¿Qué andaba buscando Orwell en prisión?

Por George Orwell

Esta aventura fue un fracaso teniendo en cuenta que mi objetivo era que me encarcelaran y al final no conseguí nada más que pasar 48 horas bajo custodia; de cualquier modo, la relato aquí porque los procedimientos judiciales, etcétera, resultaron bastante interesantes. Escribo esto ocho meses después, de modo que no estoy seguro de las fechas, pero todo ocurrió una semana o diez días antes de la Navidad de 1931.

Salí un sábado por la tarde con cuatro o cinco chelines y me dirigí a Mile End Road, puesto que mi plan era emborracharme hasta perder el conocimiento y me imaginé que en el East End serían menos tolerantes con los borrachos. Compré algo de tabaco y un ejemplar de la revista Yank para mi futuro encierro. Enseguida, en cuanto abrieron los bares, me tomé cuatro o cinco pintas coronadas por un cuarto de botella de whisky, lo que me dejó con dos peniques en el bolsillo. Para cuando terminé con el whisky estaba pasablemente borracho, más de lo que pretendía en un principio, porque no había comido nada y el alcohol actuó rápidamente en mi estómago vacío. Apenas podía tenerme en pie, pero tenía bastante claras las ideas. En mi caso, cuando bebo suelo seguir pensando con claridad mucho después de que mis piernas y mi lengua me hayan abandonado. Tambaleándome, recorrí la acera un buen rato en dirección oeste sin toparme con ningún policía, a pesar de que las calles estaban repletas de gente y todo el mundo me señalaba y se reía de mí. Finalmente vi acercarse a dos agentes. Saqué la botella de whisky que llevaba en el bolsillo y, ante sus ojos, me bebí el resto, lo que me dejó prácticamente noqueado; me agarré a una farola y me deslicé hasta el suelo. Los dos policías corrieron hacia mí, me pusieron boca arriba y me quitaron la botella de las manos.

Ellos: ¡Alto ahí! ¿Qué ha estado usted bebiendo?

Por un momento debieron de pensar que intentaba suicidarme.

Yo: ¡Dejarme en paz! ¡Es… es mi whisky!

Ellos: ¡Caramba, cómo se ha puesto! Se lo ha bebido usted todo, ¿eh?

Yo: Me he div… divertido un boco, nada más. Esdamos en Navidad, ¿no es cierto?

Ellos: Todavía falta una semana; se ha confundido usted de fechas. Más vale que nos acompañe, no vaya a ser que le suceda algo.

Yo: ¿Y b… bor qué he de ir con ustedes?

Ellos: Lo cuidaremos hasta que se sienta mejor. No puede ir por ahí en este estado.

Yo: Muy bien, pero vayamos por odra copita.

Ellos: Ya bebió bastante por hoy, amigo. Mejor acompáñenos.

Yo: ¿Adónde me llevan?

Ellos: A donde pueda echarse una siesta con sábanas limpias y un par de mantas.

Yo: ¿Y habrá de b… beber?

Ellos: Desde luego, hay un bar en el mismo edificio.

Mientras hablábamos, me iban conduciendo amablemente por la calle. Me tenían cogido de tal modo (he olvidado cómo lo llaman) que podían romperme los brazos al menor movimiento, pero me trataban como si fuera un niño. Por dentro estaba bastante sobrio, y me divertía observar la manera tan ingeniosa en que intentaban persuadirme de que fuera con ellos sin revelarme que nos dirigíamos a la comisaría. Me imagino que ese es el procedimiento habitual con los borrachos.

Cuando llegamos a la comisaría (era la de Bethnal Green, pero no lo supe hasta el lunes) me dejaron caer en una silla y empezaron a vaciarme los bolsillos mientras el sargento me interrogaba. Por mi parte, fingí estar demasiado borracho para dar respuestas coherentes, y el sargento les ordenó muy enfadado que me llevaran a una celda, cosa que hicieron. La celda tenía casi el mismo tamaño que las de los albergues para indigentes (de tres por uno cincuenta, y de unos tres metros de alto), pero era mucho más limpia y tenía mejor aspecto. Estaba recubierta de mosaicos y tenía un inodoro, un grifo de agua caliente, una cama de tablones, una almohada de crin de caballo y dos mantas. Había un ventanuco con barrotes cerca del techo y una bombilla que se mantenía encendida toda la noche, protegida por una tulipa de vidrio grueso. La puerta era de acero, con la característica mirilla y la abertura por la que pasaban la comida. Al registrarme, los agentes me habían quitado el dinero, las cerillas, la maquinilla de afeitar y la bufanda; esto último, según supe más tarde, porque algunos presos se han ahorcado con ella.

