Durante décadas, el equivalente en Guadalajara del defeño zoológico de Chapultepec sin duda alguna fue nuestro Agua Azul. De allí que para los tapatíos que ya peinan canas mencionar el nombre de ese sitio, hoy tan transformado, significa retroceder a la edad de oro de su infancia, cuando ir ahí representaba la oportunidad de disfrutar de horas y horas de juguetón esparcimiento, inmerso en el frescor ambiental de un bosque urbano.

Todavía a principios de la segunda mitad del siglo xx, ir al Agua Azul contemplaba la gozosa experiencia de navegar sobre un circular espejo de agua a bordo de una lanchita de remos, o convertirse en efímero pasajero del trenecito que al frente de su locomotora traía el ding-dong de una campana con la que anunciaba su paso, o tomarse la foto del recuerdo asomando el rostro, y a veces parte del cuerpo, por los orificios colocados en los pintados telones que a manera de escenografías caricaturizadas recreaban una jocosa pareja de novios, unos chuscos bailarines de jarabe tapatío, un casi rupestre avioncito sobrevolando la Plaza de Armas, el mamado fortachón de un circo, o a unos vacacionistas de los años 20 vestidos con sus pudorosos trajes de baño.

Más de algún álbum familiar de fotografías conserva el retrato en blanco y negro del abuelo disfrazado de charrito, o de la abuela con atuendo de chinita poblana, montados sobre rígidos corceles de utilería. O encaramados en aquellas esculturas de leones con garras rampantes, mismas que un día fueron trasladados desde la Plaza de la Soledad, hasta ese entorno de altísimos follajes desbordados sobre troncos centenarios.

Porque el parque Agua Azul fue por excelencia un lugar de recreo familiar donde, en las distintas áreas de juegos, tiempo les faltaba a los chiquillos y chiquillas para mecerse en los columpios, deslizarse hasta de panza por resbaladillas y toboganes, trepar a los sube y baja, o dar vueltas y vueltas en la rueda giratoria.

Por supuesto que no faltó alguna estrepitosa caída con las consecuencias de un enterregado raspón o un inflamado chipote. Percances luego aliviados con la clásica sobadita al ritmo de aquella inolvidable tonadilla: “Sana, sana, colita de rana, sino sanas hoy, sanarás mañana”. Eran gajes del oficio de ser niño, cuando los juegos al aire libre eran favoritos y obligados.

Fotografías mucho más antiguas del parque Agua Azul revelan imágenes que bien pudieran competir con los bucólicos parajes pintados por los expresionistas franceses. En ellas, aparece el apacible lago donde nadaban cisnes y patos, y donde se llegaron a efectuar competidas regatas de remos.

Porque no olvidemos que antes de ser parque público, esos terrenos fueron una vasta propiedad privada dotada con el lago manantial que servía de afluente al río San Juan de Dios.

Debido a ello, según cuentan los cronistas, “en el Novísimo Plano General de la Ciudad de Guadalajara, editado por Loreto y Ancira y Hno. Sucs., (1908); la hoy  Calzada de Independencia aparece como Calzada del Agua Azul extendiéndose desde el Parque hasta la Barranca de Huentitán”.

Comprados por el gobierno en 1885, los terrenos y baños del manantial del Agua Azul, a la familia Álvarez del Castillo, tiempo después se procedió a la construcción del Parque Obrero; nombre con el que bautizaron originalmente el parque Agua Azul.

Nombre proletario que no duró mucho tiempo, aunque parecía denotar una intencionalidad a favor de la integración social igualitaria; lo que para nada resulta cierto, al recordar que hacia el lado poniente del parque ya existía la Colonia Obrera, de donde dada su colindancia, tomó ese nombre.

Aún así, por aquellas sus arboladas calzadas, los domingos y días de asueto pasearon todas las clases sociales, unas mejor ajuaradas que otras, otras llegando en carruaje o a pie; después, en automóvil propio o también a bordo de alguna de las tres líneas de tranvías que salían de Catedral o del kiosco de Maestranza, los que en días de fiestas llegaron a tener 28 corridas, para que así nadie se viera limitado de llegar al Agua Azul y disfrutar de sus atractivos naturales.

