito, empeñado en ser “más que de tamaño natural”, ansioso de sobrepasar su grandeza originaria como la ha intentado siempre —y lo ha conseguido, explica Arreola mientras construye un dístico en francés que él mismo traduce: “El hombre ha sobrepasado miserablemente, mezquinamente, su grandeza natural”—. Allí en la cuenca mesopotámica donde el hombre soberbio erigió la torre de Babel —plataforma para llegar al cielo—, sir Leonard Wooley descubrió tres objetos que Arreola califica de maravillosos: la daga de oro de Ur, el estandarte de la ciudad y el cordero preso entre las zarzas.

El oponente interrumpe:

¿Y eso qué tiene que ver con el ajedrez?

Arreola castiga el atrevimiento capturando el peón negro que protegía el carril central del rey enemigo. El oponente se enroca precipitadamente y Arreola vuelve a tomar la palabra entusiasmado, febril, como si él fuera el propio sir Leonard Wooley en el momento de descubrir, junto a esos tres objetos maravillosos, “un cuarto objeto igualmente maravilloso: el tablero de ajedrez de ocho casillas”.

La risita del escritor denuncia jaque doble con un caballo audaz:

El ajedrez nace al pie de la torre de Babel (símbolo de la desmesura, de la megalomanía, del delirio de grandeza humanos) como una especie de proposición: ¿quieres embarcarte en la aventura espacial más grande que tu razón pueda concebir?; ¿quieres agotar todos los recursos de tu imaginación? Yo te voy a proponer la trampa mental: el gambito de las 64 casillas. En un espacio limitado de ocho casillas por ocho, que pueden ser de un centímetro o de un metro, el hombre encuentra y captura el infinito.

Allí y no en la fracasada torre de Babel.

Jaque —responde Arreola para castigar la interrupción.

Aunque se traspeona, el oponente acepta el gambito del caballo. Captura y pregunta:

¿Por qué dieciséis piezas por bando? ¿Por qué ocho casillas por ocho? El número ocho no es un número cabalístico…

Curiosamente no —admite Arreola con una pizca de intranquilidad, por su desventaja en número de piezas—. Y ahora se me ocurre que el hombre se ha extraviado a partir de los números nones, siendo que la posibilidad única de realización humana es el par. Cierto. Así es —recobra confianza; habilita al alfil que se desliza sobre negras—. Pensemos en la pareja que preside la creación: Adán y Eva. Pensemos en la pareja del rey y la reina en el tablero de ajedrez. Ese tablero de casillas pares trata precisamente de impedir, como lo hace también la teoría duodecimal, que nos vayamos al non, a lo que representa al fin y al cabo un ángulo de soledad. Siempre que hablamos de números pares, hablamos de acompañamiento. Y aquí podría encontrarse una explicación al porqué el pueblo mexicano ha manifestado a lo largo de su historia una cierta repugnancia al ajedrez. Nos repele un juego que se basa en números pares. Los mexicanos queremos seguir siendo nones; es decir: abandonados.

Arreola ademanea, feliz por su proposición intuitiva y porque su alfil que viaja sobre negras ha logrado perforar la desarticulada trinchera de peones enemigos. Dice:

Volvamos a las 64 casillas habitadas por 16 piezas de cada bando: 16 blancas y 16 negras.

¿Por qué blancas y por qué negras?

La división maniquea —responde Arreola, preparando el enroque—. Dos fuerzas que combaten. Ormuz y Arriman. Un reino de la luz y un reino de las tinieblas. Oposición de contrarios. Fenómeno dialéctico. El ajedrez es profundamente dialéctico, aceptando que dialéctica es la tentativa de que una discusión, un altercado, un diálogo violento o pacífico se resuelva en una unidad.

En la dialéctica de la partida, Arreola cambia un alfil por un caballo. Todavía no se enroca. Prosigue:

El tablero que se encontró al pie de la torre de Babel aparece después en Egipto, y se habla de una reina de la decimoctava dinastía, tan aficionada al juego del ajedrez, que pide ser envuelta en un sudario de 16 casillas; en los relieves se advierte la imagen de dos personas que juegan sobre un tablero con piezas verticales, no con fichas, ¡con piezas erectas! También se han hallado en Egipto piezas sueltas y una broma extraordinaria: en el papel satírico de Siena aparece una caricatura que es nada menos que esto: un león jugando al ajedrez contra una gacela. Siendo la gacela la caza favorita del león, la ilustración parece significar que se la está “pichoneando”, a la mexicana. ¡Eso sí que es verdaderamente emocionante!

