En 1968, el sistema presidencialista conoce su apogeo. Con el licenciado Gustavo Díaz Ordaz (1911-1979) todo es gobierno y casi nada es oposición. Concentrada en unas cuantas publicaciones, la crítica sólo es frontal de vez en cuando y no tiene consecuencias. A comienzos de 1968, sin capacidad de combatir al autoritarismo, la sociedad lo goza como puede y reproduce a escala el comportamiento dogmático (el jefe de familia es un Presidente en miniatura; el Presidente de la República es el más prolífico de los jefes de familia).

Díaz Ordaz requiere de asideros políticos. Sin eso, no asciende con la solidez debida.

La mayor certidumbre a su alcance es el patriotismo y la fe en el régimen de la Revolución Mexicana, por desvaído y deshilachado que ya se encuentre. En rigor, Díaz Ordaz es el último Presidente que, no obstante su comportamiento, cree en los grandes logros y en la disciplina del país a cargo de la tradición revolucionaria. El sucesor, Luis Echeverría Álvarez, a mitad del sexenio adopta el repertorio del Tercer Mundo como bandera y plataforma. El entierro casi formal de la Revolución Mexicana ocurre en 1968.

Díaz Ordaz está fatalmente predispuesto a luchar con fantasmas. El político amenazado por las tinieblas intensifica su control sin demasiadas protestas, y acumula juramentos de lealtad. Pero el elemento básico es la sinceridad. No miente al hablar de complots contra México o al reaccionar ásperamente contra los “apátridas”. No dice la verdad, pero no miente. Tan confía en su formación ideológica que halla actos de justicia en donde sólo hay represiones. Le toca desbaratar el movimiento ferrocarrilero en 1959, y lo hace convencido. “En México no hay presos políticos, sino delincuentes”. Nada le dice lo evidente: la debilidad numérica y política del Partido Comunista; la legión de infiltrados y provocadores, la fuerza de los aparatos de seguridad nacional; la escasa o nula penetración de la izquierda política en la sociedad; el sectarismo autodestructivo de los militantes. Díaz Ordaz no atiende estos datos. Lo suyo es la cacería de señales.

¿Quién le niega a Díaz Ordaz su papel central en el 68? Abogado poblano, oscuro agente del Ministerio Público en San Andrés Chalchicomula o Ciudad Serdán, político menor, intrigante habilísimo, de dureza y estilo cortante, burócrata con gran sentido de la oportunidad, Díaz Ordaz maneja una plataforma de arribo consistente en una persona: el presidente Adolfo López Mateos, que lo nombra secretario de Gobernación y lo entrena para el relevo. Inteligente-a-su-manera y despótico, a Díaz Ordaz lo sojuzgan la vanidad de sus defectos (es muy macho, y gobierna el país como a un hijo rebelde o a una amante levantisca) y el sitio del recelo en su conducta. Recela de sus colaboradores, de los aplausos, de la oposición. De quienes no son compulsivamente patriotas no recela: son traidores a la patria, y punto. Lo cerca la fama pública de su fealdad, acrecentada al comparársele con el apuesto López Mateos y al respecto hace una broma frecuente tomada de Abraham Lincoln: “Yo no puedo tener doble cara; me basta con la que traigo”.

Tal vez su autocrítica facial no haya causado la virulencia diagnosticada por la turba de psicoanalistas espontáneos, convencidos de la fuente de rencor presidencial: la lejanía del ideal griego. Pero sí lo aparta de la confianza en sí mismo. La Teoría de la Conjura se consolida al dársele a México la sede de los Juegos Olímpicos de 1968. A partir de ese día, todo gira en torno al desbaratamiento de conjuras. Si el término «paranoia política» tiene sentido, aquí se aplica. Y no es únicamente psicologismo pop: describe también a un hombre enardecido por su conquista de la Presidencia pese a sus orígenes humildes y convencido de que un grupo o un sector quiere hacerle daño. Si como secretario de Gobernación Díaz Ordaz vive en la suspicacia (Éste sería su razonamiento: “Quieren dañar a México vetándome la llegada a la Presidencia”), como Presidente es a la vez el máximo responsable del gobierno y el detector de asonadas.

Díaz Ordaz le entrega su poder de rectificación de los agravios al Principio de Autoridad. Concibe a la Presidencia, allí están sus discursos y sus acciones para ratificarlo, como el centro político e interpretativo del país, y se identifica literalmente con México. La actitud es disparatada pero el sentimiento, como él diría, es infalsificable.

Poco antes de terminar su periodo, se le pregunta: “¿Qué siente usted cuando oye el Himno Nacional en el extranjero?”, y la respuesta nace desarmada: «Que se me enchina el cuero». Un patriota sentimental cree encarnar durante seis años a la Patria.