No hay mucho que contar sobre el día y la noche siguientes, que fueron extraordinariamente aburridos. Me encontraba terriblemente mal, mucho más que en cualquier otra ocasión en que me hubiera tomado una copa de más, seguramente por haber tenido el estómago vacío. El domingo me dieron de comer dos veces pan, margarina y té (tan malo como el de los albergues), y una vez carne con patatas; esto último, según creo, gracias a la amabilidad de la esposa del sargento, porque hasta donde sé a los presos sólo les dan pan y margarina. No me permitieron afeitarme, y para lavarme sólo dispuse de un poco de agua fría.

Cuando tuve que declarar para rellenar la hoja de cargos, eché mano de la historia que siempre cuento: que me llamo Edward Burton y que mis padres tienen una pastelería en Blythburg, que fui dependiente en una pañería de la que me despidieron a causa de la bebida y que mis padres, hartos de mis malos hábitos, me echaron de casa. Añadí que había estado trabajando como mozo de cuerda en Billingsgate y que, después de ganar “por sorpresa” seis chelines el sábado, me había ido de juerga. Los policías fueron bastante amables y me sermonearon sobre la embriaguez aludiendo a aquello de que “se daban cuenta de que aún había algo bueno en mí”, etcétera. Me ofrecieron dejarme ir bajo fianza si prometía pagarla después, pero no tenía dinero ni adónde ir, de modo que preferí seguir bajo custodia. Resultó bastante aburrido, pero tenía mi ejemplar de Yank y podía fumarme un cigarrillo cada tanto si le pedía el mechero al guardia. (A los presos, desde luego, no se les permite tener cerillas).

A la mañana siguiente, muy temprano, me sacaron de la celda para que me lavara, me devolvieron la bufanda, me condujeron al patio y, de allí, a una furgoneta que llamaban la María Negra. Por dentro parecía a un baño público francés, con una fila de pequeños compartimentos cerrados a cada lado, cada uno con el espacio justo para sentarse. Algunos presos habían garabateado sus nombres, sus delitos y la duración de sus condenas por todas las paredes del compartimento, además de variantes de este pareado:

El agente Smith se cree muy chulo,

pero la boca le huele como el culo.

Pasamos por varias comisarías, donde recogimos a unos diez presos en total, hasta que la furgoneta se llenó. Aun así, íbamos bastante a gusto. Las puertas de los compartimentos tenían una abertura en la parte alta, a modo de ventilación, por donde podíamos sacar las manos y pasarnos cerillas que alguien había conseguido introducir de contrabando, así que no paramos de fumar. En algún momento empezamos a cantar y, como se acercaba la Navidad, interpretamos varios villancicos. Llegamos al juzgado de Old Street justo cuando cantábamos:

Adeste, fideles, laeti triumphantes

Venite, venite in Bethlehem, etcétera,

lo que me pareció francamente inapropiado.

Ya en los juzgados, me sacaron de la furgoneta y me recluyeron en una celda idéntica a la de Bethnal Green, hasta el punto de que tenían el mismo número de teselas (las conté en ambos casos). Junto a mí había otros tres hombres. Uno de ellos tenía unos 35, y era un tipo rubicundo y bien vestido que habría podido pasar perfectamente por un viajante de comercio, o quizá por un corredor de bolsa; otro era un judío de mediana edad, de aspecto igualmente atildado. El tercero era sin duda un ladrón habitual. Era bajo de estatura y tenía un aspecto tosco, el pelo gris y la cara llena de arrugas.

Como se acercaba su juicio, se hallaba en un estado de agitación tal que no podía quedarse quieto ni por un instante. No paraba de caminar de un lado a otro de la celda como una bestia salvaje, de chocar contra nuestras rodillas —estábamos sentados en la cama de tablones— y de repetirnos que era inocente. Al parecer lo acusaban de andar merodeando con la intención de robar. Nos contó que había estado detenido en otras nueve ocasiones y que, en casos así, aunque se debieran a meras sospechas, a los reincidentes se los condenaba casi siempre. De tanto en tanto agitaba el puño contra la puerta y exclamaba: “¡Puto madero! ¡Puto madero!”, refiriéndose al “poli” que lo había detenido.

