¿Puede un pueblo dar lucha sin armas?

Por Oziel Gómez

Israel hubiera tenido una vida mucho más

fácil si su adversario directo fuera otro.

Pero ha topado con los palestinos.

Un hueso duro de roer”.

-Ryszard Kapuscinski,

Cristo con un fusil al hombro

El 17 de febrero de 2017 se celebraron 12 años del inicio de la resistencia sin violencia que los habitantes del pueblo palestino de Bil’in mantienen contra la ocupación israelí. Al hacerlo ininterrumpida y pacíficamente han sentado un precedente en la historia del movimiento de liberación en Cisjordania. Cada viernes, decenas marchan hacia el muro construido por Israel sobre suelo palestino. Cada viernes, las fuerzas de seguridad israelíes los esperan a mitad de camino para dispersarlos por la fuerza. Esta es la primera parte de las notas y entrevistas de un viaje realizado en 2015 al pueblo que eligió la vía pacífica para hacer frente a la violencia.

***

Son casi las doce del mediodía. El sol se encuentra en su punto más alto y en el pueblo de Bil’in, al oeste de Cisjordania, predomina una calma apenas interrumpida por el paso de una miniván de pasajeros. El almuecín recita un último verso del Corán. El eco de su voz, que sale por un megáfono instalado en la punta de un minarete, se esparce por el valle hasta extinguirse lentamente. La jumaah, el servicio de oración de cada viernes en la mezquita, ha concluido.

Minutos más tarde, a un par de cuadras del sitio, Abdullah, antiguo profesor de preparatoria, sale de su casa con una bandera palestina al hombro. Calles más adelante, en la sala de su hogar y frente a un póster de Yasser Arafat, el fotógrafo y estudiante universitario Hamde Abu Rahma se ajusta el chaleco antibalas alrededor del pecho y prepara su cámara. En un viejo edificio de una planta, Muhab explica a un grupo de turistas extranjeros cómo protegerse del gas lacrimógeno y las balas de goma.

Después de las doce, Muhab y los turistas abandonan el edificio y se dirigen a la salida oeste del pueblo. Al llegar junto a un montículo de piedras donde crecen varios nopales, se detienen y esperan. En los próximos minutos llegan al lugar varios grupos de residentes, algunos activistas extranjeros, anarquistas israelíes con banderas rojinegras y una ambulancia de la Media Luna Roja. También Abdullah y Hamde.

Frente a ellos se extiende un campo de olivos, ya sin fruto, dividido por una carretera maltrecha y encharcada que a varios cientos de metros se eleva ligeramente y se pierde tras una colina. Es el camino que conduce al muro de separación israelí, la ruta por la que cada viernes, desde hace 10 años, decenas de palestinos, junto a activistas isralíes y extranjeros, han marchado para exigir el fin de la ocupación. En un par de semanas celebrarán el décimo aniversario del movimiento de resistencia palestino que rechazó el uso de las armas en un contexto de violencia y represión constantes. La marcha de hoy se suma a la lista de más de 500 actividades que han llevado a cabo desde su inicio en 2005.

El contingente de aproximadamente 30 personas avanza al grito de Abdullah:

From Jericho to the sea Palestine will be free!

From Jericho to the sea Palestine will be free! —repiten todos más o menos al unísono.

Caminan con determinación, aproximándose a una pendiente al final de la cual se encuentra un escuadrón de soldados israelíes apostados juntos a dos jeeps. El objetivo, el de cada viernes: disolver a los manifestantes a como dé lugar e impedir que avancen hasta el muro.

Un soldado toma un altavoz y pide al grupo que se detenga y retroceda. Pero éste avanza.

Free, free Palestine. From Jericho to the sea Palestine will be free! —gritan otra vez, con más fuerza. Las banderas palestinas ondean. Los soldados apuntan sus rifles cargados con latas de gas lacrimógeno…

Ahlan wasahlan! ¡Bienvendios!

Bil’in es un pueblo de mil 800 habitantes que despiertan cada día con el canto de las aves y la brisa fresca que sopla desde el Mar Mediterráneo. En los ratos libres, las familias se reúnen en los patios y pórticos de sus casas para tomar té y conversar. Dicen que pasan tanto tiempo en convivencia que los hijos de los parientes son como los propios.