En aquel lago del Agua Azul fue donde, en 1907, se llegó a concluir la accidenta filmación de una de las primeras películas de la filmografía tapatía.

Dicha cinta, Ladrón de bicicletas, fue producida, fotografiada y dirigida por los hermanos Carlos y Alfonso Stahl. La trama de su guión, como es lógico suponer, narra el robo de una bicicleta y la persecución del ladrón por varias calles de la ciudad hasta llegar al lago del Agua Azul, donde en sus aguas el ladrón se sumerge con todo y bírula, ahogando así la prueba del delito para luego, nadando, llegar hasta la orilla opuesta del lago donde procedió a burlarse de sus pretendidos captores.

Esa toma final, de manera imprevista contó con la participación del entonces jefe de la policía de Guadalajara, un coronel de apellido España, quien formó parte de la persecución, pero no sólo de la ficticia que se realizaba en contra del supuesto ladrón; sino de la que él mismo realizó en la vida real en contra de los hermanos Stahl y su equipo de filmación, al considerar que ellos estaban alterando el orden público.

Gran parte de los eventos de carácter masivo que se realizaron en Guadalajara hasta los años 70 del siglo pasado, se realizaron en el parque Agua Azul.

Ahí hubo eventos de todo y para todos. Audiciones musicales de Orquestas Típicas y de la Banda de Tranviarios. Fiestas infantiles organizadas por la Confederación de Agrupaciones Obrero Libertarias de Jalisco. Demostraciones de las novedades en maquinaria agrícola, como los tractores “Titán, Samson [sic] y Case”, con todo y sus respectivos arados. Fiestas escolares cuyos programas incluyeron números tan atrayentes como “los asaltos con florete, competencias de patinadores, regatas y ejercicios de gimnasia”; éstos últimos realizados alguna vez por “alumnas de la Escuela Superior No. 1, dirigida por la señorita profesora Aurelia L. Guevara; alumnas que [para total regocijo de los tapatíos] lucieron sus vistosos blumers”.

En 1930, del lado norte del Agua Azul se construyeron las albercas públicas, que además de un sólido graderío tuvieron una vista magnífica al desaparecido estadio de Los Ángeles. En 1957, con el inconfundible diseño de Alejandro Zohn, se construyo la Concha Acústica, foro al aire libre renovado en el 2013 y donde infinidad de presentaciones artísticas y actos cívicos o políticos se llevaron a cabo.

Dos construcciones inolvidables y representativas del Agua Azul sin duda fueron la famosa fuente azulejada obra de Rafael Urzúa, mejor conocida como “La copa de don Sabás”; y el arqueado puente que tendido sobre la Ave. González Gallo enlaza aéreamente las dos secciones del parque.

Pudiera decirse que la vigencia social del parque Agua Azul perduró hasta muy años recientes, cuando todavía era recinto para aquel Festival Monumental pro Desayunos Escolares y, después, como sede de las concurridas Fiestas de Octubre.

Después de esos eventos, ya nada fue igual para el Agua Azul, su asistencia menguó marcadamente, a pesar de haber sido remozado en varias ocasiones, contando ahora con instalaciones complementarias como el Aviario, el Orquidiario, el Mariposario y una Sala de Exposiciones.

Con la construcción del nuevo Zoológico Guadalajara, el antecedente de éste, ubicado en el Agua Azul y construido en 1925 por el entonces gobernador José Guadalupe Zuno Hernández, también pasó a formar parte de la historia tapatía.

Fue precisamente ese antiguo zoológico, el que en sus últimas épocas no era otra cosa sino unas desperdigadas y viejas jaulas metálicas que en recluidas condiciones resguardaban algunos ejemplares de la fauna denominada exótica, una de las razones principales para trasladar las Fiestas de Octubre hacia su todavía sede actual por rumbos del Auditorio.

