Un hombre de escena recuerda a un hombre en escena

Por Truman Capote

TENNESSEE WILLIAMS MUERE A LOS SETENTA Y UN AÑOS. Eso decía el titular de la primera página del New York Times. Se ahogó, según se supo, mientras utilizaba un tapón de plástico de botella para ingerir barbitúricos; por increíble que parezca, el tapón se le deslizó por la garganta y le sofocó hasta causarle la muerte. Todo eso sucedió en el Elysée, un curioso hotelito situado en la zona de las calles 50 Este. De hecho, Tennessee tenía un apartamento en Nueva York, pero cuando estaba en la ciudad siempre se alojaba en el Elysée. El apartamento, un minúsculo caos de habitaciones con cuatro muebles, “convenientemente” situado en la calle 42 Oeste, estaba reservado para divertirse con amables desconocidos.

Fue un final extraño para un hombre obsesionado con una concepción de la muerte bastante poética. Incluso en su juventud, estaba convencido de que el día siguiente sería el último para él. La única disputa seria que tuvimos estuvo relacionada con su hipocondríaca sensibilidad respecto a este tema. En aquel momento, se estaban llevando a cabo los ensayos de una de sus obras, Verano y humo. Estábamos cenando juntos y, para divertirle —eso creí—, empecé a contarle varias anécdotas que había oído explicar a algunos miembros del reparto sobre la directora de la obra, una tejana. Al parecer, en cada ensayo reunía a los actores y les hablaba del esfuerzo que debían realizar, de lo duro que debían trabajar, “porque esta creación genial es la última de Tenn. Se está muriendo. Sí, es un moribundo al que sólo le quedan unos pocos meses de vida. Me lo contó él mismo. Por supuesto que se pasa el tiempo asegurando que se está muriendo. Pero me temo que esta vez va en serio. Incluso su agente está convencido de ello”.

Lejos de divertirle, la anécdota enfureció a mi viejo amigo. Empezó rompiendo vasos y platos, y después volcó toda la mesa y abandonó con paso airado el restaurante, dejándome estupefacto… y a cargo de los destrozos.

Lo conocí a los 16 años; él me llevaba 13. Yo trabajaba de camarero en el Greenwich Village Café y aspiraba a convertirme en dramaturgo. Nos hicimos muy buenos amigos; y fue realmente una amistad intelectual, a pesar de que la gente inevitablemente pensó otra cosa. En esos primeros tiempos solía darme a leer todas sus obras cortas en un acto, y las representábamos juntos. Gradualmente, con el paso de los años, montamos El zoo de cristal. Yo hacía el papel de la hija.

Con su tendencia a dedicarse al sexo, la ginebra y las borracheras a tiempo completo, Tennessee, que no era un superviviente nato, probablemente no habría pasado de los cuarenta de no haber sido por Frank Merlo. Frank era un marinero, un descubrimiento mío de la época de la guerra. Unos cinco años después de haberle conocido, y cuando él ya había dejado la marina, Tennessee nos vio comiendo en un acogedor restaurante italiano. Nunca le vi tan excitado, ni antes ni después. Dejó a su compañero de mesa —su agente, Audrey Wood— y rápidamente, sin haber sido invitado, se sentó con nosotros. Después de presentárselo a mi amigo, no pasaron ni dos minutos antes de que Tennessee le preguntase: “¿Querrías cenar conmigo esta noche?”.

La invitación claramente no me incluía. Pero Frank se sintió incómodo; no sabía qué decir, así que yo respondí por él: “Sí”, dije, “por supuesto que le gustaría cenar contigo”.