El ruido es escaso. El ajetreo de la ciudad de Ramalá se diluye en los 25 kilómetros que la separan del pueblo. El único enlace entre ambos sitios es una carretera angosta y descuidada que sube y baja por colinas en las que centenares de viejos olivos esperan el próximo otoño para dar su fruto. La hierba, verde y baja, cubre el terreno en todas direcciones y le da al paisaje un aire apacible y de sutil belleza.

Después de 20 minutos de recorrido aparecen las primeras construcciones del pueblo. Unas casas ocultas tras los árboles, una escuela, una tienda, un taller. Sería la entrada típica de un pueblo cualquiera si no fuera por los trazos irregulares de pintura en aerosol realizados sobre algunas de las bardas y paredes. Forman palabras, frases en lengua árabe, las siluetas de banderas palestinas e incluso de armas.

En un letrero frente a la mezquita, bajo la leyenda “We will never forget”, se encunentran los retratos de las víctimas mortales más recientes de la represión israelí en Bil’in: los hermanos Bassem y Jawaher Abu Rahma. Bassem murió en abril de 2009 durante una manifestación tras recibir el impacto de una lata de gas lacrimógeno directamente en el pecho. Su hermana Jawaher falleció dos años después al quedar atrapada en medio de una densa nube de gas que las tropas israelíes habían ocasionado para dispersar a los manifestantes.

Las calles de Bil’in están llenas de señales como estas que recuerdan lo que esta localidad de mañanas frescas y atardeceres violetas ha pagado y aprendido por ser lo que es desde hace ya una década: símbolo internacional de la resistencia sin violencia contra la ocupación israelí. Sobre sus bardas están plasmados los indicios de sus últimos 10 años.

Pequeño, pero bravo

La palabra árabe intifada significa “levantamiento”. Es utilizada para denominar las revueltas populares palestinas de 1987 y 2000 contra la ocupación israelí en Cisjordania y Jerusalén Este. Concluidas con miles de muertos y aún más heridos de ambos bandos, encendieron, cada una en su tiempo, el debate acerca de cuál era el mejor camino para ejercer presión sobre Israel y hacer realidad la creación de un Estado palestino.

Hasta los primeros años del nuevo milenio, la vía armada había contado con el consenso de buena parte de la sociedad palestina. En 2004, sin embargo, al finalizar la segunda Intifada, algunos sectores ya albergaban profundas dudas sobre la eficacia de las armas para liberar los territorios. Aunque era cierto que el levantamiento más reciente había avivado el espíritu de resistencia, al mismo tiempo había complicado el conflicto, causado miles de muertos, heridos y, finalmente, validado la excusa perpetua del gobierno israelí para justificar y recrudecer la represión contra la comunidad palestina. Hacemos esto y aquello con fines de seguridad, era —y aún es— el argumento.

Se había perdido mucho y recuperado apenas nada. De modo que si aún existía alguna alternativa de resistencia para la sociedad palestina que no acabara imbuida por la ola de violencia, aquel era un momento oportuno para emprenderla.

Unos meses más tarde, el pueblo de Bil’in la puso en marcha. Fue sin pretenderlo, pero con motivos suficientes. Dos años antes, mientras los enfrentamientos entre palestinos e israelíes continuaban sumando muertos y heridos, Israel había anunciado la construcción de una barrera de alambre y páneles de hormigón de ocho metros de altura a lo largo de su frontera este con el objetivo de impedir el paso de atacantes suicidas provenientes de Cisjordania.

Sin embargo, una vez iniciada la obra, las maquinas de construcción avanzaban cientos de metros más allá de la frontera israelí determinada por la legislación internacional. El 85 por ciento del muro era levantado en suelo palestino y terminaría por anexar a Israel 12 por ciento más del territorio de Cisjordania. Alrededor de 300 de las miles de hectáreas que ya habían quedado detrás de la barrera pertenecían a Bil’in.

Al verse despojada de una parte vital para su sustento, los residentes del pueblo salieron a protestar en las calles la primavera de 2005. Videos de esos días muestran a mujeres y hombres, jóvenes, ancianos e incluso niños caminando hacia los campos de cultivo mientras exigen con cantos, consignas y aplausos el fin de la ocupación y el desmantelamiento del muro.