En ese momento metieron a dos presos más en la celda: un muchacho belga bastante poco agraciado a quien acusaban de obstruir el tráfico con una carretilla, y una insólita criatura peluda que debía de ser sorda y muda o que no sabía inglés. Salvo este último, todos los demás presos hablaron de sus casos con gran desparpajo. El elegante y rubicundo era, al parecer, un tabernero que se había embolsado el dinero de la rifa navideña. Como es usual, estaba endeudado hasta las cejas con quienes le suministraban la cerveza, y seguramente se había apropiado del dinero con la expectativa de que ganaría algún premio y podría devolverlo. Dos de los interesados se habían dado cuenta unos días antes de la rifa y lo habían denunciado. El tabernero había devuelto al instante todo el dinero menos doce libras, que devolvió poco después, antes de que se celebrara el juicio. A pesar de todo, estaba seguro de que lo condenarían, porque los jueces suelen mostrarse inflexibles en estos casos; de hecho, más tarde, ese mismo día, lo condenaron a cuatro meses. Por supuesto, podía considerarse arruinado de por vida; los cerveceros lo obligarían a declararse en bancarrota y a vender todo lo que poseía, y nunca más le concederían la licencia para tener un bar. Ante nosotros trataba de hacerse el fuerte y fumaba un cigarrillo tras otro de una reserva de paquetes de Gold Flake que llevaba consigo; me atrevería a decir que era la última vez que tendría suficientes cigarrillos. Mientras hablaba, tenía la mirada fija y un aire abstraído. Creo que poco a poco se estaba dando cuenta de que la vida que había llevado hasta entonces había llegado a su fin, al igual que la posibilidad de tener cualquier ocupación decente.

El judío había trabajado en el mercado de Smithfields para un carnicero kosher. Después de trabajar siete años para él, de repente se había quedado con veintiocho libras, se había ido a Edimburgo —no sé por qué precisamente allí—, se lo había “pasado bien” con unas fulanas y, cuando el dinero se había terminado, había decidido entregarse. Había devuelto ya 16 libras y el resto lo reembolsaría en plazos mensuales. Tenía esposa y varios hijos. Nos contó, y eso me pareció interesante, que su patrón se metería en problemas en la sinagoga por haberlo denunciado. Parece ser que los judíos poseen sus propios tribunales de arbitraje, y se supone que un judío no puede denunciar a otro, cuando menos tratándose de abusos de confianza como ese, sin someterlo primero a uno de esos tribunales.

Algo en lo que estos hombres insistían —se lo oí decir a casi todos los que habían cometido delitos graves— me impresionó particularmente. Era: “No es la cárcel lo que me importa, sino perder mi trabajo”. Me parece algo sintomático del menguante poder de la justicia en comparación con el del capitalismo.

Nos tuvieron esperando durante varias horas. Estábamos muy incómodos en la celda, porque no había sitio para que todos se sentaran en la cama y hacía un frío terrible a pesar de la aglomeración. Varios usaron el inodoro, lo cual resultaba muy desagradable en una celda tan pequeña, sobre todo porque la cadena no funcionaba. El tabernero distribuía sus cigarrillos generosamente y el celador nos daba cerillas. De tanto en tanto, un ruido metálico emergía de la celda contigua, donde estaba encerrado, solo, un joven que había apuñalado a su “fulana” en el estómago; según supimos, era probable que la chica se salvase.

Dios sabe qué era lo que sucedía, pero sonaba como si lo hubieran encadenado a la pared. Alrededor de las diez nos dieron a cada uno una taza de té —al parecer, no lo suministraron las autoridades, sino los misioneros de los juzgados—, y poco después nos condujeron a una especie de amplia sala de espera donde aguardaríamos el juicio. Allí había quizá cincuenta prisioneros, hombres de todo tipo, pero en general mucho mejor vestidos de lo que cabría esperar. Iban de aquí para allá con los sombreros puestos y tiritando de frío. En este sitio fui testigo de algo que me interesó sobremanera. Mientras me sacaban de la celda había visto a dos rufianes mucho más sucios que yo —y que sin duda estaban allí por haberse emborrachado o por obstaculizar el tráfico— a quienes se llevaron a otra celda de la galería. Ya en la sala de espera, esos dos estaban muy atareados, con cuadernos en las manos, interrogando a los otros presos. Al parecer eran soplones a quienes habían introducido en las celdas disfrazados de presos para recoger la información que circulaba por ahí; entre los presos existe una especie de fraternidad, y hablan unos frente a otros sin la menor reserva. En mi opinión, se trataba de una treta bastante sucia.