Y así lo hizo. Estuvieron juntos 14 años, los más felices de la vida de Tennessee. Frank fue como un marido, un amante y un agente para él. Era además muy brillante organizando fiestas, lo cual resultaba idóneo para Tennessee. Cuando Yukio Mishima, el extraordinario escritor japonés —el que formó una milicia, se enfrentó al comandante en jefe del ejército japonés y acabó haciéndose el hara-kiri— visitó Nueva York en 1952, Tennessee le dijo a Frank que quería dar una fiesta en su honor. Así que Frank acorraló a todas las geishas entre Nueva York y San Francisco; pero no se contentó con esto. También se proveyó de un centenar de travestis ataviados de geisha. Fue la fiesta más extraordinaria que he visto en toda mi vida. Y Tennessee se vistió de gran dama geisha y recorrieron el parque en coche toda la noche, hasta el amanecer, bebiendo champán. Era el primer contacto de Mishima con el mundo occidental, y comentó: “No pienso volver nunca más al Japón”.

Cuando Frank murió de cáncer en 1962, Tennessee también murió un poco. Recuerdo con total claridad las últimas horas de Frank. Las pasó en la habitación de un hospital de Nueva York, de la que entraban y salían montones de amigos. Finalmente, un severo médico ordenó que todas las visitas, incluido Tennessee, salieran de la habitación. Pero él se negó a marcharse. Se arrodilló junto a la cama, tomó la mano de Frank y la apretó contra su mejilla.

A pesar de todo, el médico insistió en que debía salir. Pero de pronto Frank susurró: “No. Deje que se quede. No me puede hacer ningún daño. Después de todo, estoy acostumbrado a él”.

El médico suspiró y los dejó a solas.

Tennessee no volvió a ser el mismo después de esto. Siempre había bebido bastante, pero a partir de entonces empezó a mezclar drogas y alcohol. Y frecuentaba a gente muy rara. Creo que vivió las dos últimas décadas de su vida solo…, con el fantasma de Frank.

Pero al recordar ahora a Tennessee, pienso en los buenos tiempos, en los momentos divertidos. Era una persona que, a pesar de su tristeza interior, jamás dejaba de reír. Poseía una risa extraordinaria. No era ni tosca ni vulgar ni especialmente fuerte; simplemente, tenía un asombroso tono ronco de lugareño del Mississippi. Resultaba fácil distinguir cuándo había entrado en una habitación, por mucha gente que hubiera en ella.

Por lo que se refiere a su sentido del humor, en general era bastante estridente. Pero cuando se encolerizaba, parecía oscilar entre dos cosas: un humor muy negro —riendo sin parar durante sus típicas comidas con cinco martinis— o una profunda amargura respecto de sí mismo, su padre y su familia. Su padre nunca le comprendió, su familia parecía culparle de la locura de su hermana, y el propio Tennessee…, bueno, creo que pensaba que no estaba del todo en su sano juicio. Sus ojos, siempre cambiantes, como una noria de alborozo y amargura, mostraban todo esto.

Lo cual no implica que no fuese divertido estar con él. Solíamos ir juntos al cine, y me parece que he sido expulsado de más cines con él que con ninguna otra persona en toda mi vida. Siempre empezaba a recitar fragmentos, a mofarse, a imitar a Joan Crawford. Y el encargado no tardaba en bajar para invitarnos a abandonar la sala.

Mi recuerdo más divertido, sin embargo, es de hace unos cuatro o cinco años, durante una estancia con Tennessee en Cayo Hueso. Estábamos en un bar tremendamente concurrido: unas 300 personas, entre gays y heterosexuales. En una pequeña mesa en un rincón había un matrimonio, ambos bastante borrachos. Ella, que vestía unos pantalones muy sueltos y un top, se acercó a nuestra mesa y sacó un lápiz de cejas. Pretendía que yo le firmase un autógrafo en el ombligo.

Me limité a reírme y le dije:

—Oh, no. Déjeme tranquilo.

