¿De qué cosas hablan un dictador y un campeón de boxeo?

Por Gay Talese

El autobús atraviesa la Plaza de la Revolución y se detiene en un puesto de control cercano a las enormes puertas vidrieras que se abren al vestíbulo de suelo de mármol de un moderno edificio de los años cincuenta que es el centro del único bastión del comunismo en el hemisferio occidental.

Cuando la portezuela del autobús se abre, Greg Howard se mueve hacia adelante desde su asiento y agarra por los brazos y los hombros a Muhammad Alí, que pesa 106 kilos, y lo ayuda a ponerse en pie; y cuando Alí consigue bajar hasta el peldaño de metal, se da la vuelta y se extiende hacia dentro del bus para tomar los brazos y antebrazos del robusto guionista y tirar de él hasta ponerlo en pie. Esta rutina, repetida en todas y cada una de las paradas del autobús a lo largo de la semana, no va seguida del reconocimiento por parte de uno u otro hombre de haber recibido ayuda, aunque a Alí no se le escapa que algunos pasajeros encuentran sumamente divertido este pas de deux, y no vacila en valerse de su amigo para resaltar el efecto cómico.

En una parada anterior del bus en el Castillo del Morro (una obra del siglo xvi en donde Alí había seguido a Stevenson por una escalera de caracol de 117 peldaños para divisar desde la azotea el puerto de La Habana), Alí vio la figura solitaria de Greg Howard allá abajo en el patio de armas; y sabiendo que era imposible que la estrecha escalera pudiera dar cabida al corpachón de Howard, se puso a agitar los brazos, invitándolo a que subiera a reunirse con él.

***

La guardia de seguridad de Castro, que ha recibido por anticipado los nombres de los pasajeros del autobús, conduce a Alí y su comitiva por las puertas vidrieras hasta dos ascensores que esperan para hacer un breve recorrido, al que le sigue un corto paseo por un pasillo que finalmente desemboca en una espaciosa sala de recepciones de paredes blancas, donde se anuncia que Fidel Castro pronto se hará presente.

La sala tiene techos altos y palmeras en macetas en todos los rincones y está decorada escuetamente con muebles modernos de cuero color canela. Junto a un sofá hay una mesa con dos teléfonos, uno gris y otro rojo. Sobre el sofá cuelga un óleo del valle de Viñales, que está al oeste de La Habana; y entre las obras de arte primitivista exhibidas en una mesa circular delante del sofá hay una grotesca figura tribal, parecida a una que Alí había ojeado a principios de la semana en un puesto de baratijas cuando visitó con el grupo la Plaza Vieja de La Habana. Alí le había susurrado algo al oído a Howard Bingham, y Bingham había repetido en voz alta lo que Alí había dicho: “Joe Frazier”.

Alí se encuentra ahora en el centro de la sala, junto a Bingham, que lleva bajo el brazo el retrato enmarcado que le va a obsequiar a Castro. Teófilo Stevenson y Fraymari están frente a ellos. La diminuta y frágil Fraymari se ha pintado los labios de color carmesí y recogido el pelo como una matrona, buscando sin duda parecer mayor de lo que sus veintitrés años aparentan; pero ahí de pie, con esos tres hombres mucho más viejos, pesados y altos, parece más bien una adolescente anoréxica. La mujer de Alí y Greg Howard se pasean entre el grupo, que intercambia comentarios en voz baja, tanto en inglés como en español, a veces con la ayuda de las intérpretes. Las manos de Alí tiemblan incontroladamente a sus costados; pero como sus acompañantes han presenciado esto durante toda la semana, las únicas personas que ahora le prestan atención son los guardias de seguridad apostados a la entrada.

También esperan a Castro cerca de la entrada los cuatro integrantes del equipo de cámara de la CBS, y charlando con ellos y los dos productores está Ed Bradley, sin su puro. ¡No hay ceniceros en la sala! Es algo rara vez visto en Cuba. Acaso tiene implicaciones políticas. Quizás los doctores del hospital tomaron nota de los escrúpulos de la rubia de Santa Bárbara y dieron aviso a los subalternos de Castro, quienes ahora tienen un gesto conciliatorio con la benefactora norteamericana.

Como los guardias no invitan a los huéspedes a que tomen asiento, todo el mundo permanece de pie: durante 10 minutos, 20 minutos, hasta llegar a la media hora. Teófilo Stevenson descansa su humanidad en un pie y luego en el otro y atisba por encima de las cabezas hacia la entrada por donde esperan que Castro haga su entrada…, si es que aparece. Stevenson sabe por experiencia propia que la programación de Castro es impredecible. En Cuba siempre hay una crisis de un tipo u otro, y desde hace tiempo se rumorea en la isla que Castro cambia constantemente el sitio donde pernocta. La identidad de sus compañeras de lecho es, por supuesto, un secreto de Estado. Hace dos noches Stevenson, Alí y los demás estuvieron esperando hasta la medianoche para una reunión con Castro en el hotel Biocaribe (adonde Bingham había llevado su fotografía de regalo). Pero Castro nunca apareció. Y no se ofreció explicación alguna.