Dirigida a su oponente, la sutil alusión de Arreola obliga a aquél a intentar un desesperado cambio de peones. Arreola lo elude avanzando.

Tradicionalmente se atribuye el origen del ajedrez a la India. Se dice que surgió en la cuenca del Bramaputra, pero eso no es cierto, e imposible de demostrar, además, porque la India nunca nos ha dado cronologías exactas. En Mesopotamia y en Egipto, en cambio, tenemos testimonios del ajedrez completamente remotos; 3 mil a 4 mil años antes de Cristo. El ajedrez tiene entonces alrededor de 6 mil años de existencia real, y la palabra ajedrez, ¡ésa es otra cosa hermosísima!, es una de las palabras más antiguas y universales de la humanidad; tan antigua como la palabra azúcar, que viene de shajart: ¡sánscrito!… Cuidado con esa dama, me la como.

El oponente rectifica. Pregunta por preguntar:

¿Y qué pasó con la India?

El ajedrez está registrado históricamente en la India hasta el siglo quinto antes de Cristo. Una peregrinación de monjes budistas lo lleva de la India a China. Después, curiosamente, emprende un camino de regreso del lejano oriente al cercano, y a través de Persia pasa a todo el complejo de pueblos semíticos que llamamos arábigos.

En plena situación comprometida, el oponente continúa haciendo preguntas distractivas.

¿Cómo llega el ajedrez a Europa?

Se ha dicho que fue traído por los cruzados, pero no es cierto. Por el norte africano, el ajedrez llega a Europa con los primeros árabes que ingresan a España. De allí se difunde por todas partes. En Europa el ajedrez es anterior a las cruzadas, ¡eso es lo importante! Las cruzadas se inician en el siglo xi, y ya en el ix existe en Europa un tratado de ajedrez donde se habla de torres, de alfiles, de rey y dama…, con detalles interesantísimos, por cierto. El alfil, por ejemplo, es considerado un ministro; luego en Inglaterra se convierte en obispo, mientras que para los franceses siempre es un juglar; el fou: el loco. Con los peones llegan a sutilezas increíbles, se les otorgan especializaciones: el peón de caballo-dama es labrador, el peón de alfil-rey es tejedor —el peón tejedor de Arreola sigue avanzando, futurista—. Eso y la simbología que continúa resultando válida en nuestro tiempo. El alfil, por ejemplo, lo podríamos calificar de jesuítico, de maquiavélico, porque se mueve siempre de manera oblicua —y Arreola ejemplifica la explicación deslizando su alfil—. El alfil es el José Fouche del ajedrez, avieso como político. La torre, en cambio, es un castillo, es recta, sólida.

Terrible —admite el oponente, y pregunta, desorientado—: ¿Se podría establecer alguna relación con la psicología de los distintos jugadores?

Desde luego —ríe Arreola, maquiavélico—. Por razones psicológicas hay personas que mueven mejor los alfiles que los caballos. Un audaz preferirá jugar con caballos. Una persona prudente tratará de cambiar de inmediato la dama, los alfiles y los caballos para jugar con torres… Jaque —el índice de Arreola señala su alfil—. “Oblicuo alfil y reinas agresoras” —dice, recitando a Borges—. Y ya que recuerdo a Borges, confesaré que alguna vez soñé en componer una antología universal del ajedrez en la literatura y en la historia. Luego me di cuenta de que necesitaría un equipo de 20 o 30 personas distribuidas en el mundo. Imposible.