—¿Cómo puedes ser tan cruel? —me preguntó Tennessee, y, con todo el local mirándonos, cogió el lápiz de cejas y autografió mi nombre alrededor del ombligo de la mujer. Cuando ésta regresó a su mesa, el marido estaba furioso. Antes de que nos diésemos cuenta, le había quitado el lápiz de cejas de las manos y se acercaba hacia donde estábamos sentados, después de lo cual se bajó la cremallera de los pantalones, se sacó el pene y dijo, dirigiéndose a mí:

—Ya que hoy está usted firmando autógrafos en todas partes, ¿le importaría firmarme uno aquí?

Jamás había oído hacerse tal silencio en un lugar con 300 personas. Yo no sabía qué decir; me limité a quedarme mirándolo.

Entonces Tennessee se aproximó y cogió el lápiz de cejas de la mano del desconocido.

—No creo que haya suficiente espacio para que Truman pueda firmarla —dijo, guiñándome un ojo—, pero pondré mis iniciales.

El local estalló en carcajadas.

Lo vi por última vez pocas semanas antes de su muerte. Cenamos juntos, en un lugar muy reservado llamado Le Club, y Tennessee estaba físicamente bien, pero melancólico. Dijo que ya no tenía amigos y que yo era una de las pocas personas que le conocían de verdad. Anhelaba que volviéramos a tener la intimidad que nos unió en los viejos tiempos.

Y mientras hablaba y el fuego ardía en la chimenea, yo pensé que sí, que le conocía muy bien. Y recordé una noche muchos muchos años atrás, cuando por primera vez me di cuenta de que eso era así.

Corría el año 1947, y el estreno de Un tranvía llamado deseo fue un acontecimiento deslumbrante e inolvidable. Cuando en la escena final bajaban las luces y Blanche DuBois, extendiendo los brazos hacia la oscuridad, para alcanzar las manos de una enfermera y un médico que se la iban a llevar, susurraba: “Quienesquiera que sea… siempre he estado a merced de la bondad de los desconocidos”, un emocionado silencio petrificó a la audiencia. El terror y la belleza habían conseguido detener sus corazones. Mucho después de haber caído el telón, continuaba el silencio. Y de pronto fue como si estallasen un montón de globos. La espectacular ovación y el momento culminante en que la audiencia se puso en pie, fueron tan súbitos e imponentes como un ciclón.

Los protagonistas, Jessica Tandy y Marlon Brando, salieron a saludar 16 veces antes de que el público empezase a aclamar: “¡El autor!, ¡El autor!”. Aquel joven señor Williams se mostraba reticente a dejarse conducir hasta el escenario. Se ruborizó como si fuera la primera vez que recibía un beso, y además de un extraño. Desde luego, no había derrochado pensando en esa noche (el dinero le provocaba un miedo abrumador, tan intenso, que ni siquiera una ocasión como aquélla podía hacerle sucumbir a la tentación de plantearse la compra de un traje nuevo), así que iba vestido con uno azul oscuro gastado por incontables asientos del metro; y la corbata se le había aflojado; y le colgaba uno de los botones de la camisa. Sin embargo, resultaba atractivo; bajo, pero elegante, robusto y con buen color. Levantó dos manos de labrador más bien pequeñas y contuvo su éxtasis lo bastante para articular: “Gracias. Gracias. Muchísimas…”, en un tono tan flemático y sureño como el propio Mississippi, si el río estuviese contaminado de ginebra. Noté que lo que Tennessee sentía era alegría, no felicidad; la alegría tiene la brevedad de la cocaína, la felicidad al menos dura un poco más.

Tennessee era un hombre desdichado, incluso cuando más reía y sus carcajadas eran más sonoras. Y la verdad es, al menos para mí, que Blanche y su creador eran intercambiables: compartían la misma sensibilidad, la misma inseguridad, la misma melancólica lujuria. Y de pronto, mientras yo pensaba en eso y contemplaba sus reverencias ante la ensordecedora ovación, él pareció retirarse del escenario y desvanecerse tras el telón…, conducido por el mismo médico que había guiado a Blanche DuBois hacia una oscuridad en la que nadie desearía verse inmerso.

*Fragmento de Retratos (1984).

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