Estela Canto vendió a Sotheby’s el manuscrito de “El Aleph” en 30 mil dólares. Lo adquirió la Biblioteca Nacional de Madrid y, gracias a que no terminó en manos de un coleccionista, ahora podemos leerlo en la edición crítica y facsimilar preparada por Julio Ortega y Elena del Río Parra que Rafael Olea Franco publica en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. La indispensable lectura paralela es Borges a contraluz, las memorias de su relación con Borges que Estela Canto dio a conocer en 1989 (Madrid, Espasa Calpe).

La historia literaria posee la inexorable crueldad de la naturaleza. Es triste que Estela Canto (1919-1994) se inscriba en ella no por el mérito de sus novelas, al parecer nunca reeditadas (El muro de mármol, El retrato y la imagen, El estanque, El hombre del crepúsculo, La noche y el barro, Isabel entre las plantas), sino por este libro insólito que, como ningún otro en el panorama hispanoamericano, muestra el revés de la trama, lo que hubo en el fondo de un cuento y del gran libro de 1949 al que dio su título.

Borges, Neruda y Lugones

Ente las leyendas que rodean a “El Aleph”, la más nociva y ya casi indesarraigable, pues quién sabe cómo se abrió camino hasta establecerse en The Western Canon de Harold Bloom, es aquella según la cual “La tierra”, el poema grotesco de Carlos Argentino Daneri, es una parodia del Canto General de Neruda, aparecido en México en 1950, cinco años después de que el cuento se incluyera en el número de Sur correspondiente a octubre de 1945.

Refutada esta calumnia, sigue en pie la pregunta de a quién parodian estrofas tan grotescas como

Sepan. A manderecha del poste rutinario

(Viniendo, claro está, desde el Nornoeste)

Se aburre una osamenta. ¿Color? Blanquiceleste—

Que da al corral de ovejas catadura de osario.

La respuesta más alarmante es sugerir que distorsionan como un espejo cóncavo no los poemas que había escrito Borges, sino los que iba a escribir en el impensable futuro (1958-1985), cuando la ceguera lo hizo volver a la rima desechada por los ultraístas de 1920. Los versos rimados de Borges parecen la forma exaltada y magistral de lo que en Daneri es cacofonía e ineptitud:

Torne en mi boca el verso castellano a decir lo que siempre está diciendo desde el latín de Séneca; el horrendo dictamen de que todo es del gusano.

Es más probable que Daneri profane la memoria de Leopoldo Lugones en las Odas seculares, el libro que junto con el Canto a la Argentina de Rubén Darío celebró oficialmente en 1910 el centenario de la independencia, y en particular la sección “A los ganados y a las mieses”:

La resolana exalta en los ladrillos

Un flotante maíz de zanahoria.

Detrás de la muralla que orillean

Percíbense, al pasar, choques de brochas.

Ya en el laberinto dentro del laberinto, Daneri parece aludir también a la obra maestra de Lugones, el Lunario sentimental, culminación y disolución del modernismo, libro en sí mismo paródico y que no hemos terminado de asimilar:

Mientras cruza el tranvía una pobre comarca

De suburbio y de vagas chimeneas,

Desde un rincón punzado por crujidos de barca,

Fulano, en versátil asociación de ideas,

Alivia su consuetudinario Itinerario.

Hay otra presencia espectral de Lugones dentro de “El Aleph”. El personaje se llama “Borges”, como su inventor, y no se evita sino se fomenta la identificación autobiográfica. En El ángel de la sombra (1926), texto muy lejano del esplendor narrativo de Las fuerzas extrañas (1906), el narrador también se apellida “Lugones” y también hace intervenir con sus nombres a sus amigos.

1938 fue el año del accidente que convirtió a Borges en Borges, pero, y quizá sobre todo, fue el año de la muerte de su padre y el suicidio de Lugones. Borges exorciza la sombra en las profundidades de “El Aleph”. Inicia una reconciliación que culminará no tanto en el libro que le consagra en 1955 como en la dedicatoria de El hacedor (1960).

El engranaje del amor y la modificación de la muerte

Tan extraña como estas asociaciones es la similitud aberrante entre Daneri y el propio Borges, como si éste quisiera ridiculizar en aquél los rasgos que detesta en sí mismo. Desde luego “Borges” no es Daneri, pero el eterno indigno el hombre que dispone del Aleph puede ver el mundo entero concentrado en un punto, y este privilegio sólo le sirve para escribir versos infames es imperdonablemente superior a él porque logró tener lo que “Borges” deseó y nunca alcanzó: el cuerpo de Beatriz.

La visión simultánea del universo revela, entre su variedad infinita, lo único que le interesa de verdad a Borges: “[…] vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino…”. Ya en el momento de la revelación, Beatriz no es de nadie sino de la nada. En “el engranaje del amor y la modificación de la muerte”, el desenlace es ver “la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo”.

También el cuento puede considerarse una desesperada carta de amor a Estela Canto. La página dice lo que jamás podemos decir de viva voz y cara a cara. No obstante, Estela no es Beatriz. Veinte años menor que Borges, Estela era lo que en 1944 se llamaba una mujer emancipada que dispone de su cuerpo y no está sujeta a la dictadura del machismo. Lo incita a una relación sexual que Borges no se atreve a consumar. La gran desgracia es que no lo ama, pero está satisfecha de ser amada por el mejor escritor de su país (en 1944 Borges ya ha publicado Ficciones) y de su papel de inspiradora de la que será su obra maestra, y además de una fecundidad inusitada como ensayista y prologuista. Borges la concibe como un medio de ganar dinero, para casarse con Estela. Doña Leonor se opone y logra ahuyentar a la nueva intrusa. A los 45 Borges todavía es “El niño”, como llaman también a Carlos Argentino.