Mientras tanto, sacaban a los prisioneros de uno en uno y de dos en dos al pasillo y los llevaban a la sala del tribunal. En algún momento, un sargento gritó: «¡A ver, los borrachos, hala!», y cuatro o cinco de nosotros formamos una fila en el pasillo y nos quedamos ahí esperando a que se abriera la puerta del juzgado. Un guardia joven que estaba de servicio me dijo:

—Quítese la gorra cuando entre, declárese culpable y no discuta. ¿Ha tenido otras condenas?

—No.

—Le pondrán seis chelines. ¿Va a pagarlos?

—No los tengo; sólo me quedan dos peniques.

—En fin, no tiene importancia. Tiene suerte de que el juez no sea el señor Brown. Es abstemio. Los borrachos no le hacen ninguna gracia.

Los juicios a borrachos se resolvían tan rápido que no tuve tiempo ni de fijarme en cómo era la sala del tribunal. Sólo me quedó la vaga impresión de haber visto un estrado coronado por un escudo de armas, funcionarios sentados a las mesas que había debajo y una barandilla. Pasamos por ahí como quien atraviesa un torniquete, y en cada caso el procedimiento sonaba más o menos igual:

—Edward-Burton-ebrio-y-haciendo-escándalo-¿iba-borracho?

—Sí.

—Seis-chelines-váyase-¡EL-SIGUIENTE!

Todo esto en cuestión de cinco segundos. Después de atravesar la sala llegamos a una habitación donde había un sargento sentado frente a un escritorio en el que había un libro de cuentas.

—¿Seis chelines? —preguntó.

—Sí.

—¿Los paga?

—No puedo.

—Bien; vuelva a su celda.

De modo que me llevaron de vuelta y volvieron a encerrarme en la misma celda. No había estado ni diez minutos fuera.

El tabernero también estaba de regreso porque su juicio se había pospuesto, lo mismo que el belga, que, al igual que yo, no tenía con qué pagar la multa. Quien no estaba era el judío; no supimos si lo habían condenado o lo habían dejado libre. A lo largo del día, los presos iban y venían, algunos en espera de juicio, otros pendientes de que hubiera espacio en la María Negra para llevarlos a prisión. Hacía frío y el olor a heces se volvía insoportable por momentos. Hacia las dos nos dieron el almuerzo; consistió en una taza de té, dos rebanadas de pan y margarina para cada uno. Aparentemente, eso era lo que indicaba el reglamento. Si uno tenía amigos fuera, podía pedir que le hicieran llegar comida, pero me pareció extraordinariamente injusto que un pobre hombre tuviera que afrontar su juicio con sólo pan y margarina en el estómago; y además sin afeitarse —en mi caso, no había podido hacerlo en cuarenta y ocho horas—, lo que podía indisponer a los magistrados en su contra.

Entre los presos que pasaron por la celda había dos amigos o socios que por lo visto se llamaban Snouter y Charlie, a quienes habían detenido por algún delito callejero; me atrevería a decir que habían obstaculizado el tráfico con una carretilla. Snouter era un tipo flaco, de tez enrojecida y apariencia maligna; Charlie, por su parte, era bajito y fuerte, y de aspecto alegre. Su conversación resultó de lo más interesante.

Charlie: Joder, qué puto frío que hace aquí. Por suerte no está el viejo Brown; ese te echa un mes en cuanto te ve.

Snouter (aburrido y canturreando): “Con el pim piririm pim pim…”.

Charlie: ¡A la mierda con el pimpiririm! Lo que de veras apetece en esta época del año es robarse uno de esos pavos que se ven por ahí, formaditos como soldados sin uniforme. No me digas que no se te hace agua la boca sólo de verlos.

Snouter: Ni los miro, mejor. El que se los guisa se los come, ¿no?

Charlie: No estoy hablando de guisar, sino de revenderlos por un par de chelines.

Snouter: Nada de eso, Charlie. Lo que se lleva en esta época del año es cantar, cantar villancicos. El personal se conmueve cuando me oye; las tías se echan a llorar y yo les doy lo suyo para consolarlas, por puro espíritu navideño.

Charlie: Pues yo sé muchos villancicos, y hasta himnos de la iglesia. (Empieza a cantar, con buena voz de bajo). “Oh, buen Jesús, yo creo firmemente…”.