De pronto el oponente advierte una posibilidad, tal vez una sola, gracias a que Arreola ha retrasado inexplicablemente su enroque. Con la observación mañosa intenta distraerlo:

Pero el ajedrez incita a la lucha, siempre ha tenido un significado militar…

Sí, de batalla. Pero hay que pensar en que el hombre desmesurado, megalómano, que ha querido alzar objetos gigantescos (llámense torre de Babel o cohetes espaciales) debió haberse conformado con el tablero de ajedrez para saciar su sed, su nostalgia de infinito. Debió conformarse con hacer la guerra allí, en un espacio limitado pero al mismo tiempo capaz de alojar el infinito. ¿Cuál es el infinito? Las infinitas complicaciones que crean entre sí las piezas de ajedrez.

Pero incita a la lucha.

¡A la lucha a muerte! —exclama Arreola protegiendo a su rey—. Pero sin perder de vista que se trata de un duelo, y un duelo, para que sea verdadero, debe ser singular, es decir, de un hombre contra otro; un duelo en donde el hombre, todo lo que es la personalidad del hombre, queda comprometida. Es el individuo mismo el que pierde o el que gana, y cada jugador lucha contra su enemigo interior, que es su torpeza o sus hallazgos. Además, ésta es la más noble de las luchas, y no se apela necesariamente a la inteligencia, que se ha puesto como la condición más alta del hombre, aunque para mí no la es. El ajedrez apela a la condición humana en general: a la intuición, a la sagacidad, a la capacidad de concentrar nuestra intención en un punto determinado del espacio. Pero no basta solamente eso. Hace falta también la capacidad de análisis de cada situación, porque apenas un jugador mueve una pieza, se altera el espacio. Igual que en el espacio cósmico, en el ajedrez ocurren desplazamientos de masas que se oponen y crean tensiones y distensiones entre sí.

Arreola continúa momentáneamente a la defensiva.

Decía —dice—, que muchas personas que no consideramos inteligentes juegan maravillosamente al ajedrez. Artesanos, sastres, peluqueros… Decía —miente, más atento a las negras que a su discurso— que es necesario propagar en México, entre niños y jóvenes, el ajedrez. Muy necesario.

¿Por qué muy?

Porque somos un pueblo radicalmente inestable. Somos hijos de un padre que siempre ha tratado mal a su madre y nunca hemos sabido tomar una opción, lo que se dice una opción. Sólo sabemos jugarnos la vida a cara o cruz. En un pueblo donde el azar impera, donde se dice: “Mira, no te lo doy en tanto ni en tanto: un volado, todo o nada”, y el “Si me han de matar mañana…” y el “Yo aquí, yo allá”, tenemos una repugnancia original al ajedrez, porque el ajedrez elimina las circunstancias azarosas y nos compromete a una hazaña individual, porque nos obliga a la confrontación pura del ser ajeno con el nuestro sin recursos de fuerza física. Por todas esas razones es importante propagar en México el ajedrez.

Gracias a un caballo saltarín, Arreola logra repeler el ataque. Amenaza con dama.

¿Y las apuestas?

La apuesta es corruptora. En el ajedrez es una falta de ética y cuando se hace, ¡qué vergüenza!, se hace por debajo de la mesa.

-Pero se hacen apuestas.

—Sí, y a veces en torneos de categoría mundial. Miguel Najdorf llegó a confesarme que en un torneo para la eliminatoria del campeonato mundo, jugando él con el campeón Botvinnik, se atrevió a deslizar un billete de mil dólares por debajo de la mesa para tentar a Botvinnik. Y Botvinnik aceptó la apuesta.

También dicen que los jugadores son capaces de matarse entre sí.

El ajedrez produce pique, por supuesto.

Crea enemigos.

Sí, pero curiosamente los más grandes enemigos en el ajedrez se buscan el uno al otro, siempre; se necesitan mutuamente para confrontarse y para resolver esa querella universal que significa lo antagónico. El más grande drama de Capablanca no fue que Alekhine le arrebatara el campeonato del mundo en 1927, fue que Alekhine lo eludió, no le dio jamás la revancha y prefirió jugar con Max Euwe, el holandés. Spasski y Fischer son ahora dos personas que no se pueden negar entre sí, que se necesitan, que se atraen para confrontarse, irremisiblemente, aunque se piensen enemigos acérrimos.

—¿Y Juan José Arreola? ¿Qué ha significado en la vida de Arreola el ajedrez?