Se los ve desafiantes y seguros al gritar sus exigencias a los militares israelíes que los esperan junto a la valla y que no tardan en responder con gases lacrimógenos, balas de goma y granadas aturdidoras. Los heridos, intoxicados y detenidos, comenzaron a contarse por montones en cada manifestación. Sin embargo, las marchas continuaron realizándose una y otra vez durante las semanas y meses posteriores. La creación de un comité popular de resistencia permitió la realización de actividades que incluían expresiones de resistencia pacífica inusuales e incluso cómicas que pronto llamaron la atención de la prensa internacional y ganaron simpatías alrededor del mundo.

Bil’in ya no volvería a ser sólo el nombre de una villa dentro del asfixiado territorio palestino. A partir de entonces se convirtió en un símbolo y pieza clave del movimiento de resistencia sin violencia. También, desde aquél momento, se colocó en el blanco de las fuerzas de seguridad israelíes.

Viernes de oración… y protesta

Las detonaciones de los fusiles hacen un ligero eco en el valle. Una decena de las latas de gas lacrimógeno dibujan su rastro blanco en el aire y se precipitan sobre el grupo. Al caer rebotan, giran y exhalan con fuerza un humo que se esparce con rapidez y que desde el primer contacto irrita los ojos y obstruye las gargantas de los manifestantes.

Mientras unos retroceden o se apartan del camino Ahmad, que porta una máscara antigás, desenrolla una honda artesanal y corre hacia las latas aún humeantes. De prisa y alerta por si hay nuevos disparos, recoge un envase y lo coloca en la bolsa de la honda. Uno, dos, tres, cuatro giros, y luego un zumbido. La lata se pierde tras una espesa nube blanca. Otros jóvenes, también protegidos con máscaras o simples pañuelos, se unen a Ahmad. Sin embargo, aún si lo hicieran con fuerza y algo de puntería, no parece muy probable que sus lances sean capaces de poner en aprietos a un grupo de soldados parapetados junto a jeeps blindados colina arriba. Además, por cada tiro de los jóvenes los soldados disparan una carga diez veces mayor y certera.

En poco tiempo la nube de gas se vuelve tan densa que sólo permanecen cerca aquellos que tienen un máscara antigás. Ahmad cruza una barda de piedras y se escabulle entre el olivar donde el resto de sus compañeros intentan recoger latas o piedras enterradas en el barro. Los soldados no tardan en detectar la presencia de los muchachos entre los árboles. Dominando el olivar y la pendiente desde lo alto comienzan a disparar balas de goma (proyectiles de metal recubiertos de caucho). El escuchar el zumbido de estas al pasar cerca los jóvenes, algunos de los cuales no superan los quince años, se cubren la cabeza con los brazos y corren en busca de un refugio más seguro. Instantes más tarde el estruendo de la lanzadera del jeep anuncia la pronta caída de hasta catorce latas a la vez.

Se genera una nueva nube blanca y espesa detrás de Ahmad y sus compañeros que les corta el paso hacia el pueblo. Pero permanecen tranquilos, aunque atentos, agazapados detrás de árboles y montículos de rocas. En realidad no se trata de ningún momento extraordinario en este pueblo: esta es la manera en que han terminado las protestas de los viernes y muchas de las actividades pacíficas de resistencia organizadas por el comité local durante la última década. En este tiempo niños, jóvenes y adultos del pueblo han perdido el miedo a los soldados, a los arrestos, a la posibilidad de ser impactados por una lata o una bala de goma.

Si los militares avanzan hacia el pueblo, ellos retrocederán. Pero no más que lo justo, para no ser arrestados o convertirse en blanco fácil. Cuando los uniformados retrocedan, ellos avanzarán de nuevo. Las arcadas estentóreas y los ojos rojos de tantas lágrimas y ardor que provoca el gas únicamente los hace apartarse a tomar un respiro. En cuanto recuperan el aliento y la visión regresan con sus hondas listas, o las manos en alto, haciendo la “V” de la victoria.

69 años de ocupación israelí y su extenso historial de represión los han hecho porfiados. Como el hermano del fotógrafo Hamde, cuya asistencia a las protestas de cada viernes hace difícil creer que estuvo en coma 25 días tras ser impactado en la cabeza por una lata de gas. Como Abdullah Abu Rahma, que ha pasado hasta nueves meses en una prisión israelí por su participación en las mismas protestas que hoy encabeza. Como Rani Abdel Fatah, que documenta con su cámara fotográfica cada manifestación desde la silla de ruedas en la que lo dejó una bala israelí.

Participan en las manifestaciones con la misma fidelidad con la que se congregan cada viernes en la mezquita para orar. Y esa porfía, ese volver una y otra vez, ha sido una de las claves de sus logros.