Y ahora, en esta sala de recepciones, ya daban las nueve de la noche. Alí sigue temblando. Nadie ha comido.

La charla menuda se hace aún más menuda. Algunos tienen ganas de fumar. El régimen no aplaca a nadie con un barman. Es un cóctel sin cócteles. Ni siquiera hay canapés o refrescos. Todos se van poniendo más y más impacientes…, hasta que al fin se oye un suspiro de alivio colectivo. El muy conocido hombre de la barba entra al recinto, vestido para el combate de guerrillas; y con una voz alegre y aguda que se alza por sobre sus patillas, saluda: “¡Buenas noches!”.

En tono todavía más agudo repite: “¡Buenas noches!”, esta vez saludando con la mano en dirección al grupo, al tiempo que aprieta el paso hacia el invitado de honor. Y entonces, extendiendo los brazos, el septuagenario Fidel Castro se apresura a eclipsar la parte inferior del rostro inexpresivo de Alí con un blando abrazo y con su larga barba gris.

—Me alegra verlo —le dice Castro a Alí por medio de la intérprete que entró siguiéndole los pasos, una mujer atractiva, de tez clara, con un refinado acento inglés—. Me alegra mucho, mucho verlo —continúa Castro, retrocediendo para mirar a Alí a los ojos mientras sujeta sus brazos temblorosos—, y le agradezco su visita.

Castro lo suelta, a la espera de la posible respuesta. Alí no dice nada. Su expresión es la de siempre, amable y fija, y sus ojos no parpadean a pesar de los flashes de los varios fotógrafos que los rodean. Como el silencio continúa, Castro se vuelve hacia su viejo amigo Teófilo Stevenson, y amaga un golpe corto. El campeón cubano de boxeo baja los ojos y, ensanchando los labios y las mejillas, dibuja una sonrisa. Entonces Castro repara en la morena pequeñita que lo acompaña.

—Stevenson, ¿quién es esta joven? —pregunta Castro en voz alta, en un tono de evidente aprobación.

Pero antes de que Stevenson pueda responder, Fraymari da un paso al frente, con aire de picapleitos:

—¿Quiere decir que no se acuerda de mí?

Castro parece perplejo. Sonríe débilmente, tratando de ocultar su confusión. Interroga con la mirada a su héroe del boxeo, pero Stevenson se limita a poner los ojos en blanco. Stevenson sabe que Castro ha tratado socialmente con Fraymari en otras ocasiones, pero desafortunadamente el caudillo cubano lo ha olvidado; y es igualmente desafortunado que Fraymari se comporte ahora como una fiscal.

—¡Tuviste en brazos a mi hijo antes de que cumpliera un año! —le recuerda ella.

Castro cavila, el grupo está atento, las cámaras de televisión están rodando.

—¿En un partido de voleibol? —pregunta Castro, por tantear.

—No, no —interviene Stevenson, antes de que Fraymari diga nada más—, ésa era mi ex-mujer. La médica.

Castro menea lentamente la cabeza, simulando desaprobación. Luego se desentiende de la pareja, mas no sin antes sugerirle a Stevenson:

—Deberían llevar el nombre puesto.

Castro vuelve a poner su atención en Muhammad Alí. Le estudia el rostro.

—¿Dónde está tu mujer? —le pregunta en voz baja.

Alí no dice nada. Se repite el silencio general y las cabezas giran en el grupo, hasta que Howard Bingham da con Yolanda en la parte de atrás y con un ademán la envía donde Castro.

Antes de que ella llegue, Bingham se adelanta y le obsequia a Castro la fotografía de Alí y Malcolm X en Harlem en 1963. Castro la alza a la altura de los ojos y la examina en silencio durante varios segundos. Cuando la imagen fue captada Castro llevaba casi cuatro años dirigiendo Cuba. Tenía en ese entonces treinta y siete años. En 1959 había derrotado al dictador apoyado por Estados Unidos, Fulgencio Batista, remontando una posición de mayor desventaja que la de Alí en su ulterior victoria contra el supuestamente invencible Sonny Liston. Batista había anunciado incluso la muerte de Castro en 1956. Éste, oculto en esas fechas en un campamento secreto, con treinta años de edad y aún sin barba, era un abogado descontento que se había educado con los jesuitas, hijo de una familia de terratenientes, deseoso del puesto de Batista. A los treinta y dos lo consiguió. Y Batista se vio obligado a huir a República Dominicana.

Durante ese período Muhammad Alí fue un simple amateur. Su mayor logro llegaría en 1960, cuando obtuvo una medalla de oro en Roma como miembro del equipo olímpico de boxeo de Estados Unidos. Pero ya entrados los años sesenta, él y Castro compartirían el escenario mundial como dos personajes enfrentados al establecimiento estadounidense; y ahora, en el ocaso de sus vidas, en esta noche habanera de invierno, se conocen por vez primera: Alí callado y Castro aislado en su isla.