Se argumentó en su momento el enorme stress que les ocasionaba el ruido y las multitudes perjudicaba a esos animales, mismos que, hasta donde el recuerdo alcanza, no eran sino unos pocos ejemplares de leones bien alimentados, unos cuantos changos maromeros e impúdicos y escasas aves tropicales que aburridas picoteaban dentro de jaulas circulares.

En su última época, casi nada quedaba de la fauna importada en aquel año de 1925, cuando se informaba la llegada de animales con un costo de 9 mil 500 dólares, adquiridos por el gobierno estatal en la ciudad de Kansas, EEUU, a través del Ing. Benjamín Contreras.

Entre aquellos ejemplares se hacía relación de “dos puercoespines de Java, un canguro negro, una tigresa, dos cacatúas amarillas, un mono gigante Rhesus, un elefante, una camella, un mono babuino, dos jabalíes europeos, dos ciervos, varios pavos blancos, cisnes negros, una llama, veintidós gansos con espolón y treinta y nueve variedades de palomos”.

Con anterioridad se había solicitado de manera pública y reiterada entre la población, la donación de ejemplares para ser exhibidos.

Además, existieron diversos eventos con la finalidad de recaudar fondos para la compra de ejemplares y el acondicionamiento de las instalaciones de aquel primer parque zoológico.

Fue así como el 27 de febrero de 1925, con bombo y platillo, se realizó en el Teatro Degollado la “Suntuosa función a beneficio del parque zoológico del Agua Azul”, en la que la Compañía de Luis Mendoza López, S. C., presentó la obra “El gato montés jugando al amor”.

También, y con los mismos fines, hubo otros eventos, como la corrida de toros cuyo cartel se integró con los matadores Chicuelo y Silveti, que torearon ejemplares de primera clase de la ganadería Parangueo, desencajonados “a la vista del público”.

Para tales efectos promotores, existió una activa Junta Impulsora del Parque Zoológico del Agua Azul, misma que con toda oportunidad iba informando de la llegada de nuevos ejemplares, como aquellos tigres “indués”, [sic], que llegaron a bordo del tren express de las ferroviarias Líneas Nacionales.

Fue tanto el alboroto que levantó ese año la creación del parque zoológico, que el dramaturgo Narciso Parga se dio a la tarea de escribir una zarzuela titulada “El Parque de Mandamás”, en obvia alusión al gobernador Zuno, al cual oportunamente dedicó la función de estreno.

Las representaciones de esa obra se efectuaron en el desaparecido Teatro Zelayarán, donde llegó a tener enorme éxito, alcanzando en poco tiempo la cifra récord de 74 puestas con lleno total.

En su última función, los empresarios anunciaron en escena la participación en vivo de la Banda de Gendarmería, “cedida galantemente por el gobernador del estado”, así como de “los alumnos de la Escuela de Artes, los artistas y las fieras del circo Fernandin y [ni más ni menos que] el leopardo del Museo Zoológico del Agua Azul”.

Sin duda alguna, una de las mejores anécdotas que ese parque zoológico tuvo fue la vez que la madrugada de un domingo 10 de mayo, la pantera negra que ahí se resguardaba intentó escapar, “destrozando la tela de alambre que [servía] de techo y subiéndose por el grueso tronco de un árbol situado dentro de su mismo departamento”.

La noticia de la pantera negra trepada arriba del arbolote corrió como reguero de pólvora. Primero entre los miles de visitantes dominicales del parque Agua Azul, y de allí por todo Guadalajara.

El peculiar incidente no pasó a mayores. Las autoridades municipales pa’ pronto hicieron acto de presencia en el lugar de los hechos, controlando la situación muy a la tapatía, o sea, mediante “un grupo de gendarmes de la montada [apostados] alrededor de la jaula con instrucciones de hacer fuego sobre la pantera en caso de que ésta descendiera e intentara fugarse”.

Fuga para la que todo indica que no se realizó. Afortunadamente.

Habría ahora que intentar una recopilación de la mayor cantidad posible de historias pasadas o presentes relacionadas con nuestro propio Chapultepec, el querido parque Agua Azul. ¿No cree usted?

Por Carmen Libertad Vera

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