Es que ya nadie está exento”

por Chantal Flores

A las 3:30 pm de ese miércoles, Santiago, de 10 años, salía de una primaria pública en el municipio de Santa Catarina, en Nuevo León. Al ver a su madre, le dijo: “En el video se ve todo. Hasta el maestro lo vio; estábamos todos amontonados”.

Era el video donde, horas antes, al otro lado de la ciudad, un adolescente disparaba a su profesora y a tres compañeros en el Colegio Americano del Noreste. El video de la cámara de seguridad del colegio se volvió viral, causando conmoción y controversia. Con el paso de las horas, especulaciones y rumores circulaban por las redes sociales y grupos de WhatsApp, tratando de explicar la tragedia que por primera vez sucedía en nuestra ciudad.

La sociedad regiomontana estaba en shock y compartía su confusión en Facebook y Twitter. Pedían que no difundieran el video por proteger a los menores, pedían amor y comprensión, pedían que los padres revisaran las mochilas de sus hijos… y sus emociones. Nadie entendía nada, pero todos opinábamos: ¿Cómo nos sucedió esto?

Se habló de la violencia, de 10 años normalizándola con balaceras y cuerpos colgados de puentes. Se habló de nuestro vecino; la cultura regia siempre inspirada por lo americano a tan sólo dos horas de distancia. Pero seguía sin haber lógica. En 24 horas, fuimos de lo macro a lo micro, y viceversa, buscando expertos, psicólogos, especialistas, alguien que nos explicara por qué pasó y si volverá a pasar.

Hablamos de cómo detectar un cuadro de depresión, de la falta de comunicación en el núcleo familiar, de los videojuegos, el acceso a internet y los grupos virtuales. Pero realmente no sabemos cómo vamos a vivir después de esto, y si algo se realmente se hará.

En la primera mitad del día 1 después de “lo del colegio”, se dio más información. El joven, de 15 años, era aficionado a la cacería y el arma era de su padre, nos informaba Aldo Fasci, vocero de seguridad del Gobierno del Estado de Nuevo León. ¡Claro!, afirmaban unos tratando de crear un perfil del “asesino”, buscando algo que lo metiera dentro de una categoría y justificara sus acciones, como si así pudiéramos deslindar a un joven de 15 años de nuestra sociedad.

La acción inmediata para encontrar factores de riesgo fue el Operativo Mochila. Javier Garza Morúa, ex-director de seguridad Pública del Estado, quien participó en los primeros operativos que se llevaron a cabo en el estado en 1999, me dijo que en un principio el programa se inició para combatir el uso de drogas.

“Se detectó drogas, se detectaron armas blancas, inclusive en ese entonces una pistola. El poco tiempo que duró el operativo porque todo el mundo se indignó: ¿cómo era posible que se violentara a un niño?

“Pero lo más grave es que la prevención a veces no se puede medir”, agrega Garza Morúa. “Mides los muertos, pero a los que casi les pasa algo no se puede medir”.

Pero nunca había sucedido nada como esto, y la reacción, ahora sí, es prevenir.

Garza Morúa propone la instalación de detectores de metales como una medida más sencilla de implementar, pero más costosa. Una medida que de ser considerada también traería polémica, haciendo cada vez más lejana la escuela donde algunos jugamos a la bebeleche o nos echamos una cascarita.

El día continuó con la llegada del Presidente Enrique Peña Nieto, fuertemente rastreada por los medios de comunicación. A las cinco de la tarde, patrullas empezaron a vigilar la Avenida Gonzalitos, una de las arterias principales de la ciudad, mientras reporteros, fotógrafos y camarógrafos esperábamos enfrente del Hospital Universitario, donde se encuentran la maestra y uno de los compañeros gravemente heridos.

La espera fue larga. Peatones se detenían a preguntar sobre la razón del alboroto, y cuchicheaban al escuchar la respuesta. “¿ A poco es el Bronco? Pa’ mentarle la madre”, lanzaba una joven de veintitantos años, refiriéndose a nuestro gobernador.

Gente trajeada esperaba en la puerta principal del hospital, rodeado de palmeras, mientras del otro lado se restringía la entrada: sólo personas que venían a consulta o a visitar un paciente. A las 7:20 de la noche, Peña Nieto arribó en un convoy de camionetas negras, y desde el asiento del pasajero, saludó sutilmente a las cámaras.

El presidente, acompañado del alcalde de Monterrey, Adrián de la Garza, y el secretario de Salud, José Narro Robles, visitó a la profesora y a un menor de edad. Después visitó a otro alumno herido en el hospital Muguerza, afirmando que de esta forma mostraba su solidaridad con la sociedad neolonesa.

Mientras, afuera del colegio, la comunidad continuaba expresando su dolor con veladoras y pancartas que cargaban mensajes de apoyo. Dos niñas de 11 y 13 años llegaron con su madre a encender dos veladoras — una de la Virgen de Guadalupe y otra de San Judas Tadeo con dos corazones hechos por ellas con cartulina de color— para pedir por los heridos. Su madre les dio cinta, y pegaron dos hojas de colores donde se unían a la oración por la salud de las víctimas y exigían un mundo sin violencia.

Una patrulla vigilaba y camionetas de televisoras permanecían estacionadas. La cinta amarilla que ese miércoles prohibió el paso seguía colgando de la reja azul del colegio, mientras otro pedazo permanecía en la banqueta. Una vecina de 51 años prendió una veladora más, y me dijo que es buen colegio, que su hijo estuvo ahí y esto no tenía porque pasar. Otra señora, al terminar de rezar, me dijo: “Es que ya nadie está exento”.

Y es que las tragedias se sienten más en casa. Se siente tan cerca que el dolor nubla. Las docenas de velas y flores te transportan a un Columbine, o a alguna otra matanza que ha sacudido al mundo en los últimos años. Pero ahora es una vigilia en la colonia del sur, donde viviste o por donde pasaste tantas veces para ir a la carretera un fin de semana. Es un nuevo monumento a unos pasos del Cerro de la Silla, un anuncio del nuevo reto que se nos avecina: ¿cómo sobrevivir a la muerte de lo que creíamos era nuestro futuro?

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