De cuando lados opuestos son víctimas de un mismo mal

Por Manuel Urrutia

Como a las siete y media de la noche del día 2 de octubre me encontraba, como de costumbre, en mi trabajo de enfermera del Hospital Central Militar, cuando de repente oí el silbido de la sirena de una ambulancia que se acercaba a ese nosocomio a gran velocidad. Cesó el ruido de la sirena y vi que los camilleros bajaron de la ambulancia a una persona con uniforme militar que venía mortalmente herida, según deduje por la abundante hemorragia y su estado de somnolencia. Un teniente coronel que de rato atrás se encontraba en el Hospital oí que se dirigía al herido en los siguientes términos: “¿Qué ha pasado, mi general Toledo?”. “Nada”, respondió el interpelado con voz menguada y un rictus de dolor en su rostro, “se me llegó la hora, y lo que más siento es que no me hayan escuchando ni hayan pedido intervenir para evitar el daño que seguramente le habrán causado a muchas personas inocentes”.

Estas palabras las decía el general Toledo —según nuestra informante—, mientras los camilleros conducían al herido a la sala de operaciones, donde minutos más tarde sería objeto de una intervención quirúrgica que resultó de efectos milagrosos, pues la bala que lo hirió mortalmente, calibre 22, estalló en sus pulmones, y las esquirlas se esparcieron por el interior de su organismo en la zona de las principales vísceras.

—Según supe —continúa nuestra informante—, dos esquirlas no pudieron ser extraídas por haberse alojado en lugares peligrosos. Una se encuentra a un centímetro del corazón, en la vena aorta. La otra, a cinco milímetros del hígado. De puro milagro está vivo el general José Hernández Toledo.

Este relato nos despertó el interés de entrevistarnos con el Comandante del Batallón de Fusileros Paracaidistas, sabedores de que le ha tocado intervenir para sofocar motines y zafarranchos por distintos rumbos de la República, y he aquí lo fundamental de la charla que con él tuvimos.

***

General Toledo —le pregunté—, tengo entendido que la unidad que usted comanda ha intervenido, desde hace algún tiempo, para reprimir movimientos subversivos en diferentes estados de la República.

Asintió con la cabeza y luego, con voz pausada, nos dijo:

—Así es, en efecto; pero todos esos movimientos han tenido casi siempre una motivación semejante, como que provienen todos ellos de un plan general de agitación con base ideológica plenamente identificable. Algunos escritores parecen sostener lo contrario, y lo imputaron a ciertos malos gobiernos de provincia. Pero yo no pienso de esa manera, pues si ciertamente puede existir algo de verdad en esto, por malos que sean esos gobiernos de provincia, su divorcio con el pueblo, no darían margen a movimientos en apariencia estudiantiles que tremolan banderías extrañas a nuestra patria. No voy a precisar las características que yo he notado en cada uno de estos movimientos aparentemente aislados; sólo quiero decir que hemos concurrido a los que sucedieron en Morelia, en Hermosillo, en Durango, en Chihuahua y en Tabasco, y hemos logrado controlar con el concurso de la gente de buena voluntad que repudia la violencia como sistema para esgrimir las protestas, de la clase que sean, esto es, de estudiantes o de obreros, de campesinos o de cualquier otro sector de la población. En Tabasco en particular, la armonía y cordialidad entre el Ejército y los estudiantes fue palpable.

—¿La Unidad que usted comanda —volvimos a preguntar— tiene alguna especialidad sobre el particular?