Ella y él se conocieron en casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, de quien era amigo Patricio, el hermano de Estela, autor de una diatriba grata a Borges, El caso Ortega y Gasset, y traducciones de Los desnudos y los muertos y El idiota de la familia. En 1942 se ha constituido la entidad que Emir Rodríguez Monegal llamó “Biorges”, y a Biorges le debemos la serie paródica de H. Bustos Domecq y sus heterónimos, así como las antologías, ediciones y series que van a ser la lectura decisiva para los escritores de lengua española en los años ’60. La extrañeza de “El Aleph” es ser al mismo tiempo parodia y poesía. No se hubiera escrito, o al menos no sería así, sin el antecedente inmediato de H. Bustos Domecq.

Borges negó la interpretación de Monegal (Beatriz: Beatrice; Daneri: Dante), pero en los Nueve ensayos dantescos (1982) que recopiló Marcos Ricardo Barnatán el vínculo es transparente. Estas páginas de la época también pueden leerse como cartas a Estela, “inaccesible” y “severísima”. “Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible”, escribe a manera de despedida. Y en los pseudoapócrifos de aquel tiempo, no recogidos hasta El hacedor, el falso Gaspar Camerarius declara: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. El no menos falso Abulcasim el Hadramí lamenta la miseria de la poesía y la literatura. “Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia”.

Evita, Perón, Mallea

Estela Canto cumplió sin quererlo el papel de donna angelicata a quien Borges ofrendó las que tal vez sean sus mejores páginas. Sólo podemos juzgar lo que pasó y del modo en que ocurrió, y aun así es imposible no pensar en otro desenlace virtual: se casan; para mantener a su esposa y a su madre Borges tiene que intensificar su participación en lo que Jacques Rivière llamó el “trottoir literario”: artículos para La Nación y La Prensa, reseñas para Sur, traducciones y prólogos para Sudamericana y Emecé, guiones de cine y radio. Los demás cuentos y poemas se aplazan para un mañana que no llega nunca. En el balance del fin de siglo, Eduardo Mallea ocupa el sitio que ya tenía en la época de los amores de Borges y Estela Canto: es el gran escritor argentino, traducido y comentado en todas partes, hasta por Edmund Wilson, que odiaba lo hispánico y sin embargo alabó a Mallea en The New Yorker. El engranaje de la fama y la modificación del prestigio.

Otra de las tentaciones marginales al texto es considerar que, mientras Borges y Estela van de noche por las calles de Buenos Aires, se forma también la pareja de Eva Duarte y Juan Domingo Perón. A su triunfo, Borges será humillado con el cese del modesto cargo de bibliotecario que compartía con Daneri, no por Perón, sino por algún oscuro burócrata resentido que equipara a los escritores con las gallinas y los conejos. Al levantar su voz contra Perón, Borges le demostrará a Estela que es más macho que el Gran Macho de su país. Al dictarle para su transcripción mecanográfica el manuscrito de “El Aleph”, probará que el tímido y balbuciente “Georgie” no es sólo “El Niño” sino también el escritor supremo. Mientras tanto, Hitler atrae sobre Alemania una destrucción como la que él llevó al resto de Europa, se descubre el horror de los campos de exterminio y caen las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Borges a contraluz es un libro escrito con el don argentino para la prosa de memorias, digno de insertarse en una tradición a la que pertenecen lo mismo Sarmiento que Victoria Ocampo. La edición de Julio Ortega y Elena del Río Parra es un modelo de crítica textual que revela los métodos de trabajo de Borges; por ejemplo, escribir frases alternativas y al final dejar sólo una y los nuevos misterios de “El Aleph”: al principio Beatriz y Carlos Argentino eran hermanos. Borges retrocedió ante el tabú del incesto y los hizo nada más primos.

Uno puede releer mil veces este cuento con la certeza de que siempre habrá cosas fuera de su alcance. En un ensayo nunca traducido, “Aleph et Alexis”, que apareció en el número monográfico de L’Herne sobre Borges, Daniel Devoto reveló datos que no podemos apreciar quienes no somos compatriotas del autor. Entre ellos: el nombre de Carlos Argentino prueba su pertenencia a una familia de inmigrantes pobres. Ante la hostilidad xenófoba añadían en la partida bautismal “Argentino”, como para decir: “Nosotros podemos ser extranjeros; nuestro hijo nació aquí y pertenece a este país. Acéptenlo como uno más de ustedes”. Esa desventaja económica se muestra también en el hecho de que Beatriz pase sus vacaciones en Quilmes y no en Mar del Plata. Un rasgo desagradable de “El Aleph”, trasmitido por Bustos Domecq, es la constante ridiculización criolla de los italianos y de lo italiano, advertida por Andrés Avellaneda en El habla de la ideología. Borges puede admirar a Dante y su lengua toscana, pero no extiende ese respeto a sus prójimos más próximos.

Hay que darles las gracias a Julio Ortega y a Elena del Río Parra por invitarnos a descender, una vez más, al sótano de la calle Garay y permitirnos asomarnos al objeto radiante en que brilla el infinito espacio.

Por José Emilio Pacheco

*Texto publicado en Letras Libres (2003).

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