Yo creo que una de las causas más poderosas de la indiferencia y apatía que sentimos muchos mexicanos por las cosas políticas se debe a que el PRI, en cincuenta años de batallas contra sí mismo, ha logrado acuñar un lenguaje que es, para un neófito, oscuro y francamente soporífero.

Yo creo que pocos son los que, sin esperanzas de —no de una chamba— “tener la oportunidad de servir al país”, son capaces de seguir con atención y de principio a fin, el proceso de cómo alguien sale de la oscuridad, de las Cámaras, o de alguna Secretaría, y llega a convertirse en el ciudadano número uno de su estado natal.

Una precandidatura venturosa es aplastante, no sólo para los demás aspirantes, sino también para el lector: es una serie de adhesiones de personas con apellidos dobles, dignos de un directorio telefónico —“No me quite usted el “Lic.”, que bastante trabajo me costó conseguir el título”. No lo dudo— y de organismos difíciles de distinguir, imposibles de imaginar.

Por lo anterior, seguí con cierto interés el caso de Manuel Carbonell de la Hoz, aprovechando lo corto que fue Y lo escandaloso, en un intento de descifrar cómo hace el PRI las cosas, y cómo se llega o no se llega a gobernador.

Según parece, la consigna del Partido es que ya no va a haber tapados. El proceso empieza con un “periodo interno de escogimiento”. ¿Dónde se hace esto? Yo creo que en las alturas: allí fue donde Reyes Heroles no votó por Carbonell. Después se brinca al otro extremo del Partido, al escalón más bajo: los organismos. Que “se adhieren” a alguien —supongo que alguno de los “escogidos”—y lo proponen como precandidato. Más tarde el comité ejecutivo “ausculta”, y decide “hacia dónde se inclinan las mayorías”. Hecho esto, nombra candidato y, como quien dice, a menos de que el día de las elecciones gane el PAN, nombra gobernador.

Según parece, las adhesiones tienen que venir en avalancha. Podemos imaginar el despacho del presunto precandidato, atestado de políticos, de campesinos, de obreros, etc. “Venimos a darle nuestro apoyo”. Cuando la cosa va bien, creo yo, todos los organismos, reales e imaginarios, acaban pasando por el despacho. El lema secreto del Partido es, o debería ser: “Yo te defiendo mientras nadie te ataque”.

Cuando hay resistencia en algún nivel de la política, podemos imaginar que al día siguiente un reportero se presenta en el despacho del protoprecandidato que no gozó de la unanimidad, y le pregunta:

—Dicen por allí que usted es responsable de… —aquí entra una serie de atrocidades.

—Ya sé quién manejó ese rumor —contesta el entrevistado—… Si hubiera sido cierto, yo no sería precandidato a la gubernatura —no sabe que en esos momentos el presidente del comité ejecutivo está diciendo que no votó por él.

Yo creo que esta clase de non sequitur —el de dar como prueba de inocencia una precandidatura— sólo se da en México. Se dio en el caso de Carbonell.

—… para cometer un crimen de esa naturaleza se necesitaría ser perverso. Yo no lo soy. Si lo fuera no estaría yo aquí (en el Palacio de Gobierno).

Otras credenciales son las de haber pasado trabajos. “Me casé antes de cumplir 16 años, a esa edad fui padre Y he mantenido mi matrimonio. Pregunte cómo logré hacer mi carrera, cómo me formé”.

Confiesa tener enemigos políticos.

—En la política se hacen grandes amistades (!), pero también se ganan enemigos gratuitos.

—Son pequeños grupitos… —dijo.

Los pequeños grupitos triunfaron. El líder de la CNC hizo un viaje a Veracruz para pedir “solidaridad” con la decisión de que Carbonell de la Hoz no llegue ni siquiera a precandidato.

Grupos estudiantiles amenazaron con quemar sus credenciales del PRI. La CNOP declaró que apoyaría la precandidatura de Carbonell, “pero que sería respetuosa del pronunciamiento mayoritario y se disciplinaría”. El gobernador también se disciplinó. Todos se disciplinaron.

Por Jorge Ibargüengoitia

*Texto publicado en Excélsior (1974).

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