—Es un personal selecto —nos responde enfáticamente—, con un entrenamiento semejante al de cualquier otra unidad del Ejército. Sin embargo, se caracteriza este soldado porque salta desde un avión en vuelo y esto influye positivamente en su psicología, porque, vencido el miedo natural que provoca el lanzarse al vacío con un paracaídas asido a la espalda, se vigoriza el valor de este soldado, y por el tipo de misiones en que casi siempre interviene, y que son para prestar auxilios a gente damnificada. Se purifican sus ideas, se hacen más humanos, y consecuentemente más patriotas. Este fenómeno se aprovecha para darle al soldado una instrucción especial. Se le enseña defensa personal, se le fortalecen ampliamente todos los músculos de su cuerpo y así se consigue una mejor capacitación para que soporte las fatigas más duras de la carrera militar. Esta fortaleza se aprovecha para que combata cuerpo a cuerpo, sin necesidad de emplear el armamento para fines ofensivos. Así ha sucedido en diversos casos, lo mismo en Morelia que en Hermosillo, en Durango que en Tabasco, y aquí en la metrópoli, en las primeras fases del movimiento, pues nunca hubo reguero de sangre por parte de los soldados. Y si alguien duda de mi sinceridad, será porque ignora nuestros procedimientos. Estos soldados ni siquiera emplearon la culata del máuser para golpear porque no la necesitan, pues como hemos dicho, están bien entrenados para dominar a cualquier contrincante de normales condiciones de poder físico, y así es como se hicieron obedecer en muchas de sus intervenciones, recurriendo a las tácticas de defensa personal e las que son muy diestros, a los métodos eficaces del karate, dando golpes con el pie o con la mano. Claro que el 2 de octubre, como caímos en una emboscada, ciento por ciento cobarde y mezquina, hicimos uso de las armas únicamente para repeler la bárbara agresión de que fuimos víctimas, ya que recibimos fuego sin contemplación de ninguna clase de los edificios Chihuahua, del 2 de abril, del ISSSTE, del Revolución 1910 y de la Iglesia, cuando nuestros soldados avanzaban tranquilamente sobre la Plaza de las Tres Culturas. Ni siquiera llevábamos las armas abastecidas con cartucho, pues la orden que cumplíamos era estricta en el sentido de no hacer fuego. Claro está, siempre y cuando no se tratara de una legítima defensa. Tan es verdad esto que pensar lo contrario sería tanto como suponer que nuestros soldados carecen de puntería, y que a una distancia de 50 a 75 metros no pudieron, disparando contra la multitud, obtener más de una veintena de muertos, lo cual es falso y absurdo por completo, pues cada bala que hubiésemos disparado contra gente inocente arremolinada entre la multitud hubiese herido o matado cuando menos a cuatro personas. Pero como las cosas no fueron así; lo que se diga en contrario es mera calumnia, como todas las que se han venido sugiriendo para desdoro de nuestro glorioso Ejército. Los disparos se hicieron por parte del Ejército a los sitios altos de los edificios que he mencionado y desde donde se nos disparaba incesantemente. Los jefes y oficiales que controlaban las tropas de paracaidistas corrían de un lado para el otro para evitar que algún soldado fuera a desobedecer la consigna de no disparar, lo cual no era difícil que pudiera suceder ante una situación de esta naturaleza fácilmente comprensible por cualquier persona que mire las cosas con absoluta imparcialidad. A muchos estudiantes y a muchas personas les consta que los soldados paracaidistas desplegaron gran actividad para ayudar a los asistentes al mitin a que desalojaran la Plaza y salieran de la zona de peligro. Por ejemplo, los soldados a las órdenes del capitán Daniel Rosal Taral, tuvimos que tirar una barda para dar prontitud a la salida de la gente que era presa del pánico.

Interrumpimos el relato del general Toledo para preguntarle sobre su intervención personal en estos hechos, antes de ser herido, y nos respondió de la manera siguiente:

—Con el magnavoz arengué a los participantes en el mitin durante varios minutos; les dije que nosotros no íbamos en plan de pelea sino nada más a pedirles en forma atentar que se fueran a sus casas; que no tenían autorización para celebrar ese mitin, y les dije además que no era correcto que los oradores insultaron a diestra y siniestra a las autoridades porque estaban violando nuestra Constitución.

Aclaró el general Toledo que además de todo lo anterior se tenía conocimiento que los líderes del movimiento pretendían arrastrar a la masa y llevarla al Casco de Santo Tomás, para provocar mayores grados de violencia.

—En mi arenga me encontraba, cuando de improviso recibí tres balazos: uno en la pierna derecha, otro en la cintura, que fue desviado por la pistola, y otro, que fue el de gravedad, en los pulmones, explotando la bala en el interior de mi organismo y esparciendo 21 esquirlas, de las cuales, como usted ha dicho al principio de esta entrevista, dos todavía se encuentran incrustadas en el interior de mi cuerpo y no han podido ser extraídas por lo peligroso de la operación.

El general Toledo nos ha venido haciendo todo este relato con un tono de voz pausado que yo ignoro si sea el que acostumbra en sus diálogos u obedezca a alguna prescripción médica por lo de las esquirlas de marras. Como sabemos que estuvo entre la vida y la muerte, que las pulsaciones llegan a ser en número de 15 por minuto, nos ha interesado conocer el impacto que tal situación produjo en el ánimo de sus seres más queridos.