En el diseño de Díaz Ordaz, el miedo es a self-fullfiled prophecy. Si el complot existe, es cuestión de semanas localizar las pruebas. Así opera el mecanismo: se reprime para evitar la emergencia del complot, y la protesta consiguiente es la señal inequívoca de la conjura. Desde el 26 de julio, Díaz Ordaz, carcelero airado, impulsa a pesar suyo lo que quiso aplastar desde el inicio, y venera sin ambages el México no tocado por el desencanto, el país anterior a esa perdición que es el conocimiento.

¿Quién le informa a Díaz Ordaz de los sucesos del 68? El principal asesor es su fe dogmática en la Guerra Fría. Lo demás se da por añadidura, datos parciales, mentiras robustas, interpretaciones que no resisten un examen lógico. En sus memorias, el general Gutiérrez Oropeza reproduce la convicción genuina de su jefe: “Desde el principio del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, la izquierda radical que mucho se había soliviantado en el régimen anterior, recibió órdenes precisas del comunismo internacional de aprovechar los preparativos de la Olimpíada para desarrollar en México la parte que en la Revolución Mundial le estaba asignada. Díaz Ordaz no tuvo más opción que emplear la fuerza para contener la violencia en que nos querían envolver”. A falta de hechos, buenos son presentimientos.

Ante los estudiantes Díaz Ordaz no duda. Lo aborrecen (ellos, los de las penumbras) por encarnar los valores del decoro y el derecho, y sería afrentoso considerar siquiera el pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga. Si libera a los presos políticos sindicales (Vallejo, Campa y los demás), fortalece el sindicalismo independiente. Si reconoce (así sea por omisión) la mínima injusticia, y cesa al jefe de policía o indemniza a las víctimas, daña el principio de autoridad. Si castiga a los culpables de la represión, admite la autocrítica… Y la solución al conflicto es la inflexibilidad. Para el autócrata, lo que no es alabanza es ruiderío amenazante o ininteligible.

Díaz Ordaz asegura no tenerle rencor a sus víctimas. Ni ese vínculo merecen. Han creído agraviar a la persona y se toparon con la institución. A él no lo agreden, sabe quién es, siempre lo ha sabido. “La injuria no me ofende. La calumnia no me llega. El odio no ha nacido en mí”. Cuando proyecta el Gran Castigo del 2 de octubre (no toma la decisión solo, no la toma acompañado), lo hace porque en su lógica ceder a la protesta es compartir el mando, y si en su fuero interno es una persona sencilla, su rango de Mexicano de Excepción (por la voluntad expresa de los mexicanos comunes) lo hace trascender la condición del individuo, volviéndolo representación viva, mientras dure en su encomienda, de lo más hondo de las entrañas de la Nación. Lo que murmuren sobre él lo perdona. Pero lo que digan aquí y allá sobre el Poder Ejecutivo ofende a todos. Por eso, al reaccionar punitivamente, no lo hace como Gustavo Díaz Ordaz, el hombre lastimado en su orgullo de hombre, el jefe de familia golpeado en la reputación que hereda a sus hijos (para que éstos, a su vez, la transmitan intacta y acrecentada), sino como el patriota que reacciona en defensa de la Patria que abandera…

Ni un mártir ni un improvisado. Al tomar su decisión sabe que les dolerá por unos días, y que chillarán y maldecirán desde su impotencia y luego no pasará nada. Y aunque pasara (lo que no sucederá), no le inmuta el porvenir. Al contrario. La Historia le hará justicia a la fuerza porque trabaja a su favor, y el compromiso de extinguir la subversión lo asume a través suyo una nación harta del relajo patrocinado, ansiosa de salvarse del caos y la anarquía, y que le demanda que respete y honre el sitio que concilia y armoniza todos sus intereses. Caiga quien caiga…

¿Por qué no? A Díaz Ordaz se le encomienda tripular el navío, dirigir la expedición hasta puerto seguro, y él es piloto y padre y capitán. Sabe con detalle del sentido de sus acciones, las ha meditado generosamente y se entrega confiado en las manos rugosas del porvenir. No está enojado ni podría estarlo: México actúa dentro de él y dirige sus pasiones, las ordena, las depura, las vuelve inflexibilidad de conducta. Con violencia y alharaca y héroes extraídos del forro de sus conciencias descastadas, los subversivos se proponen hacernos olvidar la verdad: somos una gran familia, el país que atravesó —entre sangre, sudor y lágrimas— por una gran revolución. Y a Díaz Ordaz le toca hacer que el país siga teniendo amor y respeto a las instituciones. A como dé lugar.

Por Carlos Monsiváis

*Fragmento de Parte de Guerra: Tlatelolco 1968 (1999).

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