El guardia de turno (asomándose por la rejilla): ¡Ya basta! ¿Qué os habéis creído que es esto? ¿Una reunión baptista?

Charlie (en voz baja, cuando el guardia ha desaparecido): ¡A la mierda con el poli! (Bufa). “Pequé, Señor, infiel te he rechazado…”. Me sé todas las canciones que te puedas imaginar. Fui bajo durante dos años en el coro de la cárcel de Dartmoor.

Snouter: ¿Ah, sí? ¿Y qué tal en Dartmoor ahora? ¿Dan mermelada?

Charlie: Mermelada no, pero dan queso dos veces a la semana.

Snouter: ¿Y cuántos años te cayeron?

Charlie: Cuatro.

Snouter: ¡Ufff! ¡Cuatro años sin follar! Con razón los que están enchironados se vuelven locos en cuanto ven un par de piernas, de mujer, ¿eh?

Charlie: Bueno, aprovechando la neblina nos tirábamos a viejas bajo la verja del huerto. Recogedoras de patatas, como de setenta años. Nos cogieron, a más de cuarenta, y nos arrepentimos de haber nacido. Nos encadenaron y nos tuvieron a pan y agua, nos hicieron de todo. No se me hubiera ocurrido meterme en líos después de eso.

Snouter: ¡Claro! ¿Y cómo fue que te enchironaron la última vez?

Charlie: No te lo vas a creer, muchacho. ¡Me delató mi propia hermana! La puta de mi hermana. Es una vaca, la muy jodida. Se casó con un fanático religioso; el tío está tan loco que a estas alturas ya tienen quince hijos. En fin, fue él quien la obligó a espiarme. Pero me desquité, no te vayas a creer. ¿Qué dirías que fue lo primero que hice cuando salí del talego? Compré un martillo, me metí en la casa de mi hermana y le destrocé el piano. “¡Mira lo que has conseguido por soplona!”, eso fue lo que le dije, etcétera.

Ese tipo de conversaciones sostuvieron todo el día esos dos, que estaban allí por algún delito menor, bastante despreocupados. Los que sabían que irían a prisión estaban callados y tensos; daba pena mirarlos a la cara. Muchos de ellos eran personas respetables que habían sido detenidas por primera vez. Alrededor de las tres, sacaron al tabernero y se lo llevaron a la prisión. Estaba un poco más alegre después de enterarse por uno de los guardias de que lo enviarían a la misma prisión que a lord Kylsant. Creía que, si le hacía la pelota a lord K mientras estuviesen en la cárcel, conseguiría que este le diera un trabajo cuando quedasen en libertad.

Yo no sabía cuánto tiempo iba a pasar encerrado, pero esperaba que al menos fuera durante varios días. Sin embargo, entre las cuatro y las cinco de la mañana me sacaron de la celda, me devolvieron las cosas que me habían confiscado y me echaron de patitas a la calle. Evidentemente, el día bajo custodia equivalía al pago de la multa. No tenía más que dos peniques, y en todo el día sólo había comido pan y margarina, de modo que me moría de hambre. En cualquier caso, como suele pasar cuando hay que escoger entre comida y tabaco, usé mis dos peniques para comprar algo de esto último. Después me dirigí al albergue del Church Army en Waterloo Road, donde, a cambio de cuatro horas aserrando madera, puedes dormir, comer pan y carne enlatada, beber té y rezar en comunidad.

A la mañana siguiente me fui a casa, cogí dinero y me dirigí a Edmonton. Me presenté en un albergue ocasional alrededor de las nueve de la noche, sin estar borracho del todo pero, por así decirlo, bajo la influencia del alcohol, porque la Ley de Vagos prohíbe expresamente que los vagabundos aparezcan bebidos por ese tipo de albergues. De todos modos, el portero me trató con gran consideración, pensando a todas luces que un vagabundo que tenía dinero para emborracharse merecía un poco de respeto.

A lo largo de los días siguientes hice varios intentos de meterme en problemas mendigando ante las mismas narices de la policía, pero al parecer tengo muy buena suerte, porque nadie me hizo caso. De modo que, no teniendo intenciones de hacer nada grave —para evitar investigaciones sobre mi identidad, etcétera—, me di por vencido. Así que la aventura fue más o menos un fracaso, pero la he relatado aquí por el interés que pueda tener.

*Texto publicado en G.K.’s Weekly (1932).

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