El sorpresivo jaque enmudece por segundos al escritor. Pierde el enroque y se ve obligado a contestar, a juego abierto:

El ajedrez me ha significado un dolor muy grande original: el dolor de que mi padre, un hombre ejemplar que realizó con mi madre uno de los pocos matrimonios verdaderamente increíbles que yo he visto en mi vida, no me haya enseñado a jugar al ajedrez. Él lo jugaba, y por no sé qué misterio inconcebible jamás nos enseñó a mi hermano y a mí. Yo sería un hombre feliz y no tendría ningún problema literario, ni moral, ni amoroso, si hubiera llegado a ser un gran ajedrecista. Y no lo pude ser porque aprendí a jugar muy tarde, a los 22 años.

¿Ésa es una razón definitiva?

Arreola tiene que cubrir el jaque con un peón. Responde:

El hombre que no aprende a jugar ajedrez de niño nunca será un gran ajedrecista. En toda la historia sólo ha habido dos grandes maestros que aprendieron hacia los 20 años. Todos los demás han sido niños prodigio.

¿Quién enseño a jugar ajedrez a Juan José Arreola?

Carlos Preciado, el padre de Judit, una de mis novias zapotlenses. Con él jugué durante tres o seis meses hasta que vencí sus argucias elementales de jugador pueblerino, y me lancé entonces a enseñar a mi hermano, a mi primo… A partir de ese momento el ajedrez empezó a ocupar horas, muy importantes en mi vida, y antes de que yo conociera algún vicio, me brindó una vía de escape hacia el infinito.

El repetido jaqueo amenaza con volverse continuo:

-¿Interesa más a Arreola el ajedrez que la literatura?

Claro que sí. Yo he dejado de escribir un texto, incluso he abandonado una cita amorosa, por jugar ajedrez con Luis Antonio Camargo, con Luis Lizalde, con los amigos con los que tengo una confrontación que hacer, como decimos vulgarmente. Pero con nadie ha resultado más trágica mi experiencia ajedrecística que con Guillermo Rousset. Lo conocí cuando él tenía 15 años, y durante 10, ¡durante 10 años de mi vida!, me ganó al ajedrez. Guillermo me humilló, incluso me obligó a jugar de apuesta porque él era un jugador coyote.

¿De a cómo apostaban?

Como yo no tenía dinero, apostábamos libros.

Arreola se restablece. Un cambio de damas aleja el peligro. Sacrifica un peón, regala un caballo y enfila peligrosamente la torre que el oponente no valora a tiempo.

¿Preferiría Arreola ser más conocido como ajedrecista que como escritor?

Por supuesto.

¿Estar en el sillón de Fischer más que en los primeros lugares de la literatura mexicana?

¡Palabra que sí! Porque mis mayores goces los he tenido en el tablero de ajedrez. Ahora que, como ajedrecista, debo decir que mis mejores juegos han sido fuera del tablero de ajedrez: cuando he logrado escribir algún pasaje de prosa que se parece a una serie de jugadas magistrales.

La acometida de Arreola se advierte genial. Lanza su torre para producir el jaque, mientras declara:

Puedo decir que no soy un ajedrecista bueno, pero sí un ajedrecista famoso —Jaque—. Como presidente de la Federación Mexicana de Ajedrez, coadyuvé a unir los dos bandos en que estaba dividido nuestro ajedrez nacional (no sé quién blancas ni quien negras): La Federación Mexicana de Ajedrez y la Federación Provincial de Ajedrez. El ingeniero Elizondo era el presidente de la Provincial y yo de la Mexicana. Al fin nos dimos la mano y parece que ya unimos, para siempre, las piezas antagónicas del ajedrez en México.

Nada detiene ya las torres de Arreola. Jaque. El oponente está acorralado. Ya no pregunta. Ya no oye. Jaque.

—Y ahora sé que voy a contar en la historia del ajedrez en México, no como jugador, sino como componedor de un entuerto. Eso me basta.

Jaque mate inevitable en dos jugadas. El oponente inclina su rey. Abandona. Juan José Arreola sale del cuadro de Remedios Varo erguido de triunfo.

La partida ha terminado.

*Texto publicado en Revista de revistas (1972).

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