El más significativo de ellos llegó en junio de 2011. Cuatro años después de que la Suprema Corte de Justicia israelí emitiera la orden, comenzó la reubicación de la valla que separaba Bil’in de sus tierras de cultivo. Seis años de movilizaciones populares que terminaban con olor a gas lacrimógeno y tardados procesos legales dieron como resultado la recuperación de 110 de las 235 hectáreas que originalmente pertenecían al pueblo.

Y aunque al mismo tiempo la corte legalizó plenamente el asentamiento israelí Modi´in Illit, que se desarrollaba con rapidez tras la valla y sobre suelo palestino, la eficacia de la resistencia sin violencia ya era un hecho probado para los residentes del pueblo y quienes los apoyaban.

El movimiento mantuvo el ímpetu. La represión ejercida por las fuerzas de seguridad israelíes también.

Morir en Palestina

Morir en Palestina, la tierra donde nació. Eso quiere Hamde, un estudiante universitario y fotógrafo de veinticinco años originario de Bil’in. Por eso regresó al pueblo después de pasar una temporada en Alemania. Cuenta esto mientras visita el sitio donde planea vivir: un terreno pequeño no muy lejos de la casa de sus padres. Los cimientos, muros y techo de su futuro hogar ya están construidos. Algunas hortalizas que sembró en el patio trasero pronto darán frutos.

Es un atardecer espléndido el de este día de invierno. El cielo, gris durante la última semana, hoy es de un azul límpido que adquiere tonos violetas con la caída del sol. La brisa mece con suavidad la hierba de un amplio pastizal en el que dos niños apacientan un rebaño de cabras. Al fondo, después de las últimas casas, una cadena de colinas llenas de verdor se extienden hasta perderse en el horizonte. Detrás de ellas se esconde la ciudad de Jerusalén y aún más allá el Mar Mediterráneo.

Es común escuchar a los palestinos que viven en Jordania decir con entusiasmo —aún sin haberla visitado—: Palestina es hermosa. Yamila yitan, dirán en árabe llenos de orgullo. Y cada palmo del terreno que Hamde observa a través del humo de su cigarrillo da crédito a su expresión. Yamila yitan.

Sin embargo, tan espléndido paisaje no evita que en la mente de Hamde surja una contradicción que agobia a muchos palestinos. Sí, ama esta tierra, pero no quiere que sus hijos vivan aquí. No en las condiciones actuales.

—¿Para que vivan en la ocupación? ¿Te gustaría que tus hijos vivieran aquí? — pregunta con seriedad.

Desde que regresó a Cisjordania, ha documentado con su cámara y difundido en las redes sociales las consecuencias de la ocupación y la represión que sufren los integrantes del movimiento de resistencia pacífica principalmente en Bil’in. Las agresiones durante las protestas son solo los indicios mejor conocidos del control que ejerce Israel en la zona, pero no los únicos.

Aunque lograron recuperar una parte de las tierras anexadas a Israel por la valla tienen prohibido cavar pozos o levantar cualquier edificación en ellas. Un patio de juegos para niños y varias instalaciones agrícolas ya han sido destruidos.

Las incursiones nocturnas del ejército israelí son algo recurrente. Los videos grabados por activistas y reporteros locales muestran a los soldados irrumpiendo con violencia en las casas y apuntando sus armas al rostro de cualquiera que se cruce en su camino. Las mujeres y los niños lloran. Los hombres, desesperados, intentan evitar que los soldados continúen derribando las puertas al entrar.

—Sacan a todos; no les importa si está lloviendo les dan cinco minutos para salir —Recuerda Hamde—. A veces registran las casas sin arrestar a nadie, solo para molestar.

Situaciones como estas, la muerte de sus primos Bassem y Yahawer y el encarcelamiento de varios miembros de sus familia por participar en las protestas, hacen mella en el espíritu alegre de Hamde.

—Desde que yo crecí esto está igual, incluso peor. Te cansas, la gente está cansada.

Pero no, y lo expresa con firmeza, ni a pesar del cansancio se marcharía de aquí.

—Esta es mi tierra, ¿por qué me voy a ir? —dice y clava su mirada en un horizonte de brillantes tonos anaranjados—. ¿Por qué alguien querría irse de su tierra? 10 por ciento te dirá que quiere irse; 90 por ciento dirá que moriría en Palestina.

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