—Mi esposa —nos responde— se llama Josefina Marín y tiene 33 años de edad. Con ella he procreado cuatro hijos: tres mujeres y un hombre. Las hembras son Teresa, Juanita e Irma, de 20, 21 y 22 años respectivamente, y el varón, que frisa en los 18 años, se llama José, como yo. Todos ellos son estudiantes, y al principio también fueron víctimas de la engañifa y estuvieron del lado del movimiento. Un poco por ignorancia y otro por solidaridad con sus compañeros, pero cuando se dieron cuenta de que todo era pura farsa y de que malos mexicanos coludieron con extranjeros y querían dañar el país, como al querer que la Olimpiada no se celebrara en México, por ejemplo, mis hijos desistieron de seguir apoyando ese movimiento, y me contaron después que igual habían hecho otros muchos estudiantes que a tiempo advirtieron las malvadas intenciones de las cabecillas de la intriga. Cuando fui herido en Tlatelolco el 2 de octubre, mi esposa se encontraba en el hogar, y como ella sabía que yo estaba en la Plaza de las Tres Cultura, estaba en unión de mis hijos viendo la televisión y esperando los flashes de las noticias para saber cómo marchaban las cosas. “Al principio”, me ha dicho ella, “yo no estaba alarmada porque consideraba esta misión de importancia mínima, pues el movimiento ya iba muriendo, pero todo cambió en mí cuando escuché la mala noticia de que te había herido”. Mi esposa —nos sigue diciendo el general Toledo— se trasladó al Hospital con mis hijos y estuvieron pendientes de mí durante todo el tiempo de mi gravedad. Se portaron muy bien y me brindaron fe para salir bien de este penoso trance. No me anestesiaron al operarme y tuve que soportar el dolor de la operación en esas condiciones; pero por fortuna aquí estamos todavía dando lata —nos dice mientras una leve sonrisa cubre su rostro, en el que hemos advertido muchas huellas de hondos sufrimientos—, y seguiremos adelante con nuestra misión y cumpliendo con lealtad y honor las órdenes de nuestros superiores.

De nuevo interrumpimos la exposición que nos hace el general Toledo para preguntarle:

—General ¿se encuentra a gusto con el cargo que desempeña como Comandante del Batallón de Fusileros Paracaidistas?

—Desde luego que sí —nos contesta sin ningún titubeo— porque nuestra labor en esa Unidad del Ejército nos brinda múltiples satisfacciones espirituales. Hemos desempeñado una labor social cuando más lo ha necesitado nuestro pueblo, y así recuerdo, por ejemplo, cuando les llevamos víveres a los habitantes de Tampico y pueblos aledaños en la inundación de 1956; cuando les llevamos víveres y medicinas a la gente de Piedras Negras y Villa Acuña, Coahuila, cuando se desbordó el río Bravo del Norte en el año 1957. Los paracaidistas trajeron del Pico de Orizaba cinco cadáveres en diferentes fechas, de personas que perecieron al realizar sus aventuras de alpinismo por esa encrespada sierra. En 1959, cuando la inundación de Colima y parte de Zihuatanejo, se les lanzaron a los damnificados que se encontraban en la zona del desastre, láminas de cartón para que hicieran sus casas, medicinas, alimentación y el personal de sanidad militar de nuestra Unidad, se lazó en paracaídas para proporcionarle curación a más de mil personas. Por último —nos siguió diciendo con tono que denotaba satisfacción del trabajo realizado— en el año d 1968, en el Iztaccíhuatl, ocurrió una tragedia sumamente triste y lamentable cuando un grupo de estudiantes de Jalisco sufrió un accidente que tuvo como resultado 11 muertos, las cuales no pudieron ser bajados hasta que no concurrió personal de paracaidistas, quienes fácilmente los bajaron en atención a su adiestramiento para este tipo de faenas. Por estas razones yo me encuentro satisfecho con la labor que realizamos como parte mínima de nuestro glorioso Ejército. Sé que esta labor la realiza nuestro Ejército a lo largo y ancho de toda la República en su afán de colaboración para resolver problemas del tipo de los que hemos mencionado. En mí han prevalecido las convicciones revolucionarias y los ejemplos de muchos militares que han dado sus vidas por nuestra patria y recordándolos he hecho a un lado los consejos familiares y de las innumerables amistades que me insinúan que abandone el mando de la Brigada de Fusileros Paracaidistas. Eso es todo. Si alguna vez me tocara la de perder, sé que he vivido acorde con las ideas que se me enseñaron en el Heroico Colegio Militar y que todo lo he hecho con entero apego a mi carrera de soldado, obedeciendo a mis superiores con toda integridad y a sabiendas de que todas sus órdenes no han tenido más finalidad que preservar a México del zarpazo de la anti-patria.

Cuando concluyó nuestra entrevista y salimos de su despacho, afuera nos observaron con miradas curiosas y sonrisas a flor de labio soldados, clases y oficiales pertenecientes a esta unidad, valiente y generosa. Avancé hasta mi automóvil en compañía del general Toledo, de quien por segunda vez volví a despedirme. Di la vuelta a la glorieta de Palomas para salir del Campo y en ese trayecto fui pensando, mientras manejaba como un autómata mi vehículo, en la importante labor que desarrollan los intrépidos soldados del Cuerpo de Paracaidistas. Medité en las calamidades y los horrores de la guerra, recordé las palabras del señor General Marcelino García Barragán cuando las ratas álgidas de la agitación de 1968 y, por último, vinieron a mi memoria algunos pasajes de una cinta cinematográfica que había visto recientemente y cuyo nombre era Todo un día para morir. No sé por qué razón pensé en esas cosas; pero como así sucedieron, debo consignarlo porque forma parte del acerbo emotivo de mis experiencias al ir escribiendo el presente libro.

*Fragmento de Trampa en Tlatelolco: síntesis de una felonía contra México.

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