—¡Qué bien! —le dice Castro a Howard Bingham, antes de enseñarle la fotografía a la traductora.

Acto seguido Bingham presenta a Castro a la esposa de Alí. Después de intercambiar saludos por medio de la intérprete, éste le pregunta, con cara de sorpresa:

—¿Usted no habla español?

—No —responde ella, en voz baja; y le acaricia la mano a su marido, en la que lleva puesto un reloj plateado Swiss Army de 250 dólares que ella le compró. Es la única alhaja que Alí se pone.

—Pero si yo creía haberla visto hablando español esta semana en las telenoticias —insiste Castro, intrigado, aunque admite enseguida que obviamente le habían doblado la voz.

—¿Viven en Nueva York?

—No; vivimos en Michigan.

—Frío —dice Castro.

—Muy frío —repite ella.

—En Michigan no hay mucha gente que hable español, ¿no?

—No mucha —dice ella—. Es sobre todo en California, en Nueva York y… —una pausa— en Florida.

Castro asiente con un gesto. Le lleva unos segundos pensar otra pregunta. La charla informal no ha sido nunca el fuerte de este hombre, que se especializa en interminables monólogos patrióticos que pueden durar horas enteras; pero ahí está, en una sala llena de cámaras y reporteros gráficos: como un presentador de un talk show con un invitado de honor mudo. En fin, él persevera, preguntándole a la esposa de Alí si tiene un deporte preferido.

—Juego un poquito al tenis —dice Yolanda, preguntándole a su turno—: ¿Usted juega al tenis?

—Ping-pong —responde él, apresurándose a añadir que en la juventud se ejercitó en el cuadrilátero—. Pasaba horas boxeando…

Comienza a rememorar, pero no termina la frase cuando ve que el puño izquierdo de Alí se alza lentamente hacia su mandíbula. En la sala resuenan vivas y aplausos exaltados, y Castro pega un salto junto a Stevenson y le grita: “¡Asesórame!”.

Los largos brazos de Stevenson caen desde atrás sobre los hombros de Alí y lo aprietan suavemente. Cuando aflojan, los ex campeones se ponen frente a frente y simulan, en cámara lenta, los ademanes de dos púgiles en combate: balanceos, quiebros, ganchos, quites, todo ello sin tocarse y todo ello acompañado de tres minutos de aplausos ininterrumpidos y disparos de cámaras, así como de los sentimientos de alivio de los amigos de Alí, en vista de que, a su manera, se les haya unido. Alí sigue sin decir nada, su cara sigue siendo inescrutable, pero está menos lejano, menos solo, y no se zafa del abrazo de Stevenson mientras este último le cuenta animadamente a Castro sobre la exhibición de boxeo que con Alí había llevado a cabo a principios de la semana en el gimnasio Balado, frente a centenares de fanáticos y algunas jóvenes promesas boxísticas de la isla.

En realidad, Stevenson no le explica que fue tan sólo otra oportunidad para una foto, donde hicieron un poco de sparring a puño limpio en el ring, en ropa de calle y rozándose apenas los cuerpos y las caras. Pero luego Stevenson se había bajado del ring, dejando a Alí la más ardua prueba de resistir dos asaltos cortos contra uno y después otro matoncitos de edad escolar que a todas luces no habían venido a tomar parte en un programa infantil. Habían venido a dejar tendido al campeón. Sus belicosos cuerpecitos y sus manos enguantadas y sus atolondradas cabecitas con cascos ardían de furor y de ambición; y mientras embestían, golpeando a lo loco y sacando pecho ante los gritos de sus parientes y amigos mayores al pie del cuadrilátero, eran de imaginarse sus futuros alardes delante de sus nietos: “Un bello día allá por el invierno del noventa y seis, ¡le di una tunda a Alí!”. Excepto que, a decir verdad, en ese determinado día, Alí seguía siendo demasiado rápido para ellos. Corría hacia atrás, hacía quites, se meneaba, se paraba en las puntas de sus puntiagudas zapatillas negras de cuero trenzado, demostrando que tenía el cuerpo hecho para el movimiento: sus problemas de Parkinson se esfumaban en su famoso bailoteo, en los enviones de su «picada de la mariposa» que pasaban zumbando a medio metro por encima de las cabezas de sus afanosos contendientes, en los deslumbrantes esguinces verticales de su maniobra rope-a-dope que había confundido a Foreman en Zaire, en su por siempre memorable estilo, que en aquel gimnasio cubano le encharcaba los ojos a su siempre al acecho amigo fotógrafo y hacían exclamar al obeso guionista, en una voz que pocos entre la vocinglera multitud podían entender: “¡Alí está en un high!\ ¡Alí está en un high!”.

*Fragmento de “Ali in Havana”, publicado en Esquire (1996).

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